La oración (1) – John Bunyan

Lo que es la oración

Orar es derramar de modo sincero, consciente y afectuoso el corazón o alma ante Dios, por medio de Cristo, en el poder y ayuda del Espíritu Santo, buscando las cosas que Dios ha prometido, o que son conforme a su Palabra, para bien de la iglesia, con fiel sumisión a Su voluntad.
Esta descripción contiene, pues, siete puntos. Orar es derramar el corazón o alma: 1. De modo sincero; 2. De modo consciente; 3. De modo afectuoso, derramando el alma ante Dios, por medio de Cristo; 4. En el poder o ayuda del Espíritu Santo; 5. Buscando las cosas que Dios ha prometido, o que son conforme a su Palabra; 6. Para bien de la iglesia; 7. Con fiel sumisión a la voluntad de Dios.
1. En cuanto al primer punto: Es derramar de modo sincero el alma ante Dios. La sinceridad es una gracia que forma parte de todas las demás que Dios nos da, y de todas las actividades del cristiano, influyendo en ellas, pues de lo contrario Dios no las miraría. Así ocurre en la oración, como particularmente dite David, hablando de este tema: “A El clamé con mi boca, y ensalzado fue con mi lengua. Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me oyera” (Salmo 66: 17, 18). La sinceridad es parte de la oración, pues sin ella Dios no la consideraría como tal. “Y me buscaréis y hallaréis, por que me buscaréis de todo vuestro corazón” (Jeremías 29:13). La falta de sinceridad hizo que Jehová rechazara las oraciones de que se nos habla -en Oseas 7:14, donde dice: ” Y no clamaron a mí con su corazón” (es decir, en sinceridad), “cuando aullaron sobre sus camas”. Mas oran para simular, para exhibirse hipócritamente, para ser vistos de los hombres y aplaudidos por ello. La sinceridad es lo que Cristo encomió en Natanael, cuando éste estaba debajo de la higuera: “He aquí un verdadero israelita, en el cual no hay engaño”. Probablemente este buen hombre había estado derramando su alma a Dios en oración bajo la higuera, haciéndolo en espíritu sincero y sin doblez, ante el Señor. La oración que contiene este elemento como uno de sus ingredientes -principales, es la oración que Dios escucha. Así vemos que “La oración de los rectos es Su gozo” (Proverbios 15: 81 ¿Por qué ha de ser la sinceridad uno de los elementos esenciales de la oración que Dios acepta? Porque la sinceridad induce al alma a abrir – el corazón ante Dios con toda sencillez a presentarle el caso llanamente, sin equívocos; a reconocer la culpa sin disimulos; a clamar a Dios desde lo más profundo del corazón, sin palabras huecas y artificiosas. “Escuchando, he oído a Ephraim que se lamentaba: me azotaste, y, fui castigado como novillo indómito..” La sinceridad es la misma cuando está acallada en un rincón que cuando se presenta ante el mundo. No sabe llevar – dos máscaras, una para comparecer- ante los hombres,- y otra para los breves momentos -que pasa en soledad. Ella se ofrece al ojo escrutador de Dios, y ancía estar con El en el deber de la oración. No tiene aprecio por el esfuerzo de labios, pues sabe que lo que Dios mira es el corazón – de donde brota- para ver si es la oración que va acompañada de sinceridad.
2. Es derramar de modo sincero y consciente el corazón o alma. No se trata, como muchos piensan, de unas cuantas expresiones balbuceantes, de un parloteo lisonjero, sino de un movimiento consciente del corazón. La oración contiene un elemento de múltiple y auténtica sensibilidad: unas veces para la carga que representa el pecado, otras para la acción de gracias por las mercedes recibidas, otras para la predisposición de Dios a otorgar su misericordia, etc.
(a) Conciencia de la necesidad de misericordia, a causa del peligro que representa el pecado. El alma, digo, pasa por una experiencia en la que suspira, gime, y el pecado la quebranta; pues la verdadera oración, de la misma manera que la sangre brota de la carne cuando ésta es aprisionada por férreas ligaduras, expresa balbuceante lo que procede del corazón cuando éste se halla abrumado por el dolor y la amargura. David grita, clama, llora, desmaya en su corazón, los ojos le fallan, se seca, cte.; Ezequías se expresa quejumbrosamente cual paloma; Efraín se lamenta; Pedro llora amargamente; Cristo experimenta lo que es “gran clamor y lágrimas”; y todo esto por ser conscientes de la justicia de Dios, de la culpa del pecado, de los dolores del infierno y de la destrucción. “Rodeáronme los dolores de la muerte, me encontraron las angustias del sepulcro: Angustia y dolor había yo hallado. Entonces invoqué el nombre de Jehová” (Salmo 116: 3, 4). Y en otro lugar: “Mi mal corría de noche” (Salmo 77:2). Y también: “Estoy encorvado, estoy humillado en gran manera, ando enlutado todo el día” (Salmo 38:6). En todos estos ejemplos, y en muchísimos más que podrían citarse, puede verse que la oración entraña una profunda conciencia motivada, ante todo, por la experiencia del pecado.
(b) A veces uno es gratamente consciente de la misericordia que recibe; misericordia que alienta, consuela, corrobora, vivifica, ilumina, cte. Así vemos cómo David derrama su alma para bendecir, alabar y magnificar al gran Dios por su bondad hacia unos seres tan pobres, viles y desdichados: “Bendice, alma mía, a Jehová; y bendigan todas mis entrañas su santo nombre. Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios. El es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias; el que rescata del hoyo tu vida, el que te corona de favores y misericordia; el que sacia de bien tu boca de modo que te rejuvenezcas como el águila” (Salmo 103: 1-5). Y así la oración de los santos se convierte a veces en alabanza y acción de gracias; mas no por eso deja de ser oración. Esto es un misterio; el pueblo de Dios ora con sus alabanzas; como está escrito: “Por nada estéis afanosos; sino sean notorias vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con hacimiento de gracias” (Filipenses 4: 6). El hacimiento de gracias ofrecido con plena conciencia es una poderosa oración a los -ojos de Dios, que prevalece ante El de modo inefable.
(c) En la oración, el alma se expresa a veces como sabiendo ya las bendiciones que ha de recibir, y esto hace que el corazón se inflame: “Tú, Jehová de los ejércitos”, dice David, “revelaste al oído de tu siervo, diciendo: Yo te edificaré casa. Por esto tu siervo ha hallado en su corazón para hacer delante de ti esta súplica” (II Samuel 7:27). Esta confianza es la que movió a Jacob, David, Daniel y otros; la previa experiencia de las misericordias que iban a recibir. Sin trances ni éxtasis, sin balbucear de manera necia y hueca unas cuantas palabras escritas en un papel, sino con poder, con fervor y sin cesar, estos hombres presentaron gimiendo ante Dios su condición, experimentando, como he dicho, sus necesidades, su miseria, y confiando en Sus propósitos de misericordia.
Tener una buena experiencia del pecado y la ira de Dios, junto con estímulos recibidos de Dios para venir a El, es mejor breviario que el sacado de los libros papistas usados en la misa, que no son otra cosa que retazos y fragmentos de la imaginación de algunos papas, algunos frailes, y que se yo quien más.
3. La oración es derramar el alma ante Dios de modo sincero, consciente y afectuoso. ¡Oh, qué calor, qué fortaleza, vida, vigor y afecto los de la verdadera oración! —Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. He codiciado tus mandamientos. Deseado he tu salud. Codicia y aun ardientemente desea mi alma los atrios de Jehová: mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo. Quebrantada está mí alma de desear tus juicios en todo tiempo.” Observad cómo dice: “Mi alma codicia”, etc. ¡Oh, qué afecto se descubre en esta oración! Lo mismo encontraréis en Daniel: “Oye, Señor; oh Señor, perdona; presta oído, Señor, y haz; no pongas dilación, por amor de ti mismo, Dios mío”. Cada sílaba está impregnada de cálida vehemencia. Esto es lo que Santiago llama oración eficaz. Así también en Lucas 22:44: —Y estando en agonía, oraba más intensamente”, o sea, que sus afectos iban más y más lejos hacia Dios en busca de Su mano ayudadora. ¡Oh, cuán lejos están de parecerse las oraciones de la mayoría de los hombres a la verdadera oración que sube al trono de Dios! ¡Qué lástima que la mayor parte no sienta este ardor en su conciencia! y en cuanto a los que lo sienten, es de temer que muchos de ellos no sepan lo que es derramar su corazón y su alma ante Dios de manera sincera, consciente y afectuosa. Más aun, se contentan con un mero ejercicio de labios y cuerpo, musitando unas cuantas oraciones de memoria. Cuando los afectos forman de veras parte de la oración, el hombre todo participa en ella, y de tal manera, que el alma, por decirlo así, prescinde de todo antes que privarse del bien deseado, o sea, la comunión y el solaz son Cristo. Por eso los santos han gastado sus fuerzas y han perdido sus vidas antes que privarse de la bendición (Salmo 79:3; 38:9, 10; Génesis 32: 24).
Todo este formulismo se observa sobremanera en la ignorancia, irreverencia y envidia que reina en los corazones de aquellos que son tan celosos de las formas de la oración, pero no de su poder. Apenas hay uno entre cuarenta que sepa lo qué es haber nacido de nuevo; tener comunión con el Padre por medio del Hijo; experimentar el poder de la gracia santificante en su corazón. A pesar de todas sus oraciones, viven todavía vidas llenas de maldición, embriaguez, lascivia y abominación, Malicia, persiguiendo a los amados hijos de Dios. ¡Oh qué horrendo juicio vendrá sobre ellos; juicio contra el cual todas sus reuniones hipócritas, y todas sus oraciones, jamás podrán ayudarles o protegerles!
Asimismo, orar es derramar el corazón o alma. Hay en la oración un acto en que lo íntimo se revela, en qué el corazón se rinde a Dios, en que el alma se derrama afectuosamente en forma de peticiones, suspiros y gemidos: -“Delante de ti están todos mi deseos (dice David en- el Salmo 38: 9),—y mi suspiro note es oculto.” Y también: “Mi alma tiene sed de -Dios, del Dios vivo: ¡cuándo vendré, y compareceré delante de Dios! Me acordaré de estas cosas, y derramaré sobre mí mi alma” (Salmo 42:2-4). Obsérvese que dice: “Derramaré… mi alma”, expresión que significa que en la oración la vida misma y todas las fuerzas vuelan hacia Dios. Como dice en otro lugar: “Esperad en El en todo tiempo, oh pueblos; derramad delante de El vuestro corazón” (Salmo 62: 8). Esta es la oración ala que se ha dado promesa de liberación para la pobre criatura cautiva y bajo servidumbre. “Si desde allí buscares a Jehová tu Dios, lo hallarás, si lo buscares de todo tu corazón y de toda tu alma” (Deuteronomio 4:29).
Prosigamos: Orar es derramar el corazón o alma ante Dios. Esto muestra también la excelencia del espíritu de oración. Es a la presencia del gran Dios adonde la oración se retira: “¡Cuándo vendré, y compareceré delante de Dios!” El alma que de veras ora así, ve la vanidad de todas las cosas debajo del cielo; ve que sólo en Dios hay descanso y satisfacción para ella. La viuda y la desolada ponen su confianza en Dios. Por esto dice David: “En ti, oh Jehová, he esperado; no sea yo confundido para siempre. Hazme escapar, y líbrame en tu justicia: inclina tu oído y sálvame. Séme por peña de estancia, adonde recurra yo continuamente. Porque tú eres mi roca y mi fortaleza. Dios mío, líbrame de la mano del impío, de la mano del perverso y violento. Porque tú, oh Señor, eres mi esperanza: seguridad mía desde Mi juventud” (Salmo 71: 1-5). Muchos hablan de Dios con palabrería; mas la oración verdadera hace de El su esperanza, su sostén, y su todo. La verdadera oración no ve nada sustancial ni que valga la pena excepto Dios. Y lo hace (como he dicho antes) de manera sincera, consciente y afectuosa.
Seguiremos diciendo que la oración es derramar el corazón o alma de manera sincera, consciente y afectuosa a través Cristo. Es necesario añadir esto, a través de Cristo, pues de lo contrario cabe dudar si es oración, por mucha pompa y elocuencia que emplee.
Cristo es el camino por el cual el alma tiene acceso a Dios, y sin el cual es imposible que ni un solo deseo llegue a oídos del Señor de Sabaoth: “Si algo pidiereis en mi nombre todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, esto haré”. Esta fue la manera en que Daniel oró por el pueblo de Dios; en el nombre de Cristo: “Ahora pues, Dios nuestro, oye la oración de tu siervo, y sus ruegos, y haz que tu rostro resplandezca sobre tu santuario asolado, por amor del Señor” (Daniel 9:17). Y lo mismo David: —-Por amor de tu nombre (es decir, por amor de tu Cristo), oh Jehová, perdonarás también mi pecado; porque es grande- (Salmo 25:1l). Ahora bien, esto no quiere decir que todo el que menciona el nombre de Cristo en sus oraciones esté orando realmente en Su nombre. El acercarse a Dios por Cristo es la parte más difícil de la oración. Al hombre le es más fácil experimentar Sus obras, e incluso desear sinceramente Su misericordia, que poder venir a Dios por Cristo. El que viene a Dios a través, de Cristo, ha de conocerle primeramente: pues el que a Dios se allega, ha de creer que le hay. Y también el que viene a Dios ha de conocer a Cristo: —Ruégote que me muestres ahora tu camino”, dice Moisés, “para que te conozca” (Éxodo 33: 13).
Sólo el Padre puede- revelar a este Cristo. Y venir a través de Cristo es que sea dado al alma poder de Dios para guarecerse a la sombra del Señor Jesús, como el que se cobija en un refugio. Por esto David llama a Cristo muchas veces su escudo, torre, fortaleza, roca de confianza, etc. Y le da estos nombres, no solamente porque por El venció a sus enemigos, sino porque por El halló favor cerca de Dios Padre. A Abraham le fue dicho: “No temas, Abram; yo soy tu escudo”, etc. (Génesis 15:-1). Así, pues, el que viene a Dios a través de Cristo ha de tener fe, por la cual se reviste de El, y en El aparece ante Dios. Ahora bien, el que tiene fe ha nacido de Dios, ha nacido de nuevo, y por tanto llega a ser uno de Sus hijos, en virtud de lo cual es unido a Cristo y hecho miembro suyo. Por consiguiente, una vez miembro de Cristo, ya tiene acceso a Dios. Digo miembro de Cristo, por la manera en que Dios le considera como parte de su Hijo; como parte de su cuerpo, de su carne y de sus huesos; unido a El por la elección, la conversión, la iluminación. Dios pone el Espíritu en el corazón de ese pobre hombre, de modo que ahora se allega a Dios en virtud de los méritos de Cristo; en virtud de su sangre, su justicia, su victoria, su intercesión. Ya está ante El, siendo acepto en su Hijo amado. Al ser así esta pobre criatura miembro del Señor Jesús, y tener, por tanto, acceso al trono de Dios, en virtud de esta unión, el Espíritu Santo es puesto también en él, capacitándole para derramar su alma ante Dios y ser oído de El.
4. La oración es derramar el corazón o alma de modo sincero, consciente, afectuoso ante Dios por medio de Cristo en el poder y ayuda del Espíritu. Estas cosas dependen de tal modo unas de otras que es imposible que haya oración sin que todas ellas concurran. Por muy excelente que sea nuestro hablar, Dios rechaza toda súplica que no lleve estas características. Si no se derrama el corazón sincera, consciente y afectuosamente delante de El, y eso por medio de Cristo, no se hace otra cosa sino un mero esfuerzo de labios, lo cual está lejos de ser agradable a los oídos de Dios. Así también, si no es en el poder y ayuda del Espíritu, será como el fuego extraño que ofrecieron los hijos de Aarón (Levítico 10:l).: Mas de esto hablaré más extensamente más adelante. Entretanto concluimos que lo que no se pide por medio de la enseñanza y ayuda del Espíritu no puede ser conforme a la voluntad de Dios.
5. La oración consiste en derramar el corazón o alma, de manera sincera, consciente, afectuosa, delante de Dios, por medio de Cristo, en el poder y ayuda del Espíritu, pidiendo lo que El ha prometido, y lo que es conforme a su Palabra. -La oración es oración cuando se halla dentro del ámbito y del designio de la Palabra de Dios; pues cuando la petición es ajena al Libro, es blasfemia o, cuando menos-, vana garrulería. Por esto David, en su oración, no apartaba la vista de la, Palabra- de -Dios: “Se pegó al polvo mi alma; vivifícame según tu palabra” (Salmo 119:25). Y también: “Se deshace mi alma en ansiedad: corrobórame según tu palabra ” (Salmo: 119:49). Ciertamente el Espíritu Santo no vivifica ni mueve directamente el corazón del cristiano sin la Palabra, sino por, con y a través de ella, trayéndola al corazón, y abriendo éste, por cuyo medio el hombre es impulsado a allegarse al Señor, y contarle su condición, y también a argumentar y suplicar conforme a su Palabra.” Así ocurrió en el caso de Daniel, aquel poderoso profeta del Señor. Entendiendo por los libros que la cautividad de los hijos de Israel estaba cercana a su fin, ora a Dios conforme a la Palabra: “Yo Daniel miré atentamente en los libros”, (los escritos de Jeremías) “e1 número de los años, del cual habló Jehová al profeta Jeremías, que había de concluir la asolación de Jerusalén” en setenta años, Y volví mi rostro al Señor Dios, buscándole en oración y ruego, en ayuno, y cilicio, y ceniza” (Daniel 9:2, 3). – Por todo lo cual, el Espíritu es el ayudador y director del alma, cuando ésta ora conforme a la voluntad de Dios, porque es el mismo Espíritu el que la regula por y según la Palabra de Dios y su promesa. Por esto nuestro Señor Jesucristo mismo se retuvo en una ocasión, aunque su vida dependía de ello: —Puedo ahora orar a mi Padre, y El me daría más de doce legiones de ángeles; pero, ¿cómo se cumplirían las Escrituras, que así conviene que sea hecho?” Como diciendo: Si hubiera tan sólo una palabra acerca de ello en la Escritura, pronto estaría lejos de las manos de mis enemigos: los ángeles me ayudarían. La Escritura no justificaba tal clase de oración. Se ha de orar conforme a la Palabra y a la promesa. El Espíritu ha de dirigir por medio de la Palabra, tanto en la manera como en el tema de la oración. “Oraré con el espíritu, mas oraré también con entendimiento” (1Corintios 14:15). Pero no hay entendimiento sin la Palabra, pues sin ella, ¿qué sabiduría queda?
6. Para bien de la Iglesia. Esta cláusula abarca todo lo que tiende a la gloria de Dios, la alabanza de Cristo, o el provecho de su pueblo; pues Dios, Cristo y su pueblo están de tal manera unidos, que si se ora por el bien de uno, a saber, la iglesia, se ora necesariamente por la gloria de Dios y la alabanza de Cristo. De la manera que Cristo está en el Padre, los santos están en Cristo; y el que toca a los santos, toca la niña del ojo de Dios. Orad pues por la paz de Jerusalén y oraréis por todo lo que debéis Jerusalén no tendrá jamás paz perfecta hasta estar en el cielo; y no hay cosa que Cristo desee más que tenerla allí, en el lugar que Dios, por medio de Cristo, le ha dado. Así, pues, el que ora por la paz y el bien de Sión, o la iglesia, pide en oración lo que Cristo ha comprado con su sangre y lo que el Padre le ha dado. Ahora bien, el que ora pidiendo esto, ha de hacerlo pidiendo abundancia de gracia para la iglesia; ayuda contra todas sus tentaciones; pidiendo que Dios no permita que nada la aflija con demasiada dureza; que todas las cosas le ayuden a bien; que El les guarde irreprensibles y sencillos, para gloria Suya, hijos sin culpa en medio de la nación maligna y perversa. Esta es la esencia de la oración de Cristo en Juan 17. Y todas las -oraciones de Pablo seguían este curso, como lo muestra el texto bíblico: “Y esto ruego que vuestro amor abunde aun más y más en ciencia y en todo conocimiento, para que discernáis lo mejor; que seáis sinceros y sin ofensa para el día de Cristo; llenos de frutos de justicia, que son por Jesucristo, a gloria y loor de Dios” _(Filipenses 1:9-11). Como veis, es una oración corta, mas Bella de buenos deseos para la iglesia, desde el principio al fin; para que esté firme y persevere, manifestándose en la mejor disposición espiritual, o sea irreprensiblemente, con sinceridad y sin ofensa, hasta el día de Cristo, sean cuales fueren las tentaciones o persecuciones a que se viere sometida.
7. La oración se somete a la voluntad de Dios y dice, como Cristo enseñó: “Hágase tu voluntad”. Por lo cual el pueblo del Señor, con toda humildad, ha de ponerse a sí mismo, sus oraciones y todo lo que tiene, a los pies de su Dios, para que El disponga de ello según mejor le agrade en su sabiduría celestial. Y todo sin dudar de que El responderá al deseo de Su pueblo de la manera más conveniente para ellos y para Su propia gloria. Por consiguiente, cuando los santos oran sumisos a la voluntad de Dios, no significa que deben poner en duda Su amor y bondad hacia ellos; sino que, debido a que no siempre son igualmente prudentes, circunstancia que a veces aprovecha Satanás para tentarles a orar por aquello que, si lo alcanzaran, no redundaría en gloria de Dios ni en bien de Su pueblo, tenemos esta confianza en El, que si demandáremos alguna cosa conforme a Su voluntad, El nos oye. Y si sabemos que El nos oye en cualquier cosa que demandáremos, sabemos que tenemos las peticiones que le hubiéremos demandado, es decir, pidiéndole en espíritu de gracia y oración. Mas, como dije antes, la petición que no es presentada en y por medio del Espíritu, no será atendida, por ser ajena a la voluntad de Dios; pues sólo el Espíritu conoce ésta, y por tanto es el único que sabe cómo orar en conformidad: Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios ” (1Corintios 2:1 l). Más adelante volveremos a tocar este punto.

Fuente: Biblioteca Reformada

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