Santidad: 15. Advertencias a las iglesias – J. C. Ryle

 

Anteriores de la serie:

1. Introducción

2. Pecado

3. Santificación

4. Santidad

5. La batalla

6. El costo

7. Crecimiento

8. Certeza

9. Moisés

10. Lot

11. Una mujer para recordar

12. El gran trofeo de Cristo

13. El Soberano de las olas

14. La Iglesia que Cristo edifica

 

Traducido por Erika Escobar

 “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias” (Apo. 3:22).

Supongo que puedo dar por garantizado que cada lector de este mensaje pertenece a alguna iglesia visible de Cristo.  No le estoy preguntando si usted es un episcopal, o un presbiteriano o un independiente.  Supongo tan solo que a usted no le gustaría ser llamado un ateo o infiel.  Usted asiste a un culto público de algún cuerpo cristiano visible, particular o nacional.

Ahora, cualquiera sea el nombre de iglesia, lo invito a poner especial atención al versículo de las Escrituras que está delante de sus ojos.  Le encomiendo  recordar que las palabras de ese versículo le conciernen.   Están escritas para su aprendizaje y para el de todos aquellos que se llaman a sí mismos cristianos.  “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias”.

Este versículo se repite siete veces en los capítulos segundo y tercero del libro del Apocalipsis.  Siete diferentes cartas del Señor Jesús son enviadas a través de la   mano de Su siervo Juan a las siete iglesias de Asia.   Siete veces Él concluye Su carta con las mismas solemnes palabras:  “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias”.

El Señor Dios es perfecto en todas Sus obras.   No hace nada por casualidad.  Ninguna parte de las Escrituras ha sido escrita por casualidad.  En todos sus manejos usted puede rastrear el diseño, el propósito y el plan.   Hubo diseño para el tamaño y órbita de cada planeta.  Hubo diseño en la forma y estructura de la más pequeña de las alas de una mosca.  Hubo diseño en cada versículo de la Biblia.  Hubo diseño en cada repetición de un versículo dondequiera que fuera puesto.  Hubo diseño en la séptuple repetición del versículo que está delante de sus ojos.  Tenía un significado y nosotros hemos sido exhortados a observarlo.

A mí me parece que este versículo es para llamar la atención especial de todos los verdaderos cristianos de las siete “epístolas a las iglesias”.  Creo que su propósito era hacer que los creyentes tomaran especial nota de las cosas que estas siete cartas contienen.

Déjenme tratar de puntualizar ciertas verdades centrales que estas siete cartas parecen enseñarme.  Son verdades para los tiempos en que vivimos, verdades que sería bueno para nosotros conocer y para sentirnos mucho mejor de lo que lo hacemos.

1.  Solicito a mis lectores observar que el Señor Jesús, en todas estas siete cartas, habla sólo de materias doctrinales, advertencias y promesas.

Le pido revisar estas siete cartas a las Iglesias, tranquilamente y a su conveniencia, y pronto verá a lo que me refiero.

Observará que el Señor Jesús, algunas veces, encuentra fallas en las  falsas doctrinas y prácticas paganas inconsistentes y las reprocha duramente.

Observará que algunas veces Él alaba la fe, la paciencia, las obras, el trabajo, la perseverancia y concede a estos dones alto elogio.

Algunas veces, Lo encontrará imponiendo el arrepentimiento, la corrección, el retorno al primer amor, la aplicación renovada a Él y cosas similares.

No obstante, quiero que usted observe que no encontrará al Señor, en ninguna de las epístolas, preocupado por el gobierno ni las ceremonias de las iglesias.  No dice nada acerca de los sacramentos y las ordenanzas.  No hace ninguna mención a la liturgia o formas.  No instruye a Juan a escribir ni una palabra acerca del bautismo, la Cena del Señor, o la sucesión apostólica de los ministros.  En breve, los principios centrales  de lo que podemos llamar “el sistema sacramental” no son mencionados ni en la primera ni la última de las siete epístolas.

¿Y por qué hago hincapié sobre esto?  Lo hago porque en los días presentes muchos creyentes  querrían que nosotros creyéramos que estas cosas son de primera, de cardinal, o de primordial importancia.

No son pocos los que parecen sostener que no debe existir ninguna iglesia sin un Obispo y ninguna devoción sin la liturgia.  Parecen creer que enseñar el valor de los sacramentos es el primer trabajo de un ministro, y que mantener su parroquia sea el primer negocio de un pueblo.

Que ningún hombre me malentienda cuando digo esto.  No huyan  con la noción de que yo no veo la importancia en los sacramentos.  Por el contrario,  los tengo como grandes bendiciones para todos aquellos que los reciben correctamente, en forma digna y con fe.  No imaginen que no agrego valor al episcopado, a la liturgia y al sistema parroquial.  Por el contrario, considero que una iglesia bien administrada, que posee estas tres cosas y un ministerio evangélico, es mucho más completa y útil que una iglesia en que éstas no se encuentran.

Sin embargo, digo esto, los sacramentos, el gobierno de la iglesia, el uso de una liturgia, la observancia de ceremonias y formas, todas ellas no son nada comparadas con la fe, el arrepentimiento y la santidad.  Y mi autoridad para decirlo de ese modo está en el tenor entregado por las palabras de nuestro Señor a las siete iglesias.

Nunca creeré que si una cierta forma de gobierno para la iglesia fuera tan importante como algunos dicen, que la gran Cabeza de la iglesia no hubiera dicho nada al respecto.  Hubiese esperado encontrar algo acerca de esto en la carta  a Sardis y Laodicea.  No encuentro nada en absoluto y pienso que el silencio es un hecho significativo.

No puedo evitar remarcar el mismo hecho en las palabras iniciales de Pablo a los ancianos de Éfeso (Hec 20:27-35).   Él los estaba dejando para siempre.  Él estaba dando su última ofensiva en la tierra, y habló como alguien que no podría  ver las caras de sus oyentes nunca más, y aún así no hay ninguna palabra acerca de los sacramentos y el gobierno de la iglesia.  Si hubo alguna vez algún momento propicio para hablar acerca de esto fue ése.   Sin embargo, él no dice nada y creo que fue un silencio deliberado.

Aquí descansa una razón del por qué nosotros, correcta o incorrectamente, somos llamados clérigos evangélicos.  Si no predicamos acerca de obispos y del Libro de Oraciones,  de las ordenanzas más de lo que lo hacemos no es porque no los valoremos en su lugar, porción y forma.  Las valoramos tan real y verdaderamente como cualquiera y estamos agradecidos por ellos.  Sin embargo, creemos que el arrepentimiento hacia Dios, la fe hacia nuestro Señor Jesucristo y una conversación santa son temas de mucha más relevancia para el alma de los hombres.  Sin ellas ningún hombre puede ser salvo.  Estas son las primeras y más significativas materias y, por lo tanto, nos preocupamos de ellas.

Aquí nuevamente descansa una razón por la que tan frecuentemente urgimos a los hombres a no estar meramente contentos con la religiosidad.   Usted debe observar que a menudo advertimos de no descansar en los privilegios de ser miembro de una iglesia o de la iglesia misma.   Decimos que usted no se sienta satisfecho porque asiste a la iglesia los domingos, y participa en la mesa del Señor.   Frecuentemente lo urgimos a recordar que no es cristiano aquel que aparenta, que usted debe ser “nacido de nuevo”, que usted debe tener “la fe que obra por amor”, que debe existir una “nueva creación” por el Espíritu en su corazón.  Lo hacemos porque esto nos parece es la preocupación de Cristo.  Estas son la clase de cosas con las que Él trata cuando escribe siete veces a siete diferentes iglesias.  Sentimos que si Lo seguimos no podemos equivocarnos mucho.

Estoy consciente de que los hombres nos acusan de tomar “posiciones miopes” en los temas que he tratado.  No es una gran cosa que nuestras opiniones sean consideradas “miopes” en la medida en que nuestras consciencias nos dicen que son bíblicas.   Un terreno elevado, como se dice, no siempre es un terreno seguro.  Lo que Balac dijo debe ser nuestra respuesta “Lo que el Señor dice, eso diré” (Num. 24:13)

La verdad lisa y llana es que, en estos días, existen dos distintos y separados sistemas cristianos en Inglaterra.   Es inútil negarlo.  Su existencia es un hecho fehaciente y además algo que no puede ser tan claramente conocido.

De acuerdo a un sistema, la religión es un mero negocio corporativo.  Se supone que usted pertenece a un cierto grupo de gente.  Por virtud de su membresía a este grupo, grandes privilegios, en términos de tiempo y eternidad, se le confieren.   Poco importa lo que usted es o siente.  No se le tratará de acuerdo a sus sentimientos.  Usted es miembro de la gran corporación eclesiástica.  De ese modo los privilegios e inmunidades de ésta son suyas.   ¿Pertenece usted a una corporación eclesiástica verdadera?   Esa es la gran cuestión.

Según el otro sistema, la religión es eminentemente un negocio personal entre usted y Cristo.   No salvará su alma ser un miembro externo de cualquier cuerpo eclesiástico como quiera que sea y cuán sólido sea ese cuerpo.   Tal membresía no lavará sus pecados o le dará la confianza en el día del juicio.   Debe existir una fe personal en Cristo, una relación personal entre usted y Dios, una comunión personal entre su propio corazón y el Espíritu Santo.   ¿Tiene usted esta fe personal?   ¿Ha sentido el trabajo del Espíritu en su alma?   Esta es la gran cuestión.  Si no, estará perdido.

Este último sistema es al que aquellos que son llamados ministros evangélicos se adhieren y enseñan.   Lo hacen así porque están convencidos que es el sistema de la Santa Escritura.   Lo hacen así porque están persuadidos de que cualquier otro sistema deriva en consecuencias peligrosas y es calculado para engañar a los hombres fatalmente en lo que se refiere a su estado actual.   Lo hacen así porque creen que este es el único sistema para enseñar que Dios bendecirá y que ninguna iglesia florecerá tanto como aquella en que el arrepentimiento, la fe, la conversión y el trabajo del Espíritu son los grandes temas de los sermones de los ministros.

2.  Le pido a mis lectores que observen que el Señor Jesús en cada carta dice “Conozco sus obras”.  Esa expresión así reiterada asombra grandemente. No es por nada que leamos estas palabras en siete ocasiones sucesivas.

A una iglesia el Señor Jesús dice:  “Conozco tu trabajo y paciencia”, a otra “tu tribulación y pobreza”, a una tercera “tu caridad y servicio y fe”.   No obstante para todas Él usa las palabras con lo que trato ahora “Conozco tus obras”.  No dice “Conozco tu profesión de fe, tus deseos, tus resoluciones, tus anhelos sino “tus obras”.  “Conozco tus obras”.

Las obras de un cristiano profesante son de gran importancia.  No pueden salvar su alma.  No pueden justificarlo.  No pueden lavar sus pecados.  No pueden liberarlo de la ira de Dios pero eso no significa que, porque no pueden salvarlo, no tengan importancia.  Tome cuidado y esté alerta con esta idea.   El hombre que así piensa se engaña temiblemente a sí mismo.

A menudo pienso que podría morir gustosamente por la doctrina de la justificación por la fe sin las obras de la ley.  Sin embargo, honestamente debo decir, como un principio general, que las obras de un hombre son la evidencia de su religión.  Si usted se llama a sí mismo cristiano debe mostrarlo en sus maneras y comportamiento diarios.  Acuérdese que la fe de Abraham y de Rahab fue producto de sus obras (Sant. 2:21-25).  Recuerde que es vano para usted y para mí conocer a Dios si en obras nosotros lo negamos (Tit 1:16).  Recuerde las palabras del Señor Jesús:  “Cada árbol es conocido por sus propios frutos” (Luc. 6:44).

No obstante cualquiera sean las obras de los cristianos profesantes, Jesús dice “Yo las conozco”.  Sus ojos están en cada lugar, contemplando lo malo y lo bueno (Prov. 15:3).  Usted nunca hizo algo, aunque sea en privado, que Jesús no haya visto.  Usted nunca dijo una palabra, no ni aún en un susurro, que Jesús no haya oído.  Usted nunca escribió una carta, aún a su amigo más querido, que Jesús no haya leído.  Usted nunca tuvo un pensamiento, aunque secreto, que Jesús no conociera.  Sus ojos son fuego ardiente.  La oscuridad no es oscuridad con Él.   Todas las cosas son conocidas y manifiestas ante Él.  Él dice a cada uno “Yo conozco tus obras”.

a. El Señor Jesús conoce las obras de todas las almas impenitentes e impías y algún día las castigará.  No están olvidadas en el cielo aunque parezcan estarlo en la tierra.  Cuando el gran trono blanco sea establecido, y los libros sean abiertos, los muertos perversos serán juzgados “de acuerdo a sus obras”.

b. El Señor Jesús sabe de las obras de Su propio pueblo y las sopesa. “A Él toca pesar las acciones” (1 Sam. 2:3).   Él sabe el por qué y el porque de las obras de todos los creyentes.  El ve sus motivos en cada paso que dan.  El discierne cuánto es hecho por Su bien y cuánto es hecho por el bien de la vanagloria. Lamentablemente no son pocas las cosas hechas por los creyentes, que a usted y a mí nos parecen muy buenas, que son de baja estima para Cristo.

c. El Señor Jesús sabe de las obras de Su propio pueblo y un día los recompensará.  Nunca pasa por alto una palabra amable o una buena obra hecha en Su nombre. El poseerá el más mínimo fruto de la fe y lo declarará ante el mundo en el día de Su venida.  Si usted ama al Señor Jesús y Lo sigue, puede estar seguro que su obra y su trabajo no serán en vano en el Señor.  Las obras de los que mueren en el Señor “los seguirán” (Apo. 14:13).  No irán delante de ellos, ni a su lado, sino que los seguirán y serán su posesión en el día de la venida de Cristo.   La parábola de los talentos se aplicará  “Cada hombre recibirá su propia recompensa conforme a su propio trabajo” (1 Cor. 3:8).  El mundo no lo conoce porque no conoce a su Maestro.   Pero Jesús ve y sabe todo.  “Conozco tus obras”.

Piense en que aquí hay una seria advertencia para todos los profesantes mundanos e hipócritas de la religión.  Que todos ellos lean, marquen y digieran estas palabras.   Jesús les dice:  “Yo conozco tus obras”.  Usted puede engañarme a mí o a cualquier otro ministro, es fácil de hacer.  Usted puede recibir de mis manos el pan y el vino y aún estar proclive a la injusticia en su corazón.   Usted puede sentarse bajo el púlpito de un predicador evangélico, semana tras semana, escuchar sus palabras con cara seria pero no creyéndolas.  Sin embargo, recuerde esto, usted no puede engañar a Cristo.  Aquel que descubrió la falta de vida de Sardis y la tibieza de Laodicea, ve a través de usted y lo expondrá en el último día, salvo que se arrepienta.

Oh, créanme, la hipocresía es un juego perdedor.  Nunca será la respuesta a parecer una cosa y ser otra, tener el nombre de cristiano y no serlo en realidad.  Esté seguro, si su conciencia remuerde y lo condena en este tema, esté seguro que su pecado será puesto al descubierto.  Los ojos de los que vieron a Acán robar el lingote de oro y esconderlo, están sobre usted.  El libro de registro de las obras de Gehazi y Ananías y Safira está también haciendo registro de sus actos.  Jesús misericordiosamente le envía una palabra de advertencia este día.  El dice “Conozco tus obras”.

No obstante también piense  qué estímulo hay aquí para cada creyente de corazón honesto y verdadero.  A usted también, Jesús le dice “Conozco tus obras”.   Usted no ve ninguna belleza en las acciones que realiza.  Todo parece imperfecto, manchado y corrupto.  Usted a menudo se siente descorazonado por sus propios defectos.  A menudo siente que su vida entera es un gran atraso y que cada día está en blanco o sucio,  no obstante ahora sabe que Jesús puede ver alguna belleza en todo lo que hace desde su deseo consciente de agradarlo.  Sus ojos pueden discernir la excelencia en la más mínima cosa que es fruto de Su propio Espíritu.  Él puede recoger los granos de oro de entre la basura de sus actuaciones y cernir el trigo entremedio de la paja de sus actos.  Todas sus lágrimas son vaciadas en Su botella.  Sus esfuerzos por hacer el bien a otros, aunque débiles, están escritos en Su libro de memorias.   La más pequeña copa de agua dada en Su nombre no perderá su recompensa.  El no olvida su obra y su trabajo de amor sin importar cuán poco el mundo sepa apreciarlas.

Esto muy maravilloso pero es así.   Jesús ama honrar el trabajo de Su Espíritu en Su pueblo y pasa por alto sus flaquezas.   Él habita en la fe de Rahab pero no en su mentira.  Él encomienda a Sus apóstoles para que permanezcan con Él en Sus pruebas y pasa por alto su ignorancia y falta de fe (Luc 22:28).  “Como el padre se compadece por sus hijos, así el Señor se compadece de los que le temen” (Sal 103:13).  Y así como el padre encuentra placer en el más pequeño de los actos de sus hijos, de los cuales un extraño nada sabe, así mismo supongo que el Señor se complace con nuestros débiles y pobres esfuerzos de servirlo.

Bien puedo entender al justo en el día del juicio cuando dice:  “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber?  ¿Cuándo te vimos como un extranjero y te albergamos? ¿O desnudo y te vestimos?   ¿Cuándo te vimos enfermo o en prisión y fuimos a Ti?  (Mat. 25:37-39).   ¡Puede parecer increíble e imposible que ellos hayan podido hacer algo digno de mencionar en el gran día!  Así es.   Que todos los creyentes se conforten con esto.  El Señor dice “Conozco tus obras”.   Esto debe hacerlo humilde pero no debe hacerlo sentirse temeroso.

3.  Pido a mis lectores observar que en cada epístola el Señor Jesús hace una promesa al hombre que vence.    Siete veces Jesús da a las iglesias estas excesivamente grandes y preciosas promesas.  Cada una es diferente y cada una llena de firme consolación, no obstante, cada una es dirigida a los cristianos vencedores.   Es siempre para “aquel que vence” o “al que vence”.  Le pido tomar nota de esto.

Cada cristiano es un soldado de Cristo.  El está atado por su bautismo a pelear la batalla de Cristo contra el pecado, el mundo y el demonio.   El hombre que no lo hace quiebra su juramento.   El es un deudor espiritual.  No cumple los compromisos hechos.  El hombre que no hace esto está prácticamente renunciando a su cristianismo.  El solo hecho que él pertenezca a una iglesia, asista a un lugar cristiano para adorar y se llame a sí mismo cristiano, es una declaración pública de que desea ser tenido como un soldado de Jesucristo.

La armadura es provista para el cristiano profesante si tan solo desea usarla.  “Tomen”, dice Pablo a los efesios, “la completa armadura de Dios”.  “Permanezcan, teniendo vuestros lomos ceñidos con la verdad, y teniendo la coraza de la justicia”.  “Tomen el casco de la salvación y la espada del espíritu, que son la Palabra de Dios”.  “Por sobre todo, tomen el escudo de la fe” (Efe. 6:13-17).  Y, no menor, los cristianos profesantes tienen al mejor de los lideres:  Jesús el Capitán de la salvación, a través de Quien él puede ser más que ganador, tener la mejor de las provisiones, el pan y el agua de vida, y el mejor salario prometido, un peso eterno de gloria.

Todas estas son cosas sabidas.  No me desviaré de mi tema con el fin de hablar sobre ellas.

El único punto sobre el cual quiero ahora poner inflexión en su alma es este:  que el verdadero creyente no es sólo un soldado sino un soldado victorioso.  No sólo profesa pelear del lado de Cristo contra el pecado, el mundo y el demonio sino que realmente pelea y vence.

Esta es la gran marca identificadora de los verdaderos cristianos.  A otros hombres, quizá, les gusta ser parte de la armada de Cristo.  Otros hombres pueden tener vagos deseos y  lánguidos anhelos por buscar  la corona de gloria, pero es tan sólo el verdadero cristiano quien hace el trabajo de un soldado.   Por su cuenta se enfrenta limpiamente a los enemigos de su alma, realmente pelea con ellos y en esa lucha vence.

La gran lección que deseo que los hombres aprendan de estas siete cartas es que si usted probara que es nacido de nuevo y va al cielo, entonces usted debe ser un soldado victorioso de Cristo.  Si desea poner en claro que usted tiene un derecho sobre las preciosas promesas de Cristo, usted deberá pelear la buena batalla en la causa de Cristo y en esa pelea ser un ganador.

La victoria es la única evidencia satisfactoria de que usted tiene una religión que salva.  A usted le agradan los buenos sermones, quizá.  Respeta la Biblia y la lee ocasionalmente.  Usted ora en las noches y en la mañana.   Tiene una familia de oradores y participa de sociedades religiosas.  Doy gracias a Dios por esto.  Todo es muy bueno, ¿pero cómo va su batalla?  ¿Cómo se desarrolla el gran conflicto todo el tiempo?   ¿Está usted ganándole al amor del mundo y el miedo a los hombres?  ¿Está usted venciendo las pasiones, carácter y deseos de su propio corazón?  ¿Cómo va este asunto?  Usted debe o gobernar o servir al pecado y el demonio y el mundo.  No hay medias aguas.   Usted debe o conquistar o perderse.

Yo sé bien que es una dura batalla la que debe dar y quiero que lo sepa también.  Usted debe pelar la buena batalla de la fe y soportar dificultades si desea permanecer para la vida eterna.   Usted debe decidirse a una batalla diaria si desea alcanzar el cielo.  Pueden existir caminos angostos al cielo inventados por el hombre, no obstante según la vieja cristiandad, el viejo y buen camino es el camino de la cruz, el camino del conflicto.  El pecado, el mundo y el demonio deben ser verdaderamente mortificados, resistidos y vencidos.

Este es el camino que los antiguos santos han pisado, dejando la vara en alto.

a. Cuando Moisés rechazó los placeres del pecado en Egipto y escogió la aflicción con el pueblo de Dios eso fue superación.  El venció el amor al placer.

b. Cuando Miqueas rechazó profetizar cosas buenas al rey Acaz, aunque sabía que sería perseguido si hablaba la verdad, esto fue superación.  Él venció el amor a lo fácil.

c.  Cuando Daniel rechazó abandonar sus oraciones, aunque sabía que el foso de leones estaba preparado para él, esto fue superación.  Él venció el miedo a la muerte.

d. Cuando Mateo se levantó de su puesto en la aduana de impuesto a solicitud de nuestro Señor, dejó todo y lo siguió, esto fue superación.  Él venció el amor al dinero.

e. Cuando Pedro y Juan se pararon valientemente frente al consejo y dijeron “No podemos sino hablar de las cosas que hemos visto y oído”, esto fue superación. Ellos vencieron el miedo del hombre.

f. Cuando Saúl, el fariseo, abandonó todas sus posibilidades de ascenso entre los judíos y predicó acerca del mismo Jesús que él había perseguido antes, esto fue superación.  El venció el amor a la alabanza de los hombres.

La misma clase de cosas que estos hombres hicieron usted debe hacerlas si va a ser salvo.  Eran hombres de las mismas pasiones suyas y aún así vencieron.   Ellos enfrentaron tantas pruebas como usted posiblemente pueda tener, y aún así vencieron.  Pelearon.   Batallaron.  Resistieron.  Usted debe hacer lo mismo.

¿Cuál era el secreto de su victoria?  Su fe.  Ellos creyeron en Jesús y, creyendo, se hicieron fuertes.  Ellos creyeron en Jesús y, creyendo, se fortalecieron.  En todas sus batallas, mantuvieron sus ojos en Jesús, y Él nunca los  dejó ni los abandonó.  “Ellos vencieron por la sangre del Cordero, y por la palabra de su testimonio”, y usted también puede (Apo. 12:11).

Pongo estas palabras frente a usted.  Le pido las ponga en su corazón.  Resuelva, por la gracia de Dios, ser un cristiano vencedor.

Temo mucho por muchos cristianos profesantes.  No veo ninguna señal de batalla en ellos, mucho menos de victoria.  Nunca dan un golpe del lado de Cristo.  Están en paz con Sus enemigos.  No pelean contra el pecado.  Les advierto, esto no es cristianismo.  No es el camino al cielo.

A menudo temo mucho por aquellos que oyen el evangelio regularmente.  Me temo que usted pueda llegar a familiarizarse con el sonido de sus doctrinas, sea insensible y esté muerto a su poder.  Temo, no sea que su religión se hunda en una vaga conversación sobre su propia debilidad y corrupción, y unas pocas expresiones sentimentales acerca de Jesús, mientras su batalla real y práctica al lado de Cristo es rechazada. Oh, dése cuenta de este estado mental.  “Sean hacedores y no solamente oidores de la palabra”.  Ninguna victoria –ninguna corona!  Pelee y venza (Sant. 1:22)

Hombres y mujeres jóvenes, y especialmente aquellos que han crecido en familias religiosas.  Temo mucho por ustedes.  Temo, no sea que adquieran el hábito de dar rienda suelta a cada tentación.  ¡Temo, no sea que teman decir “no”! al mundo y al demonio y, cuando los pecadores los seduzcan, piensen que es un problema mínimo consentir.  Estén alertas, les ruego, de abrir el camino.  Cada concesión los hará más débiles.  Vayan al mundo resueltos a pelear la batalla de Cristo y peleen todo el camino.

Los creyentes en el Señor Jesús, de cada iglesia y clase, siento mucho por ustedes.  Sé que el camino es duro.  Sé que es una dolorosa batalla la que tienen que pelear.  Sé que a menudo están tentados de decir “No tiene sentido” y de bajar sus brazos totalmente.

Alégrense, queridos hermanos y hermanas.  Confórtense, les ruego.  Miren el lado brillante de su posición.  Sean alentados a pelear.  El tiempo es corto.  El Señor está a la puerta.  La noche se acaba.  Millones tan débiles como ustedes han peleado la misma pelea.  Ni uno solo de esos millones ha quedado finalmente cautivo de Satanás.  Poderosos son sus enemigos pero el Capitán de su salvación es más poderoso aún.  Su brazo, Su gracia y Su Espíritu los sostendrán.  Alégrense.  No se desanimen.¿Y qué si pierde una batalla o dos?  No perderá todo.  ¿Qué si usted desmaya algunas veces?  No estará del todo desanimado.   ¿Qué si cae siete veces?  No sera destruído.  Vigile el pecado y el pecado no tendrá dominio sobre usted.  Resista al demonio y se alejará de usted.  Sálgase abiertamente del mundo y el mundo será obligado a dejarlo ir.  Se encontrará a usted mismo siendo más que ganador al final, usted “vencerá”.

Considerando la relevancia de todo este tema, miremos cómo toda esta doctrina nos toca en términos prácticos:

1. Primero, déjenme advertir a todos aquellos que están viviendo solo por el mundo, tomar cuidado de lo que están haciendo.  Son enemigos de Cristo, aunque no lo sepan.  Él nota sus caminos aunque le vuelvan la espalda y rechacen darle sus corazones.  Él está observando su vida diaria, leyendo sus caminos diarios.   Habrá aún una resurrección para todos sus pensamientos, palabras y acciones.  Usted puede olvidarlas pero Dios no.   Puede ser descuidado con ellas pero ellas son registradas cuidadosamente en el libro de memorias.  ¡Oh, hombre mundano, piense en esto!  Tiemble, tiemble y arrepiéntase.

2. Déjenme advertir a todas las personas formalistas y mojigatas que tomen cuidado de no ser engañados.  Imagina que irá al cielo porque regularmente asiste a la iglesia.  Se da el gusto con la expectativa de la vida eterna porque está siempre en la mesa del Señor y siempre está en su banca.  ¿Pero dónde está su arrepentimiento?  ¿Dónde está su fe? ¿Dónde las evidencias de un  nuevo corazón?  ¿Dónde el trabajo del Espíritu? ¿Dónde están sus evidencias de regeneración?  ¡Oh, cristiano formal, considere estos aspectos!  Tiemble, Tiemble y arrepiéntase.

3.   Déjenme advertir a todos los miembros descuidados de las Iglesias para que estén alertas, no sea que jueguen con almas en el infierno.  Usted vive año tras año como si no hubiera una batalla que pelear contra el pecado, el mundo y el demonio.   Pasa por la vida  como un hombre sonriente, gentil o como una dama y se comporta como si no hubiera ningún demonio, ni cielo ni infierno.  ¡Oh, hombre de iglesia negligente, o disidente negligente, episcopal negligente, presbiteriano negligente, independiente negligente, bautista negligente, despierten para ver las realidades eternas en su verdadera luz!  Despierten y pónganse la armadura de Dios” ¡Despierten y luchen duro por la vida!  Tiemblen, Tiemblen y arrepiéntanse.

4. Déjenme advertir a todo aquel que desea ser salvo,  no contentarse con los estándares mundanos de religión.   Es seguro que ningún hombre con los ojos abiertos puede fallar en ver que el cristianismo del Nuevo Testamento es algo más alto y más profundo que el cristianismo de muchos profesantes.  Esa formalidad, esa forma fácil de hacer, eso de hacer lo poco que es lo que la mayoría de las personas llaman “religión” no es evidentemente la religión de nuestro Señor Jesús.   Las cosas que Él alaba en estas siete cartas no son alabadas por el mundo.  Las cosas de las cuales Él nos acusa no son las cosas en las que el mundo ve algún daño.  ¡Oh,  si desea seguir a Cristo, no se contente con el cristianismo del mundo!  Tiemble, Tiemble y arrepiéntase.

5.  Finalmente, déjenme advertir a todo aquel que profesa ser un creyente en el Señor Jesús, a no estar contento con un poco de religión.

De todas las señales  en la iglesia de Cristo, no conozco de ninguna más dolorosa a mis propios ojos que un cristiano esté contento y satisfecho con un poco de gracia, un poco de arrepentimiento, un poco de fe, un poco de conocimiento, un poco de caridad y un poco de santidad.  Ruego y suplico a cada alma creyente que lee este tratado a no ser esa clase de hombre.  Si usted desea ser útil,  si desea promover la gloria de su Señor, si añora tener paz interior no se contente con un poco de religión.

Mejor busquemos cada año que vivimos hacer mayor progreso espiritual del que hemos alcanzado, para crecer en gracia, en conocimiento del Señor Jesús, crecer en humildad y conocimiento propio, crecer en espiritualidad y en mente en las cosas celestiales, crecer en conformidad a la imagen de nuestro Señor

Estemos alertas para no dejar nuestro primer amor como Éfeso, de convertirnos en tibios como Laodicea, de tolerar falsas prácticas como Pérgamo, de manipular falsas doctrinas como Tiatira, de volvernos medios muertos listos para morir como Sardis.

Mejor es que codiciemos los mejores dones.  Apuntemos a la ilustre santidad.  Dediquémonos a ser como Esmirna y Filadelfia.  Sostengamos firme lo que ya tenemos y continuamente busquemos tener más.  Trabajemos para ser cristianos inconfundibles.  Que no sea nuestro carácter distintivo  por los logros de hombres de ciencia o literatos, o hombres del mundo, o hombres de placeres, o hombres de negocios sino “hombres de Dios”.  Vivamos de forma tal que todos puedan ver que las cosas de Dios son las primeras cosas y la gloria de Dios nuestro primer objetivo en nuestras vidas, que seguir a Cristo es nuestro gran objetivo hoy, que estar con Cristo es nuestro gran deseo del mañana.

Vivamos de esta forma y seremos felices.  Vivamos de esta forma y haremos bien al mundo.  Vivamos de esta forma y dejaremos buena evidencia tras nuestro cuando seamos sepultados.  Vivamos de esta forma y la palabra del Espíritu a las iglesias no habrá sido dicha en vano.

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2 Comentarios

  • Responder Abril 13, 2012

    martha holters

    que hermosa palabra!

  • Responder Noviembre 12, 2013

    Martha

    De gran bendición, me ayuda a reflexionar y seguir adelante y darme cuenta de mis actitudes y trabajar cada día en ellas

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