Comunión con Dios el Padre – John Owen

Del libro “Communion with God” John Owen

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Traducido por Rossaura Domínguez

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Comunión con Dios el Padre

Por John Owen

 

Habiendo demostrado que existe tal comunión, distinta en relación con el Padre, el Hijo y el Espíritu, de la que hablamos, hace falta que sea todavía más aclarada mediante una introducción de cada caso, para manifestar lo que [es], y en el que los santos tienen peculiarmente esta comunión con las diversas personas respectivamente: que también voy a hacer, después de presuponer algunas observaciones, y es necesario para ser considerado con anterioridad, como se prometió, para la aclaración de lo que se ha hablado.

Observaciones Preliminares

 

Observaciones Preliminares

La comunión con una persona no excluye las otras.

Cada persona concurre con el trabajo y acciones de las otras.

Un medio de comunión no excluye al otro.

Esta no es una cuenta exhaustiva.

Cuando asigno algo tan peculiar en el que claramente mantenemos comunión con alguna de las personas, no excluyo las otras de la comunión con el alma de la misma manera. Sólo digo esto principal e inmediatamente y por el camino de la eminencia, que tenemos en tal manera o de tal modo, comunión con alguna de las personas y así también con las otras en segundo lugar, y por consecuencia sobre esa base, para la persona como la persona, cualquiera de ellas, no es el objeto principal del culto divino, excepto porque se identifica con la naturaleza o esencia de Dios. Ahora, las obras que exteriormente son de Dios (llamadas ‘Trinitatis ad extra’) y que comunmente se dicen comunes e indivisibles, son totalmente así en todos los aspectos como todas las obras de la providencia común; o además, siendo comunes con respecto de sus actos, se distinguen con respecto de ese principio, o próximo e inmediato nacen a manera de su operación: así la creación se apropia al Padre y la redención al Hijo. En tal sentido hablamos de estas cosas.

Hay una concurrencia en las acciones y operaciones de toda la Deidad en esa dispensación, en el que cada persona concurre a la obra de nuestra salvación y hacia cada acto de nuestra comunión con cada persona en singular. Mira, por cualquier acto que tengamos comunión con alguna persona, hay una influencia de cada persona para extender dicho acto. Como, supongamos que sea el acto de fe: se ha otorgado sobre nosotros por el Padre: “Y esto no de vosotros, pues es don de Dios” (Ef. 2: 8). Es el Padre que revela el evangelio y Cristo en él (Mat. 11: 25). Y es comprado para nosotros por el Hijo: «Porque a vosotros os es concedido a causa de Cristo, no sólo que creáis en él” (Fil. 1: 29). En él “Que nos bendijo con toda bendición espiritual” (Ef. 1: 3). Él nos otorga y aumenta la fe en nosotros “Auméntanos la fe” (Lucas 17: 5). Y se obró en nosotros por el Espíritu quien ministra “Y cuál la supereminente grandeza de su poder,” el cual ejerce hacia los que creen “según la operación del poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos” (Ef. 1: 19-20); “Y si el Espíritu de aquél que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros” (Rom. 8: 11).

Cuando asigno alguna cosa en particular en la que tenemos comunión con cualquiera de las personas, yo no lo hago sólo para otros medios de comunión; sino únicamente a manera de inducir una instancia especial y eminente para prueba y manifestación de la antigua afirmación general: de otra manera no hay gracia o deber en la que no tengamos comunión con Dios en la forma descrita. En cada cosa en la que somos hechos participantes de la naturaleza divina hay una comunicación y recepción entre Dios y nosotros; tan cerca estamos a él en Cristo.

Al afirmar esta comunión distinta, que sólo respeta ese orden en la dispensación de la gracia que Dios se complace en ofrecer en el evangelio, no tengo la intención en lo más mínimo de callar toda comunión con Dios bajo estos espacios (sus maneras de ser tan amplias conteniendo una perfección de la que no hay fin), ni en perjuicio de ese compañerismo santo que tenemos con toda la Deidad, en nuestro caminar delante de él en pacto de obediencia y en el que también Dios ayuda, voy a manejar de aquí en adelante.

 

Comunión en el Amor del Padre

Siendo como premisas estas pocas observaciones, vengo ahora a declarar lo que es en lo que particularmente y eminentemente los santos tienen comunión con el Padre; y esto es el amor–libre, inmerecido y eterno amor. Esto es, el Padre corrige peculiarmente sobre los santos; estos ponen inmediatamente los ojos en él, para recibir de él, y para hacer del mismo retorno su delicia. Este es el gran descubrimiento del evangelio: porque mientras que el Padre, como la fuente de la Deidad, no es conocido de otra manera sino tan lleno de ira, enojo e indignación contra el pecado, ni tampoco los hijos de los hombres pueden tener otros pensamientos de él (Rom. 1: 18; Isa. 33: 13-14; Hab. 1: 13; Sal. 5: 4-6; Efe. 2: 3) –He aquí que ahora se revela particularmente como el amor, tan lleno de ello para nosotros; manifestación que es la obra peculiar del Evangelio (Tito 3: 4).

 

Él es Amor

“Dios es amor” (1 Juan 4: 8). Ya que el nombre de Dios es tomado aquí personalmente y para la persona del Padre, no esencialmente, es evidente en el versículo 9 en el que se distingue de su Hijo unigénito a quien él envía al mundo. Ahora, dice, ‘El Padre es amor;’ es decir, no sólo de una gracia infinita, tierna, compasiva y amorosa naturaleza, de acuerdo como lo ha proclamado él mismo (Ex. 34: 6-7), pero también uno que ‘eminentemente y peculiarmente dispensa él mismo a nosotros en amor libre.’ Así, el apóstol lo pone adelante en los siguientes versos: “En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros” (v. 9); en lo cual me gustaría notes de él, en que él extiende amor hacia ti, “en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él.” Así también, “Él nos amó a nosotros y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (v. 10). Y que esto sea peculiarmente en él, el Espíritu Santo lo declara claramente, en hacerlo antecedente al envío de Cristo y de todas las misericordias y beneficios cualquiera por él recibidos. Este amor, digo, en sí mismo, es anterior a la adquisición de Cristo, aunque el fruto completo se extenderá solo de ese modo (Ef. 1: 4-6).

 

Amor–Asignado al Padre

Así en esa distribución hecha por el apóstol en su bendición de despedida solemne (2 Cor. 13: 14), “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros.” Atribuir diversas cosas a las distintas personas, es el amor que él peculiarmente asigna al Padre. Y la comunión del Espíritu se ha mencionado con la gracia de Cristo y el amor de Dios, porque es por el Espíritu solo que tenemos comunión con Cristo en la gracia y con el Padre en el amor, aunque tenemos comunión también peculiar con él ; como se declarará.

 

Sin Necesidad de Pedir Su Amor

En Juan 16: 26-27 nuestro Salvador dice: “Y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os ama.” Pero, ¿cómo es esto, que nuestro Salvador dice: “Yo no digo que yo rogaré al Padre por vosotros,” cuando dice claramente: “Y yo rogaré al Padre por vosotros?” (Juan 14: 16). Los discípulos, con todas palabras de gracia, promesas confortables y fieles de su Maestro, con la mayoría de los descubrimientos celestiales de su corazón por ellos, eran aún plenamente convencidos de sus queridos y tiernos afectos hacia ellos; como también de su cuidado continuo y bondad, que no los olvidaría cuando corporalmente se fuera de ellos, como estaba ahora sobre su partida, pero ahora todos sus pensamientos están concerniente al Padre, como deben ser aceptados con él, lo que al respecto tenía hacia ellos. Dice nuestro Salvador: “Echando toda vuestra ansiedad sobre él,” más bien, no sobre mí, “porque él tiene cuidado de vosotros” (1P. 5: 7), sino de procurar el amor del Padre por ustedes; pero sabemos que éste es peculiar respecto hacia ustedes y que ustedes están en él: “Él mismo te ama.” Es cierto, en efecto (y como les dije), que yo rogaré al Padre que envíe el Espíritu, el Consolador, y con él todos los frutos de gracia de su amor; pero aún en el punto del amor mismo, el amor libre, el amor eterno, no hay necesidad de ninguna intercesión para eso: porque eminentemente el Padre mismo los ama. Resueltos de esto, para que puedan tener comunión con él en él mismo, y no estar más preocupado por ello. Sí, ya que su gran problema es sobre el amor del Padre, así que, en ninguna manera, no más problema o agravio hacia él, que por su crueldad de no creer en ello. Y así debe ser donde se cuestiona el amor sincero.

 

Encomendado a Nosotros

El apóstol enseña lo mismo (Rom. 5: 5), “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.” Dios, cuyo amor es esto, es claramente distinguido del Espíritu Santo, quien derrama ese amor de él, y él también se distingue del Hijo, porque es a partir de ese amor suyo que se envía al Hijo “mas Dios muestra su amor para con nosotros en que siendo aún pecadores Cristo murió por nosotros” (v. 8), y por lo tanto es del Padre de quien el apóstol habla especialmente aquí. Y ¿qué es lo que él atribuye a él? Constante amor; que también (v. 8) encomienda a nosotros–demostrado en dicha señal y eminente expresión, para que podamos tomar nota de ello, y cerca de él mismo. Para llevar este asunto a su altura, no hay más frecuente y peculiar mención del amor de Dios, en la que el Padre es eminentemente intencionado, y del amor del Padre expresamente, sino que también se llama “El Dios de amor ” (2 Cor 13:11), y se dice que es “amor” para que todo el que lo conozca (1 Juan 4: 8), o permanece en él por el compañerismo o comunión, debe hacerlo porque ‘él es el amor’ ( v. 16).

 

La Prerrogativa del Padre

Considerando que hay un doble amor divino, “beneplaciti y amicitiae” un amor de buena voluntad y destino, y un amor de amistad y aprobación, ambos están peculiarmente asignados al Padre de una manera eminente:

“Porque te tal manera amó Dios al mundo, que ha dado” (Juan 3:16); es decir, con el amor de su propósito y beneplácito, su determinada voluntad de hacer el bien. Esto es claramente atribuido a él, siendo establecido como la causa de enviar a su Hijo (Rom. 9: 11-12; Efe. 1: 4-5; 2 Tes. 2: 13-14; 1 Juan 4: 8-9).

En Juan 14: 23, se habla de ese otro tipo de amor del que hablamos. “El que me ama,” dice Cristo, “mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él.” El amor de amistad y aprobación está aquí eminentemente atribuído a él. Dice Cristo: “Vendremos,” tanto el Padre y el Hijo, “a tal persona, y morar con él; ‘ es decir, por el Espíritu, pero aún así nos quiere hacer tomar nota de que, en el punto de amor, el Padre tiene una prerrogativa peculiar: “Mi Padre lo amará.”

 

Todo Gira por encima de Su Amor

Como este amor es peculiarmente observado en él, así debe ser mirado como la fuente de todas las siguientes dispensaciones de gracia. Los cristianos caminan muchas veces con corazones turbados en relación con los pensamientos del Padre hacia ellos. Están bien persuadidos del Señor Cristo y su su buena voluntad; la dificultad radica en lo que es su aceptación con el Padre–¿cuál es su corazón hacia ellos? “Muéstranos el Padre y nos basta” (Juan 14: 8). Ahora, esto debe estar tan lejos, que su amor debe ser mirado como la fuente de donde todas las otras dulzuras fluyen. Así, el apóstol lo expone (Tito 3: 4), ‘Cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor para con los hombres’. Es del Padre de quien habla; porque él nos dice que ‘lo hace para nosotros’, o “derrama ese amor en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador “(v. 6). Y este amor es el eje sobre el gran cambio y transformación en que los santos se convierten; porque dice, “nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros” (v. 3). Todo inútil, todo fuera de orden, y vil. ¿Dónde, pues, está nuestra recuperación? Todo aumento de la misma está en este amor de Dios, que fluye por los modos allí descritos. Porque cuando se manifestaron la bondad y el amor de Dios–esto es, en los mismos frutos–entonces sobreviene esta transformación. Para asegurarnos de esto, no hay nada que tenga una naturaleza amorosa y tierna en el mundo, y no actúe adecuadamente para tal fin, en que Dios no se haya comparado con él mismo. Que separe toda debilidad e imperfección que hay en ellos, con todo, grandes impresiones del amor deben acatar. Él es como un padre, una madre, un pastor, una gallina sobre los polluelos, y similares (Sal. 103: 13; Isa. 63: 16; Mat. 6: 6; Isa. 66: 13; Sal. 23: 1; Isa. 40: 11; Mat. 23: 37).

No voy a necesitar agregar más pruebas. Esto es lo que se demuestra: Hay amor en la persona del Padre particularmente extendido hacia los santos, en la que mantendrá y mantiene comunión con ellos.

 

Como estar en Comunión con el Padre

Ahora, para completar la comunión con el Padre en amor, dos cosas se requieren de los creyentes: que lo reciban de él y que lo devuelvan adecuadamente a él.

 

Recibe Su Amor

Comunión consiste en dar y recibir. Hasta que sea recibido el amor del Padre, no tenemos comunión con él en eso. ¿Cómo, entonces, es este amor del Padre que se debe recibir, a fin de mantener comunión con él? Yo respondo, por fe. Recibir el mismo es la creencia del mismo. Dios tiene tan plenamente, tan eminentemente revelado su amor, que puede ser recibido por fe. “Creéis en Dios” (Juan 14: 1); es decir, el Padre. ¿Y qué es para ser creído en él? Su amor; porque él es “amor” (1 Juan 4: 8).

manuduction: dirección; llevando de la mano

Es cierto, no hay una acción inmediata de la fe en el Padre, sino por el Hijo. “Él es el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre, sino por mi” (Juan 14: 6). Él es el sumo sacerdote misericordioso sobre la casa de Dios, por quien tenemos acceso al trono de la gracia: por él es nuestra ‘manuduction’ al Padre; y mediante el cual creéis en Dios (1 Ped. 1: 21). Pero esto es lo que digo–cuando por y a través de Cristo tenemos acceso al Padre, entonces contemplamos también su gloria, y vemos su amor que él peculiarmente tiene para nosotros, y actuamos por fe misma. Digo entonces, estamos para observarlo, para creerlo, para recibirlo, ya que en él los asuntos y frutos de ello están siendo expuestos a nosotros a través de Cristo solo. Aunque no haya luz para nosotros sino en los rayos, aún así, podemos ver el sol por los rayos, que son la fuente del mismo. Aunque todo nuestro refrigerio en realidad se encuentran en las corrientes, aún así, ellas nos llevan a la fuente. Jesucristo, en relación con el amor del Padre, no es sino el rayo y la corriente en los que en realidad se encuentra toda nuestra luz, aunque por él somos conducidos a la fuente, el sol de amor eterno en si mismo. Los creyentes deberían ejercitarse en esto, les resultaría un asunto de no poca mejoría espiritual en su caminar con Dios.

Esto es para lo cual está dirigido. Muchos pensamientos oscuros e inquietantes tienden a surgir en este aspecto. Pocos pueden llevar sus corazones y mentes a esta altura por fe, ya que para descansar sus almas en el amor del Padre, viven por debajo de ella, en la molesta región de esperanzas y miedos, tormentas y nubes. Todo aquí es sereno y tranquilo. Pero, cómo lograr  este terreno, no saben. Esta es la voluntad de Dios, que siempre puede ser observado como benigno, amable, tierno, amoroso, e inmutable en eso; y que particularmente como el Padre, como la gran fuente y manantial de todas las comunicaciones de gracia y frutos del amor. Esto es lo que Cristo vino a revelar–Dios como un Padre (Juan 1: 18); ese nombre el cual declara a los que le son dados del mundo (Juan 17: 6). Y esto es, efectivamente, que él nos lleva por él mismo, ya que es la única manera de ir a Dios como un Padre (Juan 14: 5-6); es decir, como amor: y al hacerlo, nos da el descanso que promete; porque el amor del Padre es el único descanso del alma. Es cierto, como se ha dicho, no lo hacemos formalmente en el primer instante de creer. Creemos en Dios por medio de Cristo (1 Pedro 1: 21.); la fe busca descanso para el alma. Esta se presenta a ella por Cristo, el mediador, como la única causa obtenida. Aquí no termina, pero por Cristo tiene un acceso al Padre (Ef 2: 18.) –en Su amor; descubre que él es amor, como tener un diseño, un propósito de amor, una buena voluntad hacia nosotros desde la eternidad– una delicia, una complacencia, una buena voluntad en Cristo– todas las causas de enojo y aversión siendo quitadas. Siendo el alma de este modo, por la fe en Cristo, y por él, puesta en el seno de Dios, en una persuasión confortable y percepción espiritual y sentido de su amor, allí reposa y descansa en si misma. Y esto es lo primero que los santos hacen, en su comunión con el Padre, la debida mejoría de la cual hay más después.

 

Devolver Su Amor

Para esa devolución adecuada que se requiere, ésta también (en una parte principal del mismo, más allá del cual no voy ahora ampliarlo) consiste en amor. Dios ama, que puede ser amado. Cuando se trata de ordenar la devolución de su amor recibido, para completar la comunión con él, dice, “Hijo mío, dame tu corazón” (Prov. 23: 26)–tus afectos, tu amor. “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente” (Lucas 10: 27); esta es la devolución que él exige. Cuando el alma ve a Dios, en su dispensación del amor, que es amor, que es infinitamente hermoso y amoroso, descansa sobre y se deleita en él como tal, entonces lo tiene en comunión con él en amor. Esto es el amor, que Dios nos ama primero, y luego le amamos de nuevo. No voy ahora a salir con una descripción del amor divino. En general, el amor es una afección de la unión y cercanía, con complacencia en el mismo. En tanto que el Padre es visto bajo cualquier otra comprensión, pero sólo como actúa el amor en el alma, reproduce en el alma el terror y aversión. De ahí el vuelo y el esconderse de los pecadores en las Escrituras. Pero cuando el que es el Padre se considera como un padre, actuando amor en el alma, esto eleva a amar de nuevo. Esto es, en la fe, el fundamento de toda obediencia aceptable (Deut. 5:10; Ex. 20: 6; Deut. 10:12; 11: 1, 13; 13: 3).

“Cuando el alma ve a Dios, en su dispensación de amor, en ser amor, para ser infinitamente preciosa y cariñosa, descansa sobre y se deleita en él como tal, entonces tiene comunión con él en amor.”

Así es todo este asunto declarado por el apóstol (Ef.1: 4), “según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él en amor.” Se inicia en el amor de Dios, y termina en nuestro amor a él. Eso es lo que el amor eterno de Dios se propone en nosotros, y trabaja en nosotros. Es cierto, nuestra obediencia universal, cae dentro del ámbito de nuestra comunión con Dios; pero eso es con él como Dios, nuestro soberano bendito, legislador y galardonador: ya que es el Padre, nuestro Padre en Cristo, como nos revela para ser amado por encima y en contra de todas las expectativas del hombre natural; por lo que es en amor que tenemos esta relación con él. Tampoco tengo la intención única de que el amor sea como la vida y la forma de toda obediencia moral; sino una delicia peculiar y consentimiento en el Padre, revelados eficazmente como amor al alma.

 

El Amor del Padre y Nuestro Amor Comparados y Contrastados

Para que esta comunión con el Padre en amor pueda ser más clara y evidente, voy a mostrar dos cosas: Primero, como este amor de Dios para nosotros y nuestro amor a él concuerdan en cierta manera de analogía y semejanza. En segundo lugar, en que se diferencian; lo que más tarde descubrirá la naturaleza de cada uno de ellos.

 

Ambos Marcados por Descanso y Satisfacción

El amor de Dios es “tan completo, en todo sentido tan total y absoluto, que no va a permitirles quejarse de nada en aquellos a quien él ama ‘.

El amor de Dios es así. “Jehová está en medio de ti, poderoso; él salvará, él se gozará sobre ti con alegría, callará de amor; se regocijará sobre ti con cánticos” (Sof. 3: 17). Ambas cosas están aquí asignadas a Dios en su amor–reposo y deleite. Las palabras son, ????????? ????????????, ‘Él estará silencioso a causa de su amor.’ Para descansar con contentamiento se expresa por estar en silencio; es decir, sin protesta sin queja. Este Dios actúa sobre la cuenta de su propio amor, tan lleno, así en todo sentido completo y absoluto, que no va a permitirles quejarse de nada en aquellos a quien él ama, pero no dice nada sobre la cuenta de los mismos. O ‘Reposen en su amor;’ es decir, no lo eliminará–él no buscará más allá por otro objeto. Pondrá su morada encima del alma donde se fija una vez, para siempre. Y la complacencia o deleite: ‘Él se regocija con cánticos;’ como uno que está plenamente satisfecho en ese objeto en que ha fijado su amor. Aquí hay dos palabras que se usan para expresar la alegría y gozo que Dios tiene en su amor- ???????? y ??????. El primero indica el afecto hacia el interior de la mente, la alegría del corazón; y establecer la intensidad de esto, se dice que deberá hacerlo ???????????–con alegría, o con gozo. Para tener gozo del corazón en alegría, es la más alta expresión de deleite en amor. Esta última palabra denota no el afecto hacia el interior, sino la manifestación exterior del mismo: ???????? parece estar formado de ello. Es exaltarse en la manifestación externa del deleite y gozo interior; ‘Tripudiare,’ saltar, cuando los hombres triunfan con cierta jubilosa sorpresa. Y por lo tanto, se dice que Dios haga esto ?????????–con un jubiloso sonido, o canto. Para regocijarse con alegría de corazón, para exaltarse con canto y alabanza, argumenta el mayor deleite y complacencia posible. Cuando expresaría lo contrario de este amor, dice ??? ????????–‘no se agradó Dios’ (1 Cor. 10: 5); no fija su deleite ni descanso en ellos. Y, “si retrocediere, no agradará a mi alma” (Heb. 10: 38; Jer. 22: 28; Oseas 8: 8; Mal. 1: 10). Él se complace en los que permanecen con él. Canta a su iglesia, “la viña del vino rojo: yo Jehová la guardo” (Isa. 27: 2-3; Sal. 147: 11; 149: 4). Hay descanso y complacencia en su amor. Existe en el hebreo una metátesis de una letra entre la palabra que significa un amor a voluntad y deseo (????? tan es amar), y que denota un amor de reposo y consentimiento (que es, ?????); y ambos se aplican a Dios. Él desea el bien para nosotros para que pueda descansar en esa voluntad. Algunos dicen, ??????, ‘amar’, es de ???????? ????, perfectamente concedido en la cosa amada. Y cuando Dios llama a su Hijo ????????, ‘amado’ (Mat. 03: 17), añade, como una exposición del mismo, ?? ? ????????, “en quien yo reposo complacencia.”

La devolución que los santos hacen a él, para completar la comunión con él en esto, tiene cierta analogía con su amor en esto; porque es un amor también de descanso y deleite. “Vuelve, oh alma mía, a tu reposo”, dice David (Sal.116: 7). Él hace a Dios su reposo; es decir, aquel en quien su alma hace descansar, sin buscar más lejos por un objeto más conveniente y deseable. “¿A quién tengo yo”, dice, “en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra” (Sal. 73: 25). De este modo el alma se reúne en sí de todas sus andanzas, de todos los otros amados, para descansar en Dios solo, para saciarse y contentarse en él; eligiendo al Padre para su reposo presente y eterno. Y esto también con deleite. “Porque mejor es tu misericordia”, dice el salmista, “que la vida; mis labios te alabarán”(Sal. 63: 3). ‘Que la vida,’ ?????????–antes vidas. No voy a negar, pero la vida en simple consideración a veces es tan explícita, pero siempre enfáticamente; por lo que toda la vida, con todas sus preocupaciones, se pretende, pueden hacerla considerable. Agustín, en este sitio, leyéndolo en ‘super vitas,’ se extiende a los diferentes cursos de la vida en que los hombres se dedican a sí mismos. La vida, en su total continuación de la misma, con cualquiera de todas sus ventajas, por lo menos lo pretende. Suponiendo que a sí misma en las garras de la muerte, rodando a la tumba a través de innumerables problemas, a pesar de todo, se encontró con más dulzura en Dios que en una larga vida, bajo sus mejores y más nobles consideraciones, al que asistieron todos los goces que la hacen agradable y confortable. Y esto es para la iglesia, “No nos librará el asirio, no montaremos en caballos, ni nunca más diremos a la obra de nuestras manos: dioses nuestros; porque en ti el huérfano alcanzará misericordia”(Oseas 14: 3). Rechazan las apariencias más agradables de descanso y contentamiento, para construir todo en Dios, en quien se arrojaron a sí mismos, ya que de lo contrario son huérfanos desvalidos.

 

Todo mediante Cristo

Cristo ‘es el tesoro en el que el Padre dispone todas las riquezas de su gracia, tomado de la mina sin fondo de su amor eterno; y él es el sacerdote en cuyas manos ponemos todas las ofrendas que devolvemos al Padre.’

El amor mutuo de Dios y de los santos está de acuerdo en esto: que la forma de comunicar los asuntos y los frutos de estos amores es sólo en Cristo. El Padre no comunica ningún asunto de su amor a nosotros, sino a través de Cristo; y nosotros no ofrecemos ninguna respuesta de amor a él, sino a través de Cristo. Él es el tesoro en el que el Padre dispone todas las riquezas de su gracia, tomado de la mina sin fondo de su amor eterno; y él es el sacerdote en cuyas manos ponemos todas las ofrendas que devolvemos al Padre. De allí que es primero, y por vía de eminencia, dijo amar al Hijo; no sólo como su Hijo eterno, como el deleite de su alma antes de la fundación del mundo (Prov. 8: 30), sino también como nuestro mediador, y los recursos para transmitir su amor a nosotros (Mat. 03: 17; Juan 3: 35; 5: 20; 10: 17; 15: 9; 17: 24). Y se nos dice creer a través de él y tener acceso a Dios.

El Padre nos ama, y “nos escogió antes de la fundación del mundo”, pero en la búsqueda de ese amor, él “nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo” (Ef.1: 3-4). De su amor, él arroja o derrama el Espíritu Santo sobre nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador (Tito 3: 6). En el derramamiento de su amor, no hay una sola gota que caiga aparte de Cristo el Señor. El aceite de la santa unción era todo derramado sobre la cabeza de Aarón (Sal. 133: 2); y de allí fue a las faldas de sus vestidos. El amor es derramado primero en Cristo; y de él desciende como el rocío de Hermón sobre las almas de sus santos. El Padre lo tendrá “para que en todo tenga la preeminencia” (Col. 1:18); ‘por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud’ (v. 19); que “Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia” (Juan 01: 16). Aunque el amor del propósito del Padre y buena voluntad tienen su auge y la fundación en su mera gracia y voluntad, con todo, el diseño de su logro es sólo en Cristo. Todos los frutos del mismo primero se les da a él; y es en él solo que se reparten a nosotros. Así que aunque los santos pueden o no, ver un océano infinito de amor hacia ellos en el seno del Padre, con todo, no han de buscar una gota de él, sino lo que viene a través de Cristo. Él es el único medio de comunicación. El amor en el Padre es como la miel en la flor; debe estar en el peine antes de que sea para nuestro uso. Cristo debe extraer y preparar esta miel para nosotros. Él señala esta agua desde la fuente a través de la plenitud de unión y dispensación; nosotros por fe, desde los manantiales de la salvación que se encuentran en él. Esto fue, en parte, antes descubierto.

Nuestros rendimientos están todos en él, y por él también. Y bueno es a nosotros que sea así. ¡Qué flojos y ciegos sacrificios deberíamos, de otro modo, presentar a Dios! Él lleva la iniquidad de nuestras ofrendas, y añade incienso a nuestras oraciones. Nuestro amor es fijado en el Padre; pero se le transmitió a través del Hijo de su amor. Él es el único camino por nuestras gracias así como por nuestras personas para ir a Dios; a través de él pasa todo nuestro deseo, nuestro deleite, nuestra complacencia, nuestra obediencia. De los cuales hay más tarde.

Ahora, en estas dos cosas hay una cierta semejanza entre ese amor recíproco del Padre y de los santos en la cual ellos mantienen comunión.

 

Generosidad v. Deber

El amor del Padre es un amor de generosidad–un amor descendente; dicho amor lo lleva a hacer cosas buenas para nosotros, grandes cosas para nosotros. Su amor se encuentra en el fondo de todas las dispensaciones hacia nosotros; y nosotros apenas encontramos cualquier mención de ello, pero se mantiene como la causa y fuente de alguna dádiva gratuita que fluye del mismo. Él nos ama, y ??envía a su Hijo para morir por nosotros; Él nos ama y nos bendice con toda bendición espiritual. Amar es elegir (Rom. 9: 11-12). Él nos ama y nos castiga. Es un amor como el de los cielos a la tierra, cuando, estando llenos de lluvia, derraman chubascos para que sea fructífero; como el mar comunica sus aguas a los ríos por el camino de generosidad, de su propia plenitud–regresan al mismo sólo lo que reciben de él. Es el amor de una primavera, de una fuente–siempre comunicando; un amor de donde procede todo lo que es encantador en su objeto. Infunde en, y crea en bondad las personas amadas. Y esto responde a la descripción del amor propuesta por el filósofo. ‘Amar’, dice, ‘???? ????????? ???? ? ?????? ????? ??? ???? ??????? ????????? ????? ??????.’ El que ama hace bien a los que ama, ya que es capaz. El poder y la voluntad de Dios son conmensurables; lo que él quiere él hace.

Nuestro amor a Dios es un amor de servicio, el amor de un niño. Su amor desciende sobre nosotros en abundancia y fecundidad; nuestro amor asciende a él en servicio y gratitud. Añade a nosotros por su amor; nosotros nada a él por el nuestro. Nuestra bondad no se extiende a él. Aunque nuestro amor se fija en él de inmediato, con todo, ningún fruto de nuestro amor le llega de inmediato; a pesar de que requiere nuestro amor, no se ve beneficiado por ello (Job 35: 5-8, Rom. 11: 35, Job 22: 2-3). En efecto, se compone de estas cuatro cosas: reposo; deleite; reverencia; obediencia. Por estos tenemos comunión con el Padre en su amor. Por eso Dios llama a ese amor que se debe a él como un padre, “honor” (Mal. 1: 6), ‘Si, ??pues, soy yo padre, ¿dónde está mi honra?’ Es un acto merecido del deber.

 

Antecedente v. Consecuente

El amor del Padre hacia nosotros es un amor anticipado, y eso en dos aspectos:

Es anticipado respecto de nuestro amor (1 Juan 4: 10), “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros.” Su amor va delante nuestro. El padre ama al hijo, cuando el hijo no conoce al padre, y mucho menos lo ama. Sí, somos por naturaleza ?????????? (Rom 1: 30) –aborrecedores de Dios. Él está en su propia naturaleza ???????????– amante de los hombres; y seguramente todo el amor mutuo entre él y nosotros debe comenzar en su mano.

Con respecto a todas las demás causas de amor el que sea. No va sólo antes de nuestro amor, sino también algo en nosotros que es precioso. (Rom. 5: 8), “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” No sólo su amor, sino el fruto eminente del mismo, se derrama hacia nosotros como pecadores. El pecado encierra toda fealdad y falta de atractivo que pueden estar en una criatura. La sola mención de eso elimina todas las causas, todas las movibles ocasiones de amor el que sea. Con todo, como tal, tenemos el elogio del amor del Padre hacia nosotros, por una mayor señal de testimonio. No sólo cuando no hemos hecho nada bueno, sino cuando estamos en nuestra sangre, él nos ama; no porque seamos mejores que otros, sino porque él es infinitamente bueno. Su bondad aparece cuando somos necios y desobedientes. Por lo tanto se dice “ama al mundo”, es decir, aquellos que no tienen nada, pero lo que es en sí y por el mundo, cuya totalidad se encuentra en el mal.

Nuestro amor es consecuencia en estos dos aspectos:

En relación con el amor de Dios. Nunca una criatura gira sus afectos hacia Dios, si el corazón de Dios no se fija primero sobre él.

Con respecto a causas suficientes de amor. Dios debe ser revelado a nosotros como precioso y deseable, como un objeto en forma y adecuado para el alma para establecer su descanso, antes de que podamos tener ningún amor a él. Los santos (en este sentido) no aman a Dios para nada, sino por la excelencia, hermosura, y deseabilidad que hay en él. Como dice el salmista, en particular “Amo al Señor, pues..!” (Sal. 116: 1) así que puede que en general, ¡amamos al Señor, porque! O, como David, en otro caso, ‘¿Qué he hecho ahora? ¿No hay una causa?’ Si algún hombre pregunta por nuestro amor a Dios, podemos decir, ‘¿Qué hemos hecho ahora? ¿No hay una causa?’

 

Constante v. Menguante

Se diferencian en esto también: el amor de Dios es como él–igual, constante, no es capaz de aumento o disminución; nuestro amor es como nosotros mismos, desigual, que aumenta, menguante, creciente, decreciente. El suyo, como el sol, siempre el mismo en su luz, a pesar de que una nube a veces puede interponerse; el nuestro, como la luna, tiene sus ampliaciones y restricciones.

El amor del Padre es igual; a quien ama, ama hasta el final, y él los ama siempre igual. ‘La Fuerza de Israel no es hombre para que se arrepienta.’ En quien fija su amor, que es inmutable; no crece hacia la eternidad, no se ve disminuido en cualquier momento. Es un amor eterno, que no tuvo principio, que no tendrá fin; que no puede ser intensificado por cualquier acto nuestro, que no puede ser disminuido por nada en nosotros. Digo, en sí mismo, por lo que es; de lo contrario, en un doble sentido, se podrá admitir a cambio:

Con respecto a sus frutos. Es, como he dicho, un amor fructífero, un amor de generosidad. En referencia a esos frutos, a veces puede ser mayor, a veces menos; sus comunicaciones son diversas. ¿Quién de entre los santos descubre que no [es así]? ¡Qué vida, qué luz, qué fuerza–a veces!– Y de nuevo, ¡tan muerto, tan oscuro, tan débil! A medida que Dios se complace en dejar salir o contener los frutos de su amor. Todas las gracias del Espíritu en nosotros, todos los goces santificados que sean, son frutos de su amor. La manera tan distinta en que éstos se dispensan, la diferente manera en diversas temporadas a las mismas personas, la experiencia testificará abundantemente.

Con respecto a sus descubrimientos y manifestaciones. Él “derrama su amor en nuestros corazones por el Espíritu Santo” (Rom. 5: 5)–nos ofrece un significado del mismo, lo manifiesta a nosotros. Ahora, éste es variado y cambiante, a veces más, a veces menos; ahora brilla, luego esconde su rostro, ya que puede ser para nuestro beneficio. Nuestro Padre no siempre reprenderá, para que no seamos abatidos; no siempre expresa sonrisa, para que no estemos llenos y lo descuidemos: pero, a pesar de todo, su amor sigue siendo en sí mismo el mismo. Cuando por un momento esconde su rostro, con todo, nos reúne con misericordia eterna.

Objeción. Pero vas a decir, ‘Esto se acerca a esa blasfemia, que Dios ama a su pueblo en su pecado, así como en su obediencia estricta; y, si es así, ¿quién cuidará a servirle más, o caminar con él para agradarle?

Respuesta. Hay pocas verdades de Cristo, que, de alguna u otra, no han recibido propio entretenimiento con esto. Términos y denominaciones están en la voluntad de cada ponente; las cosas no variaron en absoluto por ellos. El amor de Dios en sí mismo es el propósito eterno y acto de su voluntad. Esto no es más cambiante que Dios mismo: si lo fuera, ninguna carne podría ser salvada; pero no cambia, y nosotros no hemos sido consumidos. ¿Entonces que? ¿Ama a su pueblo en su pecado? Sí; su pueblo–no su pecado. ¿No altera su amor hacia ellos? No el propósito de su voluntad, sino las dispensaciones de su gracia. Él les reprende, les castiga, esconde su rostro de ellos, les golpea, les llena de un sentido de [su] indignación; pero ¡ay, ay que sería de nosotros, en caso de que cambie en su amor, o apartar su misericordia de nosotros! Esas mismas cosas que parecen ser manifestaciones del cambio de su afecto hacia él, proceden con mayor claridad del amor como los que parecen ser los asuntos más genuinos del mismo. ‘Pero ¿no alentará esto al pecado?’ éste nunca probó del amor de Dios que pueda hacer en serio esta objeción. La doctrina de la gracia puede ser convertida en lascivia; el principio no puede. No voy ser injusto a los santos por dar otra respuesta a esta objeción: odio de cualquier pecado, puede bien consistir en la aceptación de sus personas, y su designación a la vida eterna.

Pero ahora nuestro amor a Dios está decayendo y fluyendo, menguando y creciendo. Perdemos nuestro primer amor, y crecemos de nuevo en amor; escaso de un día en un estándar. ¡Qué pobres criaturas que somos! ¡Tan diferente el Señor y su amor! ‘Inestables como el agua, no podemos sobresalir.’ Ahora es, ‘Aunque todos te abandonen, yo no lo haré;’ luego, ‘Yo no conozco a ese hombre.’ Un día, ‘Nunca seré conmovido, mi colina es tan fuerte;’ el siguiente, ‘Todos los hombres son mentirosos, seré muerto.’ ¿Cuándo alguna vez fue el tiempo, dónde alguna vez fue el lugar, en que nuestro amor fue un día igual hacia Dios?

Y así, estos acuerdos y discrepancias describen más que el amor recíproco del Padre y de los santos, los cuales mantienen comunión. Otros casos en cuanto a la persona del Padre no voy a dar, pero trato de hacer un poco de mejora de esto en el próximo capítulo.

 

Fotografía de Fabian Kopetsckny bajo licencia Creative Commons

 

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2 Comentarios

  • Responder Septiembre 27, 2016

    Miguel montenengro

    son los unicos capitulos? ya no subiran mas?

    • Responder Octubre 18, 2016

      DelEvangelio

      Habrá más pronto

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