Santidad: 8. Moisés – J. C. Ryle

 

Capítulos anteriores del libro:

1. Introducción

2. Pecado

3. Santificación

4. Santidad

5. La batalla

6. El costo

7. Crecimiento

8. Certeza

 

Traducido por Erika Escobar

MOISES – UN EJEMPLO

Por fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón” (Heb. 11:24-26)

Los carácteres de los santos más eminentes de Dios, como se perfilan y describen en la Biblia, son la parte más útil de las Santas Escrituras.  Doctrinas abstractas, principios y preceptos son todos  valiosos a su manera, pero –después de todo- no hay nada más útil que un modelo o ejemplo.   ¿Queremos saber qué es la santidad práctica?  Sentémonos y estudiemos la vida de un hombre eminentemente santo.  Propongo este mensaje para poner a la vista de mis lectores la historia de un hombre que vivió por fe y nos dejó un modelo de lo que la fe puede hacer en promover la santidad en el carácter.  Para todos aquellos que desean saber lo que es “vivir por fe”,  les ofrezco a Moisés como ejemplo.

El capítulo  once de la Epístola a los Hebreos, de la cual tomamos este texto, es un gran capítulo: merece ser impreso en letras de oro.  Puedo imaginar que debe haber sido muy esperanzador y alentador para un judío convertido.  Supongo que ningún miembro de la primera iglesia encontró tanta dificultad en profesar el cristianismo como lo hicieron los hebreos.  El camino era angosto para todos pero esencialmente para ellos.  La cruz era pesada para todos pero seguramente ellos tuvieron que cargar doble peso.  Y este capítulo los refrescaría como un refresco, sería como “vino para aquellos con corazón cargado”.   Sus palabras serían “agradables como la miel del panal, dulce al alma, y salud para sus huesos” (Prov. 31:6, 16:24).

Los tres versículos que voy a explicar están lejos de ser los menos interesantes del capítulo.  En verdad pienso que pocos, si algunos, reclaman tan fuertemente nuestra atención.  Y les explicare por qué lo digo.

Me parece que el trabajo de la fe descrito en la historia de Moisés se aplica especialmente a nuestro propio caso.  Los hombres de Dios que son nombrados en la primera parte del capítulo,  más allá de cualquier duda,  son todos ejemplos para nosotros.  No obstante nosotros no podemos hacer literalmente lo que la mayoría de ellos hizo no importando cuanto bebamos de su espíritu.   No somos llamados a ofrecer literalmente un sacrificio como Abel, o a construir un arca como Noé, o dejar nuestra tierra, a habitar en tiendas o ofrecer nuestro Isaac como Abraham lo hizo.  No obstante, la fe de Moisés se hace más cercana a nosotros.  Parece operar en una manera más familiar a nuestra propia experiencia.  Ella hizo que Moisés tomara una línea de acción como nosotros debemos tomarla en el presente,  cada uno en nuestro propio caminar, si fuéramos cristianos consistentes.  Y por esta razón, pienso que estos tres versículos merecen más que una consideración normal.

No tengo que decir nada más que las cosas más simples acerca de ellos.  Trataré tan solamente de mostrar la grandeza de las cosas que Moisés hizo y el principio por las cuales las hizo.  Y entonces, quizá, estaremos mejor preparados para la  instrucción práctica que los versículos parecen ofrecer a cada uno que las recibirá.

 

1. Lo que Moisés abandonó y rechazó.

Moisés abandonó tres cosas por el bien de su alma.  El sintió que su alma no sería salvada si las mantenía, por lo que las abandonó.  Al hacerlo, digo que él hizo tres de los sacrificios más grandes que el corazón del hombre puede posiblemente hacer.  Veamos.

 

 

1.  Renunció a su rango y a la grandeza.

“Rechazó ser llamado hijo de la Hija de Faraón”.   Todos sabemos su historia.  La hija del Faraón que preservó su vida cuando él era un niño.   Ella fue más lejos que eso:  lo adoptó y lo educó como a su propio hijo.

Si confiamos en los historiadores, ella era la única hija de Faraón.  Algunos van tan lejos en el orden común de las cosas que dicen que Moisés, algún día, ¡habría llegado a ser Rey de Egipto!   Puede ser o no ser, no lo podemos decir.   Es suficiente para nosotros saber que, por esta conexión con la hija de Faraón, Moisés podría haber sido, si lo hubiese querido, un gran hombre.  Si hubiera estado contento con la posición en que se encontraba en la corte egipcia, fácilmente podría haber estado entre los primeros (sino siendo el mismísimo primero) en toda la tierra de Egipto.

Pensemos, por un momento, cuán grande era la tentación.

He aquí un hombre de pasiones como las nuestras.  Podría haber tenido tanta grandeza como la tierra puede dar.  Rango, poder, lugar, honor, títulos, dignidad –Todo estaba ante él y al alcance de sus manos.  Estas son cosas por las cuales muchos hombres continuamente luchan.   Son premios por los cuales el mundo que nos rodea corre incesantemente.  Para ser alguien, para ser admirado, para elevarse en la escala social, ser renombrado… estas son cosas por las cuales se sacrifica mucho tiempo y pensamiento y salud y la vida misma.  Pero Moisés no las tenía como regalo.  Volvió su espalda a ellas.  Las rechazó.   ¡Renunció a ellas!

2. Y más que esto, El rechazó el placer.

Placeres de toda naturaleza, sin duda, estaban a sus pies, si les hubiese gustado tomarlos –placer sensual, intelectual, social – cualquier cosa que pudiera imaginar.  Egipto era una tierra de artistas, la residencia de hombres de conocimiento, un recurso para cualquiera que tuviera habilidad y ciencia de cualquier clase.   No había nada que pudiera alimentar el “deseo de la carne, el deseo de la mirada, o el orgullo de la vida” que faltara y que cualquiera en el lugar de Moisés podría no fácilmente haber alcanzado o poseído como propio (1 Jn 2:16).

Pensemos nuevamente, cuán grande era esta tentación también.

Millones viven por placer.  El hedonismo es el gran espíritu que no sabe de límites, ya sea económicos, sociales, políticos o culturales – El placer es un ídolo que esclaviza a la gran mayoría del mundo.   El escolar busca placer en sus vacaciones de verano, el joven en la independencia y el negocio, el pequeño comerciante busca por él a su jubilación y el hombre pobre en las pequeñas comodidades de casa.  Placer y fresca excitación en política, viajes, diversión, en las relaciones, en los libros, en varios vicios demasiado oscuros para mencionarlos; el placer es la sombra que todos de igual modo buscan; quizá, cada uno pretendiendo menoscabar a su vecino en su búsqueda, cada uno buscando en su propia forma; cada uno preguntándose por que no lo encuentra; cada uno firmemente persuadido de que en un lugar u otro va a encontrarlo.   Esta era la copa que Moisés tenía ante sus labios.  El podría haberla bebido tan profundamente como hubiese gustado por el placer terrenal, pero no la tendría.   Le volvió su espalda.  Lo rechazó.  Renunció al placer.

3.  Y más que esto – El rechazó las riquezas.

“Los tesoros en Egipto” es una expresión que parece decirnos la inconmensurable riqueza que Moisés podría haber disfrutado, si él hubiera estado contento de permanecer junto a la hija de Faraón.   Bien podemos suponer que esos “tesoros” podrían haber sido una poderosa fortuna.   Queda aun suficiente en Egipto como para darnos una somera idea del dinero que estaba a disposición del rey.  Las pirámides y obeliscos y los templos y las estatuas están aun allí como testigos.  Las ruinas de Carnac y Luxor y Denderah y muchos otros lugares son todavía las edificaciones más poderosas del mundo.  Hasta hoy, ellas testifican que el hombre que renunció a la riqueza egipcia, renunció a algo que aún las mentes inglesas encontrarían difícil de contabilizar y estimar.

Pensemos nuevamente cuán grande era esta tentación.

Consideremos, por un momento, el poder del dinero, la inmensa influencia de  ese “amor al dinero” que se apodera de la mente de los hombres.  Miremos a nuestro alrededor y observemos cómo los hombres lo atesoran y qué dolores sorprendentes y problemas están dispuestos a enfrentar para obtenerlo.  Infórmeles de una isla lejana a miles de kilómetros donde se encuentra un tesoro que si se explota puede traer ganancias y una flota de barcos será enviada de inmediato para obtenerlo.  Muéstreles una fórmula para hacer un 1% más rentable su dinero y ellos lo tendrán por el más sabio entre los hombres;  ellos casi caerán  a sus pies y le rendirán pleitesía.  Poseer dinero parece ser la forma de esconder los defectos, de cubrir las faltas y vestir al hombre de virtud.  ¡Las personas harán vista gorda de muchas cosas si usted es rico!   Pero aquí hay un hombre que podría haber sido rico y no lo fue.   No tendría los tesoros egipcios.   El volvió su espalda a ellos.  Los rechazo.  ¡Renunció a ellos!

Esas son las cosas que Moisés rechazó –rango, placer, riquezas- las tres en un solo acto.

Agregue a todo esto lo que él hizo deliberadamente.  No rechazó esas cosas en un impulso de excitación juvenil.  Tenia 40 años.  El estaba en la plenitud de la vida.  El sabia lo que involucraba.   El era un hombre muy educado “conocedor de toda la sabiduría de los egipcios” (Hech. 7:22).  El pudo sopesar los dos lados del asunto.

Agregue a esto que él no las rechazo por obligación.  El no era como el hombre moribundo que nos dice “no ansío nada mas en este mundo”; ¿y por qué?   Porque está dejando el mundo y no puede guardarlo.   El no era como el indigente que hace un mérito la necesidad y dice “No deseo riquezas”, ¿y por qué?  Porque no puede obtenerlas.  El no era como el hombre viejo que presume “he dejado los placeres del mundo”, ¿y por qué?  Porque esta gastado y no puede disfrutarlos.  ¡No!  Moises rechazó lo que él podria haber disfrutado. Rango,placer y riquezas no lo abandonaron, pero él sí a ellas.

Y luego juzgue si estoy o no en lo correcto al decir que su sacrificio fue uno de los más grandes sacrificios que un hombre mortal pudo haber hecho nunca.  Otros han rechazado mucho pero ninguno, pienso, tanto como Moisés.  Otros han hecho bien en su camino de auto sacrificio y abnegación, pero Moisés se destaca por sobre todos ellos.

2. Lo que Moisés escogió.

Moisés escogió tres cosas por el bien de su alma y pienso que sus elecciones son tan maravillosas como sus rechazos.   El camino a la salvación lo condujo a través de ellas, y él siguió el camino y, al hacer de ese modo,  escogió tres de las últimas cosas que un hombre estaría dispuesto a tomar alguna vez.

1.  Moisés escogió el sufrimiento y la aflicción.

El dejo la calma y la comodidad de la corte de Faraón y abiertamente se apartó con los hijos de Israel.   Ellos eran un pueblo esclavo y perseguido – un objeto de desconfianza, sospecha y odio y cualquiera que se afiliara con ellos tendría por seguro el sabor amargo de la copa que ellos bebían diariamente.

A la vista de cualquiera, no había ninguna oportunidad de la liberación de la esclavitud egipcia sin una batalla larga y llena de dudas.   Un hogar establecido y un país para ellos debe haber parecido ser una cosa muy improbable de lograr sin importar cuánto la desearan.  De hecho, si alguna vez un hombre pareció escoger dolor, pruebas, pobreza, deseo, angustia, ansiedad, quizá incluso la muerte, con los ojos abiertos, ese hombre era Moisés.

Pensemos cuán maravillosa fue esta elección.

Naturalmente la carne y la sangre evitan el dolor.   Está en todos nosotros evitarlos.   Nos retacamos por instinto ante el sufrimiento y lo evitamos si podemos.  Si dos cursos de acción están frente a nosotros, y ambos parecen correctos, generalmente tomaremos aquel que es el menos desagradable a la carne y la sangre.   Pasamos nuestros días con miedo y ansiedad cuando pensamos que la aflicción sobrevendrá sobre nosotros y usamos todos nuestros recursos para escapar de ella.  Y cuando esta llega, frecuentemente nos inquietamos y murmuramos bajo su carga, y si tan solamente podemos sobrellevarla con paciencia, lo tenemos como un logro.

No obstante, ¡mire aquí!  Aquí hay un hombre con las mismas pasiones que las nuestras, que efectivamente escoge la aflicción.   Ante sí mismo Moisés vio la copa del sufrimiento si dejaba la corte de Faraón, y la escogió, la prefirió y la bebió.

2.  Pero hizo más que esto,  escogió la compañía de personas despreciadas.

Dejó la sociedad de los poderosos y de los sabios, entre los cuales él había crecido, y se unió a los hijos de Israel.  El, quien había vivido desde su infancia en medio del rango, la riqueza y el lujo,  bajó de su alto estatus y echó su suerte con hombres pobres, esclavos, siervos, ilotas, parias, oprimidos, destituidos, afligidos, atormentados – obreros en los hornos de ladrillo.

¡Cuán maravillosa, una vez más, fue su elección!

Hablando en general, pensamos que es suficiente sobrellevar nuestros propios problemas.  Podemos lamentar que la suerte de otros pueda ser miserable y despreciable.  Podemos incluso intentar ayudarlos, podemos darles dinero, hablar por ellos, pero no vamos más allá  de eso.

Sin embargo, he aquí hay un hombre que hizo mucho más.  Simplemente no solo sintió al despreciado Israel sino que realmente bajó hasta ellos, se adhirió a su sociedad y vivió con todos ellos.   Se preguntaría si algunos hombres poderosos en Grosvenor o Belgrave Square abandonarían su casa y su fortuna, su posición en la sociedad y se irían a vivir en una pequeña casa en algún angosto callejón en Bethnal Green, tan solamente por hacer las cosas bien, aunque pensar en esto nos traería una noción débil y feble de la clase de cosas que Moisés hizo.  El vió al pueblo despreciado y escogió su compañía en lugar de la nobleza en la que vivía.   Se convirtió en uno de ellos, su camarada, su compañero en la tribulación, su aliado, su asociado y su amigo.

3.  Pero hizo mucho más todavía, escogió el reproche y el menosprecio.

¿Quién puede concebir el torrente de burla y ridículo que Moisés debió sufrir  al volverse de la corte de Faraón y unirse a Israel?   Los hombres le dirían que estaba enfermo,  tonto, débil, estúpido, fuera de sí.  El perdería su influencia, perdería el favor y la buena opinión de todos aquellos entre los cuales había vivido.  Ninguna de esas cosas lo conmovió.  ¡El dejó la corte y se unió a los esclavos!

¡Pensemos nuevamente, qué elección fue esta!

Existen pocas cosas más poderosas que el sentido del ridículo y el menosprecio.   Pueden hacer mucho más que un enemigo declarado o una persecución.   Muchos hombres que marcharían hasta la boca del cañón, o lucharían por una ligera esperanza de triunfo, o tomarían por asalto una brecha han encontrado imposible enfrentar, sin embargo, la mofa de unos pocos compañeros y han huido del camino del deber para evitarlo.  ¡Que se rian de uno!  ¡Que hagan burla de nosotros!  ¡Ser foco de bromas y desdeños!  ¡Que nos tengan  por débiles o estúpidos!  ¡Ser tomados por tontos!  No hay nada alentador en todo esto y, alas, muchos no pueden decidirse a soportarlo.

Aun así, aquí hay un hombre que se decidió y no arrugó en las pruebas.  Moisés vio el reproche y el menosprecio ante sí mismo y los escogió y los aceptó como su porción.

Esas fueron las cosas que Moisés escogió: aflicción, la compañía de gente despreciada y el menoscabo.

Considere que además de todo esto, Moisés no era ni débil, ni ignorante, ni iletrado y que no sabía lo que sucedería.   ¡Se nos dice especialmente que él era “poderoso en palabras y en obras” y aun así el escogió como lo hizo! (Hech 7:22).

Considere, también, las circunstancias de su elección.  No estaba obligado a escoger como hizo.  Nadie lo empujó a tomar tal curso.  Las cosas que aceptó no fueron forzadas contra  su voluntad. El las buscó no ellas a él.  Todo lo que hizo lo hizo por su propia libre elección, voluntariamente y de acuerdo a sí mismo.

Y luego juzgue si es o no verdad que sus elecciones fueron tan maravillosas como sus rechazos.  Desde el comienzo del mundo, supongo, nadie nunca había elegido una opción como la que Moisés eligió en nuestro texto.

3.  El principio que movió a Moisés.

¿Cómo se puede explicar una conducta como esta?  ¿Qué posible razón podemos dar para ella?  Rechazar lo que generalmente llamamos bueno, escoger lo que comúnmente pensamos es malo, este no es camino de la carne y la sangre.  No es la forma del hombre; esto requiere alguna explicación.  ¿Cual será esa explicación?

Tenemos la respuesta en el texto. No sé si es su grandeza o su simplicidad la que debe ser admirada.  Todo yace, en una pequeña palabra, y esa palabra es “fe”.

Moises tenia fe.  La fe era el torrente principal de su hermosa conducta.  La fe lo hizo hacer como hizo, escoger lo que escogió y rechazar lo que rechazó.  Lo hizo todo porque creía.

Dios puso delante de los ojos de su mente Su propia voluntad y propósito.  Dios se reveló a él como un Salvador que iba a nacer de la estirpe de Israel, esas poderosas promesas fueron vinculadas con estos hijos de Abraham, y aún por ser cumplidas, ese era el tiempo de completar la porción de estas promesas; y Moisés acreditó esto y creyó.  En cada paso de su maravillosa carrera, cada acción en su viaje a través de la vida después de dejar la corte de Faraón, su opción de parecer mal, su rechazo de parecer bien –todo,  todo debe conducirlo a esta fuente;  todo descansa en este fundamento.  Dios había hablado con él y él tenía fe en la Palabra de Dios.

El creía que Dios guardaría Sus promesas – esas que Él le había dicho que El con seguridad haría, y lo que Él había pactado, Él con certeza llevaría a cabo.

El creía que para Dios nada es imposible.  El sentido y razón podrían decir que la liberación de Israel estaba fuera de cuestionamiento: los obstáculos eran demasiados, las dificultades demasiado grandes.   Pero la fe le dijo a Moisés que Dios era del todo suficiente.  Dios había emprendido el trabajo y se haría.

El creía que Dios era toda sabiduría.  El sentido y la razón podrían decir que su línea de acción era absurda, que él estaba desperdiciando influencia útil y destruyendo todas las oportunidades de beneficiar a su gente al romper con la hija de Faraón. Pero la fe le dijo a Moisés que si Dios había dicho “Vayan por este camino”, ese debía ser el mejor.

El creía que Dios era toda misericordia.  El sentido y la razón podrían insinuar que podría encontrarse una manera más placentera de liberación, que algún compromiso podría ser afectado y muchas privaciones evitadas.  Pero la fe le dijo a Moisés que Dios era amor y que no daría a Su pueblo una gota de amargura más allá de lo que era absolutamente necesario.

La fe era un telescopio para Moisés.  Esta lo hizo ver la extensa tierra a lo lejos –descanso, paz y victoria, cuando su nublada razón pudiera hacerlo ver solamente las pruebas y barreras, tormentas y tempestades, cansancio y dolor.

La fe fue el intérprete para Moisés.  Esta lo hizo extraer un significado agradable en los oscuros mandamientos de la escritura de Dios, mientras que el sentido ignorante no podía ver nada en ellas salvo misterio y estúpidez.

La fe le dijo a Moisés que todo su rango y su grandeza era de la tierra, una cosa terrenal, pobre, vana, vacía, precaria, efímera y pasajera, y que no había verdadera grandeza como esa de servir a Dios.  Él era el rey, un verdadero hombre noble que perteneció a la familia de Dios.  Es mejor ser el último en el cielo que el primero en el infierno.

La fe le dijo a Moisés que los placeres mundanos eran “placeres de pecado”.  Ellos estaban mezclados con el pecado, lo conducían al pecado, eran ruinas para el alma y desagradaban a Dios.   Sería poco agradable tener placer si  Dios está en contra.  Mejor es sufrir y obedecer a Dios que estar tranquilo y en pecado.

La fe le dijo a Moisés que esos placeres después de todo eran por una “temporada”.  No podían durar, eran de corta vida, lo malograrían pronto y debería abandonarlos todos en unos pocos años.

La fe le dijo que había una recompensa en el cielo para el creyente,  más abundante que los tesoros de Egipto,  más duradera, donde la herrumbre no puede corroer, ni ser robada por los ladrones.  La corona seria incorruptible, el peso de la gloria superaría todo y sería eterno y la fe lo empujó a mirar lejos a un cielo no visto, por si sus ojos estuvieran deslumbrados  con  el oro de Egipto.

La fe le dijo a Moisés que la aflicción y el sufrimiento no eran demonios reales.  Ellos eran la escuela de Dios en la cual El entrena a los hijos de la gracia para gloria, sus medicinas que eran necesarias para purificar nuestros deseos corruptos, el horno que debe derretir nuestras escorias, el cuchillo que debe cortar las ataduras que nos atan al mundo.

La fe le dijo a Moisés que los israelitas despreciados eran el pueblo escogido de Dios. El creyó que a ellos les pertenecía la adopción y el pacto y las promesas y la gloria: parte de ellos era la semilla de mujer que iba a nacer un día, quien  debía magullar la cabeza de la serpiente, que la  bendición especial de Dios estaba sobre ellos; que ellos eran preciosos y hermosos a Sus ojos, y que era mejor ser un portero entre el pueblo de Dios que reinar en palacios de perversidad.

La fe le dijo Moisés que todo el reproche y el escarnio depositado sobre él era “el reproche de Cristo”, que era honorable ser mofado y despreciado por Cristo, que cualquiera que persiguiera al pueblo de Cristo estaba persiguiendo a Cristo mismo, y que  llegaría el día cuando Sus enemigos se reverenciarían ante El y morderían el polvo.  Todo esto, y mucho más, de lo cual no puedo hablar en detalle, Moisés vio por fe.   Estas eran las cosas en las que él creía, y creyendo, hizo lo que hizo.  El estaba persuadido de ellas, las abrazó, las tuvo por certeza, las miró como verdades substanciales, las tomó como seguras como si las hubiera visto con sus ojos, actuó con ellas teniéndolas como realidad y eso hizo de él el hombre que fue. Tenía fe.  El creía.

No es maravilla que rechazara la grandeza, las riquezas y el placer.  El veía mucho más adelante.  El vio con el ojo de la fe los reinos desintegrándose en el polvo, las riquezas haciéndose alas y volando lejos, los placeres conduciendo a muerte y juicio, y a Cristo solamente y Su pequeño rebaño permaneciendo para siempre.

No se extrañe que escogiera la aflicción, al pueblo despreciado y el reproche. El contempló cosas bajo la superficie.  El vio con el ojo de la fe que la aflicción duraría sólo un momento, y el reproche se desvanecería y terminaría en un honor eterno, y el pueblo despreciado de Dios reinando como reyes con Cristo en la gloria.

¿Y estaba él en lo correcto?  ¿No nos habla a nosotros, aunque muerto, en este día?  El nombre de la hija de Faraón ha perecido o es extremadamente dudoso.  La ciudad donde Faraón reinó no es conocida.  Los tesoros de Egipto se han ido.  Pero el nombre de Moisés es conocido en todas las partes en que la Biblia se lee y es testigo de que “cualquiera que vive por fe, es feliz”.

4. Algunas lecciones prácticas.

“¿Que conexión tiene todo esto con nosotros? ” algunos dirán.  “No vivimos en Egipto, no hemos visto milagros, no somos israelitas, estamos hartos del tema”.

Nuestro tema es de considerable importancia y peso y uno que no debemos subestimar fácilmente.  Es particularmente relevante para cualquiera que desea salvación por varias razones:

1.  Si alguna vez fuera salvo, usted debe tomar la opción que Moisés tomó – Usted debe escoger a Dios antes que al mundo.

Note bien lo que digo.  No lo pase por alto, aunque olvide todo el resto.  No digo que el hombre de estado debe tirar su oficina, y el hombre rico abandonar su propiedad.  No se haga ni la idea que pretendo decir esto.  Digo que si un hombre fuera salvo, cualquiera sea su estatus en la vida, debe estar preparado para la tribulación.  Debe decidir escoger mucho que parece malo y abandonar y rechazar mucho que parece bueno.

Me atrevo a decir que esto suena como un lenguaje extraño a algunos que leen estas páginas.  Sé muy bien que usted debe tener alguna forma de religión y que no enfrenta ningún problema en su camino.  Existe una clase mundana común de cristianidad en el presente, la cual muchos tienen y piensan como suficiente –una cristianidad barata que no ofende a nadie y que no requiere sacrificios, que no cuesta nada y que no vale nada.  No estoy hablando de una religión de esa clase.

Pero si usted es sincero acerca de su alma, si  su religión es algo más que un atuendo de domingo, si usted está determinado a vivir por lo que la Biblia establece, si usted está resuelto a ser un cristiano del Nuevo Testamento, entonces, repito, usted pronto encontrará  una cruz que cargar.  Debe atravesar cosas difíciles, debe sufrir en nombre de su alma, como Moisés hizo, o no podrá ser salvo.

El mundo del siglo XIX es como siempre ha sido.  Los corazones de los hombres son aún los mismos.  La ofensa a la cruz no ha cesado.  El  verdadero pueblo de Dios es todavía un rebaño despreciado.   La verdadera religión evangélica todavía trae con ella reproche y menosprecio.  Un real sirviente de Dios aun será evaluado por muchos como un débil entusiasta y un tonto.

El asunto llega a esto.  ¿Desea que su alma sea salvada?  Entonces recuerde, usted debe escoger a quien va a servir.  Usted no puede servir a Dios y al dinero.  Usted no puede estar en los dos lados al mismo tiempo.  Usted no puede ser un amigo de Cristo y un amigo del mundo al mismo tiempo.  Usted debe salir de los hijos de este mundo y separarse, usted debe lidiar con el ridículo, los problemas y la oposición, o estará perdido para siempre.  Usted debe estar deseoso de pensar y hacer las cosas que el mundo considera tontas y compartir opiniones que son mantenidas por unos pocos.  Le costará algo.  La corriente es fuerte y usted tiene que ponerle freno.   El camino es angosto y empinado, y no es útil decir lo contrario.  No obstante, fíese de esto, no puede haber ninguna religión salvadora sin sacrificios y auto negación.

Ahora, ¿está usted haciendo algún sacrificio? ¿Su religión le cuesta algo?  Piénselo a conciencia con todo afecto y terneza.   ¿Está usted, como Moisés, prefiriendo a Dios en lugar del mundo o no?   Le ruego no ampararse bajo las peligrosas palabras “nosotros” – “nosotros debemos”, y “nosotros esperamos”, y “queremos decir” y otras como estas.  Le pregunto directamente: ¿qué está usted haciendo?  ¿Está deseoso de dejar cualquier cosas que lo mantenga lejos de Dios; o está usted aferrado al Egipto del mundo y se dice a sí mismo:  “Debo tenerlo, debo tenerlo, no puedo dividirme”?¿Existe una cruz en su cristianismo?  ¿Hay rincones filosos en su religión, alguna cosa que desentona y colisiona con la mundanería que existe alrededor suyo?  ¿O es todo suave y redondo y confortablemente adecuado con las costumbres y la moda?   ¿Sabe de las aflicciones del evangelio? ¿Es su fe y practica siempre un tema de desprecio y reproche?   ¿Se le considera tonto a causa de su alma?  ¿Ha usted abandonado a la hija del Faraón y efusivamente se ha adherido al pueblo de Dios?   ¿Está arriesgando todo por Cristo?  Busque y vea.

Estas son duras y difíciles preguntas y cuestiones.  No puedo hacer nada.  Creo que puede encontrárselas en las verdades Escriturales.  Recuerdo que está escrito:  “Había una gran multitud con (Jesús): y El se volvió y les dijo: “Si un hombre viene a Mi y no aborrece a su padre, y a su madre, a su esposa, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas, y también su propia vida, no puede ser Mi discípulo.  Y cualquiera que no lleva su cruz, y viene en pos de mí, no puede ser Mi discípulo” (Luc 14:25-27).  Muchos, me temo, les gustaría la gloria y no tienen deseos por la gracia.   Ellos sinceramente tendrían sus salarios pero no el trabajo; la cosecha pero no el trabajo del cultivo,  recoger los frutos pero no cosecharlos; la recompensa pero no la batalla.  No puede ser.  Como Bunyan dice “ Lo amargo debe ir antes de lo dulce”.  Si no hay cruz, no habrá corona.

2. Nada le permitirá nunca escoger a Dios antes que al mundo, excepto la fe.

Solamente la fe lo permite, nada más que ella, y no importa si usted tiene conocimiento, siente fuertes emociones, tiene conductas apropiadas o está en buena compañía.  Una religión sin fe hace algo, pero no es suficiente; es como un reloj sin muelles o pesos; su cara puede ser hermosa, puede mover sus manijas, pero no funcionará.  Una religión de sustancia que permanece tiene sus fundaciones en la firmeza de la fe.

Debe existir una creencia de corazón de que las promesas de Dios son seguras y que podemos depender de ellas – Una creencia real que lo que Dios dice en la Biblia es todo verdad y cada doctrina contraria a ella es falsa sin importar lo que digan los otros.  Debe haber una creencia real que todas las palabras de Dios son para ser recibidas, sin importar lo duras o desagradables que sean para la carne y la sangre, y que Su camino es el correcto y todos los otros son incorrectos.  Esto debe existir, o usted nunca saldrá del mundo; tome la cruz, siga a Cristo y sea salvo.

Debe aprender a creer en las promesas más que en las posesiones, que las cosas que no se ven son mejores que las que se ven; las cosas en el cielo que no están a la vista son mejores que las cosas que vemos en la tierra; la alabanza al Dios invisible es mejor que la alabanza al hombre visible.  Entonces, solo entonces, usted hará una elección como Moisés, y preferirá a Dios antes que al mundo.

Y ahora la pregunta que surje se presenta a sí misma: ¿Tiene usted fe?  Si la tiene, encontrará que es posible rechazar lo que parece bueno para escoger lo que parece malo.  Usted seguirá Cristo en la oscuridad y permanecerá con El hasta el mismo final.  Si no la tiene, le advierto, nunca peleará la buena batalla ni “correrá para obtenerla”.   Pronto será ofendido y se volverá al mundo.

Por sobre todo esto,  debe haber una fe real y permanente en el Señor Jesucristo.  La vida que usted vive en la carne debe vivirla por la fe en el Hijo de Dios.  Debe haber un hábito establecido de apoyarse en Jesus, buscar a Jesús, sacar de Jesús y usarlo como un maná para su alma.  Usted debe esforzarse para ser capaz de decir: “Para mi vivir es Cristo”, “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil. 1:21, 4:13).

Esta era la fe por la cual los viejos santos obtuvieron su  buen testimonio.  Esta era el arma con  la cual vencieron al mundo.   Esto los hizo ser lo que fueron.

Esta era la fe que hizo a Noé continuar construyendo su arca, mientras el mundo lo miraba y se mofaba; y por la que Abraham dio su heredad a Lot, y habitar quietamente en tiendas; y por la que Ruth se unió a Noemí y dejo su país y sus dioses; y por la cual Daniel continuó orando aunque sabía que  el cubil de los leones estaba preparado; y por la que los tres hijos rechazaron adorar ídolos aunque el horno fiero estaba frente a sus ojos; y por la cual Moisés abandonó Egipto sin temer la cólera de Faraón.  Todos ellos actuaron como lo hicieron porque creían.  Ellos vieron las dificultades y los problemas de su camino, pero vieron a Jesus por fe y por sobre ellos mismos y continuaron.   Bien habla el apóstol Pedro de fe al decir “preciosa fe” (2 Ped. 1:1).

3. La verdadera razón del porque tantas son personas mundanas e impías es que ellos no tienen fe   Debemos estar conscientes que multitudes de cristianos profesantes nunca, en ningún momento, pensarían en hacer como Moisés hizo.  Es inútil hablar suave y cerrar los ojos a este hecho.  Un hombre debe ser ciego si no ve a los miles que lo rodean que diariamente están prefiriendo al mundo en lugar de Dios, poniendo las cosas terrenales por sobre aquellas que son eternas, poniendo los afanes de la carne por sobre el alma.  No nos gusta admitirlo y hacemos esfuerzos por omitirlo, sin embargo, es así.

¿Y por qué hacen eso?   Sin duda todos tendrán razones y excusas.  Algunos hablarán de la trampa del mundo, otros de la necesidad de tiempo, algunos de las dificultades particulares de su posición; otros de los cuidados y ansiedades de la vida; otros de la fuerza de la tentación; otros del poder de las pasiones; otros de los efectos de la mala compañía.  ¿Pero que hay en todo esto?   Hay un camino mucho más corto para definir el estado de sus almas –ellos no creen.   Una simple sentencia, como la vara de Aarón, se tragará todas sus excusas –ellos no tienen fe.

Ellos no piensan verdaderamente que lo que Dios dice es verdad.  Ellos secretamente se gratifican a sí mismos con la idea:  “Eso no sucederá.  Por seguro que existe otro camino al cielo además del que habla el ministro.   Seguramente no hay tanto peligro en estar perdido”.   En pocas palabras, no ponen confianza implícita en las palabras que Dios ha escrito y hablado, y por lo tanto, no actúan en concordancia.   No creen a conciencia en el infierno y por eso no escapan  de él; tampoco en el cielo y por eso no lo buscan, tampoco en la culpa del pecado y por tanto no se vuelven de él, tampoco de la santidad de Dios y por lo tanto no le temen, tampoco en su necesidad de Cristo por eso no confían en El ni lo aman.  No sienten confianza en Dios y por ello no arriesgan nada por El.  Como el Niño Pasión, en el Progreso del Peregrino, ellos deben tener lo bueno ahora.  Ellos no confían en Dios por eso no pueden esperar.

¿Y qué pasa con nosotros?   ¿Creemos en toda la Biblia?  Hagámonos esa pregunta.  No dude que es una de las cosas más grandes de lo que muchos pueden suponer  el creer en toda la Biblia.  Feliz es el hombre que con su mano en el corazón puede decir: “Soy un creyente”.

Hablamos de los infieles algunas veces como si ellos fueran las personas más raras del mundo.  Concedo que una infidelidad confesada y abierta felizmente hoy en día no es muy común.  Sin embargo hay una vasta cantidad de infidelidad práctica a nuestro alrededor que es tan peligrosa en el final como lo es en los principios de Voltaire #1 y Paine #2.   Hay muchos que domingo tras domingo repiten el credo y declaran su creencia en lo que las formas Apostólicas y Nicea #3 contienen, y esas mismas personas viven toda la semana como si Cristo no hubiera muerto nunca, como no hubiese juicio, ni resurrección de los muertos y vida eterna en absoluto.   Hay muchos que dirán “Oh, lo sabemos todo” cuando hablan de las cosas eternas y del valor de sus almas, y aun así sus vidas muestran claramente que ellos no saben nada de lo que deberían saber, ¡y lo más triste de todo de su estado es que ellos piensan que si!

Es una verdad terrible y digna de toda consideración que el conocimiento que no se hace acción, a los ojos de Dios, no es solo inútil  y no provechoso, es mucho peor que eso.  Agregará a nuestra condenación e incrementará nuestra culta en el día del juicio.  Una fe que no influencia la conducta de un hombre no vale ese nombre.  Hay sólo dos clases en la iglesia de Cristo:   aquellos que creen y aquellos que no creen.  La diferencia entre el verdadero cristiano y un mero profesor exterior reside en una sola palabra; el verdadero cristiano es como Moisés, “El tiene fe”; el simple profesor exterior no la tiene.  El verdadero cristiano cree y por lo tanto vive en fe; el simple profesor exterior no cree y por lo tanto es lo que es.  Oh, ¿dónde está nuestra fe?   No seamos incrédulos, sino creyentes.

4. El verdadero secreto de hacer grandes cosas por Dios es tener una gran fe

Creo que todos podemos errar en este punto.  Pensamos demasiado, hablamos demasiado acerca de los dones y dádivas y los logros y no recordamos lo suficiente de que la fe es la raíz y madre de ellas.  Al caminar con Dios, un hombre irá tan lejos como el crea y no mas allá.  Su vida será proporcional a la medida su fe.  Su paz, su paciencia, su coraje, su celo, sus obras –todas estarán de acuerdo a su medida de fe.

Usted lee sobre la vida de los cristianos prominentes, hombres como Wesley o Whitefield o Venn o Martyn o Bickersteth o Simeon o McCheyne, y usted dice “Qué maravillosos dones y gracias estos hombres tenían!” Yo respondo:  mejor debería dar honor a la madre gracia que Dios puso adelante en el capitulo once de la Epístola a los Hebreos; usted debería darle honor a la fe de ellos.   Dependa de ella, la fe era el resorte principal del carácter de cada uno y todos ellos.

Puedo imaginar a alguien decir:   “Ellos eran devotos en oración, eso los hizo ser lo que fueron”.  Yo contesto:  ¿por que oraron tanto?   Simplemente porque tenían mucha fe.   ¿Qué es un orador sino la fe hablando a Dios?

Otro quizá dirá:  “Ellos eran diligentes y laboriosos, eso cuenta para su éxito”.  Yo contesto:  ¿Por qué eran tan diligentes?  Simplemente porque tuvieron fe.  ¿Qué es un cristiano diligente, sino una fe trabajando?

Otro me dira:  “Ellos eran tan audaces, eso les fue útil”.  Yo contesto:  ¿Por qué ellos eran tan audaces?  Simplemente porque tenían mucha fe.  ¿Qué es la audacia cristiana sino la fe honestamente cumpliendo su deber?

Y otro gritará:  “Fue su santidad y su espiritualidad que le dio peso”.  Por última vez, yo contesto ¿qué los hizo santos?   Nada más que el espíritu viviente de la fe.  ¿Qué es santidad sino la fe visible y la fe encarnada?

Si usted quiere ser como Moisés, haga claro como la luz del día que usted ha escogido a Dios antes que al mundo.  ¿Qué le pide Cristo?  ¿Traerá usted frutos abundantes?  ¿Quiere usted ser realmente santo y siervo útil?   ¡Estoy seguro de que cada creyente respondería con un sonoro Si!  ¡Este es mi deseo!

Entonces tome mi consejo: vaya y ruegue al Señor Jesucristo, como los discípulos hicieron:  “Señor increméntanos la fe”.   La Fe es la raíz del carácter de un verdadero cristiano.  Que su raíz sea la correcta, y sus frutos pronto abundarán.  Su prosperidad espiritual estará siempre en concordancia con la medida de su fe. Aquel que cree que no sólo será salvo sino que nunca tendrá sed,  triunfará, será establecido, caminará firmemente sobre las aguas de este mundo y hará grandes obras.

Lector, si usted cree en las cosas que he escrito, y desea ser un hombre completamente santo, comience a actuar en lo que cree.  Tome el ejemplo de Moisés para usted.  Camine en sus pasos. Vaya y haga lo mismo.

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Notas al pie

1.  François Marie Arouet, más conocido como Voltaire (París, 21 de noviembre de 1694ibídem, 30 de mayo de 1778) fue un escritor, historiador, filósofo y abogado francés que figura como uno de los principales representantes de la Ilustración, un período que enfatizó el poder de la razón humana

2. Thomas Paine (17371809) fue un político y publicista estadounidense de origen inglés. Promotor del liberalismo y de la democracia.    De origen humilde, hijo de un cuáquero y de una anglicana, Se formó de manera autodidacta y llegó a ser un muy importante revolucionario norteamericano, con ideas en conflicto con su tiempo que batallaban contra el sexismo, la esclavitud, el racismo y la monarquía, a la que se opuso proponiendo en su lugar la república. Como otros ilustrados, también abominó de la superstición, la religión organizada (Iglesias) y el clero.

3. El primer Concilio ecuménico se celebró en el año 325 en Nicea .   Aunque todos los obispos cristianos del Imperio fueron formalmente convocados a reunirse en Nicea, en realidad asistieron alrededor de 300, los que decían que Jesús era Dios.

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