Santidad 18: ¡Sed saciada! – J. C. Ryle

Os presentamos el capítulo 18 del libro Santidad de John Charles Ryle, un libro que está resultando de mucha bendición para nosotros y que deseamos que lo sea también para vosotros.

Anteriores capítulos del libro:

1. Introducción

2. Pecado

3. Santificación

4. Santidad

5. La batalla

6. El costo

7. Crecimiento

8. Certeza

9. Moisés

10. Lot

11. Una mujer para recordar

12. El gran trofeo de Cristo

13. El Soberano de las olas

14. La Iglesia que Cristo edifica

15. Advertencias a las iglesias

16. ¿Me amas?

17. ¡Sin Cristo!

Traducido por Erika Escobar

“En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva” Juan 7:37-38

El texto que encabeza este mensaje contiene uno de esos poderosos dichos de Cristo que merece ser impreso en letras de oro.   Todas las estrellas del Cielo son brillantes y hermosas y aun así un simple niño puede ver que una estrella sobrepasa a la otra en gloria.  Toda la Escritura fue dada por la inspiración de Dios, empero un corazón debe ser en verdad  frío  y opaco si no siente que algunos versículos son peculiarmente ricos y completos.   De esos versículos, este texto es uno.

A fin de ver el texto en su fuerza plena y bella, debemos recordar el lugar, la época y la ocasión en que éste salta al tapete.

El lugar, entonces, era Jerusalén, la capital del Judaísmo y la fortaleza de sacerdotes y escribas, de fariseos y saduceos.

La ocasión era la Fiesta de los Tabernáculos(1), una de esas grandes fiestas anuales cuando cada judío de acuerdo a la ley, si podía, iba al templo.

El tiempo era “el último día de la fiesta”,  cuando todas las ceremonias estaban cercanas a su término;  cuando las aguas fluían desde la fuente de Siloé que de acuerdo a las costumbres tradicionales habían sido solemnemente esparcidas sobre el altar, y  para los adoradores no quedaba más que hacer  que volver a sus hogares.

En este momento crucial, nuestro Señor Jesucristo “se puso en pie” en un promontorio y habló a las multitud reunida.  No hay duda de que El leyó sus corazones.  Los vio irse con conciencias dolientes y mentes insatisfechas, no habiendo recibido nada de sus ciegos maestros los fariseos y saduceos (2) y llevando consigo nada más que una recuento estéril de pomposas ceremonias.   Los vio y se acongojó por ellos y gritó en voz alta, como un heraldo: “Si cualquier hombre tiene sed,  venga a Mí y beba”.  Dudo que esto fuera todo lo que el Señor dijo en esta memorable ocasión.  Sospecho que es sólo la arenga de Su discurso.  Pero esto, imagino, fue la primera sentencia que salió de Sus labios:  “Si cualquier hombre tiene sed, venga a Mí.  Si alguno desea el agua viva y que satisface, venga a Mí”.

Déjenme recordar a mis lectores, al pasar, que ningún profeta o apóstol nunca utilizó un lenguaje como este. “Ven conmigo”, dijo Moisés a Hobab (Num. 10:29); “Vengan a las aguas”, dijo Isaías (Isa. 55:1); “He aquí el cordero”, dijo Juan El Bautista (Jn. 1:29); “Crean en el Señor Jesucristo”, dijo Pablo (Hec 16:31); no obstante ninguno, excepto Jesús de Nazareth,  alguna vez dijo:  “Vengan a ”.   Este hecho es muy significativo.  Aquel que dijo “Vengan a Mí” sabía y sentía cuando lo dijo que Él era el Hijo eterno de Dios, el Mesías prometido, el Salvador del mundo.

Este grandioso dicho de nuestro Señor conlleva tres puntos principales:

1.  Un caso supuesto.  Nuestro Señor dice: “Si alguno tiene sed”.   Notoriamente, la sed fisiológica es la sensación más dolorosa a la cual el hombre mortal está sujeto.  Lea la historia del sufriente miserable en el hoyo negro de Calcuta.  Pregúntele a cualquiera que haya viajado a través del desierto bajo el sol del trópico.  Escuche lo que cualquier soldado pueda decirle sobre la principal necesidad de un herido en un campo de batalla.  Recuerde lo que pasa a las tripulaciones de barcos perdidos en medio del océano, dando vueltas por días en sus botes y sin agua.  Note las espantosas palabras del hombre rico en la parábola “Envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama (Luc. 16:24).  El testimonio es invariable. No existe nada más terrible y duro de soportar que la sed.

Pero si la sed fisiológica es tan dolorosa, ¿cuánto más dolorosa es la sed del alma?  El sufrimiento físico no es la peor parte del castigo eterno.  Es una cosa leve, aún en este mundo, comparada con el sufrimiento de la mente y del hombre interior.

Ver el valor de nuestras almas – y descubrir que están en peligro de la ruina eterna;

Sentir el peso del pecado no perdonado –  y no saber hacia dónde volverse para encontrar alivio;

Tener una consciencia angustiada y enferma en paz – y ser ignorante del remedio;

Descubrir que estamos muriendo, muriendo diariamente – y no estamos preparados aún para encontrarnos con Dios;

Tener una visión clara de nuestra propia culpa y maldad – y aun así estar en la más absoluta oscuridad sobre la absolución,

¡Este es el grado de dolor más agudo – el dolor que drena nuestras almas y espíritus y perfora nuestras articulaciones y médula!  Y esta es, sin dudas,  la sed de la cual nuestro Señor habla.   Es la sed por el indulto, el perdón, la absolución y la paz de Dios.  Es el ansia de una conciencia realmente alerta, queriendo satisfacción y no sabiendo dónde encontrarla, caminando a través de parajes secos y ser incapaz de conseguir descanso.

Esta es la sed que los judíos sintieron cuando Pedro les predicó en el día de Pentecostés.  Está escrito que estaban “quebrantados de corazón”, y dijeron “Hombres y hermanos, ¿qué haremos?”  (Hec 2:37).

Esta es la sed que el carcelero de Filipos sintió cuando despertó a la consciencia de su peligro espiritual, y sintió el terremoto que hacía caer la prisión bajo sus pies.  Está escrito que “vino temblando y fue por Paulo y Silas, y los sacó”,  dijo. “Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo”?  (Hec. 16:30).

Esta es la sed que muchos de los grandes servidores de Dios parecen haber sentido  cuando la luz inicialmente despertó sus mentes.

Agustín buscando descansar entre los heréticos maniqueos y no encontrando a ninguno,  Luther a tientas buscando la verdad entre los monjes en el Monasterio Erfurt,  John Bunyan agonizando entre dudas y conflictos en su villa de Elstow,  George Whitefield  gimiendo por sus autoimpuestas austeridades, por falta de clara enseñanza, cuando estaba en Oxford–  todos han dejado registros de esta experiencia en sus vidas.   Creo que ellos sabían lo que Dios quería decir cuando habló de “sed”.

Y es seguro que no es mucho decir que todos nosotros debemos saber algo de esta sed, quizá tanto como Agustín, Luther, Bunyan o Whitefield.  Viviendo como vivimos en un mundo que muere, sabiendo, como debemos saber, si lo confesamos, que existe un mundo más allá de la tumba y que después de la muerte viene el juicio; sintiendo, como debemos sentir en nuestros mejores momentos, cuán pobres, débiles, inestables y defectuosas criaturas somos y cuán incapacitados estamos para enfrentar a Dios; conscientes –como debemos serlo en nuestro profundo interior – que del uso de nuestro tiempo depende el lugar que tendremos en la eternidad-  Nosotros deberíamos sentir y darnos cuenta de algo como “la sed”, por el sentido de paz con el Dios viviente.

Sorpresa, sin embargo, nada prueba tan concluyentemente la naturaleza humana perdida como la carencia general y común del apetito espiritual.  La vasta mayoría está ahora intensamente sediento por dinero, por poder, por placer, por rango, por honor, por distinción.  Para seguir causas perdidas, cavar por oro, tratar de abrir un camino a través de la gruesa bóveda de hielo al Polo Norte;  para esta clase de objetivos no existe falta de aventureros y voluntarios.  ¡Fiera e incesante es la competencia para estas coronas corruptibles!  Pero pocos verdaderamente, en comparación, son aquellos que están sedientos por la vida eterna.  No es de sorprenderse que el hombre natural sea llamado “muerto”, “dormido”, “ciego” y “sordo” en las Escrituras.  No es sorprendente que se diga que le es necesario tener un segundo nacimiento y una nueva creación.  No hay síntoma más seguro de la mortificación del cuerpo que la pérdida de todos los sentidos.  No hay señal más dolorosa del estado insalubre del alma que la ausencia total de la sed espiritual.  Pobre del hombre a quien el Salvador puede decirle: “¡No sabes tú que eres desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo!” (Apo. 3:17).

¿Pero quién es, dentro de los lectores de este mensaje, el que siente la carga de su pecado y  ansía la paz de Dios?  ¿Quién es el que realmente siente las palabras de confesión de nuestro Libro de Oraciones, “He errado y me descarriado como una oveja perdida, no hay sanidad en mí, soy un miserable ofensor”?  ¿Quién es aquel que entra en la plenitud de nuestro servicio de comunión y puede decir en verdad “El recuerdo de mis pecados  me es gravoso y la carga de ellos me es intolerable”?   Usted es el hombre que debe agradecer a Dios.

El sentido de pecado, de culpa y la pobreza del alma es la primera piedra puesta por el Espíritu Santo cuando construye un templo espiritual.  Él convence de pecado.   La luz fue la primera llamada a ser en la creación material (Gen. 1:3).   La luz sobre nuestro propio estado es el primer trabajo en la nueva creación.   Alma sedienta, de nuevo digo, usted es la persona que debe agradecer a Dios.   El reino de Dios está cercano a usted.   No es cuando comenzamos a sentirnos bien sino cuando nos sentimos mal la oportunidad de tomar el primer paso hacia el Cielo.   ¿Quién le enseñó que usted estaba desnudo?  ¿Cuándo vino esa luz interior?  ¿Quién abrió sus ojos y lo hizo ver y sentir?  Sepa este día que la carne y la sangre no le han rebelado estas cosas sino nuestro Padre que está en el Cielo.   Las universidades pueden conferir grados, y las escuelas pueden impartir conocimiento sobre todos los misterios pero no pueden hacer a los hombres sentir el pecado.   Darnos cuenta de nuestra necesidad espiritual y sentir verdadera sed espiritual es el ABC en el cristianismo salvador.

Es un dicho grande el de Elihu. En el libro de Job, “Dios mira a los hombres, y si alguno dice ‘He pecado y he pervertido lo que era correcto y no me ha beneficiado’,  Él liberará su alma de la muerte y su vida verá en luz” (Job 33:27-28).  Aquel que sabe todo sobre la sed espiritual no debe sentirse avergonzado; más bien debe alzar su cabeza y comenzar a tener esperanza.  Que ore a Dios para que desarrolle el trabajo que ha iniciado y lo haga sentir más.

2.  Un remedio propuesto.  “Si alguien tiene sed” dice nuestro bendito Señor Jesucristo. “Que venga a Mí, y beba”.

Existe una gran simpleza en esta corta sentencia de la cual no podemos admirarnos demasiado. No existe una sola palabra en ella que no posea un significado literal y simple hasta para un niño.  Aun así, por simple que parezca, es rica en su significado espiritual.  Como el diamante Koh-i-noor,  es de un valor indescriptible.  Resuelve el poderoso problema que ninguno de  todos los filósofos griegos y romanos nunca pudieron resolver.  “¿Cómo puede un hombre tener paz con Dios?  Grábelo en su memoria junto con los otros seis dichos de oro de nuestro Señor:

Yo soy el pan de vida – Aquel que viene a Mí no tendrá hambre y quien cree en Mí nunca tendrá sed”

 “Yo soy la luz del mundo y aquel que Me sigue, no caminará en oscuridad sino que tendrá la luz de vida”.

“Yo soy la puerta, a través de Mí, si algún hombre entra, será salvo”.

 “Yo soy el camino, la verdad y la vida y ningún hombre viene al Padre sino a través de Mí”.

 “Vengan a Mí, todos los que están cansados y tienen cargas pesadas, Yo les daré descanso”.

 “Aquel que viene a Mí, nunca será desechado”.

Agregue a estos seis textos el que tiene hoy delante de usted.  Grabe los siete completos en su corazón.  Clávelos profundamente en su mente y nunca los olvide.  Cuando sus pies toquen el frío río, en el lecho de enfermedad y en las horas de muerte, usted encontrará estos siete textos invaluables (Jn 6:35, 8:12, 10:9, 14:6, Mat. 11:28, Jn. 6:37).

Empero, ¿cuál es la suma y la sustancia de estas simples palabras?  Es esta:  “Cristo es la fuente de aguas vivas que Dios misericordiosamente ha dado a las almas sedientas.  De Él, como fue con la roca golpeada por Moisés – fluye un abundante río para todos aquellos que viajan a través del desierto de este mundo.  En Él, como nuestro Redentor y Sustituto, son crucificados nuestros pecados y somos levantados nuevamente para nuestra justificación –existe un suministro infinito para todos los hombres que puedan necesitar perdón, absolución, misericordia, gracia, paz, descanso, alivio, consuelo y esperanza.

Es una rica provisión la que Cristo nos ha traído al precio de Su propia y preciosa sangre. Para abrir esta maravillosa fuente El sufrió por los pecados –el justo por el injusto–, soportó nuestros pecados en Su propio cuerpo en la cruz.  Fue hecho pecado por nosotros, Él que no conoció pecado, para que pudiéramos ser hechos justos ante Dios en Él. (1 Ped 2:24, 3:18, 2 Cor 5:21). Y ahora Él está sellado y apuntado para ser el Alivio de todos aquellos que están cansados y tienen pesada carga, y el Dador de las aguas vivas para todos quienes tienen sed.   Es Su oficio recibir a los pecadores.  Es Su agrado darles perdón, vida y paz.  Y las palabras de este texto son una proclamación que Él hace a toda la humanidad.  “Si alguno tiene sed, venga a Mí y beba”.

La eficacia de la medicina depende en gran medida de la forma en que ésta se utiliza.  La mejor prescripción del mejor de los médicos es inútil si nos rehusamos a seguir las instrucciones que la acompañan.   Permita la palabra de exhortación mientras ofrezco algo de discreción y consejo sobre la Fuente de aguas vivas.

a. Aquel que tiene sed y desea alivio debe ir a Cristo Mismo.  No debe contentarse con ir a Su Iglesia o con Sus ordenanzas o con las asambleas de Su pueblo para orar y alabar.  No debe detenerse ni por un segundo aún en Su santa mesa o permanecer satisfecho con sus conversaciones privadas a corazón abierto con Sus ministros.  ¡Oh, no!  Aquel que se contenta con sólo beber estas aguas “tendrá sed nuevamente” (Jn. 4:13).  Debe ir más alto, más lejos, mucho más lejos que esto.   Debe tener un encuentro personal con Cristo Mismo –  Todo lo demás en religión no tiene valor sin Él.   El palacio del Rey, sus sirvientes, la casa ricamente ornada, el mismo banquete –nada son a menos que hablemos con el Rey Mismo.  Sólo su mano puede tomar la carga de nuestras espaldas y hacernos sentir libres.  La mano de un hombre puede tomar una piedra de la tumba y mostrar a los muertos, sin embargo ninguno excepto Jesús puede decir a los muertos ¡“Vengan y vivan”! (Jn. 11:41-43).   Debemos tratar directamente con Cristo.

b. Aquel que está sediento y desea alivio de Cristo debe ir verdaderamente a Él.  No es suficiente desear y conversar y querer y decir e intentar y resolver y esperar.  El infierno, esa horrorosa realidad, esta pavimentada de buenas intenciones.  Miles, año en año, se pierden en la moda y perecen miserablemente justo afuera de la bahía.  Intentando y pretendiendo vivir, intentando y pretendiendo mueren.  ¡Oh, no!  ¡Debemos “levantarnos e ir”!  ¡Si el hijo pródigo hubiese estado contento con decir “Cuántos de los sirvientes enrolados de mi padre tienen pan suficiente y de sobra, y yo muero de hambre!  Espero algún día regresar a casa” – hubiese permanecido por siempre entre los cerdos.  Fue cuando  se levantó y fue a su padre, fue ese padre el que corrió a encontrarlo, y dijo, “¡Traigan la mejor túnica y cúbranlo!  ¡Comamos y celebremos”! (Luc 15:20-23).  Como él, nosotros no debemos solo “darnos cuenta y pensar, sino que realmente debemos ir al Sumo Sacerdote, a Cristo.  Debemos ir al Médico.”

c. Aquel que tiene sed y desea ir a Cristo debe simplemente recordar que lo que se requiere es la fe.   Por todos medios, que venga con un corazón penitente, quebrado y contrito y que no sueñe en descansar en ello para aceptar.   La fe es la única mano que puede llevar las aguas vivientes a nuestros labios.  La fe es el único gozne en el que todo se resume en materia de nuestra justificación.  Está escrito una y otra vez que “cualquiera que crea no morirá sino que tendrá vida eterna” (Jn. 3:15, 16).   A aquel que no trabaja pero que cree en Aquel que justifica a los impíos, su fe es contada por justicia (Rom. 4:5).   Feliz es aquel que descansa en los principios establecidos en ese inigualable himno:

“Tal como soy, sin un ruego,

Sino Tu sangre que fue vertida por mí,

Y que Me urges ir a Ti,

¡O Cordero de Dios, yo voy!

¡Cuán simple parece ser este remedio para la sed! Sin embargo, ¡oh cuán difícil es persuadir a algunos para que lo reciban!  Pídanles hacer algo grande, mortificar sus cuerpos, ir en peregrinación, repartir sus bienes para alimentar a los pobres y de esa formar hacer méritos para su salvación y ellos tratarán de hacerlo como se les pide.  Díganles que arrojen toda idea de mérito, obras o trabajos y que vengan a Cristo como pecadores vacíos, sin nada en sus manos, como Namán, y están listos para volver la espalda en desdeño (2 Reyes 5:12).  A través de los tiempos, la naturaleza humana ha sido siempre la misma.  Existen aún algunas personas como los judíos y otros como los griegos.   Para los judíos Cristo crucificado es un escollo y para los griegos, estupidez.   Su sucesores, sin duda, ¡nunca han cesado!  Nunca nuestro Señor dijo una palabra más verdadera que esa que habló a los orgullosos escribas del Sanedrín.  “ustedes no quieren venir a Mí para que tengan vida” (Jn. 5:40)

Pero, tan simple como este remedio para la sed parece, es la única cura para la enfermedad espiritual del hombre y el único puente de la tierra al cielo.   Los reyes y sus temas, predicadores y oidores, maestros y siervos, altos y bajos, ricos y pobres, letrados e iletrados  todos deben del mismo modo beber de esta agua de vida, y beber en la misma forma.  Por mil ochocientos años los hombres han trabajado para encontrar alguna otra medicina para las cansadas conciencias   pero han trabajado en vano.  Miles, tras ampollar sus manos y  envejecer al labrar las cisternas rotas que no pueden retener el agua (Jer. 2:13) se han visto finalmente obligados a volver a la vieja fuente y han confesado en sus últimos momentos que aquí, en Cristo solamente, se encuentra la paz verdadera.

Pero, tan simple como parece este viejo remedio para la sed, es la raíz de la vida interior de todos los grandes siervos de Dios en todas las épocas.  ¿Qué han sido los santos y mártires en cada época de la historia de la iglesia sino hombres que fueron a Cristo diariamente por fe y encontraron “que Su carne era el verdadero alimento, y que Su sangre, la bebida verdadera”? (Jn. 6:55).  ¿Qué han sido todos ellos sino hombres que vivieron la vida de la fe en el Hijo de Dios, y bebieron diariamente de la plenitud que existe en Él? (Gal. 2:20).  Aquí, a toda prueba, los cristianos más verdaderos y mejores, que han dejado una marca en el mundo, tienen un solo espíritu.  Padres santos y reformadores, santas divinidades anglicanas y puritanos, santos episcopales e inconformistas (3), todos han mantenido en sus mejores momentos un testimonio uniforme del valor de la Fuente de vida.  Separatistas o contenciosos como pudieron haber parecido algunas veces en sus vidas, en sus muertes no se han dividido.   En su última lucha con el rey de los terrores ellos simplemente se han adherido a la cruz de Cristo y gloriado en nada más que la “sangre preciosa” y la Fuente abierta para todos los pecados e impurezas.

¡Cuán agradecidos deberíamos estar  por vivir en una tierra donde el gran remedio para la sed espiritual se conoce,  en una tierra de Biblias abiertas, donde se predica el evangelio, y existen abundantes medios de gracia, en una tierra donde la eficacia del sacrificio de Cristo se proclama aún, con más o menos plenitud, en veinte mil púlpitos cada domingo!   No nos damos cuenta del valor de nuestros privilegios.  La misma familiaridad del maná nos hace pensar poco en él, tal y como Israel se resistió “al pan de luz” en el desierto (Num. 21:5).  Sin embargo, vuélvase a las páginas de un filósofo terrenal como el incomparable Platón y vea cómo él buscó a tientas la luz, como un hombre con ojos vendados y se agotó para encontrar la puerta.  El paisano más humilde que aprovecha las cuatro reconfortantes palabras de nuestro hermoso servicio de comunión, en el Libro de Oración, sabe más del camino de paz con Dios que el sabio ateniense.  Vuélvase a los recuentos que viajeros y misioneros confiables dan del estado de los terrenales que nunca han oído del evangelio.  Lea sobre los sacrificios humanos en África, y de las espantosas torturas autoimpuestas de los devotos indostaní y recuerde que ellos son el resultado de una insaciable sed y un deseo ciego e insatisfecho para acercarse a Dios.  Y luego aprenda a ser agradecido porque su lugar está en una tierra como la nuestra.  ¡Me temo, para desgracia, que Dios tiene una controversia con nuestro desagradecimiento!

3. Una promesa que se mantiene.  “Aquel que cree en Mí, como las Escrituras han dicho, de su interior fluirá un río de aguas vivas”

El tema de las promesas de las Escrituras es muy amplio y de sumo interés.   Dudo si recibe la atención que merece en los presentes días.   Las Promesas de Las Escrituras de Clarke (4) en un libro antiguo que hoy se estudia mucho menos, sospecho, que lo que era en los días de nuestros padres.   Pocos cristianos se dan cuenta del número y del largo, del ancho, de la profundidad y de la altura y de la variedad de los preciosos “shalls” y “wills” (5) que descansan en la Biblia para el beneficio especial y estimulación de todos aquellos que los usarán.

Es así que el sentido de  promesa descansa en el fondo de casi todas las transacciones del hombre con el hombre en sus asuntos de vida.  La gran mayoría de los hijos de Adán, en cada ciudad civilizada, actúan diariamente en la fe de las promesas.   El labrador en la tierra trabaja duro desde la mañana del lunes a la noche del sábado porque cree que al final de la semana recibirá el salario prometido.   El soldado se enlista en la armada, y el marinero ingresa su nombre en los libros de los barcos de la marina, en la completa confianza de que aquellos para los cuales él sirve, en algún tiempo futuro, le darán el pago prometido.  La más humilde de las sirvientas en una familia trabaja día a día en sus deberes asignados en la creencia de que su señora le dará su salario prometido.   En los negocios de las grandes ciudades, entre mercaderes y banqueros y hombres de negocio nada podría hacerse sin la fe constante en las promesas.  Todo hombre con sentido sabe que los cheques y cuentas y letras de cambio son el único medio por los cuales la inmensa mayoría de los asuntos mercantiles pueden llevarse a efecto. Los hombres de negocios son compelidos a actuar por fe y no por vista.  Ellos creen en las promesas y esperan tener la misma credibilidad por parte de los otros.  De hecho, las promesas y la fe en las promesas -y las acciones se desprenden de la fe en las promesas- son la esencia de nueve sobre diez de todas las negociaciones de un hombre con sus congéneres en todas las naciones.

De la misma forma, las promesas en la religión de la Biblia son muy gran medio por el cual Dios se complace en aproximarse al alma del hombre.  Un cuidadoso estudiante de la Escritura no puede fallar en observar que Dios está continuamente persuadiendo al hombre a escucharlo a Él, obedecerlo a Él y servirlo a Él, y comprometiéndose a hacer grandes cosas y el hombre lo escucha y cree.  En breve, como Pedro dice, “excesivamente preciosas y grandes promesas nos son dadas” (2 Ped 1:4).   Aquel que misericordiosamente ha dispuesto la escritura de toda la Santa Escritura para nuestro aprendizaje, ha mostrado Su perfecto conocimiento de la naturaleza humana al difundir por doquier el libro una perfecta riqueza de promesas, adecuada a cada clase de experiencia y a cada condición de vida.  Parece decir “¿Saben lo que pretendo hacer por ustedes?   ¿Desean escuchar Mis condiciones?   Tome la Biblia y lea”.

Sin embargo, existe una gran diferencia entre las promesas de los hijos de Adán y las promesas de Dios, que nunca debemos olvidar.  Las promesas del hombre no tienen seguridad de ser cumplidas.  Con los mejores deseos e intenciones, el hombre no siempre puede mantener su palabra.   Enfermedad y muerte pueden irrumpir y llevárselo.  Guerra o pestilencia, o hambruna o falta de cosechas o huracanes pueden robarle su propiedad y hacerle imposible cumplir sus compromisos.

Las promesas de Dios, por el contrario, en verdad se mantienen.  Él es todopoderoso, nada puede inhibirlo de hacer lo que Él ha dicho.  No cambia,  Él siempre tiene “una sola línea” y “no hay en Él variación ni sombras de cambio” (Job 23:13, Stgo. 1:17).   Siempre guardará Su palaba.  Hay una cosa que, como una niña pequeña alguna vez dijo para la sorpresa de su profesora:  Dios no puede hacer esto puesto que “es imposible para Dios mentir” (Heb. 6:18).   Las cosas más inverosímiles e improbables siempre suceden  una vez que Dios las proclama, Él las hace.    La destrucción del viejo mundo por el diluvio, y la preservación de Noé en el arca, el nacimiento de Isaac, la liberación de Israel de Egipto,  el alzamiento de David al trono de Saúl, el milagroso nacimiento de Cristo, la resurrección de Cristo, la diáspora de los judíos a toda la tierra, y su continua preservación como un pueblo escogido – ¿quién podría imaginar eventos más insólitos e improbables que estos?  Dios dijo que ellas serían y en el tiempo correcto ellas sucedieron.  En verdad, para Dios es tan fácil hacer una cosa como decirla.  Cualquier cosa que Él promete, Él ciertamente la hará.

Con respecto a la variedad y riquezas de las promesas de la Escritura, mucho más podría ser dicho de lo que es posible decir en un mensaje corto como este.  Su nombre es legión.  El tema es casi inagotable.   Hay escasamente un paso en la vida de un hombre desde su niñez a su vejez, difícilmente hay una posición en la cual pueda ser puesto para la cual la Biblia no dé fuerzas a todo aquel que desea hacer el bien a los ojos de Dios.  Existen “shalls” and “wills” en el tesoro de Dios para cada condición.

Hay abundancia de promesas hechas por Dios en la Palabra, revelando Su carácter –especialmente su infinita misericordia y compasión.   Hay promesas relativas a Su deseo de excusar, perdonar y absolver al más grande de los pecadores.  Hay aliento para orar y oír el evangelio y acercarse al trono de gracia.  Hay promesas por las cuales Él entrega

Fortaleza para cumplir el deber,

Alivio en los problemas,

Guía en la disyuntiva,

Ayuda en la enfermedad

Consolación en la muerte

Apoyo en los duelos

Felicidad más allá de la tumba

Recompensa en la gloria.

Sus promesas son tan abundantes que fallamos siquiera en tratar de concebirlas.

La promesa de nuestro Señor Jesucristo, que encabeza este mensaje, es de alguna manera peculiar.  Es particularmente rica en estímulo para todos aquellos que sienten sed espiritual y desean  ir a Él por alivio, y, por lo tanto, merece especial atención.   La mayoría de las promesas de nuestro Señor se refieren en forma especial al beneficio de la persona a la cual son dirigidas.   La promesa que está ante nosotros abarca un espectro mucho más amplio.  Parece referirse a muchos otros que aquellos a los cuales habló.  ¿Porque qué dice Él?  “Aquel que cree en Mí, como las Escrituras han dicho (y en todas partes se enseña), de su interior correrán ríos de agua viva”.  Sin embargo Él habló del Espíritu que recibirían todos aquellos que en Él creyeran.   Indudablemente estas palabras son figurativas, figurativas como las primeras palabras de la oración, figurativas, como la “sed” y “beber”.  Pero todas estas figuras de la Escritura contienen una gran verdad y lo que la figura ante nosotros quiso decirnos trataré ahora mostrar.

  1. Yo creo que nuestro Señor quiso decir que aquel que fuera a Él por fe recibirá un abastecimiento abundante de todo lo que pudiera desear para el alivio de las necesidades de su propia alma.   El Espíritu lo conducirá a Él con un sentido perenne de perdón, paz y esperanza que será en su hombre interior como un manantial que nunca se secará.   Se sentirá tan completo con “las cosas de Cristo” que el Espíritu le mostrará (Jn. 16:15) que descansará de la ansiedad espiritual sobre la muerte, el juicio y la eternidad.

Podrá tener sus momentos de oscuridad y duda, por sus propias debilidades o las tentaciones del demonio pero, hablando en general, una vez que haya ido a Cristo por fe, encontrará en el corazón de su corazón una fuente de consolación que no falla.  Esto, entendámoslo, es la primera cosa que la promesa que estamos analizando contiene.  “Tan solamente ven a Mí, pobre y ansiosa alma”, nuestro Señor parece decir, “Tan sólo ven a Mí, y tu ansiedad espiritual será aliviada.  Pondré en tu corazón, por el poder del Espíritu Santo, tal sentido de perdón y paz, a través de Mi expiación e intercesión, que nunca más tendrás sed nuevamente.  Podrás tener tus dudas y miedos y conflictos mientras estés en el cuerpo, pero una vez que hayas venido a Mí, y me hayas tomado como tu Salvador, nunca volverás a sentirte totalmente desesperanzado.   La condición de tu hombre interno será de tal modo  cambiada que sentirás como si dentro de ti existiera un manantial de agua siempre fluyendo”.

¿Qué diremos a todas estas cosas?  Declaro mi propia convicción que cuando un hombre o una mujer realmente van a Cristo por fe, encontrará esta promesa cumplida.  Podrá sentirse posiblemente débil en gracia y tener muchos recelos acerca de su propia condición.  Podrá posiblemente no atreverse a decir que está convertido, justificado, santificado y listo para la herencia de los santos en luz, sin embargo y precisamente por todo eso, digo rotundamente que el creyente en Cristo más humilde y feble tiene algo dentro de él de lo que no puede desprenderse aunque no pueda aún entenderlo completamente.  ¿Y qué es ese “algo”?   Es tan sólo el “río de agua viva”, que comienza a correr en el corazón de cada hijo de Adán en cuanto va a Cristo y bebe.  En este sentido, yo creo esta maravillosa promesa de Cristo se cumple siempre.

  1. ¿Pero es esto todo lo que está contenido en la promesa que encabeza este mensaje? No por cierto.   Hay mucho más aún detrás.   Hay más que viene.   Creo que nuestro Señor intentó que entendiéramos que aquel que va a Él por fe no sólo tendrá un abundante suministro de todo lo que necesita para su propia alma sino que se volverá una fuente de bendición para las almas de otros.   El espíritu que habita en él lo hará una fuente de bien para el prójimo, de forma tal que en el último día se dará cuenta que de él han fluido “ríos de agua viva”.

Esta es la parte más importante de la promesa de nuestro Señor, que abre un tema del que raramente muchos cristianos no se dan cuenta o toman ventaja.  No obstante es un tema de profundo interés y que merece más atención de la que recibe.  Creo que es una verdad de Dios.  Creo que como “ningún hombre vive para sí mismo” (Rom. 14:7) del mismo modo ningún hombre se convierte para sí mismo y que la conversión de un hombre o mujer siempre conduce, en la maravillosa providencia de Dios, a la conversión de otros.  No digo ni por un momento que todos los creyentes lo sepan.   Pienso que es más probable que muchos vivan y mueran en la fe y no sean conscientes de que han hecho el bien a alguna alma.   Creo que la mañana de la resurrección y del día del juicio, cuando la historia secreta de todos los cristianos sea revelada,  probará que el significado pleno de la promesa que está delante de nosotros nunca falló.   Dudo si existe un creyente que no haya sido para alguien otro un “río de agua viva”,  un canal a través del cual el Espíritu haya conducido la gracia salvadora.   ¡Aún en el ladrón penitente, tan corto como fue su tiempo tras  su arrepentimiento,  ha sido una fuente de bendición para miles de almas!

a. Algunos creyentes son río de agua viva mientras están vivos.  Sus palabras, su conversación, sus prédicas, sus enseñanza son todos medios por los cuales el agua de la vida ha fluido hacia los corazones de sus prójimos.  Tales, por ejemplo, fueron los apóstoles, que no escribieron ninguna epístola y sólo predicaron la Palabra. Tales fueron Luther y Whitefield y Wesley y Berridge y Rowlands y miles de otros a los cuales no puedo referirme ahora particularmente.

b. Algunos creyentes son ríos de agua viva cuando mueren.  Su coraje al enfrentar al rey de los terrores, su fuerza en los más dolorosos sufrimientos, su inquebrantable fidelidad a la verdad de Cristo aun en la estaca, su paz manifiesta al borde de la tumba – todo esto ha puesto a miles a meditar y ha conducido a cientos al arrepentimiento y a creer.  Tales, por ejemplo, fueron los mártires primitivos a los que los emperadores romanos persiguieron.  Tales fueron John Huss y Jerónimo de Praga (6).  Tales fueron Carnmer, Ridley, Latimer, Hooper y la noble armada de los mártires de Marian (7).  La obra que ellos hicieron con sus muertes, como Samson, fue mucho mayor que el trabajo que hicieron cuando vivieron.

c. Algunos creyentes son ríos de agua viva mucho después de su muerte.   Ellos hacen el  bien por sus libros y escritos en todo el mundo, mucho después que las manos que sostuvieron el lápiz son polvo.   Tales hombres fueron Bunyan y Baxter y Owen y George Herbert y Robert M´Cheyne.   Estos siervos benditos de Dios hacen mucho más bien probablemente con sus libros ahora de lo que lo hicieron con sus lenguas cuando estaban vivos.  Estando muertos, aún hablan (Heb. 11:4).

d. Finalmente, hay algunos creyentes que son ríos de agua viva por belleza en su diario actuar y conducta.  Existen muchos cristianos tranquilos, amables y consistentes que no hacen ruido ni se muestran al mundo y aun así  suavemente ejercen una profunda influencia para bien en el mundo que los rodea.  Ellos “ganan sin la Palabra” (1 Ped. 3:1).  Su amor, su amabilidad, su temperamento dulce, su paciencia, su generosidad – hablan silenciosamente en un amplio círculo-  y siembran semilla de pensamiento e introspección en muchas mentes.  Fue el buen testimonio de una señora anciana que murió en gran paz, decir – al amparo de Dios- que ella debía su salvación al Sr. Whitefield, “No fue ningún sermón que predicó, no fue ninguna palabra que me haya dicho.  Fue su hermosa consistencia y la bondad de su vida diaria en la casa donde estaba cuando yo era una niña.  Me dije a misma “Si alguna vez tuviera alguna religión, el Dios del Sr. Whitefield sería mi Dios”.

Mantengamos esta visión de la promesa de nuestro Señor y nunca la olvidemos.  Ni por un momento piense que su propia alma es la única alma que será salvada si usted va a Cristo por fe y Lo sigue.  Piense en la bendición de ser un río de agua viva para otros.  ¿Quién puede decir que usted no puede ser el medio para llevar a muchos otros a Cristo? Viva y actúe y hable y ore y trabaje manteniendo esto continuamente en su mente.

Conocí una familia, compuesta del padre, la madre y diez hijos en la cual la verdadera religión comenzó con una de las hijas, y cuando comenzó ella permaneció sola y todo el resto de la familia estaba en el mundo.  Y ahora, antes de su muerte, ella vio a sus dos padres y todos sus hermanos y hermanas convertidos a Dios, y todo esto, humanamente hablando, ¡comenzó por su influencia!  Seguramente, a la luz de los hechos, no necesitamos dudar que un creyente puede ser para otros un río de agua viva.  Las conversiones no pueden darse en su tiempo y usted puede morir sin verlas, no obstante, nunca dude que la conversión generalmente conduce a conversiones y que pocos van al cielo solos.  Cuando Grimshaw of Haworth, el apóstol del norte, murió dejó a su hijo sin gracia y sin dios.  Luego el hijo se convirtió, no habiendo olvidado el consejo y ejemplo de su padre.  Y sus últimas palabras fueron “¿Qué dirá mi viejo padre cuando me vea en el cielo?“ Tomemos el coraje y persistamos en la esperanza, creyendo la promesa de Cristo.

1.  Y ahora, antes de cerrar este mensaje, dejeme formularle una pregunta simple.   ¿Sabe algo de la sed espiritual?  ¿Ha sentido alguna vez la genuina y profunda preocupación por su alma?  Me temo que muchos no saben nada de esto.  He aprendido, por la dolorosa experiencia de un tercio de siglo, que las personan pueden ir por años a la casa de Dios y aun así nunca sentir sus pecados o el deseo de ser salvado.  Los cuidados de este mundo, el amor al placer, “la codicia por otras cosas” asfixian la buena semilla cada domingo y la hacen inútil.  Vienen a la iglesia con corazones tan fríos como la piedra del pavimento en que caminan. Se alejan insensibles e irreflexivos como los viejos bustos de mármol que los miran desde los monumentos de las paredes.  Bien, puede ser así, sin embargo no me desespero por nadie mientras viva.   La gran vieja campana de la Catedral de San Pedro, que ha marcado las horas por tantos años, raramente es escuchada por alguno durante las horas de negocio del día.  El rugir y el estruendo del tráfico en las calles tienen un extraño poder de amortiguar su sonido y evitar que los hombres la oigan.  Sin embargo cuando el trajín diario termina, y las oficinas se cierran, las puertas se abren y los libros son dejados a un lado y la quietud reina en la gran ciudad – el caso es otro.   En la medida en que la vieja campana retañe a las once, a las doce, a la una, a las dos y tres de la mañana, miles de los que no la escucharon durante el día la oyen.   Y de ese modo confío yo será con muchos en materia de su alma.   Ahora, en la plenitud de la salud y la fortaleza, en la prisa y torbellino de los negocios, me temo que la voz de su consciencia es a menudo ahogada y usted no puede oírla.  Sin embargo vendrá el día cuando la gran campana de la conciencia se hará escuchar a sí misma, sea que le guste o no.  El tiempo vendrá cuando, descansando en la quietud, y obligado por la enfermedad sentarse quieto,  usted podrá ser forzado a mirar adentro y considerar los asuntos de su alma.  Y entonces cuando la gran campana de la consciencia despierta esté sonando en sus oídos, confío que muchos de los hombres que leen este mensaje podrán oir la voz de Dios y se arrepentirán, aprendan a estar sedientos, y aprendan a ir a Cristo para alivio.  ¡Si, oro a Dios para que usted aún pueda recibir la enseñanza de alimentarse antes de que sea demasiado tarde!

2. Pero, ¿siente algo en este momento? ¿Está su conciencia despierta y trabajando?  ¿Es sensible a la sed espiritual y anhela el alivio?  Entonces escuche la invitación que le traigo en el nombre de Mi maestro hoy:  “Si cualquier hombre, sin importar quién es, si cualquiera, alto o bajo, rico o pobre, letrado o iletrado, si cualquier hombre tiene sed, venga a Cristo y beba”.  Escuche y acepte esta invitación sin tardanza.  No espere por nada.  No espere a nadie.  ¿Quién puede decir que usted no esperará por “la ocasión adecuada” hasta que sea demasiado tarde?  La mano del Redentor viviente está abierta desde el cielo, no obstante, puede ser retirada.   La fuente está abierta ahora pero puede ser cerrada pronto y para siempre.  “Si cualquier hombre tiene sed, que venga y beba” sin tardanza.  Aunque haya sido un gran pecador y se haya resistido a las advertencias, consejos y sermones, aun así venga. Aunque haya pecado contra la luz y el conocimiento, contra el consejo del padre y las lágrimas de su madre, aunque haya vivido muchos años sin orar, aun así venga.  No diga que no sabe cómo venir, que usted no entiende qué es creer, que debe esperar a entender mejor.  ¿Dirá un hombre cansado que está demasiado cansado para recostarse o un hombre que se ahoga que no sabe cómo tomarse de la mano que se estira para ayudarlo, o un marinero de un barco que naufraga con un bote de salvavidas al costado que no sabe cómo saltar dentro de él?  ¡Oh, deseche estas excusas vanales! ¡Levántese y venga!  La puerta no está cerrada.  La fuente aún no está cerrada.  El Señor Jesús lo invita.   Es suficiente que sienta la sed y el deseo de ser salvado.  Venga, venga a Cristo sin tardanza.  ¿Quién vino alguna vez a la fuente por pecar y la encontró seca?  ¿Quién alguna vez volvió insatisfecho?

3. ¿Ha venido a Cristo y encontrado alivio?   Entonces venga más cerca, más cerca aún.  Mientras tenga una comunión más cercana con Cristo más reconfortado se sentirá.  Mientras más cerca viva usted diariamente de la fuente más sentirá en su interior una fuente de agua que lo conduce a la vida eterna” (Jn. 4:14).   No sólo usted será bendecido sino que será una fuente de bendición para otros.

En este mundo maligno puede, quizá, no sentir la comodidad perceptible que pueda desear, sin embargo recuerde que usted no puede tener dos cielos.   La felicidad perfecta está aún por llegar.  El demonio no está aún atado.   Hay un buen tiempo por venir para todos aquellos que sienten sus pecados y van a Cristo, y someten sus almas sedientas a Su cuidado.  Cuando Él venga nuevamente, ellos estarán completamente satisfechos.  Recordarán todo el camino por el cual han sido conducidos y verán lo necesario que fue  todo lo que les ha sucedido.  Por sobre todo,  se preguntarán cómo  pudieron alguna vez haber vivido tanto tiempo sin Cristo, y haber dudado de ir a Él.

Hay un paso en Escocia, llamado Glencroe, que provee una hermosa ilustración de lo que el cielo será para las almas que vienen a Cristo.   El camino a Glencroe conduce al viajero hasta un largo y empinado ascenso, con muchas pequeñas vueltas y curvas en su curso.  No obstante cuando se alcanza la cima, una piedra a la vera del camino contiene estas simples palabras engravadas en ella:  “Descanse y sea agradecido”.   Esas palabras describen los sentimientos con los cuales cada sediento que viene a Cristo entrará al cielo.  La cumbre del camino angosto será toda nuestra.  Cesaremos nuestros viajes agotadores y nos sentaremos en el reino de Dios.   Miraremos atrás todo el camino de nuestras vidas con agradecimiento y veremos la perfecta sabiduría de cada paso en el espinado ascenso por el cual fuimos conducidos.  Olvidaremos el gran esfuerzo del viaje cuesta arriba cuando estemos en el descanso glorioso.

Aquí, en este mundo, nuestro sentido de descanso en Cristo –en su mayor manifestación- es débil y parcial.  Algunas veces, apenas si saboreamos plenamente  las aguas vivas, no obstante cuando aquello que es perfecto venga,  lo que es imperfecto será desechado.  Cuando despertemos  a  Su semejanza estaremos satisfechos (Sal  17:15).  ¡Beberemos del río de Sus placeres y no tendremos sed nunca más!

——————–

1 En el mes séptimo, al primero del mes tendréis día de reposo, una conmemoración al son de trompetas, y una santa convocación. El primer día después de estos siete meses y quince días, se celebra un día de santa convocación; este día es el día en que una persona ya sabe que ama a Dios y que va a servir en su vida para llevar la Palabra de Dios a los demás y que andará con Cristo compartiendo el yugo por amor a Jesús y a sus hermanos.    A partir de este día de santa convocación o sábado, se viven siete días de ofrenda encendida a Dios; estos son los días de vida a partir de ese momento de solidaridad con Cristo, hasta el último día de vida de ese hijo de Dios en la Tierra. El octavo día será el día de reposo en que vendrá Jesucristo en el fin del tiempo, y se alegrarán Dios y los suyos de toda la bendición que ha venido a las almas por el Amor de Aquél que es nuestra fuente de Vida.

2 Los fariseos eran una comunidad judía que existió hasta el segundo siglo de la era presente. El grupo atribuía su inicio al período de la cautividad babilónica (587 a. C.536 a. C.). Fueron coetáneos de los saduceosesenios y zelotes. Este grupo es citado numerosas veces en los Evangelios cristianos.  A diferencia de los saduceos (o zadokitas), los fariseos lograron que sus interpretaciones fueran aceptadas por la mayoría de los judíos. Por ello, tras la caída delTemplo, los fariseos tomaron el control del judaísmo «oficial», y transformaron el culto. El más alto representante del judaísmo era el Sumo Sacerdote, cargo que a la destrucción del templo se volvió innecesario; así el culto pasó a la sinagoga.

Los saduceos eran los miembros de la clase alta de la sociedad judía de esa época, por lo que todos los conquistadores buscaron su apoyo para poder someter al pueblo. Esta era efectivamente la política de este grupo, es decir, eran los colaboracionistas que se sometían al poder extranjero, ya fueran griegos o romanos, y adoptaban sus modas y cultura, por lo que eran muy odiados por el grupo más extremista, los zelotes. Esta sumisión al poder les permitía tener los cargos públicos más importantes; el sumo sacerdote era miembro de este grupo, así como la aristocracia y los principales propietarios de tierras.  En la época en que vivió Jesús (siglo I d.C.) se encontraban muy reducidos en su poderío, ya que los romanos les habían quitado su poder político y parte de su poder religioso (los romanos se reservaban el poder de elegir al sumo sacerdote); además, habían perdido su influencia religiosa ante el pueblo en manos de los fariseos. Casi todos ellos residían en Jerusalén.

3 Los disidentes ingleses, también llamados inconformistas, eran cristianos ingleses que se habían separado de la Iglesia de Inglaterra en el siglo XVI, XVII y XVIII. Fueron reformadores que se opusieron a la interferencia del Estado en los asuntos religiosos, incluso en asuntos no religiosos, y fundaron sus propias comunidades autónomas del poder episcopal y político.

Habiendo deseado una mejor y más pura reforma en la Iglesia inglesa, muchos se sintieron defraudados por las decisiones políticas que tomaba la monarquía para tener mayor control de la Iglesia.    Algunos grupos religiosos actuales tuvieron su origen en esa época. Entre ellos están: Adamitas, Anabaptistas, Bautistas, CongregacionalistasCuáqueros, Metodistas, Moravianos, Presbiterianos, Puritanos

4 Samuel Clarke (1684-1759) fue un clérigo Inconformista inglés.  Su hombre ha sido frecuentemente confundido con el filósofo y prominente clérigo ingles del mismo nombre.  El autor de las Promesas de ls Escrituras puso en orden todas las más útiles e importantes promesas contenidas en la Palabra de Dios:  Los más poderosos motivos del deber, el alimento constante para un cristiano vivientes, y también sus más preciados cordials  en horas de desfallecimiento.

5 Shall y Will son verbos modales de futuro en el idioma inglés. Shall en formación del futuro se considera como una forma formal para los pronombres personales Yo y Nosotros.  Will es el verbo modal para formar futuro o futuro perfecto más ampliamente utilizada.

6 Jan Hus –  Juan Huss o Juan de Hussenitz, (13701415) fue un teólogo, filósofo, reformador y predicador checo, que se desempeñó como maestro en la Universidad Carolina de Praga. Es considerado como un precursor de la Reforma Protestante.  Fue ordenado sacerdote en 1400 y nombrado predicador, primero en la iglesia de San Miguel y luego en una capilla, en 1402. Allí criticaba la corrupción moral de la Iglesia, los abusos que cometía y la riqueza que estaba acumulando. Hus quería que la Iglesia católica fuera pobre, que todo lo que hiciera estuviera claramente basado en el Evangelio; además, criticaba la venta de indulgencias.  Participó en los grupos que surgieron en la escuela de predicadores de Milia de Kromeriz, que querían volver a la pureza de los primeros años del cristianismo y se oponían a los grandes dirigentes de la Iglesia. Predicaba acerca de Jesucristo, y decía que el papa, con su corrupción y sus muchos pecados y errores que enseñaba a las personas, era la encarnación del Anticristo. En 1401 obtuvo el cargo de decano de la Facultad de Arte y Filosofía, y en 1409 fue nombrado rector de la Universidad de Praga.     Hus encabezó desde 1408 un movimiento basado en las ideas de John Wycliff denominado husismo y sus seguidores fueron llamados husitas, los cuales se multiplicaron en momentos en que la Iglesia católica sufría la crisis del Cisma de Occidente, cuando había dos papas, a los que en 1409 se agregó un tercero, Alejandro V. El emperador Segismundo le ofreció un salvoconducto para que Hus acudiera al Concilio de Constanza a explicar sus postulados, pero en el Concilio, Hus se negó a retractarse y por ello fue condenado por herejía. El rey Segismundo de Hungría lo acusó de traición y le condenó a morir en la hoguera, ejecutándose la sentencia el 6 de julio de 1415.

Jerónimo de Praga (Praga, República Checa; 1360Constanza, Alemania; 30 de mayo de 1416) predicador bohemio, seguidor de John Wycliffe y defensor de la tesis de Juan Hus.   En su juventud conoció a Hus en la Universidad de Praga. Estudió en la Universidad de Oxford, Inglaterra, donde conoció la dotrina de Wycliffe, la cual llevó a Bohemia.  Defendió la tesis husita en distintos lugares de Europa, para finalmente presentarse junto a Hus ante el concilio de Constanza en Alemania, donde ambos fueron condenados a la hoguera por herejía.  Fue al suplicio cantando, iluminado el rostro de gozo y paz.

7 Las persecuciones de María se llevaron a cabo en contra los reformadores de la religion protestante por su fe durante el reinado de María I de Inglaterra (1553-1558).  Los excesos de este periodo están registrados en el Libro de los Martíres de Foxe.  Los protestantes en Inglaterra y Gales fueron ejecutados bajo la legislación pro-católica que castigaba a cualquiera que fuera encontrado culpable de herejía con la fe católica.  Esta legislación imponía el castigo inusual de quemar al condenado, sistema usado por la inquisición española. En Ingletrra en ese tiempo, el estándar de penalidad para los convictos de traición era la ejecución siendo colgados, torturados y descuartizados.

 

Si te ha sido útil esta entrada, compártela

Publicaciones relacionadas

Rompe el hielo, sé el primero en comentar esta entrada