Ahora por fe, después por vista – John Owen

La diferencia entre la contemplación presente por la fe de la gloria de Cristo y lo que veremos en el cielo

Por John Owen

“Andamos por fe, no por vista.” (2 Cor. 5:7) En esta vida, caminamos por la fe; en la vida venidera andaremos por la vista.

La visión que tenemos de la gloria de Cristo por la fe en este mundo es oscura y borrosa. Como el apóstol Pablo dice en primera de Corintios, “ahora vemos por espejo, oscuramente” (1 Cor. 13:12). En un espejo no vemos a la persona misma sino sólo una imagen imperfecta de él. Nuestro conocimiento no es directo sino que es como un reflejo imperfecto de la realidad. El evangelio, sin el cual no podríamos descubrir nada acerca de Cristo, está todavía muy lejos de manifestar plenamente la grandeza de su gloria. El evangelio mismo no es obscuro, ni borroso. El evangelio es claro y directo, y manifiesta abiertamente a Cristo crucificado, exaltado y glorificado. El evangelio es obscuro para nosotros porque no lo entendemos perfectamente. La fe es el instrumento por el cual entendemos el evangelio pero nuestra fe es débil e imperfecta. No hay ninguna parte de su gloria que podamos entender plenamente. En nuestro presente estado terrenal hay algo como una pared entre nosotros y Cristo. Pero a veces le vemos a través de las “ventanas”, “Helo aquí, está tras nuestra pared, mirando por las ventanas, atisbando por las celosías” (Cant. 2:9). Estas “ventanas” son las oportunidades que tenemos de escuchar y recibir las promesas del evangelio a través de los medios de gracia y el ministerio de la Palabra. Tales oportunidades refrescan las almas de aquellos que creen. Pero esta visión de su belleza y gloria no es permanente. Entonces clamamos, “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por tí, oh Dios el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿Cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?” (Sal. 42:1–2). ¿Cuándo volveré a verlo otra vez, aunque sea solamente a través de la “ventana”?

A veces como Job, no le podemos ver porque esconde su rostro detrás de una nube (vea Job 23:8–9). En otras ocasiones se manifiesta a sí mismo como el sol en toda su fuerza, y no podemos soportar su brillantez.

Ahora vamos a comparar como veremos la misma gloria de Cristo cuando estemos en el cielo. Nuestra vista será segura, directa e inmediata.

1. Cristo mismo, en toda su gloria estará continua y realmente con nosotros. Ya no tendremos que contentarnos simplemente con una descripción de El, como la que tenemos en los evangelios. Le veremos cara a cara (1 Cor. 13:12) y tal como El es (1 Jn. 3:2). Le veremos con nuestros ojos físicos porque Job dice: “y después de desecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios; al cual veré por mi mismo, y mis ojos lo verán y no otro…” (Job 19:25–27). Nuestros sentidos corporales serán restaurados y glorificados en una manera que no podemos comprender ahora a fin de que seamos capaces de contemplar a Cristo y su gloria para siempre. No veremos sólo su naturaleza humana pero también contemplaremos su divinidad en su infinita sabiduría, amor y poder. Esta gloria será mil veces mayor que cualquier cosa que podemos imaginar. Esta visión de Cristo es la que todos los santos de Dios anhelamos. Este es nuestro deseo “de partir y estar con Cristo, lo cual es mucho mejor; estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor” (Fil. 1:23, 2 Cor. 5:8). Aquellos que no tienen con frecuencia este anhelo son gente mundana y no espiritual.

2. Nadie en esta vida tiene el poder, ni espiritual ni corporalmente para ver la gloria de Cristo como realmente es. Cuando algunos reflejos de esta gloria divina fueron vistos en el monte de la transfiguración, los discípulos fueron confundidos y atemorizados. Si el Señor Jesús fuera a venir a nosotros ahora en toda su majestad y gloria, seríamos incapaces de recibir algún beneficio o consuelo de esta aparición. Aún el apóstol Juan, quien fue muy amado, cayó a sus pies como muerto, cuando Cristo se le apareció en su gloria (Apo. 1:17). Pablo y todos aquellos que le acompañaban cayeron en tierra cuando la brillantez de su gloria resplandeció sobre ellos en el camino a Damasco (Hech. 26:13–14). ¡Cuánto le insulta a Dios cuando la gente necia trata de hacer cuadros o imágenes del Señor Cristo Jesús en su gloria! La única manera en que podemos conocerle ahora es por medio de la fe. Aún cuando Cristo estaba en la tierra, su verdadera gloria estaba oculta por su humanidad. No podemos conocerle ahora tal como verdaderamente El es, lleno de gloria indescriptible. Por naturaleza debido a nuestra pecaminosidad, nuestras mentes estaban completamente llenas de maldad y obscuridad y éramos incapaces de ver las cosas espirituales correctamente. Ahora, los creyentes hemos sido restaurados en parte y hemos llegado a “ser luz en el Señor” (Ef. 5:8). Pero nuestras mentes todavía están limitadas por nuestros cuerpos y por muchas debilidades e imperfecciones que permanecen en nosotros. Estos obstáculos serán quitados para siempre en el cielo (vea Ef. 5:27). Después de la resurrección, nuestras mentes y cuerpos serán librados de todo aquello que ahora nos impide disfrutar una plena visión de la gloria de Cristo. Entonces, un solo acto de mirar claramente a la gloria de Cristo con nuestro entendimiento glorificado nos dará más satisfacción y felicidad de lo que jamás pudiéramos tener aquí por medio de nuestras actividades religiosas. Tenemos un poder natural para entender y juzgar las cosas de esta presente vida terrenal. Pero esta capacidad natural no nos puede ayudar a ver y entender las cosas espirituales. Esto es lo que el apóstol Pablo nos enseña en 1 Cor. 2:11–14: “Porque, ¿Quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios… Porque el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente”.

Entonces, Dios nos da la capacidad sobrenatural de la fe y la gracia. Todavía tenemos nuestro entendimiento natural, pero es sólo por la capacidad espiritual que podemos ver las cosas espirituales. En el cielo, tendremos una capacidad nueva para ver la gloria de Cristo.

1. Como la regeneración no destruye pero incrementa nuestra capacidad natural; así la luz que disfrutaremos en la gloria no destruirá, ni anulará el poder de la fe y la gracia, sino que las perfeccionará absolutamente.

2. Por naturaleza no podemos comprender completamente la esencia de la gracia. Tampoco por medio de la gracia podemos comprender enteramente la naturaleza de la gloria. No entenderemos perfectamente la gloria hasta que seamos transformados y nos encontremos en el cielo.

3. La mejor idea que podemos tener ahora de la naturaleza de la gloria consiste de considerar que en el momento de nuestra transformación, seremos cambiados en la semejanza perfecta de Cristo.

Hay una progresión de la naturaleza a la gloria. La gracia renueva nuestra naturaleza; la gloria perfecciona la gracia, y así el alma es completamente transformada y llevada a su descanso en Dios. Tenemos una ilustración de esto en la sanidad que Cristo realizó en un hombre ciego (vea Mar. 8:22–25). Este hombre era completamente ciego. Entonces sus ojos fueron abiertos, pero no podía ver claramente. Veía a los hombres como árboles que caminaban. Pero luego, Cristo le tocó nuevamente y de inmediato pudo ver todo claramente. Así son nuestras mentes por naturaleza. La gracia nos da una visión parcial de las cosas espirituales, pero la luz de la gloria nos dará una visión perfecta y completo entendimiento. Esta es la diferencia entre la visión que tenemos ahora y la visión que tendremos en la gloria.

Ahora, habiendo considerado el cambio realizado en nuestra mente, pensemos ahora en nuestros cuerpos glorificados. Cuando nuestro cuerpo sea resucitado del sepulcro, veremos a nuestro redentor. Esteban realmente vió “la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios” (Hech. 7:55). ¿Quién no desearía haber tenido el privilegio de los discípulos, quienes vieron físicamente a Cristo cuando estaba en la tierra? Cristo les dijo que: “Muchos profetas y justos desearon ver lo que veis, y no lo vieron” (Mat. 13:17). Si esto fue un privilegio tan grande, ¡cuán glorioso será, cuando con nuestros ojos purificados y fortalecidos, veamos a Cristo en la plenitud de su gloria! No podemos imaginar como será, pero sabemos que Cristo oraba al Padre para que estuviéramos con El y viéramos la grandeza y la belleza de su gloria (vea Jn. 17:24).

Mientras estamos en este mundo “gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo” (Rom. 8:23). Como Pablo, clamamos “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Rom. 7:24). Entre más cerca que uno está del cielo, más fervientemente desea estar ahí, porque Cristo está ahí. Nuestros pensamientos sobre Cristo son tan confusos e imperfectos que nos conducen a un anhelo profundo de conocerle mejor. Pero este es el mejor estado de ánimo en que podemos encontrarnos. Pido a Dios para que no me sea quitado este deseo y para que el Señor incremente estos anhelos cada vez más en todos los creyentes.

El corazón de un creyente afectado por la gloria de Cristo es como una aguja atraída por un imán. Ya no puede estar en paz ni satisfecho lejos de Cristo, a pesar de que se acerque con movimientos débiles y temblorosos. Se empuja continuamente hacia Cristo y no puede encontrar descanso en este mundo. Pero allá en el cielo con Cristo continuamente delante de nosotros, podremos mirar sin cesar su gloria. Esta visión constante traerá un refrigerio eterno y gozo a nuestras almas. Aunque no podemos entender ahora como será esta visión final de Dios, sabemos que los puros de corazón verán a Dios (Mat. 5:8). Aún en la eternidad, Cristo será el único medio de comunicación entre Dios y su Iglesia.

Consideremos por un momento a los creyentes del Antiguo Testamento. Ellos vieron algo de la gloria de Cristo, pero sólo en la forma de símbolos velados. Ellos anhelaban el tiempo cuando el velo fuera quitado y los símbolos dieran lugar a la realidad. Miraban hacia el cumplimiento de las promesas divinas y la venida del Hijo de Dios al mundo. En muchos casos existía más del poder de la verdadera fe y amor en sus corazones de lo que podemos ver en la mayoría de los creyentes de hoy. Cuando Jesús vino, el anciano Simeón tomó al niño Jesús en sus brazos y dijo: “Ahora Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu Palabra; porque han visto mis ojos tu salvación” (Luc. 2:28–29).

Nosotros tenemos una revelación más clara de la naturaleza única del Señor y su obra que aquellos creyentes veterotestamentarios. Y la visión que tendremos de la gloria de Cristo en el cielo será mucho más clara y brillante que la revelación que tenemos ahora. Si aquellos creyentes oraban para que el velo y los símbolos fueran quitados, y deseaban muy fervientemente ver la gloria de Cristo, ¿Cuánto más fervientemente deberíamos orar nosotros para ver su gloria?

Ya hemos pensado acerca de la gloria de Cristo como manifestada en tres grados. Primero, los creyentes del Antiguo Testamento la vieron a través de la ley y los símbolos. Segundo, en el evangelio tenemos una semejanza perfecta de esta gloria. Pero tenemos que esperar hasta que lleguemos a la gloria donde está Cristo para poder disfrutar de su realidad.

Examinémonos a nosotros mismos para ver si estamos apresurándonos continuamente hacia una visión perfecta de la gloria de Cristo en el cielo. Si no es así, es una evidencia de que nuestra fe no es real. Si Cristo está en nosotros, El es “la esperanza de gloria” (Col. 1:27). Muchos están demasiado enamorados del mundo como para desear salir de él y ir al lugar donde pueden ver la gloria de Cristo. Están interesados en sus posesiones, en sus negocios o en sus familias. Tales personas ven la belleza de este mundo en el espejo del amor propio y sus mentes son cambiadas en la misma imagen egoísta. Por otra parte, los creyentes verdaderos se deleitan al ver la gloria de Cristo en los evangelios y también son transformados en esa misma imagen.

Nuestro Señor Jesucristo es el único que entiende perfectamente la bienaventuranza eterna, la cual será disfrutada por aquellos que creen en El. Cristo ora para que “donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria” (Jn. 17:24). Si al presente podemos entender solamente un poco de lo que esta gloria significa, por lo menos debemos confiar en la sabiduría y el amor de Cristo de que esta gloria será infinitamente mejor que cualquier cosa que podamos disfrutar ahora. ¿No deberíamos desear continuamente ser incluidos en su oración?

Este texto corresponde al Capítulo 12 del libro “La Gloria de Cristo” de John Owen

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