Santidad: 6. Crecimiento – J. C. Ryle

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1. Introducción

2. Pecado

3. Santificación

4. Santidad

5. La batalla

6. El costo

Traducido por Erika Escobar

“Crece en gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo”. (2 Ped. 3:18).

El tema del texto que encabeza esta página es uno que debe ser de sumo interés para cada cristiano verdadero.  Este, en forma espontánea, nos lleva a la pregunta:  ¿Crecemos en gracia?  ¿Nos llevamos con nuestra religión?  ¿Hacemos progresos?

No puedo esperar que ésta pregunta llame la atención de un cristiano meramente formal. Un hombre que no tiene nada más que una religión de domingos –cuya cristianidad es como su ropa de domingo, que se pone una vez a la semana y luego deja aparte- de ese hombre no podemos esperar que se preocupe del crecimiento en gracia   El no sabe nada acerca de estos temas.  Son locura para él (1 Cor. 2:14).   No obstante para todo aquel que es completamente fervoroso acerca de su alma, que tiene hambre y sed por su vida espiritual, estas preguntas deben ser acogidas con una fuerza escrutadora.  ¿Hacemos progresos en nuestra religión?  ¿Crecemos?

La pregunta es una que es siempre útil, pero especialmente lo es en ciertas ocasiones.  Un sábado por la noche, un domingo de comunión, el regreso de un cumpleaños, el fin de un año –todas estas son ocasiones que deben ponernos a pensar y meditar  sobre lo que tenemos dentro.  El tiempo vuela.  La vida se va rápidamente.  La hora, está diariamente acercándose, en la cual la realidad de nuestra cristianidad será testeada, y será probado si hemos construido sobre “la roca” o sobre “la arena”.   ¿Es seguro que de tiempo en tiempo hacemos un autoexamen y consideramos el estado de nuestras almas?  ¿Permanecemos en las cosas espirituales?  ¿Crecemos?

El asunto es uno de especial importancia en nuestros días.  Opiniones crudas y extrañas flotan en las mentes de los hombres sobre algunos puntos de la doctrina, y entre otros sobre el punto de crecimiento en gracia como una parte esencial de la verdadera santidad.  Algunos lo niegan totalmente;  otros buscan una explicación convincente y lo menoscaban.  Es malentendido por miles y, consecuentemente, descuidado.  En días como éste, es útil mirar objetivamente todo el tema del crecimiento cristiano.

En la medida en que analicemos el tema, quiero mencionar sobre la realidad, las marcas o señales y los medios de crecimiento en gracia.

No conozco a quien en cuyas manos este texto caerá, sin embargo, no me siento avergonzado de solicitar su mayor atención a su contenido.  Créame, el tema no es una mera materia especulativa o de controversia.  Es un tema eminentemente práctico, si existe alguno de este tipo en religión. Está íntima e inseparablemente conectado con todo el tema de la santificación.   Es la marca distintiva para los verdaderos santos que crecen.   La salud espiritual y la prosperidad, la felicidad espiritual y la comodidad de cada cristiano de corazón y santo, están íntimamente ligadas con el tema del crecimiento espiritual.

1. LA REALIDAD DEL CRECIMIENTO RELIGIOSO

Es, a primera vista, una cosa extraña y triste que cualquier cristiano pueda negar la realidad del crecimiento religioso.  Aún cuando  es justo recordar que el entendimiento del hombre ha caído tanto como su voluntad.   Desacuerdos acerca de las doctrinas son a menudo nada más que desacuerdos en los significados de las palabras. Esperaría que no fuera de igual modo en este caso.  Trato de creer que cuando hablo de crecimiento en gracia y mantenerlo, aludo a una cosa, mientras mis hermanos, que la niegan, dicen otra cosa muy distinta.  Por lo tanto, déjenme despejar el camino explicando a lo que me refiero.

Cuando me refiero al crecimiento en gracia, ni por un momento quiero decir que el interés de un creyente en Cristo puede crecer.  No quiero decir que puede crecer en seguridad, aceptación de Dios o garantía.  No quiero decir que él estará alguna vez más justificado, más perdonado  o más en paz con Dios de lo que estuvo en el momento de su conversión.  Mantengo firmo que la conversión de un cristiano está terminada, es perfecta y un trabajo completo y que los santos más débiles, aunque no lo sepan o no lo sientan, están justificados tan completamente como los más fuertes.  Mantengo firme que nuestra elección, llamado y permanencia en Cristo no admite grados, crecimiento o disminuciones.  Si alguno sueña que por crecimiento en gracia me refiero al crecimiento en justificación, está ampliamente fuera de la marca y muy equivocado acerca de todo el punto que estoy considerando.  Iría a hoguera, Dios me ayude, por la gloriosa verdad de que en la materia de justificación ante Dios cada creyente es completo en Cristo (Col. 2:10);  nada puede agregarse a su justificación desde el momento que cree y nada puede quitarse.

Cuando hablo de crecimiento en gracia, me refiero solamente al incremento en grado, tamaño, fortaleza, vigor y poder de las gracias/dones que el Espíritu Santo planta en el corazón de cada creyente.   Sostengo que cada una de esas gracias admite crecimiento, progreso e incremento.  Sostengo que el arrepentimiento, fe, esperanza, amor, humildad, celo, coraje y cosas similares pueden ser pequeñas o grandes, fuertes o débiles, vigorosas o febles, y pueden variar grandemente en el mismo hombre en diferentes etapas de su vida. Cuando hablo de un hombre que crece en gracia, me refiero simplemente a esto –que su sentido de pecado se hace más profundo, su fe más fuerte, su esperanza más iluminadora, su amor más extensivo, su espiritualidad más marcada.  Siente más el poder de la divinidad en su propio corazón.  Manifiesta más de eso en su vida.  Dejo a otros la labor de describir la condición de este hombre usando las palabras que a ellos complazcan.  Para mí, pienso que es más verdadero y una mejor cuenta de este estado decir que crece en gracia.

Una base principal en la cual yo baso esta doctrina del crecimiento en gracia es el simple lenguaje de las Escrituras.  Si las palabras en la Biblia significan algo, existe una cosa como el crecimiento y los creyentes deben ser exhortados a crecer.  ¿Qué dice Pablo?  “Tu fe crece sobreabundantemente” (2 Tes. 1:3). “Os rogamos, hermanos, que abundéis en ello más y más (1 Tes. 4:10). “Creciendo en el conocimiento de Dios” (Col. 1:10). “Esperamos que conforme crezca vuestra fe” (2 Cor. 10:15). “Y el Señor os haga crecer y abundar en amor” (1 Tes. 3:12). “Crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo” (Efe. 4:15).  “Y esto pido en oración, que vuestro amor abunde aun más y más” (Fil 1:9). “Rogamos y exhortamos en el Señor Jesús, que de la manera que aprendisteis de nosotros cómo os conviene conduciros y agradar a Dios, así abundéis más y más”. (1 Tes. 4:1). ¿Qué dice Pedro?  “Desear la leche sincera de la Palabra, para que puedan crecer de ese modo” (1 Ped. 2:2). “Creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Ped. 3:18).  No sé lo que otros puedan pensar sobre estos textos. Para mí, ellos parecen establecer la doctrina sobre la cual estoy arguyendo y soy incapaz de alguna otra explicación.  El Crecimiento en gracia se enseña en la Biblia.  Podría detenerme aquí y no decir nada más.

La otra base, sin embargo, en la cual construyo la doctrina del crecimiento en gracia, son los hechos y la experiencia.   Pido a cualquier lector honesto del Nuevo Testamento indicar si no puede ver los grados de gracia en los santos cuyas historias se registran en él, tan claramente como la luz del mediodía.  Le pregunto si no puede ver en las mismas personas una diferencia tan grande de fe y conocimiento en un momento de sus vidas y luego en otro, o entre la fortaleza del mismo hombre cuando niño o cuando adulto.  Le pregunto si las Escrituras no reconocen distintivamente esto en el lenguaje que usa, cuando habla de fe “débil” o fe “firme”, o de los cristianos “como recién nacidos”, “niños pequeños”, “hombres jóvenes” y “padres”  (1 Ped. 2:2, 1 Jn 2:12.14).  Le pregunto, por sobre todo, si su propia observación de los creyentes de nuestros días no lo lleva a la misma conclusión. ¿Por qué los cristianos no confiesan que hay mucha diferencia entre los grados de su propia fe y conocimiento desde el momento en que se convirtieron  y el momento actual, tanta diferencia como hay entre un árbol joven y un árbol bien crecido?  Sus gracias son las mismas en principio pero han crecido. No sé cómo estos hechos golpean a otros, pero a mis ojos parecen probar, la mayoría sin refutación alguna, que el crecimiento en gracia es un hecho real.

Me siento casi avergonzado de lidiar tanto con esta parte del tema.  De hecho, si cualquier hombre quiere decir que la fe, la esperanza, el conocimiento y la santidad de una persona nueva en Cristo son tan fuertes como aquellas de un cristiano ya establecido y no necesitan incremento, es una pérdida de tiempo seguir argumentando.   Sin duda que ellos son reales –pero no tan vigorosos-  como las semillas que el Espíritu planta,  pero no aún tan  provechosos. Y si alguno pregunta cómo se fortalecen, debo decir que debe ser por el mismo proceso por el cual todas las cosas vivientes se desarrollan –deben crecer. Y esto es a lo que me refiero cuando hablo de crecimiento en gracia.

Quiero que los hombres miren el crecimiento en gracia como un asunto de infinita importancia para el alma.  En un sentido más práctico,  nuestros mejores intereses estarían satisfechos con una indagación seria en el tema del crecimiento espiritual.

a. Sepamos en consecuencia, que el crecimiento en gracia es la mayor evidencia de la salud espiritual y prosperidad.  En un niño o en una flor o en un árbol, sabemos perfectamente que si no hay crecimiento existe algo anormal.   Una vida saludable en un animal o un vegetal se mostrará a sí misma siempre a través del progreso y el aumento.  Lo mismo ocurre con nuestras almas: Si están progresando y haciendo lo correcto, crecerán.

b. El crecimiento en gracia es un camino para ser feliz en nuestra religión.  Dios sabiamente ha puesto juntos nuestro agrado y nuestro aumento en santidad.  El  ha hecho, con gracia,  que nuestro interés sea seguir adelante  y apuntar alto en nuestra cristianidad.  Hay una diferencia enorme  entre la cantidad de placer sensible que tiene un creyente en su religión comparado con otro.  Sin embargo, usted puede estar seguro que normalmente el hombre que siente más “regocijo y paz en creer” y que posee testimonio más claro del Espíritu en su corazón, es un hombre que crece.

c. El crecimiento en gracia es un secreto de utilidad para otros.  Nuestra influencia en otros para el bien depende de lo que ellos vean en nosotros.  Los hijos del mundo miden más bien la cristianidad por lo que ven que por lo que oyen.  El cristiano que siempre está paralizado, en todas las apariencias es el mismo hombre, con las mismas pequeñas fallas y debilidades y pecados establecidos y pequeñas dolencias, rara vez es el cristiano que hace bien.  El hombre que tiene una mente inquieta y abierta y fragua los pensamientos del mundo es un creyente que está continuamente mejorando y yendo adelante.  Los hombres piensan que hay vida y realidad cuando ellos ven el crecimiento.

d.  El crecimiento en gracia agrada a Dios.   Puede parecer una cosa maravillosa, sin duda, que todo lo que hagan las criaturas que somos pueda ser de agrado al Dios Más Alto.  Pero es así.   Las Escrituras hablan del caminar de forma tal de agradar a Dios.  Las Escrituras dicen que hay sacrificios que “agradan a Dios” (1 Tes. 4:1, Heb. 13:16).  El agricultor ama ver a las plantas en las que ha invertido trabajo, florecer y fructificar.  No puede más que desaprobar y afligirse si las ve atrofiadas y muertas. ¿Y que dice Nuestro Señor? “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador”.  “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos” (Jn 15:1, 8).  El Señor se agrada de todo Su pueblo, pero especialmente de aquellos que crecen.

e.  Mostremos, por sobre todo, que el crecimiento en gracia no es sólo una cosa posible sino una cosa de la cual los creyentes son responsables.  Pedirle a un hombre no convertido, muerto en pecados, crecer en gracia sería sin duda absurdo.  Pedirle a un creyente, que está despierto y vivo en  Dios, crecer es emplazarlo a un simple deber escritural.  El tiene un nuevo principio dentro y es un deber solemne no sofocarlo.  Ignorar el crecimiento le roba los privilegios, contrista al Espíritu y hace que las ruedas del carro de su alma se muevan pesadamente.  ¿De quién es la culpa, me gustaría saber, si un creyente no crece en gracia?  La culpa, estoy seguro, no puede ser puesta en Dios.  El se complace en dar más gracia, El “se agrada con la prosperidad de Sus siervos” (Sal 35:27).  La culpa sin duda es tan solamente nuestra.  Si no crecemos, sobre nosotros mismos cae la culpa.

 2. LAS MARCAS DEL CRECIMIENTO RELIGIOSO

Demos por garantizado que no cuestionamos la realidad del crecimiento en gracia y su enorme importancia.  Hasta aquí todo bien.  Sin embargo, usted quiere saber ahora cómo alguien puede averiguar si crece o no en gracia.  Le contesto, en primer lugar, diciendo que somos jueces pobres de nuestra propia condición y que quienes nos rodean a menudo nos conocen mejor que nosotros mismos.  Añado que hay ciertas e indudables grandes marcas y señales del crecimiento en gracia, y dondequiera que usted vea estas marcas usted verá un alma que crece.   Pondré, a continuación, en orden algunas de estas marcas.

a. Una marca del crecimiento en gracia es la humildad incrementada.  Cada año, el alma de un hombre que crece siente más su propia pecaminosidad y falta de meritos.  El está presto en decir junto con Job “Soy vil”,  y con Abraham “Soy polvo y cenizas”, y con Jacob “No soy merecedor de la más pequeña de tus misericordias”, y con David “Soy un gusano”, y con Isaías “Soy un hombre de labios impuros”, y con Pedro “Soy un pecador, oh Señor” (Job 40:4, Gen. 18:27, 32:10, Sal 22:6, Isa. 6:5, Luc 5:8).   Mientras más cerca está de Dios más ve la santidad y perfección de Dios, más ampliamente se hace sensible a sus propias e incontables imperfecciones.  Mientras más se adentra en el camino al cielo más entiende lo que Pablo quiso decir cuando expresó “No soy perfecto aún”, “No soy digno de ser llamado apóstol”, “Soy menos que el más pequeño de todos los santos”, ” Los pecadores, de los cuales yo soy el primero” (Fil. 3:12; 1 Cor. 15:9, Efe 3:8, 1 Tim. 1:15). Mientras más maduro es para su gloria, más –como el trigo maduro- más agacha su cabeza.  Mientras más brillante y clara es la luz, más ve  las imperfecciones y defectos de su corazón.  En el momento de su conversión podría decir que vio pocos de ellos comparados a como los ve ahora. ¿Podría alguien saber si crece en gracia?  Asegúrese que su deseo interno es la humildad incrementada.

b. Otra marca de crecimiento en gracia es la fe aumentada y el amor hacia nuestro Señor Jesucristo.  El hombre cuya alma está creciendo encuentra más en Cristo para descansar cada año y se regocija más de que tenga tal Salvador.  No hay duda de qué vio en Cristo cuando creyó.  Su fe descansa en la expiación de Cristo y le da esperanza.  Sin embargo en la medida en que crece en gracia, ve miles de cosas en Cristo que no hubiese imaginado al principio.  Su Amor y Poder, Su corazón y Sus intenciones, Sus oficios como Sustituto, Intercesor, Sacerdote, Abogado, Medico, Pastor y Amigo se despliegan a sí mismas en un alma que crece de una forma indescriptible.   En breve, descubre una adecuación en Cristo a todos los deseos de su alma, de la cual la mitad le eran desconocidos. ¿Podría alguien saber si crece en gracia? Que mire entonces el conocimiento incrementado que tiene de Cristo.

c.  Otra marca del crecimiento en gracia es la santidad incrementada en la vida y conversación.  El hombre cuya alma está creciendo obtiene mayor dominio sobre el pecado, sobre el mundo y sobre el mal cada año.  Se vuelve más cuidadoso acerca de su temperamento, sus palabras y sus acciones.  Es más vigilante de su conducta en cada relación de vida.   Se esfuerza por ser conformado a la imagen de Cristo en todas las cosas y lo sigue como un ejemplo, así como confía en El como su Salvador.  No se contenta con sus viejos logros y gracia anterior.  Olvida las cosas que quedan atrás y busca aquellas que eran antes,  haciendo que su continuo lema sea  “¡Más arriba!”,  “¡Hacia arriba!” “¡Adelante!” “Hacia adelante”! (Fil. 3:13).  En la tierra, está sediento y anhela que su voluntad esté al unísono completo con la voluntad de Dios.  En el cielo, la cosa más importante que busca, cercano a la presencia de Cristo, es  la completa separación de todo pecado.  ¿Podría alguien saber si crece en gracia?  Entonces que busque en su interior la santidad incrementada.

d.  Otra marca del crecimiento en gracia es el gusto y mente espirituales incrementados.  El hombre cuya alma está creciendo toma más interés en las cosas espirituales cada año.  No desprecia su deber en el mundo.  Dispensa fiel, diligente y conscientemente cada relación de vida, ya sea en casa o fuera de ella.  Pero las cosas que más ama son las espirituales.  Los caminos y modas y entretenimientos y recreaciones del mundo van tomando un lugar decreciente en su corazón.  No las condena como totalmente pecaminosas ni tampoco dice que aquellos que tienen conexión con ellas se irán al infierno.  Solamente siente que ellas tienen un impacto que disminuye en sus propios afectos y gradualmente parecen insignificantes y son triviales a sus ojos.  Las compañías espirituales, las ocupaciones espirituales, las conversaciones espirituales comienzan crecientemente a tener mayor valor para él.  ¿Podría alguien saber si crece en gracia?  Entonces que busque en su interior el gusto espiritual incrementado.

e. Otra marca del crecimiento en gracia es el aumento de la caridad.  El hombre cuya alma está en crecimiento está más lleno de amor cada año – de amor a todos los hombres pero especialmente amor hacia los hermanos en la fe.   Su amor se mostrará activamente a sí mismo en una creciente disposición a la amabilidad, a tomar los problemas por otros, a ser de naturaleza buena con todos,  generoso, empático, atento,  de corazón tierno y considerado.  Se mostrara a si mismo pasivamente en una creciente disposición a ser manso y paciente con los demás,  a controlar las provocaciones y  no defender derechos, a soportar y abstenerse más que discutir.  Un alma que crece trata de poner lo mejor en las conductas de las personas y creer todas las cosas y esperar todas las cosas, hasta el final.  No hay una marca más fehaciente de retrocesos y caídas en gracia que una creciente disposición a encontrar faltas, vacios y  los puntos débiles en otros. ¿Podría alguien saber si crece en gracia?  Que busque dentro de sí mismo una caridad creciente.

f. Una marca más de crecimiento en gracia es el creciente celo y la diligencia en tratar de hacer el bien a las almas.  El hombre que está realmente creciendo tomará un mayor interés en la salvación de pecadores cada año.   Misiones en casa o fuera de ella, desplegar esfuerzos de toda clase para expandir el evangelio,  intentos de cualquier especie para incrementar la luz en la religión y disminuir la oscuridad –todas estas cosas cada año tienen un lugar mayor en su atención.  No se sentirá “cansado de hacer el bien” porque no ve que sus esfuerzan no tengan fruto.  No cuidará menos del progreso de la causa de Cristo en la tierra a medida que se vuelva viejo, aunque aprenderá a esperar menos.  Simplemente trabajará sin importar el resultado, dando, orando, predicando, hablando, visitando de acuerdo a su disposición y tendrá su trabajo como su propia recompensa.   Una de las marcas más seguras de la declinación espiritual es un interés decreciente por las almas de otros y el crecimiento del Reino de Cristo. ¿Podría alguien saber si crece en gracia?  Que busque dentro de sí mismo su preocupación aumentada por la salvación de almas.

Aquellos religiosos de alto vuelo, cuya única noción de cristianismo es el estado de perpetuo regocijo y éxtasis, le dirán que han ido más allá de la región de conflicto y la humillación del alma.  Tales personas – sin duda-  mirarán las marcas que he apuntado como “legales”, “carnales” y “signos de esclavitud”.  Nada puedo hacer.  Ningún hombre es un maestro en estas cosas.  Sólo deseo que mis declaraciones sean tratadas en balance con las Escrituras. Y firmemente creo que lo que he dicho no es tan solamente escritural sino que está en concordancia con la experiencia de los más eminentes santos de cada época.  Muéstrenme un hombre en el cual las seis marcas que he mencionado pueden ser encontradas.  ¿Ese es el hombre que puede dar una respuesta satisfactoria a la pregunta “Crecemos”?   Esas son las marcas más confiables del crecimiento en gracia.   Examinémoslas cuidadosamente y consideremos lo que sabemos acerca de ellas.

3. Los medios del crecimiento religioso

Estas palabras nunca deben olvidarse:  “Cada buen don y cada don perfecto viene de arriba y baja desde el Padre de luces”.   Esto es una prueba verdadera del crecimiento en gracia como lo es para todo lo demás.  Es el “don de Dios”.  Aun así debe mantenerse siempre en la mente que Dios se complace en trabajar con estos medios.  Dios ha ordenado tanto los medios como los objetivos. Aquel que crezca en gracia debe usar los medios de crecimiento.

Este es un punto, me temo, que los creyentes pasan por alto en demasía.  Muchos admiran el crecimiento en gracia en otros y desean ser como ellos, pero parece que ellos suponen que aquel que crece lo hace por algún don especial o garantía de Dios y que, como ese don no está en ellos mismos, deben contentarse con sentarse quietos.  Es un engaño gravoso contra el cual desearía testificar con todo mi ser.  Deseo que se entienda claramente que el crecimiento en gracia está vinculado con el uso de  medios que están al alcance de todos los creyentes y que, como una regla general, las almas en crecimiento son lo que son porque usan estos medios.

Déjenme pedir la atención especial de mis lectores mientras trato de establecer en orden los medios de crecimiento.   Desechen para siempre el vano pensamiento que si un creyente no crece en gracia no es su culpa.   Establezca en su mente que un creyente, un hombre acelerado  por el Espíritu, no es una mera criatura muerta sino un ser con capacidades y responsabilidades poderosas.   Dejemos que las palabras de Salomón se hundan profundo en el corazón:  “El alma del diligente será prosperada” (Prov. 13:4).

a. Una cosa esencial para el crecimiento en gracia es la diligencia en el uso de medios privados de gracia.  Por estos, entiendo tales medios como aquellos que un hombre puede usar sólo el mismo y ningún otro puede usarlo por él.  Incluyo bajo estos la oración privada, la lectura de la Escrituras en privado, la meditación privada y el autoanálisis.   El hombre que no se preocupa por estas tres cosas no debe esperar nunca crecer.   Allí están las raíces de un verdadero cristianismo.  ¡Si está mal en esto, el hombre estará mal todo el camino!   Aquí  está la única razón por la cual muchos cristianos profesantes parecen que nunca se enrielan en la religión. Son descuidados y desidiosos en sus oraciones privadas.  Leen la Biblia tan solamente un poco y con  un espíritu poco sincero.  No se dan a sí mismos tiempo para examinarse y meditar acerca del estado de sus almas.

Es inútil ocultarnos a nosotros mismos que la época que vivimos está llena de  singulares peligros.   Es una época religiosa de gran actividad y mucho apuro, ajetreo y excitación.  Muchos corren de “aquí para allá”, sin duda, y el “conocimiento crece” (Dan 12:4).  Miles están lo suficientemente listos  para asistir a reuniones públicas, escuchar sermones y cualquier otra cosa en la que existe la “sensación”.   Pocos parecen recordar la absoluta necesidad de tener tiempo de “comunión intima con nuestros corazones y estar tranquilos” (Sal 4:4).  Sin embargo, sin esto, raramente existe prosperidad espiritual profunda.  ¡Recordémonos este punto!   La religión privada debe recibir nuestra primera atención, si queremos que nuestras almas crezcan.

b. Otra cosa que es esencial para crecer en gracia es el uso cuidadoso de los medios públicos de gracia.  Por tales medios, entiendo aquellos a los cuales el hombre tiene acceso como miembro de la iglesia visible de Cristo.  Dentro de estos incluyo las ordenanzas del culto regular de los domingos, la unificación del pueblo de Dios en la oración y alabanza, predicación de la Palabra, y la celebración de la Cena del Señor.   Firmemente creo que la forma en que estos medios públicos de gracia se usan habla de la prosperidad del alma de un creyente.  Es fácil usarlos fríamente y sin el corazón.  La misma familiaridad con ellos nos vuelve descuidados.  El retorno de la misma voz, la misma clase de palabras, y las mismas ceremonias, nos hacen sentir somnolientos, nos vuelven insensibles y duros.   Esta es una trampa en la cual caen muchos cristianos.  Si queremos crecer entonces debemos estar alertas en esto.  Con ello, a menudo se contrista al Espíritu y los santos provocan gran daño.  Esforcémonos en usar a los viejos predicadores, y cantar viejos himnos y arrodillémonos en el riel de la vieja comunión, escuchemos las viejas verdades con tanta frescura y apetito como el que sentimos el primer día de nuestra conversión.  Es una señal de mala salud cuando una persona pierde el entusiasmo por su comida y es una señal de declinación espiritual cuando perdemos nuestro apetito por los medios de gracia.  Cualquier cosa que hagamos acerca de los medios públicos, hagámosla siempre con “nuestras fuerzas” (Ecl. 9:10).  ¡Este es camino para crecer!

c.  Otra cosa esencial para el crecimiento en gracia es la vigilancia sobre nuestra conducta en las pequeñas cosas de nuestra vida diaria.  Nuestros temperamentos, nuestras lenguas, la libertad de nuestras varias relaciones de vida, el tiempo en nuestro trabajo – cada uno y todos deben ser atendidos si deseamos que nuestras almas prosperen.  La vida está hecha de días, y los días de horas y las pequeñas cosas de cada hora nunca son tan pequeñas como para estar debajo del cuidado de un cristiano.  Cuando un árbol comienza a decaer en su raíz o corazón, el daño se ve primero al extremo de cada pequeña rama.  “Aquel que desprecia las pequeñas cosas”, dice un escritor secular, “caerá poco a poco”.  Es evidencia verdadera.  Dejen a los otros despreciarnos, si ellos quieren, y que nos llamen precisos y de sumo cuidadosos.  Mantengámonos pacientemente en nuestro camino, recordando que “servimos a un Dios preciso”, que el ejemplo de nuestro Señor es para ser copiado en las más mínimas cosas así como en las más grandes, y que debemos “tomar nuestra cruz diariamente” y a toda hora.  Debemos enfocarnos en tener un cristianismo que, como la savia en el árbol, corra a través de cada ramita y hoja de nuestro carácter, y lo santifique todo.           ¡Este es un camino para crecer!

d. Otra cosa que es esencial al crecimiento en gracia es el cuidado sobre la compañía y los amigos que tenemos.   Nada  quizá afecta tanto el carácter del hombre como el tipo de compañía que frecuenta.  Nosotros tomamos las formas y el tono de aquellos con que vivimos y conversamos y, desafortunadamente,  asimilamos más fácilmente las malas costumbres que las buenas.  La enfermedad es contagiosa pero la salud no.   Ahora, si un cristiano, deliberadamente escoge ser intimo con aquellos no son amigos de Dios y se aferran  al mundo, su alma, por cierto, sufrirá.  Ya es duro servir a Cristo bajo cualquier circunstancia en un mundo como este pero es doblemente duro, sin embargo, si lo hacemos y tenemos amigos irreflexivos e impíos.   Errores en la amistad o el compromiso matrimonial son la sola razón del por qué algunos han cesado enteramente de crecer.  “Comunicaciones maliciosas corrompen las buenas maneras”.  “La amistad con el mundo es enemistad con Dios” (1 Cor. 15:33).  Busquemos amigos que nos impulsen a orar, a leer la Biblia, a usar bien nuestro tiempo;  que se preocupen de nuestras almas,  de nuestra salvación y del mundo que vendrá.  ¿Quién puede decir lo que la palabra a tiempo de un amigo puede hacer o el daño que puede prevenir?   Este es un camino para crecer.

e.  Hay otra cosa más que es absolutamente esencial para el crecimiento en gracia y esa es la comunión regular y habitual con el Señor Jesus.  Al decir esto, nadie suponga por un minuto que me estoy refiriendo a la Cena del Señor.  No me refiero a nada como eso.  Me refiero al hábito diario de comunión entre el creyente y Su salvador, que sólo puede conducirse a través de la fe, oración y meditación.  Es un hábito, me temo, que muchos creyentes conocen poco.  Un hombre puede ser un creyente y tener sus pies sobre la roca y aun así vivir muy alejado de sus privilegios.  Es posible tener una “unión” con Cristo y aún así tener poca, si alguna, “comunión” con El.   Pero para todo eso, hay una cosa.

Los nombres y oficios de Cristo, que están en las Escrituras, me parecen mostrar en forma inconfundible que esta comunión entre el santo y su Salvador no es fantasía  sino una cosa real y verdadera.  Entre  el Novio y Su novia, entre la Cabeza y Sus miembros, entre el Médico y Sus pacientes, entre el Abogado y Sus clientes, entre el Pastor y Su oveja, entre el Maestro y Sus discípulos hay evidentemente implícito el hábito de una comunión familiar, una aplicación necesaria para las cosas que se necesitan, de un diario escanciamiento y descarga de nuestros corazones y mentes.  Este hábito de relacionarse con Cristo es claramente algo más que una confianza vaga general en el trabajo que Cristo hizo por los pecadores.  Es un allegarse cercano a Él y  mantenerse pegado a Él con confianza, como en una relación de amor o de amistad personal.  Esto es lo que a me refiero por comunión.

Creo que ningún hombre alguna vez crecerá en gracia si no ha experimentado el hábito de la comunión.  No debemos contentarnos con el conocimiento ortodoxo general que Cristo es el Mediador entre Dios y el hombre, y que la justificación es por fe y no por obras y que pongamos nuestra confianza en Cristo.  Debemos ir más lejos que esto.  Debemos buscar tener una intimidad personal con Jesucristo y  tratar con El como un hombre trata a un amigo querido.  Debemos darnos cuenta lo que es volverse a Él en cada necesidad, conversar con Él en cada dificultad, consultar con El cada paso, poner delante de Él nuestras penas,  que El comparta todas nuestras alegrías, hacer todo a la vista de El e ir cada día  apoyándose y mirándolo a Él.  Este el camino que Pablo vivió “La vida que vivo en la carne la vivo por fe en el Hijo de Dios”.  “Para mi vivir es Cristo” (Gal 2:20, Fil 1:21).  Es la ignorancia de este estilo de vida lo que hace a muchos no ver la belleza del Libro Cantares.    Es el hombre que vive de esta forma el que tiene constante comunión con Cristo – este es el hombre, y lo digo enfáticamente-  cuya alma crecerá.

Aunque mucho más podría decirse de este tema tan serio, volvámonos ahora a algunas aplicaciones prácticas, teniendo en mente su tremenda importancia.

1. Este texto puede caer en las manos de alguien que no sabe nada de acerca del crecimiento en gracia.   Tiene poca o ninguna preocupación sobre religión.  Algunas idas a la iglesia en domingo  hacen la suma y sustancia de su cristianismo.  No tiene vida espiritual y por supuesto no puede, en este momento, crecer.  ¿Es usted uno de esas personas?  Si lo es, usted está en una condición lamentable.

Los años pasan y el tiempo vuela.   Los cementerios se llenan y las familias se achican.  ¡Muerte y juicio están cada vez más cerca de todos nosotros y aun así usted vive como dormido, sin preocupación acerca de su alma!  ¡Qué locura! ¡Qué insensatez!  ¿Qué suicidio podría ser peor que este?

Despierte antes de que sea demasiado tarde; despierte y levántese de los muertos y viva para Dios.  Vuélvase a Aquel que está sentado a la mano derecha de Dios, que sea su Salvador y Amigo.  Vuélvase a Cristo y pídale a El por su alma.  ¡Aun hay esperanza!  Aquel que llamó a Lázaro de la tumba no ha cambiado.  Aquel que mandó al hijo de la viuda en Nain levantarse de su ataúd puede hacer milagros aún por su alma.  Búsquelo de inmediato: busque a Cristo si no quiere estar perdido para siempre.  No se quede tranquilo conversando, pensando, intentando, deseando y esperando.  Busque a Cristo para que pueda vivir y en esa vida pueda crecer.

2. Este texto puede caer en las manos de alguien que debería saber algo del crecimiento en gracia pero hoy no sabe nada en absoluto.   Ha hecho poco o ningún progreso desde que se convirtió.   Parece estar estancado.   Continúa de año en año satisfecho con la vieja gracia de antaño, la experiencia de antaño, el conocimiento de antaño, la fe de antaño, la medida de logro de antaño, las expresiones religiosas de antaño, las frases conocidas.   Como los Gabaonitas, su pan está enmohecido y sus zapatos, parchados y reparados.     Nunca parece progresar.  ¿Es usted uno de ellos?  Si lo es, usted está viviendo muy por debajo de sus privilegios y responsabilidades.  Es el tiempo preciso para examinarse.

Si usted tiene razón para pensar que usted es un creyente verdadero y aun no crece en gracia, debe haber una falla, y una grave, en alguna parte.  No es la voluntad de Dios que su alma esté tranquila.  “El da más gracia”.  El “se complace en la prosperidad de Su siervo” (Sal 35.27).  No es para nuestra felicidad o uso que su alma deba permanecer inmutable.  Sin crecimiento usted nunca se regocijará en el Señor (Fil 4:4).  Sin crecimiento nunca hará el bien a otros.   ¡Por cierto que esta necesidad de crecimiento es una materia de seriedad!  Debería provocar en usted un examen de conciencia.  Debe haber alguna “cosa secreta” (Job 15:11).  Debe existir una causa.

Atienda el consejo que le doy.   Resuelva en este mismísimo día que usted buscará  la razón de su condición de indiferencia.  Pruebe con una mano firme y confiada en cada rincón de su alma.  Busque en todos los lugares hasta que encuentre el Acan que está debilitando sus manos.    Comience con una solicitud al Señor Jesucristo, el gran Médico de las almas, y pídale a Él que lo sane de la secreta dolencia que hay en su interior, cualquiera sea esta.  Comience como si usted nunca antes hubiera estado frente a Él y pida la gracia  para cortar la mano derecha y arrancarse el ojo derecho.   Pero nunca, nunca se sienta satisfecho si su alma no crece.  Por razón de su paz, de su utilidad, por el honor de la causa de su Hacedor, resuélvase a encontrar  el por qué de su condición.

3. Este mensaje puede caer en manos de alguien que está realmente creciendo en gracia pero no está apercibido de ello y no lo admite.  ¡Su propio crecimiento es la razón de que no vean el crecimiento!  Su continuo incremento en humildad los previene de sentir que lo han logrado.  Como Moisés, cuando bajó del monte luego de hablar con Dios, sus caras resplandece, y aun así, como Moisés, no logran verlo (Exo. 34:29).  Tales cristianos, lo concedo abiertamente, no son comunes, pero aquí y allá algunos pueden ser encontrados.  Como las visitas de ángeles, son pocos y lejanos entre sí.  ¡Feliz es la vecindad donde tales cristianos en crecimiento viven!  Encontrarlos, verlos y estar en su compañía es encontrar una “pizca de cielo en la tierra”.

¿Y que les diría yo a tales personas?  ¿Qué puedo decir?  ¿Qué debo decir?  ¿Debo despertarlos a la conciencia de su propio crecimiento y que se envanezcan él?  No haré nada de eso.  ¿Les diré que se envanezcan en su propios logros y se sientan superiores a otros?  ¡Dios lo prohíbe!  No haré tal cosa.   Decirle tales cosas no sería hacerles ningún bien.  Decirles tales cosas, sobre todo, sería una pérdida inútil de tiempo.  Si hay alguna marca del crecimiento del alma que especialmente los identifica, esa es su profundo sentido de su propia falta de mérito.  Nunca ven nada por lo cual ser alabados.  Simplemente sienten que son siervos inútiles y pecadores máximos.  ¿Representa al justo, en el cuadro del día del juicio, que dice “Señor, cuando te vimos que tenías hambre y te alimentamos? (Mat. 25:37).   Los extremos, algunas veces, se encuentran extrañamente.  El pecador de dura conciencia y el santo eminente son, en un sentido, particularmente parecidos.  Ninguno de ellos es capaz de darse cuenta de su propia condición.  ¡El uno no ve sus propios pecados y el otro, su propia gracia!.

Sin embargo, ¿no diré algo a los cristianos en crecimiento?  ¿Hay alguna palabra de consejo para dirigírselas a ellos?  La suma y sustancia de todo lo que puedo decir se encuentra en dos oraciones “¡Sigan adelante!  ¡Prosigan!”

Nunca podemos tener suficiente humildad, demasiada fe en Cristo, demasiada santidad, demasiada espiritualidad de mente, demasiada caridad, demasiado celo en hacer el bien a los otros.  Entonces, estemos continuamente olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndonos a lo que está delante” (Fil. 3:13).  Lo mejor en estas materias de los cristianos está infinitamente más bajo del molde perfecto de su Señor.  Que el mundo diga lo que quiera,  nosotros podemos estar seguros de que no hay daño alguno si nos volvemos “demasiado buenos”.

Echemos a los vientos como vana conversación la común noción de que es posible ser “extremo” e ir “demasiado lejos” en religión.   Esa es la mentira favorita del demonio y una que él hace circular con vasta laboriosidad.  Sin duda que hay entusiastas y fanáticos que traen un pésimo testimonio al cristianismo por sus extravagancias y tonteras, pero si alguno quiere decir que un hombre mortal puede ser demasiado humilde, demasiado caritativo, demasiado santo o demasiado diligente en hacer bien, debe ser o bien un fiel o un tonto.  Al servir el placer y el dinero es fácil ir demasiado lejos; pero en seguir las cosas que construyen la verdadera religión y servir a Cristo no hay extremos.

Nunca midamos nuestra religión por los otros y pensemos que estamos haciendo suficiente si hemos ido más lejos que nuestros vecinos.  Esta es otra trampa del demonio.  Preocupémonos de nuestro propio negocio.  ¿Y cual es ese para usted? Dijo nuestro Maestro en cierta ocasión:  “Síganme” (Jn 21:22).  Sigámoslo, persiguiendo nada más que la perfección.  Continuemos haciendo que la vida de Cristo y su carácter sean nuestro único modelo y ejemplo.  Continuemos, recordando diariamente que a lo sumo somos miserables pecadores.  Continuemos y nunca olvidemos que nada significa si somos mejores que otros o no.   En nuestro mejor punto estamos aún lejos de lo que debemos ser.  Siempre habrá oportunidad de mejorar.   Somos deudores de la misericordia de Cristo y su gracia hasta el final.  Entonces, dejemos de mirar a otros y de compararnos con otros.  Encontraremos suficiente para hacer si miramos nuestros propios corazones.

Al final, pero no menos importante, si sabemos algo del crecimiento en gracia y deseamos saber más, no nos sorprendamos de que debamos enfrentar pruebas y aflicciones en este mundo.   Creo firmemente que es la experiencia de casi todos los más eminentes santos.  Como su bendito Maestro, ellos han sido hombres de pesar, acongojados y hechos perfectos a través del sufrimiento (Isa 53:3; Heb. 2:10).   Es un dicho sorprendente de nuestro Señor “Cada rama en mí que lleva fruto (mi Padre), lo limpiará, para que lleve más fruto” (Jn 15:2).  Es un hecho triste que la constante prosperidad temporal, como una regla general, es perjudicial para el alma del creyente.  No podemos soportarla.  Enfermedad y pérdidas, cruces y ansiedades y desilusiones parecen absolutamente necesarias para mantenernos humildes, vigilantes y espirituales.   Estas son tan necesarias como la tijera que poda las uvas y el horno que refina oro.  No son agradables a la carne y la sangre.  No nos gustan y a menudo no vemos su significado. “Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados” (Heb. 12:11).  Encontraremos que todo funcionó para nuestro bien cuando alcancemos el cielo.    Dejemos que estos pensamientos habiten nuestras mentes, si amamos el crecimiento en gracia.  Cuando los días de oscuridad vengan sobre nosotros no pensemos que es una cosa extraña, más bien recordemos que las lecciones se aprenden en tales días, las cuales nunca hubiésemos aprendido si hubiesen sido en días soleados.  Digámonos a nosotros mismos:   “Esto también es para mi ganancia, para que pueda ser coparticipe de la santidad de Dios.  Es enviada con amor.  Estoy en la mejor escuela de Dios.  Corrección es instrucción.   Su intención es hacernos crecer”.

Hasta aquí dejo el tema del crecimiento en gracia.  Confío que he dicho lo suficiente para poner  a pensar a algunos lectores.   Todas las cosas se añejan:  el mundo se vuelve viejo, nosotros nos volvemos viejos.   Unos pocos veranos más, unos pocos inviernos más , un poco más de enfermedades, un poco más de penas, unas pocas bodas más, unos pocos funerales más, unas pocas reuniones más y unas pocas partidas más y luego –¿qué?  ¡Porque el pasto estará creciendo sobre nuestras tumbas!

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