La soberanía de Dios y nuestras oraciones – R. C. Sproul

Mi primera clase en Free University de Ámsterdam echó por tierra mi autocomplacencia académica. Fue un shock cultural, una prueba de contrastes que comenzó en el momento en que el profesor, el Dr. G.C. Berkouwer entró en la sala. Cuando apareció por la puerta, todos los estudiantes se pararon firmes mientras subía los peldaños del estrado, abría su cuaderno de notas y en silencio, asentía para que los estudiantes se sentaran. Entonces, comenzaba a dar su clase y los estudiantes, en un silencio sagrado, escuchaban obedientemente y tomaban notas durante una hora. Nadie se atrevió nunca a interrumpir o distraer al profesor atreviéndose a levantar la mano. La sesión estaba dominada por una sola voz: la voz a la que todos prestábamos atención.

Al terminar la clase, el profesor cerraba su cuaderno, descendía del estrado y se iba apresuradamente, no sin que antes los estudiantes se hubiesen puesto una vez más de pie en su honor. No había conversaciones, no había citas para después, no había cotilleos. Ningún estudiante se dirigió nunca al profesor excepto en los exámenes orales privados que estaban programados.

Cuando tuve mi primer examen de ese tipo estaba aterrorizado. Fui a la casa del profesor esperando pasar un calvario. Pero a pesar de lo exigente del examen, no lo fue. El doctor Berkouwer se mostró amable y acogedor. Como si fuera mi tío, me preguntó por mi familia. Se mostró muy preocupado por mi bienestar y me pidió que le preguntase lo que quisiera.

De cierta manera, esta experiencia fue como probar un poco del cielo. Naturalmente, el profesor Berkouwer era mortal; pero era un hombre con una inteligencia titánica y conocimientos de enciclopedia. Yo no me encontraba en su casa para enseñarle o para discutir con él: él era el profesor y yo el estudiante. Talvez no había nada del mundo de la teología que él pudiera aprender de mí, y aún así, me estuvo escuchando como si realmente pensase que yo podía enseñarle algo. Se tomaba muy en serio mis respuestas ante sus sagaces preguntas. Era como si un padre cariñoso le estaría preguntando cosas a su hijo.

Esta situación es la mejor analogía humana en la que puedo pensar para darle respuesta a la vieja pregunta de: Si Dios es soberano, ¿para qué hay que orar? No obstante, tengo que decir que esta analogía no es comparable. Aunque Berkouwer me sobrepasaba con su conocimiento, éste no era infinito sino limitado. En ningún caso era omnisciente.

De forma contraria, cuando hablo con Dios, no estoy hablando simplemente con un Gran Profesor en el Cielo. Estoy hablando con alguien que posee todo el conocimiento, alguien que no va a aprender nada de mí que Él no sepa ya. Él conoce todo lo que se puede conocer, incluyendo todo lo que tengo en mi cabeza. Él ya sabe todo lo que tengo que decirle antes de que se lo diga. Él sabe lo que va a hacer antes de que lo haga. Su conocimiento es soberano porque Él es soberano. Su conocimiento es perfecto, inalterable.

Aunque a veces la Biblia se limita al lenguaje humano expresando la idea de que Dios cambia su parecer, cede o se arrepiente de Sus planes, en otros lugares ésta nos recuerda que las formas de expresión humanas son sólo eso, y que Dios no es hombre para que se arrepienta. En Él no hay atisbo de cambio. Su consejo permanece por siempre. Él no tiene un plan B. Un plan B es un plan “de emergencia”, y aunque Dios conoce todas las situaciones de emergencia, para Él mismo no existen tales.

La gente se pregunta: ¿la oración cambia la voluntad de Dios? Hacer esa pregunta es responderla. ¿Qué clase de Dios podría verse influenciado por mis oraciones? ¿Cómo podrían mis oraciones cambiar Sus planes? ¿Puede ser que yo le dé a Dios alguna información que Él no tenga ya? O ¿podría persuadirle de hacer algo de una forma más excelente gracias a mi sabiduría superior? Por supuesto que no. No estoy capacitado en absoluto para ser el mentor de Dios o su asesor en la toma de decisiones. Por tanto, la respuesta es sencillamente que la oración no cambia la voluntad de Dios.

Pero supongamos que preguntamos sobre la relación entre la soberanía de Dios y nuestras oraciones de una manera ligeramente distinta: ¿La oración cambia las cosas? La respuesta ahora se convierte en un enérgico “¡Sí!”. Las Escrituras nos dicen que “La oración eficaz del justo puede lograr mucho” (Santiago 5:16). Este texto declara que la oración es efectiva, no un ejercicio piadoso de inutilidad. Lo que es inútil no logra nada. Sin embargo, la oración logra mucho. Lo que logra mucho nunca es inútil.

¿Qué logra la oración? ¿Qué cambia?

En primer lugar, mis oraciones me cambian.
El propósito de la oración no es cambiar a Dios. Él no cambia porque no necesita cambiar, pero yo sí. Igual que las preguntas del doctor Berkouwer no eran para su beneficio sino para el mío, mi tiempo con Dios es para mi edificación, no para el de Él. La oración es uno de los grandes privilegios que se nos dio junto con la justificación. Una de las consecuencias de nuestra justificación es que tenemos acceso a Dios. Hemos sido adoptados en Su familia y hemos recibido el derecho a dirigirnos a Él llamándole Padre. Somos alentados a acudir a Su presencia confiadamente (existe por supuesto una diferencia entre confianza y arrogancia).

Pero la oración también cambia cosas.
En términos prácticos, podemos decir que la oración funciona. Aquello que es efectivo es aquello que provoca o produce efectos. En teología, se distingue entre causalidad primaria y secundaria. La causalidad primaria es la fuente de poder de todas las causas. Cuando la Biblia dice “porque en Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hechos 17:28), indica que sin la providencia de Dios que nos sustenta, no tendríamos ninguna fuerza para vivir, movernos o existir. Toda la fuerza que nosotros tenemos es secundaria; siempre depende de Dios para su eficacia final, pero aun así, es real. La oración es uno de los medios que usa Dios para que se cumpla la voluntad que Él dispone. Esto quiere decir que Dios no solamente dispone propósitos, sino también los medios que Él usa para que se cumplan esos propósitos.

Dios no necesita que prediquemos para salvar a Su pueblo. Aun así, ha elegido obrar mediante la predicación

Oramos con esperanza y confiadamente no sólo por la soberanía de Dios, sino a causa de ella. Lo que sería una pérdida de aliento y de tiempo sería orar a un dios que no fuera soberano…

Fuente: Gospel Translations

Visto en: SigueLaMataDando

Si te ha sido útil esta entrada, compártela

1 Comentario

Responder