Santidad: 12. El gran trofeo de Cristo – J. C. Ryle

Anteriores de la serie:

1. Introducción

2. Pecado

3. Santificación

4. Santidad

5. La batalla

6. El costo

7. Crecimiento

8. Certeza

9. Moisés

10. Lot

11. Una mujer para recordar

 

Traducido por Erika Escobar

Uno de los criminales que estaba colgado le provocó diciendo: “¿No eres tú el Cristo? ¡Sálvate a ti mismo y a nosotros!”, mientras el otro criminal le recriminó: “¿No temes a Dios?” -dijo, “¿puesto que estás bajo la misma sentencia? Somos castigados justamente porque estamos recibiendo el merecido resultado de nuestras obras, pero este hombre no ha hecho nada malo”. Luego él dijo, “Jesús, recuérdame cuando entres en tu reino”.  Jesús le contestó “Te digo la verdad, tú estarás hoy mismo conmigo en el paraíso”. Lucas 23:39-43.

Existen para nuestros oídos pocos pasajes en el Nuevo Testamento que sean más familiares que los versículos que encabezan este mensaje. Ellos contienen la conocida historia del “ladrón penitente”.

Y es correcto y bueno que estos versículos deban ser bien conocidos. Ellos han confortado a muchas mentes atormentadas;  han traído paz a muchas conciencias intranquilas, han sido un bálsamo sanador para muchos corazones heridos,  han sido medicina para muchas almas enfermas de pecado, han suavizado no pocas almohadas de moribundos. Donde quiera que se predique el evangelio de Cristo, éstos siempre serán honrados, amados y recordados.

Deseo decir algo acerca de estos versículos. Trataré de desplegar la lección de fondo que ellos pretenden enseñar. No puedo ver el particular estado mental de aquellos en cuyas manos este mensaje caiga pero sí puedo ver las verdades de este pasaje, verdades que ningún hombre puede conocer demasiado bien. Aquí está el trofeo más grande que Cristo alguna vez ganó.

1. El poder y deseo de Cristo de salvar a los pecadores.

Esta es la doctrina principal que puede concluirse de la historia del ladrón penitente.  Nos enseña lo que debiera ser música para los oídos de todos aquellos que la escuchan. Nos enseña que Jesucristo es “poderoso para salvar” (Isa 63:1).

Pregunto a cualquiera si existe un caso que podría apreciarse más desesperanzado y desesperado que el de este ladrón penitente.

Era un hombre perverso, un malhechor, un ladrón, sino un asesino. Sabemos esto porque sólo alguien como él era crucificado. Y él estaba sufriendo un justo castigo por transgredir la ley. Y como él había vivido en perversión del mismo modo parecía determinado a morir perverso porque al principio, cuando fue crucificado, él reclamó a nuestro Señor.

Era un hombre que moría.  Colgado allí, clavado a una cruz de la cual nunca podría salir vivo. No tenía el poder de agitar sus manos o pies.  Sus horas estaban contadas, la tumba estaba lista para él.  Sólo había un paso entre él y la muerte.

Si hubo alguna vez un alma al borde del infierno, esa era el alma de este ladrón.  Si hubo alguna vez un caso que parecía perdido, ido y sin remedio, ese era el suyo.  Si hubo alguna vez un hijo de Adán del que el demonio estuviera seguro, ese era el suyo, ese era este hombre.

Pero vea ahora lo que pasó. El cesó de reclamar y blasfemar como lo había hecho al principio. Comenzó a hablar de una forma totalmente distinta. Se volvió a nuestro bendito Señor en oración. El rogó a Jesús para que “lo recordara cuando Él entrara en Su reino”. El pidió que su alma pudiera ser cuidada, sus pecados perdonados y él mismo pudiera estar en otro mundo. Verdaderamente este fue un cambio maravilloso!

Y entonces note qué clase de respuesta recibió. Algunos habrían dicho que él era un hombre demasiado perverso para ser salvado pero no era así. Algunos habrían imaginado que era demasiado tarde, la puerta estaba cerrada y que no había espacio para la misericordia, no obstante probó ser no demasiado tarde en absoluto. El Señor Jesús le dio una respuesta inmediata, le habló amablemente, le aseguró que estaría con El ese día en el paraíso, lo perdonó completamente, lo lavó completamente de sus pecados, lo recibió en gracia, lo justificó gratis, lo levantó de las puertas del infierno, le dio un título en la gloria. De toda la multitud de salvos, nunca nadie recibió tan gloriosa certeza de su propia salvación como este ladrón penitente. Revise la lista completa, desde Génesis al Apocalipsis, y usted no encontrará a nadie que haya escuchado tales palabras:  “Hoy mismo estarás conmigo en el paraíso”.

Creo que el Señor Jesús nunca dio prueba más completa de Su poder y deseo de salvar como lo hizo en esta ocasión. En el día cuando Él parecía el más débil, Él mostró que era un fuerte libertador.  En la hora en que Su cuerpo estaba sacudido por el dolor, Él mostró que podía sentir ternura hacia otros. En el momento en que Él estaba muriendo, confirió vida eterna a un pecador.

Dado esto, ¿no tengo el derecho a decir que Cristo es capaz de salvar hasta el último de aquellos que vengan a Dios a través de Él? (Heb. 7:25). Contemple la prueba de ello. Si hubo un pecador que haya ido tan lejos para ser salvado, ese era este ladrón. Y aún así, fue arrancado como una teja del fuego.

¿No tengo el derecho a decir: “Cristo recibirá a cualquier pobre pecador que venga a Él con oración de fe y que no desechará a ninguno”? Contemple la prueba de ello.  Si hubo alguno que parecía ser demasiado malo para ser acogido, este era ese hombre.  Aún así la puerta de la misericordia estaba abierta de par en par aún para él.

¿No tengo el derecho a decir: “Por gracia usted puede ser salvo a través de la fe -no tema que sea por obras-  sólo creyendo?” Contemple la prueba de ello. Este ladrón no fue nunca bautizado, no pertenecía a ninguna iglesia visible; nunca recibió la Cena del Señor; nunca había hecho nada por el trabajo de Cristo; nunca dio su dinero por la causa de Cristo! Pero él tuvo fe y por ello fue salvado.

¿No tengo el derecho a decir: “la fe más nueva salvará el alma de un hombre simplemente si es verdadera?”  Contemple la prueba de ello. La fe de este hombre tenía tan solamente un día de existencia sin embargo lo condujo a Cristo y lo preservó del infierno.

¿Por qué, entonces, cualquier hombre o mujer debe desesperarse con un pasaje como éste de la Biblia?  Jesús es un médico que puede curar casos desesperanzados. Él puede avivar almas muertas y declarar cosas que no son como  pretendíamos.

¡Nunca ningún hombre o mujer debe desesperarse! Jesús es aún el mismo que fue 800 años atrás. Las llaves de la muerte y el infierno están en Su mano. Cuando Él abre nadie puede cerrar.

¿Y qué si sus pecados sean tantos como los cabellos de su cabeza? ¿Y qué si sus hábitos viles hayan crecido conjuntamente con usted y se hayan fortalecido con su fortaleza? ¿Y qué si usted ha odiado lo bueno y amado lo malo en todos los días de su vida? Estas cosas son verdaderamente tristes pero existe esperanza, aún para usted. Cristo puede sanarlo, Cristo puede sacarlo de su bajo estado. El cielo no está cerrado para usted. Cristo es capaz de admitirlo si usted humildemente pone su alma en Sus manos.

¿Han sido sus pecados perdonados? Si no, pongo delante suyo este día una salvación completa y gratis. Lo invito a seguir los pasos del ladrón penitente, a venir a Cristo y vivir. Le digo que Jesús es muy compasivo y es de tierna misericordia. Le digo que Él puede hacer todo lo que su alma requiera. Aunque sus pecados sean como una escarlata, Él puede volverlos blancos como la nieve, aunque ellos sean rojos como el carmesí, ellos serán como la lana. ¿Por qué no puede ser salvo como cualquier otro?  Venga a Cristo y viva.

¿Es usted un creyente verdadero?  Si lo es, usted le debe la Gloria a Cristo. La gloria no es su propia fe, sus propios sentimientos, su propio conocimiento, sus propias oraciones, sus propias correcciones, su propia diligencia. Gloria en nada más que en Cristo. Alas! Los mejores entre nosotros saben sólo un poco de ese Salvador misericordioso y poderoso. No lo exaltamos ni lo gloriamos lo suficiente. Oremos para que podamos ver más de la llenura que existe en Él.

¿Trata alguna vez de hacer el bien a otros?  Si lo hace, recuerde de hablarles de Cristo. Háblale al joven, al pobre, al anciano, al ignorante, al enfermo, al moribundo – Háblele a todos ellos acerca de Cristo.  Hábleles de Su poder, de Su amor, de Sus obras y dígales de Sus sentimientos; dígales lo que Él ha hecho por el mayor de los pecadores; dígales que El está deseoso de hacerlo hasta el fin de los tiempos; dígaselos una y otra vez.  Nunca se canse de hablar de Cristo. Dígales abierta y completamente, libre e incondicionalmente, sin reservas ni dudas: “Venga a Cristo, como el ladrón penitente lo hizo; venga a Cristo y será salvo”.

2. Si algunos son salvados en la mismísima hora de su muerte, otros no.

Esta es una verdad que no debe nunca soslayarse y no me atrevo a dejarla pasar. Es una verdad que permanece abierta en el triste final del otro malhechor y que es solamente muy a menudo olvidada. Los hombres olvidan que había “dos ladrones”.

¿Qué fue del otro ladrón que fue crucificado? ¿Por qué no se volvió de sus pecados y clamó al Señor? ¿Por qué permaneció duro e impenitente?  ¿Por qué no fue salvado?  Es inútil tratar de contestar tales preguntas.  Contentémonos con el hecho como lo conocemos y veamos cuál es la enseñanza que esto encierra.

No tenemos derecho alguno de decir que este ladrón era peor hombre que su compañero puesto que no tenemos pruebas.  Ambos definitivamente eran hombres perversos; ambos estaban recibiendo la correcta recompensa de sus obras; ambos colgaban a cada lado de nuestro Señor Jesucristo; ambos lo escucharon orar por Sus asesinos; ambos Lo vieron sufrir pacientemente. Pero mientras uno de ellos se arrepintió, el otro permaneció duro; mientras el uno comenzó a orar, el otro continúo blasfemando; mientras el uno fue convertido en su última hora, el otro murió en su condición de hombre malo –como había vivido; mientras uno fue conducido al paraíso, el otro fue a su propio lugar –el lugar del demonio y sus ángeles.

Estas cosas están escritas para nuestra advertencia. Hay tanto advertencia como consolación en estos versículos; y es también una muy seria advertencia.

Estos versículos  me dicen enfáticamente que aunque algunos pueden arrepentirse y ser convertidos en sus lechos de muerte, eso no significa de ningún modo que todos lo harán.  El lecho de muerte no es siempre un tiempo de salvación.

Estos versículos me dicen enfáticamente que dos hombres pueden tener las mismas oportunidades de conseguir el bien para sus almas, pueden estar en la misma posición, ver y oír las mismas cosas y aún así sólo uno de los dos puede tomar ventaja de ellas, arrepentirse, creer y ser salvado.

Estos versículos me dicen, sobretodo, que el arrepentimiento y la fe son regalos de Dios y que no están dentro del poder propio del hombre; y que si alguno se engaña a sí mismo con la idea de que puede arrepentirse en su propio momento, escoger su propia ocasión, buscar al Señor cuando a él le plazca y -como el ladrón penitente- ser salvo en el último momento,  a la larga puede descubrir el gran engaño.

Y es bueno y provechoso guardar esto en la mente. Hay una inmensa cantidad de engaño en el mundo respecto de este tema. Veo a muchos permitir que su vida se deslice sin preparación alguna para morir.  Veo a muchos que debieran arrepentirse sin embargo hacen a un lado su propio arrepentimiento. Y creo que una gran razón para ello es que muchos hombres suponen que pueden volverse a Dios sólo cuando ellos quieran. Arrancan la parábola del trabajador en la viña, la cual habla de la hora undécima, y la usan de una forma que nunca fue pensada para ella. Se solazan con las partes agradables de los versículos que ahora estoy considerando y olvidan el resto. Ellos hablan del ladrón que fue al paraíso y fue salvado y se olvidan de aquel que murió como había vivido y que se perdió.

Ruego a cada hombre con sentido común que lee este mensaje tener cuidado de caer en este error.

Mire la historia de los hombres en la Biblia y vea cuán a menudo estas nociones de las que hablo son contradichas.  Note bien cómo existen muchas pruebas de que a dos hombres les fue ofrecida la misma luz y sólo uno la usó, y que nadie tiene el derecho de tomarse libertades con la misericordia de Dios, y presumir que será capaz de arrepentirse cuando a él le plazca.

Mire a Saúl y David. Vivieron casi en el mismo tiempo, eran de un mismo rango social, fueron llamados a la misma posición en el mundo; disfrutaron del ministerio del mismo profeta, Samuel; ¡reinaron el mismo número de años!  Sin embargo, uno era salvo y el otro se perdió.

Mire a Sergio Pablo y Galio. Ambos eran gobernadores romanos, ambos eran sabios y prudentes en su generación; ¡ambos oyeron al apóstol Pablo predicar! Pero sólo uno creyó y fue bautizado, y el otro “no consideró ninguna de esas cosas” (Hech 18:17).

Mire el mundo que lo rodea. Vea lo que continuamente está sucediendo ante sus ojos. Dos hermanas frecuentemente atenderán al mismo ministerio, escucharán las mismas verdades, oirán los mismos sermones y aún así sólo una será convertida al Señor, mientras la otra permanece totalmente impasible.  Dos amigos a menudo leen los mismos libros religiosos y mientras uno es tocado –y abandona todo por Cristo; el otro no ve nada en absoluto en él y continúa siendo el mismo que antes.  Cientos han leído el libro de Doddridge (Aumento y Progreso de la Religión en el alma) sin provecho (junto con Wilberforce,  Doddridge fue uno de los comienzos de la vida espiritual). Miles han leído el libro de Wilberforce (Visión práctica del cristianismo) y lo dejan a un lado sin cambio alguno, distinto del caso de Leigh Richmond quien lo leyó y se convirtió en otro hombre. Ningún hombre tiene ninguna garantía para decir: “La salvación está en mi propio poder”.

No pretendo explicar estas cosas.  Sólo las pongo ante usted como grandes hechos y le pido las sopese bien.

No debe malentenderme. No quiero desalentarlo. Le digo estas cosas con todo afecto, para darle una advertencia del peligro.  No se las digo para conducirlo fuera el cielo. Las digo más bien para conducirlo a él y traerlo a Cristo, mientras Él pueda ser hallado.

Deseo que esté alerta de la presunción. No abuse de la misericordia y compasión de Dios.  No continúe en el pecado. Le ruego no pensar que usted puede arrepentirse y creer y ser salvo sólo cuando usted lo quiera, o le plazca, o lo desee o lo escoja.  Pondría siempre ante usted  una puerta abierta.  Le diría “mientras hay vida hay esperanza” pero si usted fuera sabio, no aplace nada que tenga relación con su alma.

Quiero que esté consciente de dejar fluir los buenos pensamientos y las convicciones devotas, si las tiene.  Atesórelas y aliméntelas, no sea que las pierda para siempre. Haga lo máximo de ellas, no sea que tomen alas y vuelen lejos. ¿Tiene una inclinación para comenzar a orar? Póngalo en práctica de inmediato.  ¿Tiene una idea de comenzar a servir realmente a Cristo? Dispóngase de inmediato. ¿Está usted disfrutando de alguna luz espiritual? Vea que usted avive esa luz.  No juegue con las oportunidades, no sea que llegue el día en que usted desee usarlas y no sea capaz.  No descanse, no sea que usted se vuelva sabio demasiado tarde.

Quizá usted puede decir “nunca es tarde para arrepentirse”. Yo le digo: “Eso es correcto pero un arrepentimiento tardío rara vez es verdadero”.  Y más aún, usted no puede tener certeza de que si aplaza arrepentirse ahora, lo hará alguna vez en el futuro.

Usted puede decir “¿Por qué debo tener miedo? El ladrón penitente fue salvado”. Yo le contesto “eso es verdad, sin embargo mire nuevamente el pasaje que le dice que el otro ladrón se perdió”.

3.  El Espíritu siempre conduce a las almas salvadas por un mismo camino.

Este es un punto que merece atención particular y es a menudo pasado por alto. Los hombres miran el hecho central de que el ladrón penitente fue salvado cuando estaba muriendo y no ven más allá.

No consideran las evidencias que este ladrón dejó tras sí. No observan la prueba abundante que dio el trabajo del Espíritu en su corazón. Y esas pruebas son las que deseo rastrear. Deseo mostrarle que el Espíritu siempre trabaja de una sola forma, y que, ya sea que convierta un hombre en una hora, como Él lo hizo con el ladrón penitente, o gradualmente, como hace con otros.  Los pasos por los cuales Él conduce las almas al cielo siempre son los mismos.

Déjenme aclarar esto a todo aquel que lea este mensaje.  Deseo ponerlo en guardia.  Deseo que remueva la noción común de que existe un camino real fácil para ir desde la cama de moribundo al cielo. Deseo que entienda concienzudamente que cada alma salvada pasa por la misma experiencia, y que los principios claves de la religión del ladrón penitente eran exactamente los  mismos que aquellos del más anciano santo haya alguna vez vivido.

a. Vea cuán fuerte era la fe de este hombre. El llamó a Jesús “Señor”. El declaró su creencia de que Él tendría un “reino”.  Él creía que Él era capaz de darle vida eterna y gloria, y en esta creencia oró hacia Él.  El sostuvo Su inocencia de todos los cargos que le eran imputados. “Este hombre  -dijo- no ha hecho nada malo”.  Quizá, otros podrían haber tenido al Señor como inocente –nadie lo dijo tan abiertamente salvo este pobre hombre moribundo.

¿Y cuándo sucedió todo esto? Pasó cuando la nación completa había negado a Cristo, gritando “Crucifíquenlo, crucifíquenlo… no tenemos más rey que César”;  cuando los más altos sacerdotes y fariseos lo habían condenado y encontrado “culpable de muerte”; cuando sus propios discípulos lo abandonaron y huyeron; cuando Él estaba colgando, débil, sangrando y muriendo en la cruz, contado entre los transgresores y tenido como execrable. Esta era la hora en que el ladrón creyó en Cristo y ¡oró a Él! Es seguro que una fe como esa nunca había sido vista desde el comienzo del mundo.

Los discípulos habían visto poderosas señales y milagros. Habían visto a los muertos levantarse con una palabra y a los leprosos sanarse con un toque, los ciegos recibiendo vista, los mudos hablando, el paralítico caminando. Ellos habían visto a miles siendo alimentados con unos pocos panes y pescados. Ellos habían visto a su maestro caminando sobre las aguas como si fuera tierra seca. Todos ellos lo habían escuchado hablar como ningún hombre había alguna vez hablado, mantener las promesas de las cosas buenas por venir.  Algunos de ellos habían vivido el anticipo de Su gloria en el monte de la transfiguración.  Indudablemente su fe era “el regalo de Dios” no obstante aún así no hicieron nada.

El ladrón moribundo no vio ninguna de estas cosas que he mencionado. El sólo vio a nuestro Señor en agonía y en debilidad, en sufrimiento y en dolor. Lo vio soportando un castigo deshonroso, abandonado, mofado, despreciado, blasfemado. Lo vio ser rechazado por todos los grandes, los sabios y nobles de Su propio pueblo.  Su vigor secándose como un tiesto, Su vida acercándose a la tumba (Sal 22:15; 88:3).  No vio ningún cetro, ninguna corona real, ningún dominio externo, ninguna gloria, ninguna majestad, ningún poder, ninguna señal de poder y, a pesar de ello, el ladrón moribundo creyó y buscó el reino de Cristo.

¿Sabría si tuviera el Espíritu? Entonces señale la pregunta que pongo ante usted este día:  ¿Dónde está su fe en Cristo?

b. Vea qué sentido del pecado tan correcto tenía el ladrón.  Él dice a su compañero: “Nosotros recibimos la debida recompensa a nuestras obras”. El reconoce su propia impiedad y la justicia de su castigo.  No hace ningún intento de justificarse a sí mismo, ni da excusas para su perversión. El habla como un hombre humilde y humillado con la remembranza de sus pasadas iniquidades. Esto es lo que todos los hijos de Dios sienten. Ellos están listos para aceptar que son pobres pecadores merecedores del infierno. Ellos pueden decir con sus corazones, así como sus labios: “No hemos hecho las cosas que debíamos hacer y hemos hecho las cosas que no debimos hacer, no hay ninguna sanidad en nosotros”.

¿Sabría si usted tiene el Espíritu?  Entonces note mi pregunta: ¿Siente usted sus pecados?

c. Vea qué amor fraternal el ladrón mostró a su compañero. El trató de detener sus quejas y blasfemias, y llevarlo a un estado mental mejor. “¿No temes a Dios” –dijo- “viendo que estás en la misma condenación?   ¡No hay marca más certera de gracia que esta! La gracia remueve al hombre de su orgullo y lo hace preocuparse por las almas de otros. Cuando la mujer samaritana se convirtió, ella dejó el cántaro de agua y corrió a la ciudad, diciendo “Vengan a ver al hombre que me dijo todas las cosas que he hecho. ¿No será este el Cristo”?

¿Sabría usted si usted tiene el Espíritu? Entonces ¿dónde está su caridad y amor por las almas?

En una palabra, usted ve en el ladrón penitente el trabajo terminado del Espíritu Santo. Cada parte del carácter de un creyente debe ser examinada en él. Tan corta como fue su vida antes de su conversión, él encontró tiempo para dejar abundante evidencia de que era un hijo de Dios.  Su fe, su oración, su humildad, su amor fraternal, son testigos inequívocos de la veracidad de su arrepentimiento.  No era un penitente sólo de nombre sino de obra y en verdad.

Por lo tanto, no permitamos que ningún hombre pueda pensar que debido a que el ladrón penitente fue salvado, que los hombres pueden ser salvados sin dejar ninguna evidencia del trabajo del Espíritu. El hombre que así piensa debe considerar bien las evidencias que este ladrón dejó tras sí y preocuparse.

Es una lástima escuchar lo que las personas algunas veces dicen sobre lo que ellos llaman evidencias del lecho de muerte. Es perfectamente aterrador observar cómo lo poco satisface a algunos y cuán fácilmente ellos se persuaden a sí mismos que sus amigos han ido al cielo. Ellos le dirán, cuando su pariente se ha muerto e ido, que “él oró bellamente un día”, o que “él hablaba tan bien”, o que “él estaba apenado por su vida pasada y que proponía vivir de forma diferente si se recuperaba”, o que “él no ansiaba nada de este mundo”, o que “a él le agradaba que la gente le leyera y orara con él”.  Y debido a que ellos tienen esto para continuar, parecen tener una acomodada esperanza de que ¡él fue salvado!  Puede que Cristo nunca haya sido nombrado, el camino a la salvación puede no haber sido nunca, en lo más mínimo, mencionado. Pero eso no tiene importancia;  había muy poca conversación religiosa y ¡así están satisfechos!

No tengo el deseo de herir los sentimientos de nadie que lea este mensaje, sin embargo, debo hablar abiertamente sobre este tema.

De una vez por todas, déjenme decir que, como una regla general, nada es tan insatisfactorio como las evidencias en el lecho de muerte. Las cosas que los hombres dicen, los sentimientos que ellos expresan cuando están enfermos y asustados no son para depender de ellos. A menudo, demasiado a menudo,  estas manifestaciones son el resultado del miedo, no nacen del fondo del corazón. A menudo, demasiado a menudo, son cosas dichas de memoria, sacadas de los labios de ministros y amigos ansiosos y que evidentemente no se sienten en verdad. Y nada puede probar todo esto más fehacientemente que el hecho bien conocido que la gran mayoría de las personas que hacen promesas de cambios en sus camas de enfermos, y que entonces por primera vez hablan sobre religión, si se recuperan, vuelven a pecar y al mundo.

Cuando un hombre ha vivido una vida licenciosa y de locura, desearía más que unas pocas palabras justas y unos buenos deseos para satisfacerme sobre el estado de su alma en el momento en que se acerque a su lecho de muerte.  No es suficiente para mí que me deje leerle la Biblia, que ore al borde de su cama, que me diga que “no había pensado tanto como debiera en la religión y que piensa que debería ser un hombre diferente si se recuperara”. Nada de esto me place, no me hace sentir feliz sobre su estado. Está bien mientras sucede pero no es una conversión. Está muy bien de esta manera pero no es fe en Cristo. Hasta que vea la conversión y la fe en Cristo, no puedo ni me atrevo a sentirme satisfecho. Otros pueden sentirse satisfechos si eso les place, y que sus amigos después de la muerte digan que esperan que él se haya ido al cielo. Por mi parte, preferiría acallar mi lengua y no decir nada. Estaría contento con una mínima medida de arrepentimiento y fe en un hombre moribundo, aunque no sea más grande que un grano de mostaza. Estar contento con algo menos que el arrepentimiento y la fe me parece a mí como la siguiente puerta hacia la infidelidad.

¿Qué clase de evidencia del estado de su alma desea dejar tras suyo?  Tome el ejemplo del ladrón penitente y hará bien.

Cuando  lo conduzcamos a su angosta cama, no permita que tengamos que buscar palabras vagas y trocitos de religión para deducir que usted era un creyente verdadero. Que no tengamos que decirnos los unos a los otros de una forma vacilante “confío que es feliz; habló tan bien un día, parecía tan complacido con un capítulo de la Biblia, en otra ocasión;  a él le gustaba esa persona que es tan buena”. Permítanos ser capaz de hablar sin duda alguna de su condición; que tengamos prueba sólida de su arrepentimiento, de su fe y de su santidad de manera tal que ninguno pueda en ningún momento cuestionar su estado. Dependa de esto.  Sin esto, aquellos que usted deja atrás no podrán sentir un consuelo sólido por su alma. Podemos usar las formas religiosas en su sepelio y manifestar esperanzas benévolas. Podemos encontrarlo a la puerta del cementerio y decir “Benditos los que murieron en el Señor”. Sin embargo, todo esto ¡no alterará su real condición! Si usted muere sin haberse convertido a Dios, sin arrepentimiento, y sin fe, su funeral será sólo un funeral de un alma perdida y sería mejor que usted no hubiera nacido.

4. Los creyentes en Cristo que mueren están con el Señor.

En el siguiente lugar, se supone que aprendamos de estos versículos que los creyentes en Cristo, cuando mueren, están con el Señor.

Esto lo puede deducir de las palabras de nuestro Señor al ladrón penitente: “En este mismo día estarás conmigo en el paraíso”.  Y usted tiene una expresión bastante similar en la Epístola a los Filipenses, en la que Pablo dice que tiene el deseo de “partir y estar con Cristo” (Fil. 1:23).

Diré poco sobre el tema. Lo dejo simplemente planteado para sus meditaciones personales.  Para mí, está lleno de consuelo y paz.

Los creyentes después de su muerte están “con Cristo”. Esto da respuesta a muchas preguntas difíciles, las cuales de otra forma podrían intrigar a la mente ocupada y ansiosa del hombre. La morada de los santos muertos, sus regocijos, sus sentimientos, su felicidad – todo parece encontrarse en esta simple expresión: Ellos están “con Cristo”.

No puedo entrar en mayores explicaciones sobre el estado separado de los creyentes que han partido. Es un tema tan elevado y profundo que la mente de ningún hombre puede asir ni comprender. Sé que su sentido de felicidad será poco comparado con lo que será cuando sus cuerpos sean restablecidos en la resurrección en el último día y Jesús regrese a la tierra. No obstante, también sé que ellos gozan del bendecido descanso, un descanso del trabajo, un descanso de la pena, un descanso del dolor y un descanso del pecado. Sin embargo esto no se produce porque no puedo explicar estas cosas, puesto que estoy convencido que ellos son mucho más felices de cuánto lo fueron cuando estuvieron en la tierra. Veo su felicidad en este mismo pasaje bíblico que dice  que ellos están “con Cristo”, y cuando lo veo, veo lo suficiente.

Si la oveja está con el Pastor, si los miembros están con la Cabeza, si los hijos de la familia de Cristo están con Aquél que los amó y los acompañó en todos los días de su peregrinación en la tierra, todo debe ser bueno, todo debe estar bien.

No puedo describir qué clase de lugar es el paraíso porque no puedo entender la condición de un alma separada del cuerpo. Sin embargo no veo una visión más clara del paraíso que esta: Cristo está allí. Todas las otras cosas, como en una pintura en la cual la imaginación vuela del estado entre muerte y resurrección, no son nada comparadas con esto. Cómo está El allí, y en qué forma El está allí, no lo sé. Déjenme ver a Cristo en el paraíso cuando mis ojos se cierren en la muerte y eso me es suficiente. Bien hace el salmista que dice “En Tu presencia está la plenitud del gozo” (Sal. 16:11). Fue un decir verdadero el de una niña moribunda, cuando su madre trató de consolarla con una visión del paraíso: “Allí, -ella dijo a la niña-  no habrá olor, ni enfermedad, allí verás a tus hermanos y hermanas que te han precedido, y serás por siempre feliz”. “Ah, mamá -fue su respuesta-  hay una cosa mejor que todas y esa es que ¡Cristo estará allí!

Puede ser que usted no piense mucho acerca de su alma. Puede ser que sepa poco de Cristo como su Salvador y que no haya nunca probado por experiencia de que El es precioso. Y aún más, quizá usted espera ir al paraíso cuando muera. Seguramente este pasaje bíblico es uno que debiera hacerlo pensar. El paraíso es un lugar donde está Cristo.  Entonces, ¿podría ser un lugar que usted disfrutaría?

Puede ser que usted sea un creyente, y aún así tiemble ante el pensamiento de la tumba. Parece frío y deprimente.  Usted siente como si todo lo que está en frente suyo fuera oscuro y lúgubre e incómodo. No tema, anímese con este texto. Usted va al paraíso y Cristo estará allí.

5.  La parte eterna del alma de cada hombre está cerca de El

“Hoy mismo”, dice nuestro Señor al ladrón penitente, “hoy tú estarás Conmigo en el paraíso”. No habla en la lejanía del tiempo. El no habla de Su entrada en un estado de felicidad como un hecho “lejano”. El habla de hoy –“Este mismo día en que ustedes están colgados en la cruz”.

¡Cuán cercano parece eso! ¡Cuán temiblemente cerca esa palabra trae a nosotros la morada eterna!  Felicidad o miseria, agobio o gozo, la presencia de Cristo a la compañía de demonios –todos están cerca de nosotros. “Solo un paso –dice David- entre yo y la muerte” (1 Sam. 20:3).  Sólo hay un paso, podríamos decir, entre nosotros y entre el paraíso o el infierno.

Ninguno de nosotros se da cuenta de esto de la forma que debiéramos. Es un momento culmine para sacudirnos de la somnolencia mental que vivimos sobre esta materia. Estamos aptos para hablar y pensar, aún los creyentes, como si la muerte fuera un largo viaje, como si el santo moribundo se hubiese embarcado en un largo viaje. Esto está mal, muy mal! El puerto y su morada están muy cerca y ellos han entrado en ellos.

Algunos de nosotros sabemos por amarga experiencia que un tiempo largo y agotador está entre la muerte de aquellos que amamos y la hora en que los sepultemos. Esas semanas son las semanas más lentas, las más tristes, las más pesadas de nuestra vida… Sin embargo, bendito sea Dios, las almas de los santos que partieron son liberadas en el mismo momento en que dan su último aliento. Mientras estamos llorando y el ataúd se prepara y el duelo se vive, y los últimos arreglos penosos se realizan, los espíritus de nuestros amados están disfrutando de la presencia de Cristo. Son libertados para siempre de la carga de la carne.  Ellos están “donde lo perverso cesa de airarse y los cansados descansan” (Job 3:17).

En el exacto momento en que los creyentes mueren ellos están en el paraíso. Su batalla ya fue dada, su lucha ha terminado. Ellos han pasado a través del valle de sombras que todos un día debemos andar; han cruzado el río oscuro que todos un día debemos cruzar. Han bebido la última copa de amargura que el pecado ha mezclado para el hombre; han llegado al lugar donde la pena y susurro nunca más son. ¡Con seguridad no deberíamos desear el retorno de ellos!  No debemos llorar por ellos sino por nosotros mismos.

Nosotros estamos guerreando aún pero ellos están en paz. Trabajamos mientras ellos están en descanso.   Miramos y ellos duermen. Usamos nuestra armadura espiritual mientras ellos se la han sacado para siempre.  Estamos en medio del mar mientras ellos están seguros en el puerto. Lloramos mientras ellos tienen gozo.  Somos extranjeros y peregrinos, mientras ellos están en casa. ¡Es por seguro que están mejor los que han muerto en Cristo que aquellos que viven! Con certeza, en la misma hora que el pobre santo muere, inmediatamente él es mayor y más feliz que aquel que es mayor sobre la tierra.

Me temo que existe un gran porción de deliro sobre este punto. Me temo que muchos de aquellos que no son romanos y apostólicos y que profesan fe y que no creen en el purgatorio, tienen –a pesar de- en sus mentes algunas extrañas ideas sobre las consecuencias inmediatas de la muerte.

Me temo que hay una especie de vaga noción de que hay un intervalo o espacio de tiempo entre la muerte y su estado eterno. Fantasean que irán a través de una especie de cambio purificador, y que aunque hayan muerto no aptos para el cielo  ¡se encontrarán allí después de todo!

No obstante, esto es un completo error.  No hay ningún cambio después de la muerte, no hay conversión en la tumba, no se nos da un nuevo corazón después del último aliento de vida.  El mismo día en que partimos, lo hacemos para siempre, el día en que abandonamos este mundo comenzamos una condición eterna.  Desde ese día no hay una alteración espiritual, no hay cambio espiritual. Como estamos y somos al momento de morir, de esa misma forma recibiremos nuestra parte después de la muerte. Como el árbol cae, del mismo modo debe yacer.

Si usted es un inconverso, esto debiera hacerlo pensar. ¿Sabe usted que está cercano al infierno? Hoy mismo usted puede morir y si muere apartado de Cristo, usted abrirá sus ojos inmediatamente en el infierno y en el tormento.

Si usted es un cristiano verdadero, usted está bastante más cercano del cielo de lo que piensa. En este mismo día, si el Señor lo tomara, usted se encontraría a sí mismo en el paraíso. La promesa de la buena tierra está cercana a usted. Los ojos que usted cierra en la debilidad y el dolor se abrirían de inmediato en un descanso glorioso, tan glorioso que mi lengua no puede describir.


Y ahora déjenme decir unas pocas palabras para concluir.

1. Este mensaje puede caer en las manos de un pecador con corazón humilde y contrito. ¿Es usted ese hombre?  Entonces aquí hay estímulo para usted.  Vea lo que el ladrón penitente hizo y haga lo mismo. Vea como el oró, vea como él clamó a nuestro Señor Jesucristo; vea la respuesta de paz que el obtuvo. Hermano o hermana ¿por qué no debería hacer lo mismo?  ¿Por qué no podría ser salvado también?

2.  Este mensaje puede caer en las manos de un hombre orgulloso y presuntuoso del mundo. ¿Es usted ese hombre? Entonces considere la advertencia. Vea como el ladrón impenitente murió como había vivido y tenga cuidado de no llegar al mismo fin. Oh, hermano o hermana pecadora, ¡no esté demasiado confiado no sea que muera en sus pecados! Busque al Señor mientras El pueda ser hallado. Vuélvase, vuelva; ¿por qué morirá?

3.  Este mensaje puede caer en las manos de un cristiano profesante en Cristo. ¿Es usted uno de ellos?  Entonces tome la religión del ladrón penitente como un medio a través del cual probarse a sí mismo.  Cerciórese que usted sabe algo del verdadero arrepentimiento y la fe salvadora, la real humildad y la caridad fervientes. Hermano o hermana, no esté satisfecho con los estándares religiosos del mundo. Tenga la misma mente con el ladrón penitente, y será sabio.

4. Este mensaje puede caer en las manos de alguien que está en duelo por creyentes que han partido.  ¿Es usted uno de ellos? Entonces tome aliento de esta Escritura. Vea como sus seres queridos están en las mejores manos. No pueden estar mejor. Nunca estuvieron mejor en sus vidas de cómo lo están ahora.  Están con Jesús que amó sus almas mientras estuvieron en la tierra. Oh, ¡cese su duelo orgulloso! Mejor regocíjese porque ellos han sido liberados de problemas y han entrado en descanso.

5. Y este mensaje puede caer en las manos de algunos sirvientes antiguos de Cristo. ¿Es usted uno de ellos?  Entonces vea a través de estos versículos cuán cerca está de casa. Su salvación está más cercana que el día en que hizo su profesión de fe. Unos pocos días más de trabajo y pena y el Rey de reyes enviará por usted, y en un momento su batalla terminará y todo será paz.

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