La oración (3) – John Bunyan

ORANDO CON EL ESPIRITU Y CON ENTENDIMIENTO

El apóstol hace una clara distinción entre orar con el Espíritu y orar con el Espíritu y con entendimiento: “Oraré con el Espíritu, mas oraré también con entendimiento” (I Corintios 14:15). Esta distinción fue hecha debido a que los corintios no tenían en cuenta que todo cuanto hicieran debía ser para edificación propia, y también de los demás, no sólo para gloria propia, como estaba ocurriendo. Entregados a sus dones extraordinarios – como el hablar en lenguas diversas, etc. -descuidaban la edificación de los hermanos; lo cual fue causa de que Pablo les escribiera este capítulo, para hacerles entender que, aunque los dones extraordinarios eran excelentes, la edificación de la iglesia era más excelente aun. “Porque si yo orare en lengua desconocida, mi espíritu ora; mas mi entendimiento es sin fruto (como también el entendimiento de otros). ¿Qué pues? Oraré con el Espíritu, mas oraré también con entendimiento” (I Corintios 14: 14, 15).
Es pues conveniente que tanto el entendimiento como el corazón y los labios participen en la oración. Lo que se hace con entendimiento se hace más eficaz, consciente y sinceramente. Esto fue lo que hizo que el apóstol rogara por los colosenses, para que Dios les llenara “del conocimiento de su voluntad, en toda sabiduría y espiritual inteligencia” (1:9); y por los efesios, para que Dios les diera “espíritu de sabiduría y de revelación para su conocimiento; alumbrando los ojos de vuestro entendimiento” (Efesios 1:17, 18); e igualmente por los Filipenses, para que su amor abundara “aun más y más en ciencia y en todo conocimiento” (Filipenses 1:9).
Es conveniente que el hombre tenga entendimiento suficiente de todo aquello que emprende, ya sea secular o espiritual; y por tanto, y con mayor razón, han de desearlo todos los que aspiran a ser almas de oración. Espero mostraros qué es orar con entendimiento.
Entendimiento quiere decir hablar en nuestra propia lengua y además por experiencia: Pasaré de largo lo uno y me ocuparé solamente de lo otro. Para ofrecer las oraciones debidamente, es preciso que haya- un entendimiento sano y espiritual en todos los que oran a Dios.
1. Orar con entendimiento es orar bajo la instrucción del Espíritu, comprendiendo la necesidad de aquello que el alma ha de pedir. Aunque un hombre -necesite en gran manera el perdón de los pecados, y ser librado de la ira que ha de venir, si no entiende, no lo deseará en absoluto, o sentirá tal indiferencia y tibieza en sus deseos, que Dios aborrecerá aun la actitud espiritual -de pedir dichas cosas. Esto fue lo que ocurrió con la iglesia en Laodicea: les faltaba conocer lo que es el entendimiento espiritual; no sabían que eran tristes, miserables, pobres, ciegos y desnudos. A causa de lo cual ellos y todos sus cultos eran considerados por Cristo como abominación, hasta el punto de que El les amenazara con vomitarlos de su boca (Apocalipsis 3:16, 17). Los hombres pueden recitar las mismas palabras que otros han escrito o dicho; pero si no lo hacen con entendimiento, -aunque lo hubiera en los otros, la diferencia es grande, a pesar de pronunciarse las mismas palabras.
2. El entendimiento espiritual percibe en el, corazón de Dios la predisposición y buena voluntad para dar al alma aquellas cosas que necesita. Por este medio David podía acertar aun los pensamientos de Dios para con él (Salmo, 40: 5). Y lo mismo le ocurría a la mujer cananea (Mateo 15:22-28): por fe, y por un justo entendimiento, discernía, tras la adusta actitud de Cristo, la ternura y el deseo de ayudarla que había en Su corazón; lo cual la hizo ser vehemente y fervorosa, más aun, constante hasta que llegó a gozar de la misericordia que necesitaba.
No hay nada que induzca tanto al alma a buscar a Dios y a clamar pidiendo el perdón, como el entendimiento de que en el corazón de Dios hay el deseo de salvar a los pecadores. Si un hombre viera una perla de alto precio tirada en el barro, pasaría de largo sin preocuparse, por no entender su valor; pero una vez conocido éste, correría grandes riesgos por obtenerla. Así ocurre con las almas en cuanto a las cosas de Dios. Una vez se ha llegado a entender su valor, su corazón y todo el poder de su alma corren tras ellas, y no cesa de clamar hasta que las tiene. Los dos hombres ciegos del evangelio, sabiendo ciertamente que Jesús, que pasaba entonces, podía y quería curar las enfermedades que les afligían, clamaron, y al verse rechazados, clamaron aun con más fuerza (Mateo 20:29-31).
3. Una vez el entendimiento ha sido espiritualmente iluminado, se descubre cómo el alma debe allegarse a Dios: lo cual sirve de gran aliento. Mas por el contrario, si no se tiene esta iluminación, no se sabrá cómo empezar ni cómo proseguir, señoreando entonces el desaliento hasta hacer que se abandone la empresa.
4. El entendimiento iluminado ve en las promesas de Dios suficiente amplitud para sentirse alentado a orar; lo cual le añade fortaleza sobre fortaleza. Así como cuando los hombres prometen ciertas cosas a los que vengan por ellas, esto constituye motivo de aliento a los que conocen tales promesas, así también ocurre con los que conocen las promesas de Dios.
5. Una vez iluminado el entendimiento, queda abierto el camino para que el alma se allegue a Dios con argumentos adecuados, a veces en forma de contienda, como en el caso de Jacob (Génesis 32: g); a veces -en forma de súplica, y no verbalmente tan sólo, sino que aun en el corazón el Espíritu introduce a través del entendimiento argumentos eficaces y capaces de conmover el corazón de Dios. Cuando Efraín llega a entender debidamente cuál ha sido su vil actitud hacia el Señor, empieza a lamentarse (Jeremías 31:18, 19, 20). Y al lamentarse contra sí mismo, emplea tales argumentos que conmueve el corazón del Señor, obtiene su perdón, y se hace agradable a sus ojos por medio de Jesucristo nuestro Señor: “Escuchando, he oído a Efraín que se lamentaba”, dice Dios. “Azotásteme, y fui castigado como novillo indómito: conviérteme y seré convertido; porque tú eres Jehová mi Dios. Porque después que me convertí, tuve arrepentimiento, y después que me conocí’? (o recibí instrucción en cuanto a mí mismo), “herí el muslo: avergoncéme, y confundíme, porque llevé la afrenta de mis mocedades.” Estas son las quejas y lamentaciones de Efraín contra sí mismo; ante las cuales el Señor irrumpe en las siguientes expresiones, capaces de derretir un corazón: “¿No es Efraín hijo precioso para mí? ¿no es niño delicioso? pues desde que hablé de él, heme acordado de él constantemente. Por eso mis entrañas se conmovieron por él: apiadado, tendré de él misericordia, dice Jehová.” Podéis, pues, ver, que es necesario orar con el Espíritu, pero también con entendimiento.
Y para ilustrar con un símil lo que se ha dicho, pongamos por caso que dos hombres vienen mendigando a vuestra puerta. Uno de ellos es pobre, lisiado; está herido y casi muerto de hambre; el otro es una criatura sana, rebosante de salud y lozanía. Los dos usan las mismas palabras al pedir limosna. Sí, los dos dicen que están medio muertos de hambre; pero, indudablemente, el pobre y lisiado es el que habla con más sentido, experiencia y entendimiento de las miserias que menciona al pedir. Se descubre en él una expresión más viva cuando se lamenta de lo que le ocurre. Su dolor y su pobreza le hacen hablar en un espíritu de mayor lamentación que el otro, por lo cual será socorrido antes por cualquiera que tenga un ápice de afecto o compasión natural. Así ocurre exactamente con Dios. Algunos oran por costumbre y etiqueta; otros en la amargura de sus espíritus. El uno ora por mera noción, puro conocimiento intelectual; al otro las palabras le salen dictadas por la angustia del alma. Sin duda que Dios mirará a éstos, a los de espíritu humilde y contrito, a los que tiemblan a su Palabra (Isaías 66:2).
6. El entendimiento bien iluminado es también de admirable utilidad, tanto en lo que respecta al tema como a la manera de orar. El que posee un entendimiento ejercitado para discernir entre el bien y el mal, y un sentido de la miseria del hombre y la misericordia de Dios, no necesita que los escritos de otros hombres le enseñen a clamar por medio de fórmulas de oración. De la misma manera que, al que siente dolor, no es necesario que le enseñen a decir ¡Ay!” aquel cuyo entendimiento ha sido abierto por el Espíritu no tiene necesidad de imitar las oraciones de otros hombres. La experiencia real, el sentimiento y la presión que pesan sobre su espíritu, hacen que exprese con gemidos su petición al Señor. Cuando los dolores de la muerte hicieron presa en David, y las angustias del sepulcro le rodearon, no necesitó que un obispo con sobrepelliz le enseñase a decir: “Libra ahora, oh Jehová, mi alma” (Salmo 116: 3, 4); ni consultar un libro que le enseñase una fórmula para derramar su corazón ante Dios. Por naturaleza, cuando los hombres están enfermos, cuando les aflige el dolor y la enfermedad, su corazón se desahoga en doloridos lamentos y quejas a los que les rodean. Este fue el caso de David en el -Salmo 38: 1-12. Y ése, también, bendito sea el nombre del Señor, es el caso de los que están dotados de la gracia de Dios.
7. Es necesario que haya un entendimiento iluminado con el fin de que el alma sea llevada a continuar en el servicio y deber de la oración.
El pueblo de Dios no ignora las muchas tretas, trucos y tentaciones que el diablo usa para hacer que una pobre alma, verdaderamente deseosa de tener al Señor Jesucristo, llegue a cansarse de buscar el rostro de Dios, y a pensar que El no quiere tener misericordia de ella. “Sí”, dice Satanás, “puedes orar cuanto quieras, pero no prevalecerás. Mira tu corazón: duro, frío, torpe y embotado. No oras con el Espíritu, no oras con verdadero fervor; tus pensamientos se van tras otras cosas cuando aparentas estar orando a Dios. Fuera, hipócrita; basta ya; es en vano que sigas luchando.” He aquí, pues, que si el alma no está bien avisada, clamará al momento: “¡El Señor me ha abandonado, mi Dios me ha olvidado!” Mientras que la que está debidamente informada e iluminada dice: “Bien, buscaré al Señor y esperaré; no cejaré, aunque no me diga ni una palabra de consuelo. El amaba apasionadamente a Jacob, pero le hizo luchar a brazo partido antes de obtener la bendición.” Los aparentes retrasos en Dios no son pruebas de su desagrado; a veces es posible que oculte su rostro de los santos que más ama. Le agrada en extremo mantener a los suyos en oración, y hallarles continuamente llamando a la puerta del cielo. Acaso sea, dice el alma, que el Señor me prueba, o que le agrada oír cómo le presento, gimiendo, mi condición.
La mujer cananea no quiso tomar por negativas verdaderas las que eran sólo aparentes; sabía que el Señor era misericordioso. El Señor vindicará a los suyos aunque emplee a veces largo tiempo. El Señor me ha esperado mucho más tiempo que yo a El; y lo mismo le ocurrió a David. “Resignadamente esperé,” dice (Salmo 40:l); o sea, pasó mucho tiempo antes de que el Señor me respondiera, aunque por fin “inclinóse a mí y oyó mi clamor.” El mejor remedio para esto es un entendimiento bien informado e iluminado. ¡Lástima que haya en el mundo tantas pobres almas que temen verdaderamente al Señor, y que, por no estar bien instruidas, a menudo están dispuestas a darlo todo por perdido, cada vez que Satanás emplea una de sus tretas y tentaciones! Que el Señor se compadezca de ellas y les ayude a orar con el Espíritu, y también con entendimiento. Aquí podría mencionar gran parte de mi propia experiencia. En mis accesos de agonía espiritual, he tenido fuertes tentaciones de rendirme y no buscar más al Señor; pero habiéndome hecho entender cuán grandes pecadores eran aquellos de quienes El ha tenido misericordia, y cuán grandes eran sus promesas a los pecadores; y que no era al que estaba sano, sino al enfermo; no al justo, sino al pecador; no al que está lleno, sino al que está vacío, a quienes comunicaba Su gracia y Su misericordia, esto, por medio de la ayuda de su Santo Espíritu, hizo que me adhiriese a El, que me apoyara en El, y que al mismo tiempo clamara, aunque de momento no envió respuesta. ¡Que el Señor ayude a todo este pueblo pobre, tentado y afligido, a hacer lo mismo, y a perseverar, aunque tenga que esperar mucho tiempo!
Pregunta 1. ¿Pero qué hemos de hacer los pobres que no sabemos orar? El Señor sabe que yo no sé cómo se debo orar, ni qué se debe pedir.
-Respuesta. ¡Pobre corazón! Te lamentas de que no sabes orar. ¿Puedes ver tu miseria? ¿Te ha mostrado Dios que por naturaleza estás bajo la maldición de su ley? Si es así, no yerres; sé que gimes, y muy amargamente por cierto. Estoy persuadido de que apenas puedes hacer nada en tu trabajo diario sin que la oración brote de tu pecho. ¿No han subido tus lamentos al cielo desde todos los rincones de tu casa? Sé que es así; y también tu propio corazón apesadumbrado testifica de tus lágrimas, del olvido de tu vocación, etc. ¿No es cierto que tu corazón está tan lleno de deseos de las cosas de otra vida, que a veces olvidas aun las de este mundo? Lee Job 23: 12.
Pregunta 2. Sí, pero cuando voy a mi cámara secreta y trato de derramar mi alma ante Dios, apenas puedo decir nada en absoluto.
Respuesta. (a) ¡Ah, querida alma! No es a tus palabras a lo que Dios presta más atención, de modo que no te escuche si no te presentas ante El con algún elocuente discurso. No; su vista está puesta en el quebrantamiento de tu corazón; y esto es lo que hace que los afectos mismos del Señor se desborden: “Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Salmo 51:17).
(b) La escasez de tus palabras puede ser debida a la mucha congoja de tu corazón. David estaba a veces tan apenado que no podía hablar (Salmo 77:3, 4). Empero hay algo que puede servir de consuelo a todos los corazones apesadumbrados como tú, a saber: que aunque debido a la angustia del espíritu no puedes hablar mucho, el Espíritu Santo pone en tu corazón gemidos y suspiros tanto más vehementes; aun cuando tu boca está cerrada, ¡tu espíritu no! Moisés, según ya hemos dicho, hizo resonar el cielo con sus oraciones, bien que no leemos que saliera una sola palabra de su boca. Pero….
(c) Si deseas expresarte más plenamente ante el Señor, considera, primeramente, tu corrompida condición; en segundo lugar, las promesas de Dios; y en tercer lugar, el corazón de Cristo, que tú puedes conocer o discernir por su condescendencia y él derramamiento de su sangre, y por la misericordia que ha otorgado antes a grandes pecadores. Presenta, pues, tu propia vileza, a modo de lamentación; la sangre de Cristo, a modo de argumento; y en tus oraciones, que la misericordia que El ha concedido a otros grandes pecadores, junto con sus abundantes promesas de gracia, abunde en tu corazón. Al mismo tiempo, permite que te aconseje lo siguiente: No te contentes con palabras, y no creas tampoco que son lo único que Dios mira; pero tanto si tus palabras son pocas como si son muchas, que tu corazón las acompañe. Entonces le buscarás y le hallarás, porque le buscarás de todo tu corazón (Jeremías 29:13).
Pregunta 3. Pero si al parecer has hablado contra toda manera de orar que no sea por el Espíritu, ¿por qué das tú instrucciones ahora?
Respuesta. Debemos exhortarnos unos a otros a la oración, aunque no debemos damos fórmulas de oración.
Exhortar a la oración con instrucciones cristianas es una cosa; y redactar fórmulas para limitar al Espíritu de Dios, es otra.
El apóstol no da la menor fórmula para orar, pero insta a que se ore (Efesios 6:18; Romanos 15:30-32).
Por tanto, nadie debe sacar la conclusión de que por dar nosotros instrucciones referentes a la oración, es lícito instituir fórmulas de oración.
Pregunta 4. Pero, si no usamos fórmulas -de oración ¿cómo enseñaremos a nuestros hijos a orar?
Respuesta. Mi opinión es que los hombres siguen un mal camino para enseñar a sus hijos a orar, enseñándoles tempranamente a recitar frases, corno es común en muchas pobres criaturas.
Me parece mucho mejor decirles que por naturaleza son criaturas malditas, que se hallan bajo la ira de Dios a causa del pecado original y del suyo propio; explicarles también cuál es la naturaleza de la ira de Dios, y la duración de la miseria. Si se hace esto a conciencia, sabrán orar mucho antes. La manera de aprender a orar es por medio de la convicción de pecado, sistema que sirve también para enseñar a nuestros amados hijitos. Hacerlo de otra manera, es decir, esforzarse en enseñar a los niños fórmulas de oración, antes que sepan otra cosa, es el mejor camino para hacer de ellos hipócritas malditos, y para hincharlos de orgullo. Enseñad, pues, a vuestros hijos a conocer el infeliz estado y condición en que se hallan. Habladles del fuego del infierno, y de sus pecados; de la perdición y de la salvación; de la manera de escapar a la una y gozar de la otra (si es que vosotros la conocéis), y esto hará que las lágrimas broten de sus ojos, y que sinceros lamentos salgan de sus corazones. Luego podéis decirles a quién deben orar, y en qué nombre. Podéis también hablarles de las promesas de Dios, y de su eterna gracia extendida a los pecadores conforme a la Palabra.
¡Ah, pobres hijitos queridos! Que el Señor abra sus ojos y haga de ellos cristianos santos. Dice David: -Venid, hijos, oídme; el temor de Jehová os enseñaré” (Salmo 34:11).
No dice, por cierto: “Voy a poneros bozal mediante una fórmula de oración”; sino, “el temor de Jehová os enseñaré”; lo que significa: “os enseñaré a ver vuestro triste estado por naturaleza, y a instruiros en la verdad del evangelio, lo cual, por medio de Espíritu, engendra oración en todo aquel que en verdad lo aprende”. Cuanto más enseñéis esto a vuestros hijos, más se derramarán sus corazones en oración a Dios.
Dios nunca tuvo a Pablo por hombre de oración, ni tendrá a otros tampoco, hasta que fue convicto y convertido (Hechos 9:11).
Pregunta 5. Pero, ¿cómo se explica que los discípulos pidieran que Cristo les enseñara a orar, como también Juan enseñaba a los suyos, y que entonces El lo hiciera con la fórmula hoy llamada “Padrenuestro”?
Respuesta. No solamente los discípulos, sino también nosotros deseamos ser enseñados de Cristo; y ya que no está aquí en persona para enseñarnos, que El lo haga por su Palabra y su Espíritu, pues El dijo que enviaría al Espíritu en su lugar cuando se fuera (Juan 14:16 y 16:17).
En cuanto a lo que se ha llamado fórmula, no puedo creer que el propósito de Cristo fuera darlo como tal y de una manera restrictiva, por dos razones:
(1) Porque El mismo enseña lo contrario, según se infiere consultando Mateo 6 y Lucas 11. Mientras que si lo hubiera dado corno fórmula de oración inalterable, no lo habría cambiado.
(2) No hallamos que los apóstoles hayan observado jamás semejante fórmula, ni tampoco que exhortaran a otros a hacerlo. Escudriñad todas sus epístolas, y os daréis cuenta de que, aunque ellos eran tan eminentes como cualquiera en cuanto a conocimiento para discernir y fidelidad para practicar, no oraban según el mundo ha querido más tarde imponer.
Pero, resumiendo, creemos que Cristo, con dichas palabras (“Padre nuestro”, etc.) instruye efectivamente a los suyos sobre los principios que deben observar en sus oraciones a Dios:
(1)Orar en fe.
(2)Orar a Dios en el cielo.
(3)Pedir lo que es conforme a su voluntad, etc. Es decir, que esta oración constituye un modelo o pauta para orar.
Pregunta 6. Empero Cristo manda orar pidiendo Espíritu; ¿significa esto que los hombres, sin el Espíritu pueden también orar y ser oídos? Véase Lucas 11:9-13
Respuesta. El discurso de Cristo va dirigido en este caso a sus discípulos, a los que son suyos (v.l).
Cuando Cristo les dice que Dios daría su Santo Espíritu a los que lo pidieran, ha de entenderse este don como un aumento, pues se trataba de los discípulos, los cuales tenían ya cierta medida del Espíritu. Dice: “Cuando orareis, decid: Padre nuestro… ” (v. 2). ” Os digo” (v. 8). “Y yo os digo” (v. 9). “Si vosotros, siendo malos sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que lo pidieren de El?” Los cristianos, aunque Dios ya se lo ha dado, han de orar pidiendo el Espíritu, es decir, más de El.
Pregunta 7. Entonces, ¿sólo deberían orar los que saben que son discípulos de Cristo?
Respuesta. En efecto.
1. Que toda alma que aspira a ser salva se derrame ante Dios, aunque por la tentación no pueda deducir que es hijo suyo. Y…
2. Si la gracia de Dios está en él, será tan natural para él gemir por su condición como para el bebé pedir el pecho. La oración es una de las primeras cosas que revelan que un hombre es cristiano (Hechos 9:1l). Y si esta oración es como conviene, tendrá el siguiente carácter:
(a) Desear a Dios en Cristo, por El mismo, por Su santidad, amor, sabiduría y gloria. La oración verdadera, que va a Dios por Cristo, se centra en El, y sólo en El: “¿A quién tengo yo en los cielos? Y fuera de ti nada deseo en la tierra- (Salmo 73:25).
(b) Poder gozar continuamente en el alma la comunión con El, tanto aquí como en el porvenir: “Seré saciado cuando despertare a tu semejanza” (Salmo 17: 15). “Y por esto también gemimos”, ete. (II Corintios 5:2).
(c) La oración verdadera va acompañada de un esfuerzo continuo por aquello por que se ora: “Mi alma espera a Jehová más que los centinelas a la mañana” (Salmo 130:6). “Levantaréme ahora… buscaré al que ama mi alma” (Cantares 3:2). Os ruego que observéis cómo hay dos cosas que inducen a la oración: una es el aborrecimiento del pecado y de las cosas de esta vida; la otra es un deseo anhelante de tener comunión con Dios en estado de santidad. Compárese solamente esto con la mayor parte de las oraciones que los hombres hacen, y se comprobará que no son sino una burla, el aliento de un espíritu abominable. La mayoría de los hombres, o no oran en absoluto, o se afanan en mofarse de Dios y del mundo al hacerlo. Confrontad si no -sus oraciones con su manera de vivir, y echaréis de ver fácilmente que el contenido de ellas es lo que menos procuran en sus vidas. ¡Qué triste hipocresía!
Os he mostrado, pues, brevemente: 1. Lo que es la oración. 2. Lo que es orar con el Espíritu. 3. Lo que es orar con el Espíritu y con entendimiento también. Permitidme ahora unas palabras de aplicación y conclusión.
IV. APLICACION
En primer lugar unas palabras de instrucción.
Ya que la oración es deber de todos y cada uno de los hijos de Dios, deber mantenido en el alma por el Espíritu de Cristo, todo el que se propone ocuparse en orar al Señor ha de ser en extremo cuidadoso, y prepararse para hacerlo con especial temor de Dios, y con la esperanza puesta en su misericordia a través de Jesucristo.
La oración es una ordenanza de Dios en la cual el hombre se acerca más a El; por tanto, todo aquel que se halle en Su presencia, necesita tanto más la ayuda de Su gracia, para orar como conviene. Es una vergüenza para un hombre el comportarse irreverentemente ante un rey, pero hacerlo ante Dios es, no sólo vergüenza, sitio pecado. Y así como un rey, si es sabio, no se agrada de un discurso compuesto de palabras y gestos indecorosos, tampoco Dios se complace en el sacrificio de los necios (Eclesiastés 5:1, 4). No son los largos discursos ni las lenguas elocuentes lo que agrada a los oídos del Señor, sino un corazón humilde, quebrantado y contrito. Por tanto, recibe la instrucción de que las siguientes cinco cosas son obstáculos para la oración, y aun hacen vanas las peticiones de la criatura:
1. Cuando los hombres miran a la iniquidad en su corazón en el momento de orar ante Dios: “Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me oyera” (Salmo 66:18). Cuando hay un amor secreto hacia aquello contra lo cual, con tus labios hipócritas, pides fuerzas. En esto consiste la impiedad y perversidad del corazón humano, que aun amará y retendrá aquello contra lo cual ora: de labios honra a Dios, mas su corazón está lejos de El (Mateo 15:8). ¡Qué desagradable sería ver a un mendigo pidiendo limosna con intención de echarla a los perros! ¡0 que primero dijera: “Te ruego me concedas esto”, y a continuación: “No me lo des” Y esto es precisamente lo que ocurre con tal clase de personas; con la boca dicen: —Hágase tú voluntad—. y con el corazón lo desmienten; con la boca dicen: ” Santificado sea tu nombre”, y con el corazón y la vida que viven se deleitan en deshonrarle todo el día. Estas son las oraciones que son para pecado (Salmo 109:1); y aunque oran a menudo el Señor jamás les responderá (II Samuel 22:42).
2. Cuando los hombres oran para ser vistos, para ser oídos, y para ser tenidos por personas muy religiosas, y para cosas parecidas.
Estas oraciones tampoco tienen la aprobación de Dios, y es posible que jamás sean atendidas con miras a la vida eterna.
Hay dos clases de hombres que oran con este fin. (a) Esos capellanes de sobremesa que se introducen en las familias de los ricos simulando rendir culto a Dios, -cuando en verdad su ocupación primordial es satisfacer sus vientres; los cuales han sido notablemente tipificados por los profetas de Achab, y por los de Nabucodonosor; quienes, aunque simulaban gran devoción, sus concupiscencias y sus vientres eran el gran objetivo que perseguían en sus vidas y en todas sus actividades devocionales. (b) También aquellos que buscan reputación y aplauso para su elocuencia, y procuran, más que nada, agradar los oídos y los cerebros de sus oyentes. Estos son los que “oran para ser oídos de los hombres”, los cuáles tienen ya su pago (Mateo 6:5).
Estas personas se descubren del modo siguiente: se expresan teniendo en cuenta solamente al auditorio, esperando recibir después las alabanzas. Sus corazones se elevan o decaen según los elogios y parabienes que se les tributan. Les agrada orar prolijamente, y para conseguirlo, repiten vanamente las cosas una y otra vez. No les importa de donde vengan los encomios. Sus laureles son los aplausos calurosos de los hombres y, por tanto, no les gusta entrarse en su cámara secreta, sino estar entre los muchos. Pero, si alguna vez la conciencia les empuja a orar a solas, la hipocresía hará que se les oiga desde la calle; y cuando su boca ha terminado, se acabaron sus oraciones, pues no aguardan a oír lo que dirá el Señor (Salmo 85:8).
3. Una tercera clase de oración que Dios no aceptará es la que pide cosas injustas, o cosas justas, mas para gastar en deleites, y pensadas con fines injustos: “No tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites” (Santiago 4:2, 3). Tener propósitos contrarios a la voluntad de Dios es un argumento de peso para que El desatienda las peticiones que le son presentadas. Por esto hay tantos que oran por tal o cual cosa, y no la reciben. La respuesta de Dios solamente es el silencio. A cambio de sus esfuerzos, son recompensados por sus propias palabras, y eso es todo.
Pregunta. Pero, ¿no es verdad que Dios oye a ciertas personas aunque sus corazones no sean conforme El manda, como en el caso de Israel, al darle codornices que ellos emplearon en sus deleites?
Respuesta. Si lo hace, es en juicio, y no en misericordia. Ciertamente les dio lo que deseaban, pero mejor hubiera sido para ellos no haberlo recibido, pues El envió flaqueza en sus almas (Salmo 106:15) ¡Ay del hombre a quien Dios responde de esta manera!
4. Hay otra clase de oración que no recibe respuesta; y es la que los hombres ofrecen y presentan ante Dios en nombre propio solamente, sin comparecer en el del Señor Jesús. Pues, aunque Dios ha instituido la oración, y ha prometido oír a sus criaturas, esto no significa que oiga a aquellos que no tengan en nombre de Cristo: “Si algo pidiereis en mi nombre- (Juan 14: 14); “Si pues coméis, o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo a gloria de Dios” (1 Corintios 10:31). Si pidiereis algo en mi nombre, etc., por muy devotos celosos, fervientes y constantes en la oración que seáis solamente en Cristo habéis de ser oídos y aceptados. Empero, es lástima que la mayoría de los hombres no sepa lo que es venir a El en el nombre de nuestro Señor Jesús, lo cual es la razón de que vivan como impíos, oren como impíos y mueran como impíos. 0, visto de otro modo, que no lleguen a otra cosa que a lo que el hombre animal puede llegar, o sea, a ser exactos en sus palabras y hechos en el trato con sus semejantes, y comparecer ante Dios sin otra cosa que su propia justicia.
5. Lo último que mencionaremos como impedimento de la oración es el fiarse de la forma de la misma, olvidando su virtud. Es fácil que los hombres sientan predilección fanática por tal o cual fórmula de oración, según se hallan escritas en algún libro; pero, en cambio, olvidan por completo preguntarse a sí mismos si tienen el espíritu y el poder. Se asemejan a hombres pintados y hablando en voz de falsete. Son la viva representación de la hipocresía, y sus súplicas abominación. Cuando dicen que han derramado sus almas delante de Dios, El responde que han aullado como perros (Oseas 7: 14).
Por consiguiente, cuando te propongas o pienses orar al Señor del cielo y de la tierra, considera los siguientes puntos:
(1) Piensa seriamente lo que necesitas y deseas. No hagas como tantos, que con sus palabras no hacen sino herir el aire, y piden lo que no quieren ni necesitan.
(2) Cuando veas lo que necesitas, no te desvíes de ello, cuida de orar sentida e inteligentemente.
Pregunta. Entonces, si no siento necesidad de nada, ¿no debo orar?
Respuesta 1. Si descubres que eres insensible en grado extremo, no podrás clamar por tu insensibilidad si anos no eres hecho sensible. Es lo que podría llamarse la experiencia de la insensibilidad. Así, pues, ora conforme a lo que sientes ser tu necesidad; y si te das cuenta de tu falta de sensibilidad espiritual, ora al Señor pidiéndole que te haga experimentar su ausencia. Este ha sido el método de los santos hombres de Dios: ” Hazme saber, Jehová, mi fin” (Salmo 39: 4); “sus discípulos le preguntaron, diciendo qué era esta parábola” (Lucas 8: 9). La promesa dice: “Clama a mí, y te responderé, y te enseñaré cosas grandes y dificultosas que tú no sabes” (Jeremías 33: 3).
2. Cuida de que tu corazón se eleve a Dios al mismo tiempo que tu boca: no dejes que ésta vaya más allá de donde tú procuras colocar aquél. David levantaba su corazón y su alma al Señor, y tenía buenas razones para hacerlo; pues si el corazón del hombre no va donde su boca, sus palabras no son más que mera honra de labios; y aunque Dios pide y acepta los sacrificios de labios, éstos solos, sin el corazón, demuestran no sólo falta de sensibilidad verdadera, sino también ignorancia de esta falta.
Por tanto, si piensas ser prolijo delate de Dios, procura que sea con el corazón.
3. Cuidado con las expresiones patéticas, y con agradarte en su uso, olvidando dónde está la verdadera vitalidad de la oración.
Terminaré esta sección con una o dos advertencias.
La primera: Cuidado con desechar la oración a causa de la súbita persuasión de que no tienes el Espíritu ni oras con El. La gran obra del diablo consiste en hacer todo lo posible para impedir las mejores oraciones. El adulará al maldito hipócrita y embustero, alimentándole con mil fantasías de hechos meritorios, aunque sus oraciones y todo cuanto hace hiede en las narices de Dios, mientras se coloca junto al pobre Josué, para resistirle, es decir, para persuadirle de que ni su persona ni sus actos son aceptados por Dios (Zacarías 3:1). Cuidado, pues, con tales falsas conclusiones y desalientos injustificados. Aunque te asalten pensamientos como éstos, lejos de sentirte desalentado por ellos, úsalos para orar más sincera e intensamente en espíritu, al allegarte a Dios.
En segundo lugar: Del mismo modo que estas tentaciones repentinas no deben hacer que te abstengas de orar y de derramar tu alma delante de Dios, tampoco las corrupciones de tu corazón deben servir de impedimento. Acaso halles en ti todo lo que hemos mencionado antes, y quizás tales cosas procuren intervenir en tus oraciones a El. A ti te toca, entonces, juzgarlas, orar pidiendo ayuda contra ellas, y postrarte tanto más humildemente a los pies de Dios, usando tu vileza y corrupción como argumento para implorar la gracia que justifica y santifica, en vez de dejarte abatir por el desaliento y la desesperación.
David así lo hizo: “Perdonarás también mi pecado; porque es grande” (Salmo 25:11).
Y ahora unas palabras de aliento.
1. El texto que se halla en Lucas es muy alentador para la pobre criatura que tiene hambre de Cristo Jesús. En los versículos 5, 6, y 7 se cuenta la parábola de un hombre que fue a ver a su amigo para pedir prestados tres panes, que el otro le negó porque estaba en cama; mas, finalmente, a causa de su importunidad, se levantó y le dio lo que pedía. Con esto se da a entender claramente que, aunque las pobres almas, por la flaqueza de su fe, no pueden ver que son amigas de Dios, no deben dejar jamás de pedir, llamando a Su puerta en busca de misericordia. Fijaos en lo que dice Cristo: “Os digo, que aunque no se levante a darle por ser su amigo, cierto por su importunidad”, o deseos impacientes, “se levantará, y le dará todo lo que habrá menester”. ¡Pobre corazón! Clamas diciendo que Dios no te tiene en cuenta; descubres que no eres Su amigo, sino mas bien enemigo en tu corazón y en tus obras impías y te hallas como si oyeras que el Señor te dice: “No me seas molesto, no puedo darte” -como en la parábola (Lucas 11:1-13)-; mas yo te digo, que llamando, clamando y gimiendo. Te digo que, aunque no se levante a darte por ser Su amigo, cierto por tu importunidad se levantará y te dará todo lo que habrás menester. “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos, dará buenas cosas a los que le piden?” (Mateo 7:1l). Lo mismo habréis descubierto en la parábola del juez injusto y la pobre viuda (Lucas 18). La importunidad de ella le venció. Y ciertamente mi propia experiencia me dice que no hay nada que pese más ante Dios que la importunidad. ¿No es así con si respecto a los mendigos que vienen a nuestra puerta? Aunque a la primera petición no tengáis el menor deseo dc darles cosa alguna, si continúan lamentándose y sin querer marcharse si no es con una limosna, se la dais; pues sus continuos ruegos os vencen. ¿Acaso no hay afectos en vosotros, que sois impíos, y sois vencidos por un mendigo importuno? Ve y haz tú lo mismo. Es un motivo que prevalece, y la experiencia lo confirma. Se levantará y te dará todo lo que habrás menester.
2. Otro motivo de aliento, para el alma que miserablemente tiembla al experimentar su pecado, es considerar el lugar, trono o asiento en que el gran Dios se ha sentado para oír las peticiones y las oraciones de las pobres criaturas: “el trono de la gracia” (Hebreos 4:16); “el propiciatorio” (Éxodo 25:22); lo cual significa que, en los días del evangelio, Dios ha establecido su morada en la misericordia y el perdón; y desde allí se propone oír al pecador, y hablar con él como dice en Éxodo 25:22: “Y de allí me declararé a ti, y hablaré contigo de sobre el propiciatorio.” ¡Pobres almas! ¡Cuán propensas son a tener extraños pensamientos sobre Dios y Su disposición para con ellas, llegando precipitadamente a la conclusión de que El no las tiene en cuenta, bien qué está sobre el propiciatorio, y se ha sentado allí a propósito, con el fin de poder oír y atender sus oraciones! Si hubiera dicho: “Hablaré contigo desde mí trono de juicio -, ciertamente harías bien en temblar y huir de la faz de la grande y gloriosa Majestad; pero cuándo dice que oirá y hablará con las almas sobre el trono de la gracia o desde el propiciatorio, debes sentirte alentado lo esperanzado, más aun, animado a llegarte confiadamente a El para alcanzar misericordia, y hallar gracia para el oportuno socorro (Hebreos 4: 16).
3. Hay aún otro motivo de aliento para continuar en oración a Dios, y es el siguiente:
Además del hecho de que hay un propiciatorio, desde donde Dios quiere hablar con los pobres pecadores, también es un hecho que, junto a este propiciatorio está Jesucristo, rociándolo continuamente con su sangre. Por esto se llama “La sangre del esparcimiento” (Hebreos 12:24). Cuando el sumo sacerdote, bajo la ley, había de entrar en el lugar santísimo, donde estaba el propiciatorio, no podía hacerlo sin sangre (Hebreos 9:7).
¿Por qué era así? Porque aunque Dios estaba sobre el propiciatorio, El era perfectamente justo al mismo tiempo que misericordioso. Así pues, la sangre había de impedir que la justicia cayera sobre las personas acogidas a la intercesión del sumo sacerdote (como está significado en Levítico 16:13-16); por lo cual, toda la indignidad que temes no debe impedir que te allegues a Dios en Cristo en busca de misericordia. Arguyes que eres vil y por tanto Dios no va a tener en cuenta tu oración. Cierto es, si te deleitas en tu vileza, y te allegas a El por mera simulación. Pero si derramas tu corazón delante de El comprendiendo. tu impiedad, deseando de todo corazón ser salvo de la culpa y limpio de la inmundicia, no temas, tu vileza no hará que el Señor tape sus oídos para no oírte. El valor de la sangre de Cristo, que ha sido esparcida sobre el propiciatorio, detiene el curso de la justicia, y abre una compuerta para que la misericordia de Dios llegue hasta ti. Por tanto, tienes confianza para entrar en el lugar santísimo, por la sangre de Jesús, el cual ha consagrado un camino nuevo y vivo para ti: no morirás (Hebreos 10: 19, 20).
Además, Jesús está allí, no solamente para rociar el propiciatorio con su sangre, sino que habla, su sangre habla. Por eso dice Dios que, si ve la sangre, pasará de ti, y la plaga no te tocará.
Si pues sobrio y humilde; allégate al Padre en el nombre del Hijo, y cuéntale tu caso con la ayuda del Espíritu, y experimentarás entonces el beneficio de orar con el Espíritu y con entendimiento también.
Unas palabras de reprensión: un triste discurso a los que jamás oráis.
“Oraré”, dice el apóstol; y lo mismo dice el corazón de los que son cristianos. Por tanto, tú que no oras, no eres cristiano. La promesa dice: “Orará a ti todo santo” (Salmo 32:6). Por consiguiente, tú que no oras eres un impío y un desdichado. Jacob recibió el nombre de Israel luchando con Dios (Génesis 32), y todos sus hijos llevaron este nombre después de él (Gálatas 6). Mas aquellos que olvidan la oración, que no invocan el nombre de Jehová, son objeto de oraciones, sí, pero tales como ésta: -Derrama tu enojo sobre las gentes que no te conocen, y sobre las naciones que no invocan tu nombre” (Jeremías 10:25). ¿Qué te parece esto, a ti que tan lejos estás de derramar tu corazón delante de Dios, que te acuestas como un perro, te levantas como un borracho, y olvidas invocar a Dios? ¿Qué harás cuando estés condenado en el infierno, porque no hallaste en tu corazón ocasión de pedir el cielo? ¿Quién se lamentará de tu dolor, si no creístes que valiese la pena pedir misericordia? Te digo que los cuervos, los perros, etc., se levantarán en juicio contra ti; pues ellos, cada uno según su especie, dan a entender de alguna manera que quieren un refrigerio cuando lo necesitan; pero tú no tienes corazón para pedir el cielo, aunque te veas perecer eternamente en el infierno.
Sirva esto de reproche a los que os ocupáis en liviandades burlándoos y menospreciando el Espíritu, al no buscar su ayuda en oración. ¿Qué haréis, cuando Dios os pida cuentas de estas cosas? Tenéis por alta traición hablar una palabra contra el rey; más aun, tembláis ante tal pensamiento; pero no os importa blasfemar contra el Espíritu del Señor. ¿Será grato vuestro fin si tratáis de jugar con estas cosas? ¿Envió Dios el Espíritu Santo al corazón de su pueblo con el fin de que vosotros le vilipendiarais? ¿Es esto servir a Dios? ¿Demuestra esto la reforma de vuestra iglesia, o no será más bien la señal de los reprobados implacables? ¡Oh, qué espanto! ¿No os basta condenaros por vuestros pecados contra la ley, sino que también tenéis que pecar contra el Espíritu Santo? ¿Acaso el Espíritu de gracia, santo, inofensivo y puro, promesa de Cristo, Consolador de sus hijos, sin el cual nadie puede servir aceptablemente al Padre; acaso, digo, ha de ser ésta la carga de vuestra canción: vituperar, escarnecer y mofarse de El? Si Dios mandó a Coré y a sus compañeros directamente al infierno por hablar contra Moisés y Aarón (Números 16), ¿creéis que los que os burláis del Espíritu de Cristo escaparéis impunes? (Hebreos 10: 29). ¿No leísteis jamás lo que Dios hizo a Ananías y Safira, por decir una sola mentira contra el Espíritu Santo (Hechos 5:1-9), y a Simón el Mago por menospreciarle? (Hechos 8:18-22). ¿Y creéis que vuestro pecado será virtud, o pasará sin ser castigado, hasta tal punto que os ocupáis en vociferar en contra de Su oficio, Su servicio y Su ayuda, que El da a los hijos de Dios? Horrible cosa es menospreciar al Espíritu de gracia (Mateo 12: 31; Marcos 3:29).
Concluiré este discurso con los siguientes consejos para el pueblo de Dios:
1.Cree que, tan cierto como que estás en los caminos de Dios, encontrarás tentaciones.
2.Por tanto, espéralas desde el primer día de tu entrada en la congregación de Cristo.
3.Cuando lleguen, ruega a Dios que te guíe y ayude a pasarlas.
4.Vigila cuidadosamente- tu propio corazón; que, no te engañe en contra de las evidencias del cielo, ni en tu andar con Dios en este mundo.
5.No te fíes de las lisonjas de los falsos hermanos.
6.No te apartes de la vida y el poder de la Verdad.
7.Mira mayormente a las cosas que no se ven.
8.Desconfía de los pecados pequeños.
9.Que la promesa no se enfríe en tu corazón.
10.Renueva tu actitud de fe en la sangre de Cristo.
11.Medita en la obra de tu regeneración.
12.No renuncies a correr con los que van en cabeza en la, carrera,

La gracia sea con vosotros….. (John Bunyan, 1660)
***

Fuente: Biblioteca Reformada

Anteriores de esta serie:

1. Lo que es la oración

2. Orando con el Espíritu

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