La oración es trabajo arduo – David MacIntyre

Fuente: Soldados de Jesucristo

Por David MacIntyre

Nuestro Señor da por hecho que su pueblo orará. Y por cierto, en las Escrituras, la obligación externa de orar por lo general es algo que se implica en lugar de ser algo que se impone. Impulsada por un instinto divinamente implantado, nuestra naturaleza clama buscando a Dios, al Dios viviente. Y no importa lo apagado que pueda estar este instinto por el pecado, despierta con poder en la conciencia de la redención. Los teólogos de todas las corrientes de opinión, y los cristianos de todo tipo, coinciden en el reconocimiento de este principio de la nueva vida. Crisóstomo ha dicho: “El hombre justo no deja de orar hasta que deja de ser justo”, y Agustín: “El que poco ama, poco ora, y el que mucho ama, mucho ora”, y Richard Hooker: “La oración es lo primero con que empieza la vida recta, y lo último con que termina”, y Père la Combe, “El que tiene un corazón puro nunca dejará de orar, y el que está dispuesto a ser constante en la oración sabrá lo que es tener un corazón puro”, y Bunyan: “si no es usted una persona que ora, no es cristiano”, y Richard Baxter: “La oración es el aliento de la nueva criatura” y George Herbert: “La oración… la sangre del alma.”

Y no obstante, por más instintiva que sea nuestra dependencia de Dios, no hay deber que las Escrituras recalquen más que el deber de tener comunión continua con él. La razón principal de esta incesante insistencia es lo arduo que es orar. Por su naturaleza, es una empresa laboriosa, y en nuestro esfuerzo por mantener el espíritu de oración, somos llamados a luchar contra principados y los poderes de las tinieblas.

“Querido lector cristiano”, dice Jacob Boehme, “orar bien es trabajo intenso”. La oración es la energía más sublime de la cual es capaz del hombre. En un sentido es gloria y bendición; en otro, es trabajo y tribulación, batalla y agonía. Las manos levantadas comienzan a temblar mucho antes de que la batalla es ganada, los nervios en tensión y la respiración jadeante proclaman el agotamiento del “siervo celestial”. El peso sobre el corazón adolorido llena el rostro de angustia, aun cuando el aire de la medianoche sea fresco. La oración es el alma terrenal elevándose al cielo, la entrada del espíritu purificado al lugar santísimo; el rasgado del velo luminoso que resguarda, como detrás de cortinas, la gloria de Dios. Es la visión de las cosas no vistas; el reconocimiento de la mente del Espíritu; el esfuerzo por formar palabras que el hombre no puede pronunciar. El hombre que realmente ora una oración,” dice Bunyan, “ya no podrá, después de eso, expresar con su boca o su pluma los indescriptibles anhelos, sensaciones, amor y esperanzas dirigidos a Dios en esa oración.” Los santos de la iglesia judía tenían una energía admirable en su oración intercesora: “Golpeando las puertas del cielo con tormentas de oraciones,” tomaban el reino del cielo con violencia. Los primeros cristianos comprobaron en el desierto, en el calabozo, en el estadio y en la hoguera la verdad de las palabras de su Señor. “Pedid, y se os dará.” Sus almas ascendieron a Dios en súplica, mientras las llamas del altar se alzaban hacia el cielo. Los talmudistas afirman que en la vida cuatro cosas requieren fortitud, siendo la oración una de ellas. Alguien que vio a Tersteegen en Kronenberg comentó: “Me pareció que había ascendido derecho al cielo, y que se había perdido en Dios; pero muchas veces cuando había acabado de orar estaba blanco como la pared.” David Brainerd nota que en cierta ocasión, cuando su alma se había “ensanchado inmensamente” en su súplica, tenía “tanta angustia, y rogaba con tanta intensidad e impertinencia” que cuando se levantó de sus rodillas se sintió “extremadamente débil y abrumado.” “Casi no podía caminar derecho”, sigue diciendo, “tenía las coyunturas flojas, me corría el sudor por el rostro y el cuerpo, y parecía como si la naturaleza se disolvería”. Un escritor contemporáneo nos hace recordar a John Foster, quien solía pasar largas noches en su capilla, absorto en ejercicios espirituales, caminando de arriba para abajo por la intranquilidad de su espíritu, hasta que sus inquietos pies habían hecho huellas en el piso.

Podríamos mencionar fácilmente múltiples ejemplos, pero no necesitamos ir más que a las Escrituras para encontrar ya sean preceptos o ejemplos que nos impresionen por lo ardua que es la oración que prevalece. ¿Acaso la súplica del salmista: “Avívame en tu camino…vivifícame en tu justicia…vivifícame conforme a tu misericordia…vivifícame conforme a tu juicio…vivifícame, Oh Señor, por amor de tu nombre”; y la queja del profeta evangélico: “Nadie hay que invoque tu nombre, que despierte para apoyarse en ti” no encuentran eco en nuestra experiencia? ¿sabemos lo que es “trabajar,” “luchar” “agonizar” en oración?

Otra explicación de lo arduo de la oración radica en el hecho de que tenemos impedimentos espirituales: hay “el ruido de arqueros en los lugares para sacar agua”. San Pablo nos asegura que tendremos que mantener nuestra energía de oración “contra gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes”. El Dr. Andrew Bonar solía decir que si como el rey de Siria ordenaba a sus capitanes que no lucharan contra pequeños ni grandes, sino sólo contra el rey de Israel, el príncipe de los poderes del aire parece concentrar toda la fuerza de su ataque contra el espíritu de oración. Si puede ser victorioso allí, ha tenido su día de victoria.

A veces percibimos un impulso satánico dirigido directamente contra la vida de oración en nuestra alma. A veces somos llevados a experiencias de “sequedad” y de desiertos, y el rostro de Dios se oscurece sobre nosotros. A veces, cuando más nos esforzamos para sujetar todo pensamiento e imaginación a ser obediente a Cristo, pareciera que nos entregamos al desorden y a la inquietud. A veces la indolencia innata de nuestra naturaleza deja que el maligno la haga un instrumento con el cual puede apartar nuestra mente del ejercicio de la oración. Por lo tanto, debido a todas estas cosas, hemos de ser diligentes y resueltos, estando alertas como un guardia que recuerda que la vida de los hombres dependen de su estado de vigilia, de su inventiva y valentía. “Y a lo que vosotros digo”, dijo el Señor a sus discípulos, “a todos lo digo: Velad.”

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