La Trinidad – Jonathan Edwards

Traducido por: Erika Escobar

Las notas al pie están marcadas en color rojo, se encuentran al final de la publicación.

Un Ensayo Inédito sobre la Trinidad
por
Jonathan Edwards 1

Cuando hablamos de la Divina felicidad es común decir que Dios es infinitamente feliz en el disfrute de Sí mismo, en la contemplación perfecta y en amor infinito, y en el regocijo de Su propia esencia y perfección. De acuerdo a esto, debe suponerse que Dios perpetua y eternamente tiene la más perfecta idea de Sí mismo, como si fuera una imagen y una representación de Si mismo siempre enfrente a Si mismo y en real visión y de esto, en consecuencia, emana el más puro y perfecto acto o energía de la deidad (naturaleza divina), deidad que es amor divino, complacencia y gozo. El conocimiento o vista que Dios tiene de Sí mismo debe ser concebido necesariamente como algo distinto de Su mera y directa existencia. Debe existir algo que devuelva nuestra reflexión. La reflexión, como nosotros reflejamos nuestras propias mentes, porta algo de imperfección en ella. Sin embargo, si Dios se contempla a Sí mismo de forma tal que tiene complacencia y gozo en Sí mismo, el reflejo es Su propio objeto. Debería existir una dualidad: está Dios y la idea de Dios, si es apropiado denominar como una idea lo que es puramente espiritual.

Si un hombre pudiera tener una idea absolutamente perfecta de todo lo que sucede en su mente, y todas esa serie de ideas y ejercicios fueran perfectas en lo que refiere a orden, grado, circunstancia y para cada lapso particular del tiempo pasado (suponga la hora recién pasada), para este hombre todos los intentos y propósitos serían los que fueron en esa última hora. Si fuera posible para un hombre la reverberación perfecta para contemplar todo lo que está en su propia mente en una hora dada, verse como es y al mismo tiempo estar allí en su primera y directa existencia; y si un hombre, que es, tuviera un reflejo perfecto o idea contemplativa de cada pensamiento en el mismo momento en que ese pensamiento se produce y de cada maniobra que es en y durante ese mismo tiempo en que ésta se desarrolla, y así durante la hora completa, este hombre sería realmente dos durante ese tiempo; sería en realidad doble. Sería dos veces en una. La idea que tiene de sí mismo sería él mismo nuevamente.

Note que con tener un reflejo o idea contemplativa de lo que sucede en nuestras mentes, no sólo me refiero a la conciencia. Hay una gran diferencia entre un hombre teniendo una visión de sí mismo, reflejo o idea contemplativa de sí mismo, como para deleitarse de su propia belleza o excelencia, y la mera conciencia. O si nos referimos a la conciencia a lo que está en nuestra propia mente, cualquier cosa más que la simple y mera existencia en nuestras mentes de lo que allí existe, eso no sería nada más que el poder de la reverberación que nos permite ver o contemplar lo que sucede.

Por lo tanto, como Dios, con perfecta nitidez, plenitud y fortaleza, se entiende a Sí mismo, observa su propia esencia (en la cual no existe distinción entre materia y acción, sino que es completamente materia y completamente acción), esa idea que Dios tiene de Sí mismo es absolutamente Sí mismo. Esta representación de la naturaleza y esencia divina son la naturaleza y esencia divina mismas. Es, con certeza, que de este modo el pensamiento de Dios sobre su Deidad debe ser generado. Aquí hay otra persona única, hay otra Potestad Eterna e Infinita y santísima y el mismo Dios, la mismísima naturaleza Divina.
Y esta Persona es la segunda persona de la Trinidad, el Unigénito y Amado Hijo de Dios. Él es la idea eterna, necesaria, perfecta, trascendental y personal que Dios tiene de Sí mismo.

Nada puede concordar más con los registros que nos entregan las Escrituras sobre el Hijo de Dios, Su ser en la forma de Dios y Su expresa y perfecta imagen y representación (2Cor 4:4) “para que no les resplandezca la luz del evangelio glorioso de Cristo, quien es la imagen de Dios” (Fil 2:6 “El cual siendo en forma de Dios”. Col 1:15 “Él es la imagen del Dios invisible”. Heb. 1:3, “el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de Su persona”).

A Cristo se le llama la cara de Dios (Exo 33:14)2: la palabra (A. V. presencia) en el original significa cara, parecer, forma o apariencia. Ahora qué puede ser denominado tan apropiada y adecuadamente de esta forma con respecto a Dios sino la propia y perfecta idea que Dios tiene de Sí mismo, por medio de la cual Él tiene en cada preciso momento una visión de Su propia esencia. Esta idea es ese “rostro de Dios” que Dios ve de Sí mismo, como el hombre que ve su propia cara en el espejo. Esa es la forma o apariencia dondequiera que Dios eternamente se aparece a Sí mismo. La raíz de la palabra original viene del significado de cuidar y observar. Ahora ¿qué es lo que Dios cuida u observa de manera tan suprema como lo hace con Su propia idea o esa perfecta imagen de Sí mismo, y que tiene ante Su vista? Esto es lo que está eminentemente en la presencia de Dios y es llamado el ángel de la presencia de Dios o rostro (Isa 63:9)3 . Es un asunto que está expresamente revelado en la Palabra de Dios, que el Hijo de Dios sea la perfecta y eterna idea de Dios mismo. En Ella, en primer lugar, Cristo es llamado “la sabiduría de Dios”. Si se nos enseña en la Escritura que Cristo es Uno con la sabiduría o conocimiento de Dios, entonces eso quiere decirnos que Él es igual que la idea eterna y perfecta de Dios. Ellos son lo mismo como lo hemos ya observado y, supongo, nadie negará. Cristo es llamado la sabiduría de Dios (1Cor 1:24 4, Luc 11:49 5, comparado con Mat 23.34 6) y cuánto Cristo, en Proverbios, nos habla bajo el nombre de Sabiduría, especialmente en el octavo capítulo.

La Deidad siendo de este modo unigénita por la idea de Dios amándose a Sí mismo y desplegado en una materia o persona distinta en esa idea. De ahí procede el más puro acto, una energía infinita y santa que nace entre el Padre y el Hijo, en un amor y deleite mutuos del uno por otro, porque su amor y gozo son mutuos (Prov. 8:30 7) “Yo era Su delicia diariamente, deleitándome siempre ante El”. Este es el eterno y más perfecto y esencial acto de la Divina naturaleza, en que la Deidad actúa a un grado infinito y en la más perfecta forma posible. La Deidad se vuelve todo acto. La mismísima esencia Divina fluye y es como si fuera inspirada en amor y gozo. Es así que la Deidad permanece en lo sucesivo y en otra forma de existencia. Y desde allí procede la tercera Persona de la Trinidad, el Espíritu Santo. A saber, la Deidad en acción, porque no existe otra acción que la acción de la voluntad.

Podemos aprender por la Palabra de Dios que la Deidad o Divina naturaleza y esencia subsiste en amor (1 Jn 4:8) “El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor”. Y en ese contexto, pienso, es claramente cercano a nosotros, que el Espíritu Santo es ese Amor, como se indica en los versículos 12 y 13: “Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros”… “porque Él nos ha dado Su Espíritu”. Es el mismo argumento en ambos versículos. En el versículo 12, el apóstol argumenta que si tenemos amor en nosotros, tenemos a Dios en nosotros, y en el versículo 13, enfatiza la fuerza del argumento diciendo que ese amor es el Espíritu de Dios. Viendo que tenemos el Espíritu de Dios en nosotros, tenemos a Dios en (nosotros), suponiendo esto como una cosa garantizada y permitida que el Espíritu de Dios es Dios. Esto también es evidente cuando dice que Dios habitando en nosotros, y Su amor y el amor que Él ha manifestado para ser en nosotros, son una misma cosa. Lo mismo se expresa, de igual forma, en el último versículo del capítulo mencionado. En los versículos precedentes, el apóstol está hablando del amor como una señal segura de nuestra sinceridad y de nuestra aceptación de Dios, comenzando con el versículo 18, y de esta forma redondea el argumento en el último versículo. De este modo, nosotros sabemos que Él habita en nosotros por el Espíritu que nos ha dado.

En muchos lugares, la Escritura parece hablar del amor en los cristianos como si fuera lo mismo que el Espíritu de Dios en ellos, o al menos como el supremo y más natural aliento y acto del Espíritu en el alma (Fil 2:1-2) “Por tanto, si hay alguna consolación en Cristo, si algún consuelo de amor, si alguna comunión del Espíritu, si algún afecto entrañable, si alguna misericordia, completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa”. (2 Cor 6:6) “En bondad, en el Espíritu Santo, en amor sincero”. (Rom. 15:30) Pero os ruego, hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu”. (Col 1:8) “quien también nos ha declarado vuestro amor en el Espíritu.” (Rom. 5:5) “porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.” (Gal 5:13-16) “No uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros. Pero si os mordéis y os coméis unos a otros, tomad cuidado que no os consumáis unos a otros. Esto digo pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne.” El apóstol argumenta que la libertad del cristiano no es camino para dejarse llevar por los deseos de la carne, en morderse y devorarse unos a otros o lo similar, porque el principio de amor que estaba en el cumplimiento de la ley lo evitaría. Y en el versículo 16, asevera la misma cosa en otras palabras: “Esto digo entonces, caminad en el Espíritu y no satisfagáis los deseos de la carne”.

El tercer y último oficio del Espíritu Santo es confortar y deleitar las almas del pueblo de Dios. Es así que uno de Sus nombres es el Consolador. De ese modo tenemos la frase “Gozo en el Espíritu Santo” (1 Tes 1:6) “Habiendo recibido la Palabra con mucha aflicción con el gozo del Espíritu santo”. (Rom 14:7) “El reino de Dios es… justicia, y paz, y gozo en el Espíritu Santo”. (Hech 9:31) “Caminando en el temor de Dios y en el consuelo del Espíritu Santo”. Cuán bien concuerda esto con el Espíritu de Dios siendo el gozo de Dios y su deleite. (Hech 13:52) “Y los discípulos estaban llenos de gozo y con el Espíritu Santo” – dándose a entender, como yo supongo, que ellos están llenos de gozo espiritual.

Esto es confirmado por el símbolo del Espíritu Santo, a saber, una paloma, que es el emblema del amor o de un amante. Así es usado en las Escrituras, y en forma especialmente frecuente en los Cantares de Salomón (1:15) “Mira que eres justo, mi amor, mira que eres justo, tienes ojos de paloma”, Ejemplo “Ojos de amor”, y luego en 4:1, las mismas palabras, y luego en 5:12. Sus ojos son como los ojos de las palomas” y en 5:2 “Mi amor, mi paloma”, y en 2:14 y luego 6:9. Esto, creo yo, es la razón de que la paloma entre todos los pájaros (excepto el gorrión en un caso de único de lepra) fue designada para ser ofrecida en sacrificio debido a su inocencia y porque es el emblema de amor, amor siendo el más aceptable sacrificio a Dios. Fue bajo esta similitud que el Espíritu Santo descendió del Padre sobre Cristo en su bautismo, significando el infinito amor del Padre por el Hijo, quien es el verdadero David, o amado, como dijimos anteriormente.

El mismo significado tuvo lo que el ojo vio con la aparición del Espíritu Santo cuando descendió del Padre al Hijo en la forma de una paloma. El mismo significado tuvo la voz en esa ocasión que dijo “Este es mi Hijo amado en quien tengo complacencia”.

Que el amor de Dios o Su amorosa bondad es la misma del Espíritu Santo parece ser claro en Sal 36: 7-9 “Que excelente (o qué preciosa como es en Hebreo) es tu amorosa bondad oh Dios, por lo tanto los hijos de los hombres pusieron su confianza bajo la sombra de Tus alas, serán abundantemente satisfechos (en hebreo, “regados”) con la gordura de Tu casa y Tú los harás beber del río de Tus placeres, porque Contigo es la fuente de vida y en Tu luz veremos la luz”.

Sin duda que la preciosa y amorosa bondad y la gordura de la casa de Dios y el río de Sus placeres y el agua de la fuente de vida y la luz de Dios de la que hablamos, son la misma cosa. Por ella aprendemos que el santo aceite consagrado, que era guardado en la Casa de Dios y que es un tipo del Espíritu Santo, representaba el amor de Dios; y que el Río de Agua viva mencionado en el capítulo 22 del Apocalipsis, que procede del trono de Dios y del Cordero, y que es también la misma visión de Ezequiel de las aguas vivas y dadoras de vida, es aquí , en el Salmo 36, llamada “Fuente de Vida y río de los placeres de Dios”. Todo se refiere a la amorosa bondad de Dios.

Es Cristo mismo quien expresamente nos enseña que las fuentes espirituales y los ríos de agua de vida son el Espíritu Santo (Jn 4:14 8; 7:38,39 9). Que por el río de los placeres de Dios se entiende la misma cosa que expresa el río puro de agua de vida que se menciona en Apo 22:1. Se confirma más aún si lo comparamos con esos versículos del Apocalipsis 21:23-24 10, 22:1-5 11. Pienso que si nosotros comparamos estos versículos y los sopesamos no podemos dudar de que se trata de la misma felicidad que se manifiesta en el Salmo del que se habla allí.

Es así que esto concuerda bien con las similitudes y metáforas que se utilizan para el Espíritu Santo en las Escrituras, tales como agua, fuego, aliento, viento, aceite, vino, riachuelo, un río, un ser derramado o que se derrama y un ser que se inspira. Puede pensarse en alguna cosa espiritual o algo perteneciente a un ser espiritual en que tal clase de metáforas lo/la representen tan naturalmente, como lo es en lo relativo un Espíritu. El afecto, amor o gozo puede decirse que fluyen como agua o ser inspirados como aliento o viento. (No) sonaría tan bien decir que una idea o juicio fluya o sea inspirado.
No es diferente decir que el afecto es cálido o comparar el amor con fuego. Sin embargo no parecería natural decir lo mismo de la percepción o la razón. En tanto parece natural decir que el alma se vacía en afecto o que el amor o el placer se derraman ampliamente. (Rom. 5:5 12) “El amor de Dios es derramado en nuestros corazones”. Esta afirmación encaja sólo con algo perteneciente a un ser espiritual.

Este es ese “río de agua de vida” al que se refiere el capítulo 22 del Apocalipsis. Río de agua de vida que procede del trono del Padre y del Hijo puesto que los ríos de agua viva o aguas de vida son el Espíritu Santo. A lo mismo se refiere la propia interpretación del apóstol, en Jn 7:38-39: “el Espíritu Santo siendo la delicia infinita y el placer de Dios”. El río es llamado el río de los placeres de Dios (Sal 36:8 13) y no el río de Dios de los placeres, lo que supongo significa lo mismo que la grosura de la Casa de Dios, con los que aquellos que confían en Dios serán bañados. Y por grosura de la Casa de Dios, supongo, se quiere decir la misma cosa que el aceite tipifica.

Es una confirmación que el Espíritu Santo es el amor y delicia de Dios porque la santa comunión con Dios consiste en tomar parte con el Espíritu Santo. La comunión de los santos tiene dos fines “Es la comunión con Dios y la comunión los unos con los otros (1 Jn 1:3)”. “Que ustedes tengan comunión con nosotros, y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo”. La comunión es la participación con el bien, ya sea excelencia o felicidad, de forma tal que cuando se dice que los santos tienen comunión o camaradería con el Padre y con el Hijo, su significado es que ellos participan con el Padre y el Hijo de su bondad, que es su excelencia y su gloria (1 Ped 1:4. “Ustedes son partícipes de la naturaleza divina”, Heb. 12:10 “Que podamos ser partícipes de Su santidad”, Jn 17:22,23 “Y la Gloria que Tú me has dado, Yo les daré a ellos; que ellos sean uno, así como nosotros somos uno, Yo estoy en ellos y Tú en Mí”; o de su gozo y felicidad (Jn 17:13) “Que tengan en ustedes, Mi gozo pleno”.

El Espíritu Santo siendo el amor y gozo de Dios es Su hermosura y felicidad, y es en nuestra participación con el mismo Espíritu Santo en que nuestra comunión con Dios reside (2 Cor 13:14) “La gracia del Señor Jesucristo, y el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo, esté en todos ustedes. Amén”. No son diferentes sino los mismos beneficios que el apóstol deseó, es decir, el Espíritu Santo. En comunión con el Espíritu Santo, poseemos y disfrutamos del amor y la gracia del Padre y del Hijo, ya que el Espíritu Santo es ese amor y gracia y, por lo tanto, supongo, que es eso lo mencionado en el versículo antes referido (1 Jn 1:3). Se nos dice que tenemos hermandad con el Hijo y no con el Espíritu Santo porque allí reside nuestra comunión con el Padre y el Hijo, al compartir con ellos el Espíritu Santo.

En esto también consiste, eminentemente, nuestra comunión con el Hijo, que bebamos del mismo espíritu. Esta es la excelencia común y gozo y felicidad en la cual todos están unidos, Este es el vínculo de perfección por el cual Ellos son uno en el Padre, el Hijo, así como el Padre, en el Hijo.

No puedo pensar en ningún otro buen registro que aquel del apóstol Pablo, en el comienzo de su epístola, deseando gracia y paz de Dios el Padre y del Señor Jesucristo, sin nunca mencionar al Espíritu Santo. Esto se repite en los saludos de sus trece epístolas – a no ser que (por ejemplo… excepto) el Espíritu Santo sea el mismo amor y gracia de Dios el Padre y el Señor Jesucristo. En su bendición al final de su segunda carta a los Corintos, donde menciona a las tres Personas y desea gracia y amor del Hijo y el Padre (salvo que) en la comunión o en la participación del Espíritu Santo, la bendición proviene del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo. La bendición del Espíritu Santo es Él mismo, la comunicación de Él mismo. Cristo promete que Él y el Padre amarán a los creyentes (Jn 14:21,23 14) pero no hace ninguna mención al Espíritu Santo. El amor de Cristo y el amor del Padre, en forma muy frecuente, son mencionados inequívocamente, pero nunca se hace mención alguna al amor del Espíritu Santo.

(Yo supongo que esta es la razón del por qué no tenemos ningún registro del amor del Espíritu Santo, tampoco del amor del Padre o del Hijo, o del amor del Hijo o del Padre por el Espíritu Santo, o del amor del Espíritu Santo a los santos. Aunque estas cosas sean tan a menudo predicadas sobre las dos Personas de la Trinidad).
Y esa supongo es la bendita Trinidad que se nos muestra en las Santas Escrituras. El Padre es la deidad subsistiendo en una suprema, no creada y más absoluta forma, o la Deidad en su directa existencia. El Hijo es la Deidad generada por el conocimiento de Dios o la idea de Sí mismo y subsistiendo en esa idea. El Espíritu Santo es la Deidad subsistiendo en los actos, o la Divina esencia fluyendo o inspirándose en el infinito amor de Dios y deleite en Sí mismo. Yo creo que la esencia divina completa subsiste verdadera e inequívocamente en ambos, en la idea divina y en el amor divino y que cada una de ellas son personas propiamente distintas.

Entre los teólogos, es una máxima decir que todo lo que está en Dios es Dios, lo cual debe entenderse como atributos reales y no como meras modalidades. Si un hombre dijera que la inmutabilidad de Dios es Dios, o que la omnipresencia de Dios y autoridad de Dios es Dios, yo no sería capaz de pensar en algún significado racional de lo que esa persona está diciendo. Apenas me parece apropiado decir que el Ser de Dios sin cambio es Dios o que el ser de Dios estando en todas partes, es Dios o que Dios ejerciendo el derecho de gobernar justamente a sus criaturas, es Dios.
No obstante si queremos decir que los atributos reales de Dios, es decir, su entendimiento y amor son Dios, entonces lo que hemos dicho podría, en alguna medida explicar cómo que es así, porque la deidad subsiste en ellos distintivamente, así que son Personas Divinas distintas.

Una de las principales objeciones que puedo pensar en contra de lo que ha sido supuesto es concerniente a la Personalidad del Espíritu Santo: este esquema de cosas no parece ser lo suficientemente consistente con el hecho de que una persona es aquella que tiene entendimiento y voluntad. Si los Tres en la Divinidad son Personas, sin duda, cada una de ellas, tiene entendimiento, pero esto hace posible entender a una persona dada y amar a otra. ¿Cómo, entonces, puede este amor tener entendimiento? (Aquí, observaría que los teólogos no han estado acostumbrados a suponer que estas personas tienen tres formas distintivas de entendimiento, sino más bien uno y un mismo entendimiento).

Para aclarar este tema consideremos que el Oficio completo de la Divinidad -se supone –subsiste verdadera y apropiadamente en cada uno de ellos tres. Concretamente, Dios y Su entendimiento y Su amor, y que existe una unión tan maravillosa entre ellos, que son -de una inefable e inconcebible manera- Uno en el Otro; de forma tal que Uno tiene al Otro y que ellos tienen comunión el Uno en el Otro y son como fueron predicados Uno del Otro. Como Cristo dijo de Sí mismo y del Padre “Estoy en el Padre y el Padre en Mí”. En lo relativo a todas las Personas de la Trinidad, en consecuencia, podría decirse que el Padre está en el Hijo y el Hijo en el Padre, el Espíritu Santo está en el Padre, y el Padre en el Espíritu Santo, el Espíritu Santo está en el Hijo y el Hijo en Espíritu Santo; y que el Padre entiende porque el Hijo, que es el entendimiento Divino está en Él. El padre ama a causa del Espíritu Santo que mora en Él y así el Hijo ama porque el Espíritu Santo está en Él y procede de Él. De esa forma el Espíritu Santo o la Divina esencia subsistiendo es Divina y entiende porque el Hijo de la Idea Divina está en Él.
Del entendimiento de este amor pueden hacerse sermones porque es el amor del conocimiento, ambos objetiva y subjetivamente. Dios ama el conocimiento y ese conocimiento también se derrama en amor, de forma tal que el conocimiento Divino está en la Deidad que subsiste en amor. No es un amor ciego. Hasta en las criaturas existe una conciencia, enraizada en la naturaleza misma de la voluntad o acto del alma, y aunque quizá no tanto que pueda decirse tan apropiadamente que esta es una visión o una poco exigente voluntad. Sin embargo, puede ser verdadera y apropiadamente dicho así de Dios, porque su manera de actuar es infinitamente más perfecta, de forma que la esencia Divina completa fluye y subsiste en este acto. Y el Hijo que está en el Espíritu Santo aunque no procede de El por razón (de hecho) que el entendimiento debe ser considerado como anterior en el orden de la naturaleza, a la voluntad o al amor o al actuar, tanto en las criaturas como en el Creador. El conocimiento es así en el Espíritu, y el Espíritu puede ser conocido debido a que el Espíritu de Dios es verdadera y perfectamente conocible, para buscar todas las cosas, aun las más profundas de Dios.

(Los Tres son Personas porque tienen entendimiento y voluntad. Hay entendimiento y voluntad en el Padre, y debido a que Hijo y en el Espíritu Santo provienen de Él; hay entendimiento y voluntad en el Hijo, y como Él es entendimiento, y como el Espíritu Santo que está en El y procede de Él, existe también entendimiento y voluntad en el Espíritu Santo. Este es la Divina voluntad puesto que el Hijo está en El.

No debe tenerse por extraño o irracional que se hable de la Trinidad como un ser que tiene conocimiento o amor por las otras personas que subsisten en ella, porque los fundamentos que tenemos en las Escrituras nos ayudan a concluir así respecto del Padre en su sabiduría y conocimiento o razón que es por el Hijo siendo en Él. Somos informados que Él es la sabiduría y razón y verdad de Dios, y que Dios es sabio en Su propia sabiduría siendo en Sí mismo. Conocimiento y sabiduría están en el Padre como en el Hijo, están en Él y provienen de Él. Conocimiento hay en el Espíritu Santo porque el Hijo está en Él; no proviene de Él pero fluyen por Él.

No pretendo explicar completamente cómo son estas cosas y soy sensible al ciento de otras objeciones que puedan establecerse. Dudas y preguntas que no puedo resolver. Estoy lejos de pretender explicar la Trinidad como algo que no es un misterio. Pienso que continúa siendo el más alto y profundo de todos los divinos misterios, a pesar de cualquier cosa que se haya dicho o concebido acerca de ella. No pretendo explicar la Trinidad. No obstante, las Escrituras pueden conducirnos con fundamento a decir algo más de lo que se ha dicho. Hay aún muchas cosas pertinentes a la Trinidad que son incomprensibles.
Me parece a mí que lo que he supuesto aquí relativo a la Trinidad es excesivamente análogo al esquema del Evangelio y concuerda con el tenor completo del Nuevo Testamento, y que abundantemente se ilustra en las doctrinas del Evangelio, como podría ser demostrado en detalle si ello no excediera la extensión de este discurso.

Sólo mostraré brevemente que las muchas cosas que han sido dichas por teólogos ortodoxos sobre la Trinidad, se ilustran aquí. Aquí vemos cómo el Padre es la fuente de la Divinidad y por qué cuando se habla sobre Él en las Escrituras, Él es tan amenudo llamado Dios, sin ninguna adición o distinción. Esto ha conducido a algunos a pensar que Él era verdadera y esencialmente Dios. Aquí podemos ver el por qué en la economía de las Personas de la Trinidad , el Padre debe mantener la dignidad de la Deidad, que el Padre debe tener como Su oficio defender y mantener los derechos de la Deidad y debe ser Dios no solo por esencia, por así decirlo, para Su oficio práctico.

Aquí se ilustra la doctrina del Espíritu Santo. Proveniente (de) ambos, del Padre y del Hijo. Aquí vemos cómo es posible que el Hijo sea Engendrado del Padre, y como el Espíritu Santo proviene del Padre y el Hijo, y como todas las Personas son Coeternas. Aquí podemos entender más claramente la igualdad de las personas entre sí y que ellas son en su forma iguales en la sociedad o familia de los tres.

Son iguales en honor. Además del honor que es común a todas ellas; concretamente todas ellas son Dios; cada una tiene Su honor particular en la sociedad o familia. No sólo son iguales en su esencia sino en el honor del Padre que está en Ellas, quien -por decirlo de algún modo- es el Autor de la sabiduría perfecta e infinita. El honor del hijo está en que Él es la sabiduría perfecta y divina; es la excelencia que nace del honor de ser el autor o generador de ella. El honor del Padre y del Hijo es ese que ellos son infinitamente excelentes, o que de ellos proviene la infinita excelencia. No obstante el honor del Espíritu Santo es igual porque Él es esa misma excelencia divina y belleza

El honor del Padre y del Hijo radica en que ellos son infinitamente santos y son la fuente de santidad. En tanto que el honor del Espíritu Santo es la santidad misma. El honor del Padre y del Hijos está en que ellos son infinitamente felices y son la génesis y la fuente de felicidad, y el honor del Espíritu Santo es igual puesto que Él es la infinita felicidad y gozo mismos.
El honor del Padre es que Él es la fuente de la Deidad, de la cual provienen ambas, la sabiduría divina y también la excelencia y la felicidad. El honor del Hijo es igual ya que Él es la sabiduría divina y de Él provienen la excelencia divina y felicidad. Y el honor del Espíritu Santo es igual ya que es la belleza y felicidad de ambas dos otras personas.

Por esto, también podemos comprender completamente la igualdad de la preocupación de cada persona en el trabajo de la redención, y la igualdad de la preocupación de los redimidos con ellos y su dependencia de ellos; y la igualdad y el honor y la alabanza debida a cada uno de ellos. La gloria pertenece al Padre y al Hijo porque ellos amaron tan profundamente al mundo. La gloria al Padre porque amó tanto que entregó a su Unigénito Hijo; al Hijo que amó tanto al mundo que se dio Sí mismo.
Sin embargo hay una Gloria similar debida al Espíritu Santo porque es el amor del Padre y del Hijo al mundo. Así tanto como las dos primeras personas se glorifican a Sí mismas al mostrar la sorprendente grandeza de su amor y gracia, así tanto es ese maravilloso amor y gracia glorificados en quien es el Espíritu Santo. Muestran la infinita dignidad y excelencia del Padre que el Hijo, con su precioso y venerado honor y gloria, se haya inclinado infinitamente por debajo de Su deidad que la salvación de los hombres debe ser lesión de ese honor y gloria.

Eso mostró la excelencia infinita y el valor del Hijo y la satisfacción del Padre por Él, que por Su bien estaba preparado para abandonar Su ira y recibir en su favor a aquellos que merecieron infinito mal en Sus manos, y lo que se ha hecho muestra cuán grande es la excelencia y valor del Espíritu Santo. Éste es esa delicia que el Padre y el Hijo tienen el uno con el otro, que muestra ser infinita. Tan grande como el valor que tiene para cualquiera de nosotros una cosa deliciosa; así de grande es el valor de esa delicia y gozo que Él tiene en eso.

Dependemos igualitariamente de cada uno de estos oficios. El Padre señala y provee al Redentor, quien, -en Sí mismo- acepta el precio y garantiza la cosa comprada; el Hijo es el Redentor que se ofrece a Sí mismo y es el precio; y el Espíritu Santo inmediatamente comunica a nosotros la cosa comprada al comunicarse a Sí mismo. Y Él es la cosa comprada. La suma de todo es que la cosa que Cristo compró para los hombres es el Espíritu Santo (Gal 3:13,14 15) “Él fue hecho maldición por nosotros… para que pudiéramos recibir la promesa del Espíritu por fe”.

Lo que Cristo compró para nosotros fue que tuviéramos comunión con Dios (lo cual) es Su bien; bien que consiste en tener comunión con el Espíritu Santo. Como hemos mostrado, toda la bendición del Redentor consiste en su comunión con la llenura de Cristo, que a su vez es la comunión con el Espíritu que nos es dado sin medida. El aceite que es derramado en la cabeza de la Iglesia fluye hacia los miembros de Su cuerpo y a las faldas de Su vestidura (Sal 133:2)16 . Cristo compró para nosotros el que tuviéramos el favor de Dios y pudiéramos disfrutar de Su amor, pero ese amor es el Espíritu Santo.

Cristo compró para nosotros la verdadera excelencia espiritual, la gracia y la santidad, la suma de lo cual es amar a Dios, que no es más que el Espíritu Santo habitando en el corazón. Cristo nos compró el gozo espiritual y la complacencia que están en participar del gozo de Dios y la felicidad. Júbilo y dicha que están en el Espíritu Santo, como ha sido mostrado. El Espíritu Santo es la suma de todas las cosas buenas. Las cosas buenas y el Espíritu Santo son expresiones sinónimas en las Escrituras (Mat 7:11)17 “Cuánto más el Padre Celestial dará el Espíritu Santo a aquellos que lo piden”. La suma de todo el bien espiritual, del cual los finitos tienen en este mundo, es ese remanso de agua viva dentro de ellos, del que leemos en Juan 4:10 18, y esos ríos de agua viva fluyen de ellos, como nos indica en Juan 7:38-39 19. Esos ríos significan el Espíritu Santo. La suma de toda la felicidad en el otro mundo es el río de agua de vida que proviene del trono de Dios y del Cordero, del cual leemos en Apo. 22:1 20 . Es el Río de los placeres de Dios, y es el Espíritu Santo; y, por lo tanto, la suma de la invitación del Evangelio para ir y tomar las aguas de vida (versículo 17) 21.

El Espíritu Santo es la posesión comprada y la herencia de los santos, … esa pequeña parte de ella que los santos tienen en este mundo dice ser la señal de esa posesión adquirida. (Efe 1:14 “…de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria”). Esa señal de la cual tendremos llenura de aquí en adelante (2 Cor 1:22) 22. El Espíritu Santo es el gran objeto de todas las promesas del evangelio y de ahí que sea llamado el Espíritu de la promesa (Efe 1:13) 23 . Este es llamado la promesa del Padre (Luc 24:49) 24 y lo mismo en otros versículos. (Si el Espíritu Santo es la comprensión de todas las cosas buenas prometidas en el evangelio, podemos fácilmente ver la fuerza del argumento del apóstol (Gal 3:2) “Esto sólo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe?”). Es así que es de Dios de quien nuestro bien es adquirido y es Dios quien lo compra y es Dios también la cosa comprada.

De este modo todas nuestras cosas buenas vienen de Dios y a través de Dios y en Dios, como leemos en Rom 11:36: “Por Él, a través de Él y en Él (o por medio de Él, como indica 1 Cor 8:6 25) son todas las cosas”. “A Él sea la gloria por siempre”. Todo nuestro bien está en Dios el Padre, Todo es a través de Dios el Hijo, y todo es en el Espíritu Santo, como Él es en Sí mismo todo nuestro bien. Dios es Él mismo la porción y herencia comprada para Su pueblo. Dios es el Alfa y el Omega en este asunto de la redención.

Si suponemos no más que de lo que acostumbramos acerca del Espíritu Santo, la preocupación del Espíritu Santo en el trabajo de la redención no es igual que la del Padre y la del Hijo, tampoco existe igual parte de gloria en el trabajo que le concierne: simplemente aplicarse a nosotros, darnos inmediatamente o entregarnos la bendición comprada, después de que fue comprada, como un subordinado de las otras Dos Personas, porque eso es una cosa pequeña si comparada a la compra de ella pagando un precio infinito, como es Cristo ofreciéndose a Sí mismo en sacrifico para procurarla. Y eso es una pequeña cosa comparada con Dios, el Padre, dando a Su infinitamente amado Hijo para ser sacrificado por nosotros y tras Su compra, otorgarnos todas las bendiciones que de ella emanan.

Pero según esto existe una igualdad. Que el Espíritu Santo sea el amor de Dios al mundo es tanto como el Padre y el Hijo hagan tanto por amor al mundo, y ser la cosa comprada es tan valioso como ser el precio pagado por ella. El precio y la cosa comprada a ese precio son iguales. Y eso es tanto como estar en condiciones de pagar la cosa comprada, porque la gloria que pertenece a Aquel que paga la cosa comprada surge del valor de la cosa que compra y, en consecuencia, es la misma gloria. La gloria de la cosa misma es su propio valor y es también la gloria de Aquel que la pagó.

En la creación existen dos representaciones de la Trinidad que son más excepcionales y asombrosas. Una es la creación espiritual, el alma del hombre. Existe la mente, y el conocimiento o idea, y el espíritu de la mente como es llamado en las Escrituras. Por ejemplo, la disposición, la voluntad o afecto. La otra es la creación visible, por ejemplo, el sol. El padre es como la sustancia del sol (por sustancia no me refiero al sentido filosófico, sino al Sol en su constitución interna). El Hijo es como el brillo y la gloria del círculo del sol, o esa brillosa y gloriosa forma que se presenta ante nuestros ojos. El Espíritu Santo es la acción del sol, que está dentro del sol en su calor interno, y siendo difuso, alumbra, calienta, da vida y conforta al mundo. El Espíritu, como es el amor infinito de Dios hacia Sí mismo y felicidad en Sí mismo, es el calor interno del sol, que es la forma en que Dios se comunica a Si mismo, como la irradiación de la acción del sol o los rayos emitidos del sol.

Las varias clases de rayos solares y sus hermosos colores representan bien al Espíritu. Representan bien el amor y la gracia de Dios, y fueron hechos para este propósito, como en el arco iris después de la lluvia, y supongo también en el arco iris que vio Ezequiel alrededor del trono (Eze 1:28 26, Apo. 4:3 27) y el círculo sobre la cabeza de Cristo que vio Juan (Apo. 10:1 28), o la afable excelencia de Dios y las varias hermosas gracias y virtudes del Espíritu. Esos hermosos colores de los rayos del sol fueron usados en las Escrituras para este objetivo, a saber, para representar las gracias del Espíritu, como en Sal 68:13 “Bien que fuisteis echados entre los tiestos, seréis como alas de paloma cubiertas de plata, Y sus plumas con amarillez de oro”, por ejemplo, como la luz reflectada en varios hermosos colores de las plumas de una paloma, colores que representan las gracias de la Paloma Celestial.

Lo mismo, supongo, se puede decir de los varios hermosos colores reflectados de las preciosas piedras de pechera y esos ornamentos espirituales de la Iglesia que son representados por los varios colores de la fundación y puertas de la nueva Jerusalén (Apo. 21:10,11 29, Isa 54:11 30, etc.) y las piedras del Templo (1 Cro 29:2 31). Creo que la variedad que existe en los rayos del sol y sus hermosos colores fue diseñada por el Creador con este propósito y en verdad la creación visible completa, que no es más que la sombra del ser así hecho y ordenado por Dios, es para tipificar y representar las cosas espirituales, para las cuales podría dar muchas razones. (No propongo esto meramente como una hipótesis sino como una parte de la Verdad divina suficiente y completamente establecida por la revelación que Dios ha hecho en las Sagradas Escrituras).
Soy sensible a las objeciones que muchos están listos a realizar en contra de lo que he dicho, a las dificultades que pueden ser inmediatamente enunciadas: ¿Cómo puede ser esto? ¡Y Cómo esto es verdad!

Estoy lejos de enfrentar esto como una explicación cualquiera a este misterio – que se despliega y renueva – y su enigma y su incomprensibilidad. Sin embargo, porque soy sensible a todo lo que se ha dicho, es que algunas dificultades disminuyen y otras nuevas aparecen y se aumenta el número de esas cosas que parecen misteriosas, maravillosas e incomprensibles. Ofrezco esta explicación sólo como una manifestación más de la verdad divina que la Palabra de Dios exhibe a la vista de nuestras mentes referente a este gran misterio.

Pienso que la Palabra de Dios nos enseña muchas más cosas relativas a este misterio a las que debemos creer, más de lo que generalmente se ha creído, y que ellas muestran muchas cosas concernientes a la excesiva (por ejemplo, más) gloria y maravilla de la que se haya tomado consideración, y sin duda, éstas revelan o muestran muchos más maravillosos misterios de los que se haya tomado nota; cuyos misterios han sido sobrevalorados y son cosas incomprensibles y aun así han sido mostrados en la Palabra de Dios. Ellos son una adición al número de misterios que están contenidos en ella. No es de asombrarse que mientras más cosas nos digan en relación a esto -que están infinitamente por sobre nuestro alcance- en la misma medida se incremente el número de misterios visibles.

Cuando le decimos a un niño un poco de Dios, ese niño no tiene ni una centésima parte de los muchos misterios en vista de la naturaleza y atributos de Dios y Sus obras en la creación y la Providencia (como ese del que se habla tanto relativo a Dios en la Escuela Dominical), y, sin embargo, ese niño sabrá mucho más de Dios y tendrá un entendimiento más claro de las cosas de la divinidad y será capaz de explicar claramente algunas cosas que eran oscuras e incomprensibles para él. Humildemente comprendo que las cosas que han sido observadas aumenta el número de misterios visibles de la divinidad, porque a través de ellas percibimos que Dios nos ha dicho mucho sobre esto, más de lo que generalmente hemos visto.

A la Iglesia de Dios del Antiguo Testamento no se le enseñó sobre mucho sobre la Trinidad como se enseña hoy. No obstante lo que el Nuevo Testamento ha revelado, una visión más abierta de la naturaleza de Dios, esto ha incrementado el número de misterios visibles y, de este modo, éstos nos parecen excesivamente maravillosos e incomprensibles. En la Iglesia neo-testamentaria se enseña más sobre la encarnación y la satisfacción de Cristo y otras doctrinas evangelistas.
Y esto es no sólo en las cosas divinas sino en las cosas naturales. Aquel que mira una planta, o las partes de un cuerpo animal, o cualquier otra obra de la naturaleza, a una gran distancia donde no tiene sino una oscura visión de éstas, puede ver algo maravilloso que está más allá de su comprensión en ellos. No obstante, si se acerca y los ve con atención verdaderamente entiende más de ellos, tiene una visión más clara y distintiva de ellos, y aun así el número de cosas que descubre en ellos son mucho más maravillosas y misteriosas que antes. Si las observa a través del microscopio, el número de maravillas que ve es aún mayor porque el microscopio le entrega un conocimiento más acabado de ellos.

Nunca se dice que Dios ame al Espíritu Santo tampoco hay calificativos que anuncien que el amor sea dado a Él, como las muchas cosas que se atribuyen al Hijo: como el Elegido de Dios, el Amado, Aquel en que el alma de Dios se deleita, Aquel en que Dios se complace, etc. Tales calificativos parecen estar adscritos al Hijo como si fuera el objeto de amor exclusivo de todas las otras personas; como si no hubiera otra persona con quien compartir el amor del Padre con el Hijo. Por esto, evidentemente, es llamado el Unigénito Hijo de Dios al mismo tiempo que se agrega “en Quien Dios se complace”. No existe nada en las Escrituras que hable de aceptación alguna del Espíritu Santo, o de alguna recompensa o amistad mutua entre el Espíritu Santo y cualquiera de las otras Personas de la Trinidad, o de algún mandato que nos impulse a amar al Espíritu Santo, o a deleitarse o tener complacencia en Él; aun cuando esos mandatos son frecuentes respecto de las otras Dos Personas de la Trinidad.

Ese conocimiento o entendimiento en Dios que debemos concebir primero es Su conocimiento de que todo es posible. Ese amor que debe ser este conocimiento, es el que nosotros debemos concebir como perteneciente a la esencia de la deidad en su primera existencia. Luego viene un acto reflejo de conocimiento y Su visión de Sí mismo, y conociéndose a Si mismo viene el conocimiento de Su propio conocimiento y de ahí el Hijo Unigénito. En Dios existe el conocimiento del conocimiento, una idea de una idea, que no puede ser otra cosa más que la idea o conocimiento repetido.

El mundo fue hecho especialmente para el Hijo de Dios. Porque Dios hizo el mundo como el fruto del amor a Sí mismo, Dios se ama a Sí mismo en un acto reflejo. Se ve a Sí mismo y así Se ama a Sí mismo. Hizo el mundo para Sí mismo, visto y reflejado. Y eso es lo mismo con Si mismo repetido o unigénito con Su propia idea. Y eso es Su hijo. Cuando Dios considera hacer cualquier cosa para Sí mismo, se presenta Él ante Sí mismo y se ve a Sí mismo como Su fin. Y ese verse a Sí mismo es lo mismo que reflejarse El mismo o tener una idea de Sí mismo. Y hacer el mundo para la deidad, así vista y entendida, es hacer el mundo para la deidad unigénita; es hacer el mundo para el Hijo de Dios.

El amor de Dios, en su fluir hacia afuera ad extra, es completamente determinado y dirigido por la sabiduría Divina, de forma que aquellos que lo reciben son sólo los objetos que la sabiduría Divina escoge. La creación del mundo es para gratificar al amor divino y es ejercitada por la sabiduría divina en su totalidad. Cristo es la sabiduría divina. El mundo fue creado para gratificar el amor divino a través de Cristo, o para gratificar el amor que está en el corazón de Cristo, o para proveer una esposa para Cristo. Esas criaturas que la sabiduría escoge como objeto del Amor Divino

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Notas al pie

1. Jonathan Edwards (5 de octubre de 170322 de marzo de 1758) Fue un teólogo, pastor congregacional y misionero para los nativo americanos durante la época colonial. Es conocido como uno de los más grandes y profundos teólogos protestantes en la historia de los Estados Unidos. Su obra tiene un alcance muy amplio, pero suele ser a menudo asociada con su defensa de la teología calvinista y el patrimonio puritano.

2. Exodo 33:14: Y él dijo: Mi presencia irá contigo, y te daré descanso.

3.  Isaías 63:9 En toda angustia de ellos él fue angustiado, y el ángel de su faz los salvó; en su amor y en su clemencia los redimió, y los trajo, y los levantó todos los días de la antigüedad.

4. 1 Cor 1:24: Mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios.

5. Lucas 11:49 por eso la sabiduría de Dios también dijo: Les enviaré profetas y apóstoles; y de ellos, a unos matarán y a otros perseguirán.

6. Mateo 23:34 Por tanto, he aquí yo os envío profetas y sabios y escribas; y de ellos, a unos mataréis y crucificaréis, y a otros azotaréis en vuestras sinagogas, y perseguiréis de ciudad en ciudad.

7. Prov. 8:30  Con él estaba yo ordenándolo todo, y era su delicia de día en día, teniendo solaz delante de él en todo tiempo.

8. Juan 4:14 Mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.

9. Juan 7:38-39   El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.    Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado. 

10. Apo. 21:23-24  La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera.   Y las naciones que hubieren sido salvas andarán a la luz de ella; y los reyes de la tierra traerán su gloria y honor a ella. 

11. Apo. 22:1-5Después me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero. En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos, dando cada mes su fruto; y las hojas del árbol eran para la sanidad de las naciones. Y no habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán, y verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes. No habrá allí más noche; y no tienen necesidad de luz de lámpara, ni de luz del sol, porque Dios el Señor los iluminará; y reinarán por los siglos de los siglos. 

12. Rom. 5:5  y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.

13. Sal 36:8 Serán completamente saciados de la grosura de tu casa, Y tú los abrevarás del torrente de tus delicias.

14.  Juan 14: 21, 23 El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él.  23 Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él.

15. Gal 3:13,14  13 Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero,  14 para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu. 

16.  Sal 133:2 Es como el buen óleo sobre la cabeza, El cual desciende sobre la barba, La barba de Aarón, Y baja hasta el borde de sus vestiduras.

17. Mat 7:11 Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?

18. Jn 4:10  Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva.

19. Jn 7:38-39  38 El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.   39 Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado.

20.  Apo 22:1 Después me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero.

21. Apo 22:17   Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente.

22. 2 Cor 1:11 el cual también nos ha sellado, y nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones.  

23. Efe 1:13  En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa.

24. Luc 24:49  He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto.

25.   1 Cor 8:6  para nosotros, sin embargo, sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para él; y un Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros por medio de él.

26. Eze 1:28  Como parece el arco iris que está en las nubes el día que llueve, así era el parecer del resplandor alrededor.   Esta fue la visión de la semejanza de la gloria de Jehová. Y cuando yo la vi, me postré sobre mi rostro, y oí la voz de uno que hablaba. 

27. Apo 4:3 Y el aspecto del que estaba sentado era semejante a piedra de jaspe y de cornalina; y había alrededor del trono un arco iris, semejante en aspecto a la esmeralda.

28. Apo 10:1 Vi descender del cielo a otro ángel fuerte, envuelto en una nube, con el arco iris sobre su cabeza; y su rostro era como el sol, y sus pies como columnas de fuego.

29. Apo 21: 10-11  Y me llevó en el Espíritu a un monte grande y alto, y me mostró la gran ciudad santa de Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios, 11 teniendo la gloria de Dios. Y su fulgor era semejante al de una piedra preciosísima, como piedra de jaspe, diáfana como el cristal. 

30. Isa 54:11 Pobrecita, fatigada con tempestad, sin consuelo; he aquí que yo cimentaré tus piedras sobre carbunclo, y sobre zafiros te fundaré.

31. 1 Cro 29:2 Yo con todas mis fuerzas he preparado para la casa de mi Dios, oro para las cosas de oro, plata para las cosas de plata, bronce para las de bronce, hierro para las de hierro, y madera para las de madera; y piedras de ónice, piedras preciosas, piedras negras, piedras de diversos colores, y toda clase de piedras preciosas, y piedras de mármol en abundancia.

 

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