La oración (2) – John Bunyan

ORANDO CON EL ESPIRITU

“Oraré con el Espíritu, mas oraré también con entendimiento” (1Corintios 14:15). Ahora bien, orar con el Espíritu (pues esto es lo que hace el que ora, si ha de ser acepto a Dios) es, como se ha dicho antes, allegarse a Dios sincera, consciente y afectuosamente por medio de Cristo; lo cual ha de ser necesariamente obra del Espíritu de Dios. No hay hombre ni iglesia en el mundo que pueda allegarse a Dios en oración, si no es con la ayuda del Espíritu Santo: ” Por El los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre ” (Efesios 2:18). Por lo cual Pablo dice: “Qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos; sino que el mismo Espíritu pide por nosotros con gemidos indecibles. Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es el intento del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios, demanda por los santos” (Romanos 8: 26, 27). Voy a comentar en breves palabras este texto que descubre tan plenamente el espíritu de oración y la incapacidad del hombre para orar sin él.
1. Considérese primeramente la persona que está hablando, o sea Pablo, y en su persona todos los apóstoles. Nosotros los apóstoles, oficiales extraordinarios, edificadores prudentes (alguno, incluso, ha sido arrebatado al paraíso), “qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos”. No sabemos qué cosas hemos de pedir; ni a quién oramos, ni por qué medio oramos; nada de esto sabemos sino por la ayuda del Espíritu. ¿Hemos de orar pidiendo tener comunión con Dios por Cristo? ¿Hemos de pedir fe, justificación por la gracia, un corazón verdaderamente santificado? Nada de esto sabemos; “porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios” (1Corintios 2:1l).
Asimismo, si no saben cuál ha de ser el tema de la oración, a no ser por la ayuda del Espíritu, sin El tampoco saben cómo deben orar; por lo cual, el apóstol añade: “El Espíritu ayuda nuestra flaqueza: porque qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos.” No podían cumplir este deber tan airosa y plenamente como algunos en nuestros días creen que pueden. Aun en sus mejores momentos, cuando el Espíritu Santo les ayudaba, los apóstoles habían de contentarse con proferir suspiros y gemidos indecibles, ya que les faltaban palabras para expresarse.
Mas en esto los sabios de nuestros días están tan especializados, que ya saben de antemano cómo deben orar y sobre qué tema; fijando tal oración para tal día, aun veinte años antes. Una para Navidad, otra para Pascua, y la que corresponde seis días después, etc. Han contado aun las sílabas que deben contener. También para cada festividad han preparado ya las oraciones para aquellos que aun no han venido a este mundo. Además, os dirán cuándo debéis arrodillaros, cuándo estar en pie, cuándo sentaros, y cuándo moveros. Todo lo que los apóstoles no llegaban a cumplir, por no poder componer de manera tan meticulosa, a causa del temor de Dios -que les constreñía a orar como debían.
“Porque qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos.” Obsérvese esto: “como conviene”; pues el no pensar en esta palabra, o por lo menos el no entenderla en su espíritu y verdad, ha hecho que algunos inventaran, como Jeroboam, otra manera de adorar distinta de la que está revelada en la Palabra de Dios, tanto en lo que respecta al tema como a la forma. Pero Pablo dice que es preciso que oremos como conviene; cosa que no podemos hacer ni con todo el arte, la habilidad, la astucia y el ingenio de los hombres y de los ángeles. “Porque qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos; sino que el mismo Espíritu…. “Sí, el “mismo Espíritu” “ayuda nuestra flaqueza”; no el Espíritu y la concupiscencia del hombre: una cosa es lo que el hombre puede imaginar e inventar en su propio cerebro, y otra lo que se le manda y debe hacer. Muchos piden y no reciben, porque piden mal (véase Santiago 4:3), por lo cual jamás llegan ni siquiera a estar cerca de poseer lo que piden. La oración accidental fortuita, no disuade a Dios ni hace que El responda. Cuando se está en oración; Dios escudriña el corazón, para ver de qué raíz y espíritu procede. “Mas el que escudriña los corazones, sabe” (es decir, aprueba), “cuál es el intento del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios, demanda por los santos” (Romanos 8:27). Pues El nos -oye solamente en aquello que es conforme a su voluntad, y en nada más. Y solamente el Espíritu puede enseñarnos a pedir, porque es el único que todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Sin este Espíritu, aunque tuviéramos mil devocionarios, “qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos”, -pues nos acompaña aquella flaqueza que nos incapacita totalmente para tal menester. Flaqueza que consiste en lo siguiente, bien que es difícil de describir:
Sin el Espíritu, el hombre es tan flaco que por nos que use los demás medios no puede tener un solo pensamiento justo relacionado con la salvación y con Dios, con Cristo, o con sus bendiciones. Por tanto, el Espíritu dice a los impíos: “No hay Dios en todos sus pensamientos” (Salmo 10:4); a menos que se lo imaginen según ellos son. “Todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal” (véase Génesis 8:21). Si, pues, como se ha demostrado antes, no pueden concebir correctamente al Dios a quien oran, ni al Cristo en cuyo nombre oran, ni las cosas por las cuales oran, ¿ cómo podrán dirigirse personalmente a Dios sin que el Espíritu ayude su flaqueza? El Espíritu en persona es el que revela estas cosas a nuestras pobres almas, y quien nos las hace entender; por lo cual Cristo, cuando prometió enviar al Espíritu, al Consolador, dijo a sus discípulos: “Tomará de lo mío y os lo hará saber.” Es como si hubiera dicho: “Sé que por naturaleza estáis en tinieblas e ignorancia para entender mis cosas; y aunque probéis este sistema o el otro, vuestra ignorancia continuará; el velo está puesto sobre vuestro corazón, y nadie puede quitarlo, ni daros entendimiento espiritual, si no es el Espíritu.”
La oración verdadera ha de proceder, tanto en su expresión externa como en su intención espiritual, de lo que nuestra alma percibe bajo la luz del Espíritu; de lo contrario será rechazada como cosa vana y abominable, porque el corazón y la lengua no van al unísono – ni tampoco pueden, por cierto, a menos que el Espíritu ayude nuestra flaqueza-. David sabía esto muy bien, y por eso clamó: Señor, abre mis labios; y publicará mi boca tu alabanza (Salmo 51:15). Espero que nadie imaginará que David no podía hablar y expresarse tan bien como los demás, como cualquiera de nuestra generación, según es claramente manifiesto en sus palabras y obras. No obstante, cuando este hombre excelente, este profeta, viene a adorar a Dios, el Señor tiene que ayudarle, pues de lo contrario nada puede hacer. Era incapaz de pronunciar ni una palabra acertada a menos que el Espíritu mismo ayudara su flaqueza.
2. Es preciso que la oración sea en el Espíritu, para que sea eficaz. Las oraciones que no son movidas desde arriba son como los hombres: necias, hipócritas, frías e indecorosas; y corno aquellos que las pronuncian, vienen a ser abominación a Jehová. No es la excelencia de la voz, ni el aparente afecto y fervor del que ora, lo que Dios mira o considera, sino el Espíritu. El hombre, como tal, está tan lleno de toda suerte de impiedad, que no solamente no puede tener una palabra o un pensamiento limpio, sino mucho menos una oración pura y aceptable a Dios por Cristo. Por lo cual, los fariseos, a pesar de sus oraciones, o a causa de ellas, fueron rechazados. No cabe la menor duda de que, en cuanto a palabras, eran perfectamente capaces de expresarse; es más, destacaban por lo prolijo de sus oraciones; pero no tenían la ayuda del Espíritu de Jesucristo, por lo cual, lo que hacían, lo hacían solamente con su flaqueza. Todo esto era la causa de que no pudieran derramar sus almas a Dios de modo sincero, consciente y afectuoso, en el poder del Espíritu. Esta es la oración que va al cielo, por ser elevada en el poder del Espíritu, pues …
3. Solamente el Espíritu puede claramente mostrar al hombre lo miserable que es por naturaleza, capacitándole así para la oración. Hablar es hablar tan sólo, corno decíamos, y no es sino culto de labios cuando no hay una experiencia realmente eficaz de su bajeza. ¡Oh, qué horrenda hipocresía la de la mayoría de corazones! ¡Cuán horrenda mentira la de muchos hombres que oran hoy día sólo para que les vean! ¡Y todo esto por no tener experiencia de su propia miseria! Mas el Espíritu muestra amorosamente al alma su desdicha, le indica su posición y lo que probablemente va a ser de ella; le muestra asimismo lo intolerable de su condición. El Espíritu es quien redarguye eficazmente del pecado y de la miseria de una vida sin Cristo, poniendo así al alma en una actitud apacible, grave, consciente, afectuosa, para orar a Dios conforme a su Palabra.
4. Aunque los hombres vieran sus pecados, no orarían sin la ayuda del Espíritu. De no ser por El, huirían de Dios, como Caín y Judas, y desesperarían por completo de hallar misericordia. Cuando una persona tiene conciencia de su pecado y de la maldición de Dios, es difícil persuadirle de que debe orar; pues su corazón dice: “No hay esperanza; es en vano buscar a Dios. Soy una criatura tan vil, infeliz y maldita, que jamás se me tendrá en cuenta.” Entonces viene el Espíritu, sosiega al alma, la ayuda a levantar el rostro hacia Dios infundiéndole un poco de la experiencia de lo que es la misericordia, para que se acerque a Dios.
5. Ha de ser en el Espíritu o con El; pues si no es así, nadie puede saber cómo ha de allegarse a Dios como conviene. Los hombres podrán decir fácilmente que se allegan a Dios en su Hijo; pero allegarse a Dios “como conviene “, y conforme a Su voluntad, es lo más difícil que concebirse pueda, si se quiere hacer sin el Espíritu. Es el Espíritu quien lo escudriña todo, aun lo profundo de Dios. Es el Espíritu quien debe mostrarnos la manera de allegamos a Dios, y también aquellas cosas de Dios que le hacen deseable: ” Ruegote que me muestres ahora tu camino”, dice Moisés, “para que te conozca” (Éxodo 33:13); y Juan 16:14: “Tomará de lo mío, y os lo hará saber.”
6. Porque sin el Espíritu, aunque el hombre viera su miseria, y también la manera de allegarse a Dios, jamás podría aspirar a tener participación en El, en Cristo, o en la misericordia, sin contar con la aprobación divina. ¡Qué tarea tan grande, para la pobre alma que percibe su pecado y la ira de Dios, decir en fe esta sola palabra: Padre! Os digo que, cualquiera que sea la opinión de los hipócritas, ésta es la mayor dificultad para el cristiano verdadero: no puede decir que Dios es su Padre. -¡Ah! -dice -no me atrevo a llamarle Padre.”. Por esto precisamente es necesario que el Espíritu sea enviado al corazón de los del pueblo de Dios, para clamar: ¡Padre! Es éste un esfuerzo que, sin el Espíritu, nadie puede realizar conscientemente y en fe. Cuando digo conscientemente, quiero decir sabiendo lo que es ser hijo de Dios, haber nacido de nuevo. Y cuando digo en fe, quiero decir que el alma cree, por experiencia genuina, que la obra de la gracia ha sido hecha en ella. Esta es la única manera de llamar a Dios, Padre; y no, como muchos hacen, recitar de memoria, de modo balbuceante, el Padrenuestro, tal como está en la letra del libro.
No; la vida de oración estriba en que un hombre, en o con el Espíritu, después de haber sido sensibilizado en cuanto al pecado, y enseñado en cuanto a cómo debe allegarse al Señor en busca de misericordia, viene, digo, en el poder del Espíritu, y clama: ¡Padre! Esa única palabra, pronunciada en fe, es mejor que mil oraciones – como los hombres las llaman – escritas y leídas de manera oficial, indiferente y tibia. ¡Oh, cuán lejos están las gentes de darse cuenta de esto, cuando se dan por satisfechos con saber de memoria, y enseñarlo a sus hijos, el Padrenuestro, el Credo y otros dichos; cuando como Dios sabe, no tienen una verdadera experiencia de sí mismos, de su miseria, de lo que Dios exige que le demos por medio de Cristo! ¡Ah, pobre alma! Reflexiona sobre tu miseria y clama a Dios para que te muestre tu confusa ceguera e ignorancia antes de que te habitúes, y enseñes a tus hijos, a llamarle Padre de forma rutinaria. Sabed que decir que Dios es vuestro Padre, a modo de oración, sin tener una experiencia de la obra de la gracia en vuestras almas, es decir que sois judíos sin serlo, y por tanto mentir. Vosotros decís: Padre nuestro; Dios dice: Tú blasfemas. Vosotros decís que sois judíos, es decir, verdaderos cristianos; Dios dice: Mientes. “He aquí, yo doy de la sinagoga de Satanás, los que se dicen ser judíos, y no lo son, mas mienten.” Y “Yo sé… la blasfemia de los que se dicen ser judíos, y no lo son, mas son sinagoga de Satanás” (Apocalipsis 3:9 y 2:9).
Y este pecado es tanto mayor, cuanto más el pecador se jacta con pretendida santidad, cual fue la postura de los judíos ante Cristo en el capítulo 8 de Juan. Vemos allí cómo Cristo les habló de su condenación en términos inequívocos, a pesar de las hipócritas pretensiones de ellos. Y la historia se repite. Algunos pretenden ser considerados los únicos hombres honrados, y todo porque con sus lenguas blasfemas y corazones hipócritas van a la iglesia y dicen: ¡Padre nuestro! Mas aun así, a pesar de que cada vez que dicen a Dios, “Padre nuestro”, blasfeman tan abominablemente, necesitan hacerlo por deber. Y cuando otros, de principios más sobrios, sienten escrúpulos de tan vanas tradiciones, se les considera como enemigos de Dios y de la nación. El pueblo de Dios como siempre, es considerado como pueblo turbulento, sedicioso y faccioso.
Permíteme pues que razone un poco contigo, pobre alma ciega, ignorante y aturdida. (a) Quizás tu mejor oración sea decir: “Padre nuestro que estás en los cielos, etc. ¿Conoces el significado de las primeras palabras de esta oración? ¿Puedes sin vacilación clamar, uniéndote al resto de los santos: “Padre nuestro”? ¿Has nacido realmente de nuevo? ¿has recibido el espíritu de adopción? ¿te ves a ti mismo en Cristo, y puedes allegarte a Dios como miembro de su Hijo? ¿o ignoras estas cosas, y aun osas decir: “Padre nuestro”? ¿No es el diablo tu padre? ¿y no haces las obras de la carne? ¡y te atreves a decir a Dios: “Padre nuestro”! Peor aun,¿no eres uno de los que encarnizadamente persiguen a los hijos de Dios? ¿no los has maldecido en tu corazón muchas veces? ¡y aun permites que de tu garganta blasfema salgan las palabras: “Padre nuestro”! El es Padre de aquellos a quienes aborreces y persigues. Del mismo modo que el diablo se presentó entre los hijos de Dios (Job 2:1) cuando éstos vinieron a comparecer ante el Padre, así ocurre ahora: si a los santos se les manda orar diciendo “Padre nuestro”, todo el populacho ciego e ignorante del mundo entero ha de usar también las mismas palabras: “Padre nuestro”.
(b) ¿Y dices de veras “Santificado sea tu nombre”, de corazón? ¿te esfuerzas de todas las maneras honestas y legítimas en ensalzar el nombre, la santidad y la majestad de Dios? ¿Es tu corazón, tu manera de vivir, compatible con este pasaje? ¿te esfuerzas en imitara Cristo en todas las obras de justicia que Dios pide de ti, y que te manda? Así es, si eres de los que pueden en verdad clamar, con la aprobación de Dios: “Padre nuestro”. ¿ 0 no será éste el último de tus pensamientos en todo el día? ¿No demuestras claramente que eres un hipócrita maldito, al condenar con tú práctica diaria lo que pretendes mostrar en tu oración con tu lengua embustera?
(c) ¿De veras quisieras que viniese el reino de Dios, y que se hiciese su voluntad en la tierra como en el cielo? Más aun, aunque tú, en la letra, dices: Venga tu reino, ¿no es cierto que te llevaría al borde de la locura oír el sonido de la trompeta, ver cómo los muertos resucitan, y tú mismo tener que comparecer delante de Dios, a dar cuenta de todo lo que has hecho con el cuerpo? Más aun, ¿acaso el sólo pensarlo no te disgusta en sumo grado? Y si la voluntad de Dios se hace en la tierra como en el cielo, ¿no va a ser tu ruina? En el cielo no hay un solo rebelde contra Dios; y si procede igualmente con la tierra, ¿no tendrá que lanzarte al infierno? Y lo mismo en cuanto al resto de las peticiones. ¡Ah, qué triste aspecto tendrían aquellos hombres, y con qué terror caminarían por el mundo, si supieran la mentira y la blasfemia que sale de su boca aun en su más perfecta simulación de santidad! ¡Que el Señor os despierte y os enseñe, pobres almas, a atender en toda humildad para que no seáis temerarios e ignorantes tocante a vuestro propio corazón, y mucho más en cuanto a vuestra boca! Cuando comparezcas delante de Dios (como dice el sabio), “no te des prisa con tu boca, ni tu corazón se apresure a proferir palabra” (Eclesiastés 5:2), especialmente a llamar a Dios “Padre” sin que tengas alguna bendita experiencia. Mas prosigamos nuestras consideraciones.
7. Para que la oración sea aceptada, ha de ser oración con el Espíritu, puesto que solamente el Espíritu puede levantar el alma o corazón a Dios en oración: “Del hombre son las disposiciones del corazón: mas de Jehová la respuesta de la lengua” (Proverbios 16:l). Es decir en toda obra hecha para con Dios (y particularmente en la oración), si el corazón va acompañado por la lengua, ha de estar preparado por el Espíritu de Dios. En realidad la lengua es muy capaz por si misma de actuar sin temor ni sabiduría; pero cuando es la respuesta del corazón, y de un corazón que ha sido preparado por el Espíritu de Dios, entonces habla según Dios ordena y desea.
Palabras poderosas las de David cuando dice que “levanta su corazón y su alma a Dios” (Salmo 25:l). Es ésta una obra demasiado grande para que el hombre pueda hacerla sin el poder del Espíritu.. Y creo que uno de los principales motivos de que el Espíritu de Dios sea llamado “Espíritu de gracia y de oración” (Zacarías 12:10), es por ser El quien ayuda al corazón a suplicar de veras. Es por esto que Pablo dice: “Orando en todo tiempo con toda deprecación y súplica en el Espíritu” (Efesios 6:18); y: “Oraré con el Espíritu” (1Corintios 14: 15). La oración, si el corazón no está en ella, es como un sonido muerto; y el corazón, si no es levantado por el Espíritu, jamás orará a Dios.
8. Así como el corazón ha de ser levantado por el Espíritu para poder orar debidamente, también ha de ser sostenido por el Espíritu, una vez levantado, para poder continuar orando. No sé qué ocurre en los corazones de los demás; pero estoy seguro de lo siguiente:
Primero: Es imposible que los breviarios que los hombres han hecho levanten o preparen el corazón. Tal cosa es obra exclusiva de Dios mismo.
Y en segundo lugar: Estoy seguro de que son igualmente impotentes para sostener el corazón, una vez levantado. Y, sin duda, ésta es la verdadera esencia de la oración: que el corazón sea sostenido cerca de Dios mientras se ora. ¡Difícil le era a Moisés mantener los brazos en alto hacia Dios en oración; pero mucho más difícil es mantener en alto el corazón!
Dios se queja precisamente de esto, de que “¿este pueblo de labios me honra, mas su corazón lejos está de mí” (Mateo 15: 8)., Y, ciertamente, si me permitís mencionar mi propia experiencia, os puedo contar las dificultades que encuentro para orar a Dios como conviene. Sé que lo que voy a decir es suficiente para que vosotros, hombres pobres, ciegos y carnales, os forméis extrañas opiniones de mí. Cuando voy a orar siento que mi corazón se toma reacio a allegarse a Dios; y no sólo eso, sino que una vez en su presencia experimento tanta aversión, que muchas veces me veo obligado a pedirle, primeramente, que tome mi corazón y lo atraiga a sí en Cristo, y cuando está allí, que lo mantenga cerca de El. Más aun, a menudo no sé qué pedir, tal es mi ceguera; ni cómo orar, tal es mi ignorancia. ¡Ay de nosotros, si por la bendita gracia, el Espíritu no ayudare nuestra flaqueza! ¡Oh, las dificultades que el corazón encuentra para empezar en el momento de la oración! Nadie sabe cuántos caminos apartados y tortuosos torna el corazón para alejarse de la presencia de Dios. ¡Cuánto orgullo, también, si se le permite expresarse! ¡Cuánta hipocresía, en presencia de los demás! ¡Y qué poco se comprende entonces la oración entre Dios y el alma en secreto, a menos que el Espíritu haya acudido para ayudad Cuando el Espíritu entra en el corazón, hay oración verdadera, pero no antes.
9. Para que el alma ore debidamente, ha de ser en y con la ayuda y el poder del Espíritu; porque sin El, es imposible que un hombre se exprese en oración. Quiero decir que, sin la ayuda del Espíritu, no es posible que el corazón, de manera sincera, consciente y afectuosa, se derrame delante de Dios con aquellos suspiros y gemidos que deben salir de un alma que en verdad ora. No es la boca lo primero a considerar en la oración, sino ver si el corazón está tan lleno de afecto y fervor, en conversación con Dios, que impida a la lengua expresar su sentir y deseo. Cuando los deseos de un hombre son tan intensos, numerosos y potentes que todas las palabras, lágrimas y gemidos que proceden del corazón no basten para expresarlos, entonces puede decirse que verdaderamente desea. El Espíritu ayuda nuestra flaqueza, y hace y pide por nosotros con gemidos indecibles.
Pobre es la oración que queda plenamente expresada con determinado número de palabras.
El hombre que presenta de veras una petición a Dios jamás podrá expresar con su boca o pluma los inefables deseos, experiencias, afectos y anhelos que subieron al Señor en aquella oración. Las mejores oraciones contienen a menudo más gemidos que palabras; y las palabras que contienen no son sino una sombra pobre y superficial del corazón, la vida y el espíritu de esa oración. No están escritas las palabras de la oración que pronunció Moisés cuando partió de Egipto y fue perseguido por Faraón; pero sabemos que hizo resonar el cielo con sus clamores; clamores producidos por los indescriptibles e inescrutables gemidos de su alma en y con el Espíritu. Dios es Dios de espíritus, y sus ojos calan hasta el corazón. Dudo que tengan este detalle en cuenta aquellos que pretenden ser considerados como pueblo de oración.
Cuanto más se acerca un hombre a la perfección en la obediencia de una obra mandada por Dios, tanto más difícil la encuentra; y ello se debe a que la criatura, como criatura, no puede hacerla. Empero la oración (como antes se ha dicho) no es solamente un deber, sino una de las obligaciones más eminentes, y, por consiguiente, más difíciles. Bien sabía Pablo lo que decía, cuando escribió: “Oraré con el espíritu” (1Corintios 14:15). Sabía muy bien que no era lo que otros hubieran escrito o dicho lo que podía hacer de él un hombre que ora; solamente el Espíritu podía hacerlo.
10. Ha de un con el Espíritu, pues de lo contrario, al haber un defecto en el acto mismo, lo habrá también en su continuación; es más, se producirá un desfallecimiento. La oración es una ordenanza de Dios que debe perdurar necesariamente en el alma en tanto que ésta se halle al lado de acá de la gloria. Mas, como dije antes, si no es posible para un hombre levantar el corazón a Dios en oración, tampoco es posible mantenerlo allí sin la ayuda del Espíritu. Y siendo así, para que persevere en el tiempo orando a Dios, es preciso que sea con el Espíritu.
Cristo nos dice que “es necesario orar siempre, y no desmayar” (Lucas 18:l); y nos dice también cuál es la definición de un hipócrita: el que no persevera en oración bajo cualquier circunstancia, o si lo hace, no es con poder (Job 27: 10), es decir, en espíritu de verdadera oración, sino solamente por pretexto (Mateo 23: 14). Caer de la experiencia del poder a la superficialidad, es una de las cosas más fáciles; pero sostenerse en la vida, en el espíritu y el poder en lo que respecta a una obligación, especialmente tratándose de la oración, es una de las cosas más difíciles. Supone tal esfuerzo que un hombre, sin la ayuda del Espíritu, no puede orar ni una sola vez, y mucho menos perseverar en oración.
Jacob no solamente empezó, sino que se sostuvo en ello: “No te dejaré, si no me bendices” (Génesis 32: 26). Lo mismo hicieron el resto de los santos (Oseas 12:4). Pero esto no podría ser sin el espíritu de oración: es por el Espíritu que tenemos entrada al Padre (Efesios 2: 18). Otro caso notable se halla en Judas, cuando exhorta a los santos, por medio del juicio de Dios sobre los impíos, a estar firmes y perseverar en la fe del evangelio. Como medio excelente para ello, sin el cual sabían que jamás podrían hacerlo, dice: “Edificándoos sobre vuestra santísima fe, orando por el Espíritu Santo” (Judas 20). Como diciendo: Hermanos, así como la vida eterna es puesta solamente para los que perseveran hasta el fin, así también no podéis perseverar hasta el fin a menos que prosigáis orando en el Espíritu. El gran fraude con que el diablo engaña al mundo, consiste en hacer que éste continúe en la superficialidad de cualquier deber; en la superficialidad de la predicación, de la asistencia a la predicación, de la oración, etc. Estos son los que tienen “apariencia de piedad, mas habiendo negado la eficacia de ella: y a éstos evita” (11 Timoteo 3: 5).

Fuente: Biblioteca Reformada

Anteriores de esta serie:

1. Lo que es la oración

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