Santidad: 7. Certeza

1. Introducción

2. Pecado

3. Santificación

4. Santidad

5. La batalla

6. El costo

7. Crecimiento

Traducido por Erika Escobar

“Yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.  Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, Juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman Su venida” (2 Tim. 4:6-8).

Aquí vemos al apóstol Pablo mirando en tres dimensiones: Hacia abajo, hacia atrás, hacia adelante –hacia abajo, a la tumba; hacia atrás, su propio ministerio; hacia adelante, ¡por el gran día, el día del juicio!

Nos haría bien estar al lado del apóstol Pablo por unos pocos minutos y advertir las palabras que usa. ¡Feliz es el alma que puede mirar donde Pablo miró y luego hablar como Pablo habló!

a. El mira hacia abajo, a la tumba y lo hace sin temor.  Escuche lo que él dice: “Estoy listo para ser sacrificado”.  Soy como un animal presentado en el lugar del sacrificio y estoy atado al altar.  La bebida ofrecida, la que generalmente acompaña a la ofrenda, está lista para ser escanciada.  Ya se han efectuado las últimas ceremonias; cada preparación ha sido hecha.   Sólo resta recibir el aliento de la muerte y, luego, todo terminará.

“El tiempo de mi partida está cercano”.  Soy como un barco cuyas amarras están prontas a soltarse para a navegar.  Todo está a bordo preparado.  Espero solamente soltar las amarras que me atan a la orilla y emprender mi viaje.

¡Estas son palabras extraordinarias que salen de los labios de un hijo de Adán como somos nosotros mismos!  La muerte es una cosa solemne y lo es más aún cuando la vemos aproximarse a nosotros.  La tumba es un lugar frio y nauseabundo, y es vano pretender que no involucra terrores.  Aun así, he aquí un hombre mortal que puede mirar calmadamente en la angosta “casa asignada para todos los vivientes” y dice, mientras espera en la orilla, “Lo veo todo y no tengo temor”.

b. Escuchémoslo nuevamente a él.   El mira hacia atrás a su vida de ministerio y lo hace sin vergüenza alguna.  Escuchemos lo que él dice: “He peleado la buena batalla”.  Aquí habla como un soldado.  He peleado la buena batalla con el mundo, la carne y el mal, por las cuales muchos encogen y dan pie atrás.

“He terminado mi camino”.  Allí habla como uno que ha corrido por un premio.  He corrido la carrera que me fue designada.  He ido a través de la huella que me asignaron sin importar lo áspero y escarpado.  No me he desviado a causa de las dificultades ni me he desanimado por lo largo del camino.  Al final estoy viendo el objetivo.

“He guardado la fe”.  Aquí habla como un mayordomo.  He mantenido firme el glorioso evangelio que me fue confiado.  No lo he mezclado con las tradiciones del hombre ni dañado su simplicidad, agregando mis propias invenciones ni he permitido a otros adulterarlo sin resistirlos en sus caras.  “Como un soldado, un corredor, un mayordomo”, parece decir, “No estoy avergonzado”.

Feliz es aquel cristiano que puede abandonar el mundo y dejar tal testimonio tras de sí.  Una buena conciencia no salvará a ningún hombre, no lavará ningún pecado, y no elevará  al cielo, ni tan siquiera en la anchura de un cabello, aunque una buena conciencia puede ser un visitante agradable al borde de nuestro lecho de muerte.  Existe un buen pasaje en el Progreso del Peregrino que describe el paso del viejo Honesto a través del rio de la muerte.  “El río,” dice Bunyan, “en ese tiempo sobrepasó sus bancos, pero el Señor Honesto a lo largo de su vida había hablado a una Buena Conciencia encontrarlo allí,  lo cual él también hizo, y le tendió su mano y lo ayudó a cruzar”.   Podemos estar seguros, que hay un tesoro de verdad en ese pasaje.

c. Escuchemos una vez más al apóstol.   El mira hacia adelante al gran día del ajuste de cuentas, y lo hace sin ninguna duda.   Marque sus palabras: “Me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, Juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman Su venida”.  “Una gloriosa recompensa”, parece decir, “está lista para mi” – incluso esa corona que es dada sólo a los justos.   En el gran día del juicio el Señor me dará esa corona a mí y todos aquellos otros que lo han amado como un Salvador no visto y han ansiado verlo cara a cara.  Mi trabajo en la tierra ha terminado.   Sólo hay una cosa que me queda por esperar y nada más”.

Observemos que el apóstol habla sin vacilación ni desconfianza.   El se refiere a la corona como una cosa segura y como ya propia.  Declara con una confianza inquebrantable su firme convicción de que el Juez justo se la dará.   Paulo no era un extraño a las circunstancias y acompañamientos de ese solemne día al que hacía mención.  El gran trono blanco, el mundo congregado, los libros abiertos, la revelación de todos los secretos, los ángeles que escuchaban, la horrible sentencia, la eterna separación de los perdidos y los salvados –  todas esas eran cosas sobre las cuales estaba bien apercibido.  No obstante ninguna de esas cosas lo conmocionaban.  Su gran fe se sobreponía a ellas y sólo veía a Jesus, su Abogado predominante, y la sangre rociada y los pecados lavados.  “Una corona”, dice, ”está dispuesta para mí”.  “El Señor mismo me la dará”.  Habla como si lo viera todo con sus propios ojos.

Esos son los principales puntos que estos versículos contienen.  No hablaré de todos ellos porque quiero centrarme en un tema especial en esta exposición.  Intentaré considerar tan solamente un punto del pasaje bíblico.   Este punto es la potente “certeza de esperanza”, con la cual el apóstol espera su propio desenlace en el día del juicio.

Consideraré el tema sin dificultades pero, al mismo tiempo con temor y temblor. Siento que estoy pisando un terreno difícil y que es fácil hablar atolondradamente  y sin base bíblica en esta materia.  El camino entre la verdad y el error aquí es especialmente angosto, y si se me habilita a  hacer el bien a algunos sin hacer daño a otros, estaré muy agradecido.

Expondré la realidad Escritural para una esperanza segura, así como explicare por qué algunos aún siendo salvos nunca la consiguen.  También, explicaré por qué la promesa es deseable y remarcaré por qué es tan raramente adquirida.

Si no estoy demasiado equivocado, existe una intima conexión entre la verdadera santidad y la certeza.   Antes de que cierre este mensaje, espero mostrar a mis lectores la naturaleza de esa conexión.  Por ahora, me contentaré con decir que donde hay mucha santidad existe generalmente mucha certeza.

1. UNA ESPERANZA SEGURA ES UNA COSA VERDADERA Y ESCRITURAL.

La certeza, como Pablo expresa en los versículos que encabezan este mensaje, no es una mera fantasía o sentimiento.  No es el resultado de espíritus animales elevados, o de un temperamento sanguíneo del cuerpo.   Es un evidente regalo del Espíritu Santo,  otorgado sin referencia a la constitución física de los hombres, y un regalo que cada creyente en Cristo debe procurarse y tratar de conseguir.

En asuntos como estos, la primera pregunta es:   ¿Qué dicen las Escrituras?   Contesto esa pregunta sin  la más mínima vacilación.   La Palabra de Dios, me parece a mí, enseña claramente que un creyente puede obtener una confianza segura con respecto a su propia salvación.

Expreso de lleno  y claramente, como una verdad de Dios, que un verdadero cristiano, un hombre convertido, puede alcanzar ese grado confortador de fe en Cristo, que en general lo lleva a sentirse enteramente confiado en el perdón y en la seguridad de su alma, raramente se mortificará con dudas, raramente se distraerá con miedos, raramente se estresará con cuestionamientos ansiosos.   En breve, aunque desconcertado con muchos conflictos internos con el pecado, mirará la muerte sin temblar y el juicio sin decaer.  Esto, digo, es la doctrina de la Biblia.

Tal es mi declaración de certeza.  Desearía pedir a mis lectores que lo marquen bien.  No digo ni nada más ni nada menos de lo que he fundamentado aquí.

Un pronunciamiento como este es a menudo objeto de disputa y negación.  Muchos ni siquiera pueden ver la verdad del mismo.

La iglesia de Roma denuncia la certeza en los términos más desmedidos.  El Concilio de Trento declara rotundamente que la “certeza de un creyente sobre el perdón de sus pecados es una confianza vana e impía”; y el Cardenal Belarmino#, el renombrado campeón del Romanismo, la llama “el error fundamental de los herejes”.

La vasta mayoría de cristianos mundanos e irreflexivos que están entre nosotros se oponen a la doctrina de la certeza.  Los ofende y enoja escuchar acerca de ella.  No les gusta que otros se sientan cómodos y seguros porque ellos nunca se sienten así.   ¡Pregúntenles si sus pecados son perdonados y ellos probablemente dirán que no lo saben!  Que ellos no puedan recibir la doctrina de la certeza indudablemente no es asombroso.

Sin embargo hay algunos verdaderos cristianos que rechazan la certeza o escapan de ella como una doctrina llena de peligro.  Consideran sus bordes dentro de la presunción.  Parecen pensar que es una humildad adecuada nunca sentirse seguros, nunca estar confiados y vivir con un cierto grado de duda y suspenso acerca de sus almas.  Esto es de lamentar y causa mucho daño.

Francamente admito que hay personas presuntuosas que declaran sentir una confianza de la cual ellos no tienen una garantía en las escrituras.  Siempre hay algunas personas que piensan bien de ellos mismos cuando Dios piensa mal, así como hay otras que piensan mal de sí mismas cuando Dios piensa bien.  Siempre habrá personas como estas.  Nunca hasta ahora ha existido una verdad escritural que sea abusada o falseada.  La elección de Dios, la impotencia del hombre, la salvación por gracia – de todas se abusa igualmente.  Habrá fanáticos y entusiastas mientras el mundo exista.  A pesar de todo esto, la certeza es una realidad y una verdad; y los hijos de Dios no deben permitirse ser confundidos de la verdad sólo porque se abusa de ella.

Mi respuesta para todos aquellos que niegan la existencia de una certeza real y bien asentada, es simplemente esta:  “¿Qué dicen las Escrituras?”   Si la certeza no está allí,  no tengo nada más que decir.

¿Mas, no es Job quien dice:  “Sé que mi Redentor vive, y que El estará hasta el último día en la tierra y aun después de que los gusanos destruyan mi cuerpo, aún en mi carne veré a Dios”?  (Job 19:25,26).

¿No es David quien dice: “Aunque camine en valles de sombras de muerte, no temeré mal alguno porque Tú estás conmigo, Tu vara y Tu cayado me confortan”? (Sal 23:4).

¿No es Isaías quien dice:  “Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento esta en Ti; porque en Ti confía”?  (Isa. 26:3).

¿Y nuevamente, “El resultado de la justicia será paz; y el efecto de la justicia, reposo y certeza para siempre”? (Isa. 32:17).

¿No es Pablo quien dice a los Romanos:  “Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, 39 ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús nuestro Señor?” (Rom. 8:38,39)

¿No es también el que dice a los Corintios:  “Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos?” (2 Cor. 5:1).

¿Y nuevamente  “Estamos siempre confiados, sabiendo que entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor”?  (2 Cor. 5:6).

¿No es el que le dice a Timoteo: “Porque yo sé en quien he creído y estoy seguro que El  es capaz de guardar lo que he confiado a El”? (2 Tim. 1:12).

¿Y no es él quien habla a los Colosenses de la “plena certeza de entendimiento” (Col. 2:2) y a los Hebreos de la “plena certeza de la fe” y la “plena certeza de la esperanza”?  (Heb. 10:22, 6:11).

¿No es Pedro quien expresivamente dice “Sean diligentes en hacer su llamado y elección seguros”? (2 Ped. 1:10)

¿No es Juan el que dice: “Sabemos que hemos pasado de muerte a vida”? (1 Jn. 3:14)

¿Y otra vez: “Estas cosas que he escrito para que crean en el nombre del Hijo de Dios, para que sepan que tienen vida eterna? (1 Jn 5:13).

Y otra vez:  “Sabemos que somos de Dios”? (1 Jn 5:19).

¿Qué diremos de estas cosas?  Deseo hablar con toda humildad sobre cualquier punto de controversia.  Aunque siento que soy sólo un pobre hijo de Adán falible,  debo decir que en los pasajes que he citado veo algo mucho más elevado que las meras “esperanzas” y “confianzas” con las cuales muchos creyentes parecen estar satisfechos hoy en día.  Veo el lenguaje de la convicción, confianza, conocimiento –no, podría casi decir, certeza. Y siento, para mí mismo, si tomara estas Escrituras en su significado simple y obvio, que la doctrina de la certeza es verdadera.

Más aún, mi respuesta para todos aquellos a los que no les gusta la doctrina de la certeza porque bordea en la presunción, es que difícilmente puede ser presuntuoso caminar en los pasos de Pedro y Pablo, de Job y de Juan.   Ellos eran reconocidamente humildes y hombres sin pretensión y aun así hablan de su propio estado con una esperanza segura.   Esto debería enseñarnos que una profunda humildad y una certeza firme son perfectamente compatibles, y que no existe necesariamente conexión entre la confianza espiritual y el orgullo.

Aún más, mi respuesta es que muchos, incluso en los tiempos modernos, han logrado la esperanza segura de la forma en que nuestro texto lo expresa.   No concederé ni por un momento que ella era un privilegio especial confinado a los días de los apóstoles.  Ha habido en nuestra tierra muchos creyentes que han parecido caminar en una casi ininterrumpida comunión con el Padre y el Hijo, que parecieron disfrutar  de un sentido casi incesante de la luz  del rostro brillante reconciliado de Dios sobre ellos, y han dejado su experiencia en los registros.  Podría mencionar nombres bien conocidos, si el espacio me lo permitiera.   Esta cosa ha sido y es- y eso es suficiente.

Por último, mi respuesta, es:   no puede haber error en sentirse confiado en un asunto en que Dios habla incondicionalmente;  creer decididamente cuando Dios promete decididamente, tener la segura convicción de perdón y paz cuando descansamos en las palabras y el juramento de Aquel que nunca cambia.   Es un error grave suponer que el creyente que siente esa certeza está descansando en lo que ve en sí mismo, cuando simplemente se abandona al Mediador del Nuevo Pacto y la verdad de  la Escritura; cuando cree que el Señor Jesus quiere decir lo que El dice y toma Sus palabras.  La certeza, después de todo, no es más que una fe desarrollada, una fe férrea que se agarra a la promesa de Cristo con ambas manos, una fe que arguye como el buen centurión:  “Del Señor una palabra solamente, y seré sanado. ¿Entonces por qué dudaré?” (Mat. 8:8).

Podemos estar seguros de que Pablo es el último hombre del mundo que construiría su certeza en algo propio de sí mismo.  Quien podía calificarse a sí mismo como “el máximo de los pecadores” (1 Tim. 1:15) tenía un profundo sentido de su propia culpa y corrupción.  Pero también tenía un profundo sentido de la longitud y profundidad de la justicia de Dios imputada a sí mismo.  El que podía gritar: “Miserable de mi” (Rom. 7:24), tenía una clara visión de la fuente de maldad que había en su corazón.  No obstante, también  tenía una visión más clara aún de que otra Fuente podía “remover todo pecado e inmundicia”.  Aquel que se pensó a sí mismo “menos que el más pequeño de todos los santos” (Efe. 3:8), tenía un vívido y permanente sentimiento de su propia debilidad, pero también tenía un sentimiento aún más vívido de la promesa de Cristo,  “mi oveja nunca perecerá” (Jn. 10:28), que no podía ser quebrantada.  Pablo sabía, si algún hombre puede, que él era una pobre, frágil corteza flotando en un océano tormentoso. El vio, si alguno pudo, las olas ondulantes y la rugiente tempestad que lo rodeaban. Sin embargo se despojó de sí mismo y miró a Jesus y no sintió temor.  El recordó el ancla dentro del velo, que es a la vez “segura y firme” (Heb. 6:19).  Recordó la palabra y el trabajo y la constante intercesión de Aquel que lo amó y se dio a sí mismo por él.  Y eso fue, y nada más que eso, lo que lo habilitó a decir valientemente “Una corona está dispuesta para mi, y el Señor me la dará”, y para concluir tan seguro “El Señor me preservará,  nunca seré confundido”.

2. UN CREYENTE PUEDE NO LLEGAR A TENER NUNCA ESTA ESPERANZA SEGURA Y DE TODOS MODOS SER SALVO.

No desearía provocar que un corazón arrepentido entristezca si Dios no lo ha hecho triste, o desalentar a un desvanecido hijo de Dios, o causar la impresión que los hombres no tienen parte o mucho de Cristo, excepto que sientan la certeza.

Una persona puede tener fe salvadora en Cristo y aun así nunca disfrutar de una confianza segura como la que el apóstol Pablo tuvo.  Creer y tener una vislumbrante esperanza de aceptación es una cosa, tener “el gozo y la paz” en nuestra creencia y abundar en esperanza, es otra muy distinta.   Todos los hijos de Dios tienen fe, no todos tienen certeza.  Pienso que esto no debe olvidarse nunca.

Sé que algunos hombres grandes y buenos han mantenido una opinión diferente.  Creo que muchos excelentes ministros del evangelio, a cuyos pies gratamente me sentaría, no permiten la distinción que he hecho.  No deseo llamar a ningún hombre maestro.  Temo, como cualquier otro, a la idea de sanar las heridas de conciencia ligeramente, pero  no debo pensar en ningún otro punto de vista que aquel que he dado al predicar un evangelio mucho más incómodo, y uno muy propenso a retener  las almas por un largo tiempo ante las puertas de vida.

No me encojo al decir que por gracia un hombre puede tener suficiente fe para  volar a Cristo – realmente suficiente fe  para permanecer en El, realmente confiar en El, realmente ser un hijo de Dios, realmente para ser salvo y aun así hasta el último de sus días nunca haber estado libre de la ansiedad, duda y miedo.

“Una carta”, dice un Viejo escritor, “puede escribirse, aunque no sea sellada, del mismo modo la gracia puede escribirse en el corazón y aun así el Espíritu puede no colocar su sello de certeza en él”.

Un niño puede nacer heredero de una gran fortuna y aún nunca ser consciente de sus riquezas, puede vivir pueril, morir pueril y nunca saber la grandeza de sus posesiones.  Y de ese mismo modo un hombre puede ser un bebé en la familia de Cristo, pensar como un bebé, hablar como un bebé y, aunque salvo, nunca disfrutar una esperanza viva o saber de los privilegios reales de su herencia.

Que ningún hombre confunda mi decir cuando aludo vigorosamente a la realidad, privilegio e importancia de la certeza.   No hagan la injusticia de decir que  enseño que ninguno es salvo excepto aquel que pueda decir junto con Pablo “Yo sé y estoy convencido… hay una corona dispuesta para mí”.  No estoy diciendo eso.  No enseño eso.

Más allá de cualquier cuestionamiento, un hombre debe tener fe en el Señor Jesucristo si va a ser salvo.  No veo ninguna otra forma de acceder al Padre.  No veo intimidad con la misericordia excepto a través de Cristo.  Un hombre debe sentir  sus pecados y estado de perdición, debe venir a Jesus por perdón y salvación, debe poner su esperanza en El, y en El solamente.  Sin embargo, si solo tiene fe para hacer esto, sin importar cuán débil y feble esa fe sea, comprometo en decir  con las garantías que da la Escritura, que nunca perderá el cielo.

Nunca, nunca restrinjamos la libertad del glorioso evangelio o cortemos sus justas proporciones.  Nunca hagamos la puerta más estrecha y el camino más angosto de lo que el orgullo y el amor al pecado ya han hecho.  El Señor Jesus es piadoso y tiene misericordia tierna.  El no observa la cantidad de fe, sino la calidad; no mide sus grados, sino su verdad.  El no romperá ningún  carrizo magullado, ni sofocara ningún lino humeante.  Nunca permitirá que se diga que alguien pereció a los pies de la cruz.  “Aquel que viene a Mi”, dice, “no será desamparado” (Jn 6:37).

¡Si!  Aunque la fe del hombre no sea más grande que la semilla de un grano de mostaza, si sólo lo trae a Cristo, y lo posibilita de tocar el dobladillo de Su vestido, será salvo –tan salvo  como los santos más ancianos en el paraíso, tan salvo como completa y eternamente lo han sido Pedro o Juan o Pablo.   Hay grados en nuestra santificación; en nuestra justificación, ninguno.  Lo que está escrito, escrito está y nunca fallará:  “Cualquiera que cree en El”,  no dice cualquiera que tiene una fe firme y poderosa, “Cualquiera que cree en El, no será avergonzado” (Rom. 10:11).

Pero debe recordarse siempre, que un alma pobre en creer puede no tener certeza completa de su perdón y aceptación de Dios.  Puede aproblemarse, tener miedo tras miedo, duda tras duda.  Puede tener mucho cuestionamiento interior y ansiedad, muchas luchas, y mucho recelo, nubes y oscuridad, tormentas y tempestades hasta el final.

¿Una fe simple y desnuda  en Cristo salvará a un hombre aunque nunca pueda alcanzar la certeza, pero lo llevará al cielo con consuelo abundante y fuerte?  Concedo que podrá atracar seguro en el puerto pero no concedo que entrará en el puerto a plena navegación, confiado y regocijado.  No me sorprendería si alcanza el deseado refugio contra el clima -golpeado y arrojado por la tormenta-  sin darse cuenta apenas de su propia seguridad sino sólo hasta el momento en que abra sus ojos en la gloria.

Un investigador de la religión podría encontrar más entendimiento si hiciera estas simples distinciones entre fe y certeza.   Es muy fácil confundir ambas.  Fe, recordemos, es la raíz y la certeza es la flor.  Sin duda que nunca tendrá la flor sin la raíz, pero no es menos cierto que usted puede tener la raíz y no la flor.

Fe es esa pobre mujer temblorosa que vino detrás de Jesus y tocó el dobladillo de Su vestido (Mar. 5:25).  Certeza es Felipe parado calmadamente en medio de sus asesinos diciendo “Veo los cielos abiertos, y el Hijo del hombre parado a la derecha de la mano de Dios” (Hec. 7:56).

Fe es el ladrón penitente, gritando “Señor, recuérdame” (Luc 23:42).  Certeza es Job, sentado en el polvo, cubierto de llagas, diciendo “Sé que mi Redentor vive” (Job 19:25).  “Aunque El me de muerte, aún confío en El” (Job 13:15).

Fe es el grito ahogado de Pedro, cuando comenzó a hundirse, “¡Señor, sálvame!” (Mat. 14:30).  Certeza es el mismo Pedro declarando ante el consejo en los tiempos posteriores “Esta es la  piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. 12 Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”. (Hec. 4:11,12).

Fe es la ansiosa y trémula voz “Señor, yo creo, ayuda a mi incredulidad” (Mar 9:24).   Certeza es el desafío confiado ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? ¿Quién es el que condena? (Rom. 8:33, 34). Fe es la oración de Saulo en la casa de Judas en Damasco, lleno de pesar, ciego y solo (Hec. 9:11).  Certeza es Pablo, cuando prisionero, mirando calmadamente la tumba y diciendo “Yo sé en quien he creído.  Hay una corona para mi” (2 Tim. 1:12, 4:8).

Fe es vida.  ¡Cuán grande bendición!  ¿Quién puede describir o darse cuenta del golfo que existe entre la vida y la muerte?  “Un perro que vive es mejor que un león muerto” (Ecl. 9:4).  Y aun así la vida puede ser débil, enferma, insalubre, dolorosa, fastidiosa, ansiosa, fatigosa, aburrida, triste, sin sonrisas hasta el final.  Certeza es más que vida.  Es salud, fortaleza, poder, vigor, actividad, energía, humanidad, belleza.

No es una cuestión de “ser salvo o no” la que se pone ante nosotros sino el “privilegio o el no privilegio”.   No es una cuestión de paz o no paz, sino de gran paz o poca paz.  No es una cuestión entre los errantes de este mundo y la escuela de  Cristo:  es aquel que únicamente pertenece a la escuela; es lo se encuentra entre la primera y las últimas formas.

Aquel que tiene fe hace bien.  ¡Debería estar feliz si todos los lectores de este mensaje la tienen, tres veces bendecidos son aquellos que creen!  Están seguros. Están limpios. Están justificados.  Están más allá del poder del infierno.  Satanás, con toda su malicia, nunca los arrancará de la mano de Cristo.  No obstante aquel que tiene certeza lo hace mucho mejor –ve más, siente más, sabe más, disfruta más, tiene más días como aquellos de los que se habla en Deuteronomio “los días del cielo en la tierra” (Deut. 11:21)

3. RAZONES POR LAS CUALES UNA ESPERANZA SEGURA DEBE SER DESEADA CON ARDOR.

Solicito especial atención para este punto.  Deseo de corazón que la certeza fuera buscada más de lo que lo es.  Muchos entre nosotros que creen comienzan a dudar y continúan dudando, viven en duda y mueren en duda, y van al cielo en una clase de niebla.

Sería enfermizo comenzar a hablar en una manera ligera de “esperanzas” y “confianzas”.  No obstante, me temo que muchos de nosotros nos sentamos satisfechos con ellas y no vamos más allá.   Me gustaría ver menos  “dudosos” en la familia del Señor y más que puedan decir “Yo sé y estoy convencido”.  ¡Oh! ¡Que todos los creyentes pudieran codiciar los mejores regalos y no estar contentos con menos!  Muchos se pierden la marea completa de bendición que el evangelio tenía por propósito entregar.  Muchos mantienen su alma en un estado alicaído y famélico, mientras que su Señor les dice “Coman y beban abundantemente, oh amados”.  “Pide y recibe, que tu gozo sea completo” (Cant. 5:1, Jn 16:24)

1. Recordemos que la certeza debe ser deseada por el regalo de comodidad y paz que ofrece.  Las dudas y los miedos tienen el poder de dañar mucho la felicidad de un verdadero creyente en Cristo.  Incertidumbre y suspenso son lo suficientemente dañinos en cualquier condición –en materia de nuestra salud, nuestra propiedad, nuestras familias, nuestros afectos, nuestros llamados terrenales – pero nunca lo son más que en los asuntos de nuestras almas.   En la medida en que un creyente no puede ir mas allá de los   “yo espero”, y “yo confío”, el sentirá en forma manifiesta un grado de incertidumbre acerca de su estado espiritual.  Estas palabras por sí mismas implican mucho.  El dice “Yo espero” porque no se atreve a decir “Yo sé”.

La certeza va lejos para liberar a un hijo de Dios de su dolorosa clase de esclavitud y a través de ello ministrar poderosamente para su consuelo.  Lo posibilita a sentir que el gran negocio de la vida es un negocio cerrado, que la gran deuda esta pagada, la gran enfermedad ha sido curada, y que el gran trabajo es un trabajo terminado, y todos los otros asuntos, enfermedades, deudas y labores son, entonces por comparación, pequeñas. En esta forma la certeza lo hace paciente en la tribulación, calmado en los duelos, impasible en el pesar, no temeroso ante las mareas de la maldad, en cada situación está contento, porque ella le da firmeza de corazón.  Endulza sus copas amargas, disminuye el peso de sus cruces, suaviza los lugares ásperos por los que viaja, ilumina los valles de sombra de muerte.  Lo hace sentir siempre que tiene algo sólido bajo sus pies y algo firme bajo sus manos –un amigo seguro en el camino, y un hogar seguro al final.

La certeza ayudará a un hombre a soportar la pobreza y las pérdidas.  Le enseñará a decir “Yo sé que tengo en el cielo una sustancia mejor y más permanente.  Plata y oro no tengo, pero la gracia y la gloria son mías, y estas nunca pueden volverse por sí mismas alas y volar lejos. “Aunque la higuera no florezca, yo me alegraré en Jehová” (Hab. 3:17, 18)

La certeza sustentará a un hijo de Dios cuando viva los duelos más pesados y lo ayudará a sentir que “está bien”.  Una alma asegurada dirá “Aunque mis amados sean tomados lejos de mí, aún así Jesus es el mismo, y está vivo para siempre.  Cristo, habiéndose levantado entre los muertos, no muere.  Aunque mi casa no sea como la sangre y la carne desean, tengo un pacto perpetuo, ordenado en todas las cosas y seguro” (2 Rey 4:26, Heb. 13:8, Rom. 6:9, 2 Sam. 23:5).

La certeza permitirá a un hombre alabar a Dios y ser agradecido aunque esté en prisión, como Pablo y Silas en Filipos.  Puede dar a un creyente canciones aun en las noches más oscuras y gozo cuando todo parece estar yendo contra él (Job 35:10, Sal. 42:8).

La certeza permitirá a un hombre dormir aun sabiendo que morirá al día siguiente, como Pedro en el calabozo de Herodes.   Le enseñará a decir “Me acostaré y dormiré en paz, porque Tu, mi Señor, me haces estar confiado” (Sal 4:8) .

La certeza puede hacer a un hombre regocijarse en sufrir vergüenza por la causa de Cristo, como los apóstoles hicieron cuando fueron puestos en prisión en Jerusalén (Hec. 5:41).   Le recordará que puede “regocijarse” y estar feliz en exceso (Mat. 5:12), y que hay en el cielo  un sobreabundante peso de gloria que hará las compensaciones para todos (2 Cor. 4:17).

La certeza habilitará a un creyente a enfrentar la muerte violenta y dolorosa sin miedo, como Felipe hizo en el comienzo de la Iglesia de Cristo, y como Cranmer, Ridley, Hooper, Latimer, Rogers y Taylor hicieron en nuestro propio país. Traerá a su corazón los textos “No tengas miedo de aquellos que pueden matar el cuerpo, después de eso no hay nada más que ellos puedan hacer” (Luc. 12:4).  “Señor Jesus, recibe mi espíritu”. (Hec. 7:59).

La certeza auxiliara a un hombre en el dolor y la enfermedad, hará su cama y suavizará su almohada en la muerte.  Le permitirá decir “Si mi casa terrenal falla, tengo un edificio en Dios” (2 Cor. 5:1). “Deseo partir y estar con Cristo” (Fil. 1:23).  “Mi carne y mi corazón pueden fallar, pero Dios es la fortaleza de mi corazón y mi porción por siempre” (Sal. 73:26).

La fuerte consolación que la certeza pueda dar en la hora de la muerte es un punto de mucha importancia.  Podemos depender de ella.  Nunca sentiremos la certeza tan preciada como cuando nuestro turno de morir llegue.  En esa terrible hora hay pocos creyentes que no descubren el valor y el privilegio de una “esperanza segura”,  cualquiera sea la cosa que ellos hayan pensado acerca de ella durante sus vidas.   “Esperanzas” y “confianzas” generales están muy bien cuando el sol brilla y el cuerpo es fuerte, pero cuando enfrentamos la muerte, querríamos poder ser capaces de decir “Yo sé” y “Yo siento”.   El rio de la muerte es una corriente fría y tenemos que cruzarla solos”  Ningún amigo terrenal puede ayudarnos.  El último enemigo, el rey de los terrores, es un rival fuerte.  Cuando nuestras almas estén partiendo, no habrá afecto tan fuerte como el vino de la certeza.

En el Libro de Oración hay una hermosa expresión para el servicio de visitación de los enfermos:  “Dios todopoderoso, que es la torre más fuerte para todos los que ponen su confianza en El, sea ahora y por siempre tu defensa, que te haga saber y sentir que no hay otro nombre bajo el cielo a través del cual puedas recibir salud y salvación, excepto el nombre de nuestro Señor Jesucristo”.    Los compiladores del servicio mostraron gran sabiduría en esto.  Vieron que cuando los ojos se nublan y el corazón se debilita, y el espíritu está a punto de partir, debe haber conocimiento y sentimiento de lo que Cristo ha hecho por nosotros o de lo contrario no puede haber paz perfecta.

2. La certeza debe ser buscada porque  impulsa al cristiano a ser un obrero activo.   Nadie, hablando en general, hace tanto por Cristo en la tierra como aquellos que disfrutan de la mayor confianza de la entrada gratuita al cielo y que no confían en sus propias obras sino el trabajo terminado de Cristo.  Suena maravilloso, me atrevo a decir, pero no es verdad.

Un creyente que carece de esperanza asegurada pasara mucho de su tiempo reflexionando sobre su propio estado.  Como una persona nerviosa e hipocondriaca  estará lleno de sus propios achaques, sus propias dudas y cuestionamientos, sus propios conflictos y corrupciones.  En breve,  lo verán a menudo sumido en su batalla interna, la que no le permitirá tener placer en otras cosas y dejará poco tiempo para trabajar en la obra de Dios.

Sin embargo, un creyente que tiene, como Pablo, una esperanza segura está libre de estas distracciones hostiles.   No desconcierta su alma con dudas acerca de su propio perdón y aceptación. Mira al pacto eterno sellado con la sangre, al trabajo terminado y la palabra inquebrantable de su Señor y Salvador y toma, por lo tanto, su salvación como una cosa segura.  De esta forma es capaz de dar una atención completa a la obra de Dios y está dispuesto en el largo plazo a hacer más.

Como ejemplo de esto, tomemos el caso de dos inmigrantes ingleses y supongan que se establecen uno al lado del otro en Nueva Zelanda o Australia.  Deles un trozo de tierra para limpiar y cultivar, en la misma proporción de cantidad y calidad.   Asegure la asignación de la tierra legalmente y que sean dueños ellos y sus herederos de ella para siempre, con todos los requerimientos de propiedad y a salvaguarda de cualquier ingenuidad que un hombre pueda inventar.

Suponga, entonces, que uno de ellos se ponga a limpiar su tierra, la cultiva y trabaja diariamente sin interrupción o interferencia.

Suponga que, en el intertanto, que el otro abandona su trabajo y va repetidamente al registro público para consultar si la tierra es verdaderamente suya, de sino no hay errores,  de si no hay resquicios legales que puedan afectarlo.

The one shall never doubt his title but just work diligently on.  El uno nunca dudara de su título y tan solo trabajará diligentemente en él.  El otro apenas podrá sentirse seguro de su título y pasará la mitad del tiempo yendo a Sydney o a Melbourne o a Auckland para hacer consultas innecesarias sobre él.

¿Cuál de estos dos hombres habrá hecho el mayor progreso en un año?  ¿Quién habrá hecho lo más en su tierra, obtendrá la mayor porción de cultivo, tendrá mayor cosecha que mostrar y ser, con todo, el más próspero?

Cualquiera que posea sentido común podrá responder estas preguntas.  No necesito dar una respuesta.  Solamente puede haber una respuesta.  Una atención completa  traerá siempre el éxito mayor.

Es casi lo mismo con nuestro título de “mansiones en los cielos”.  Nadie hará tanto por el Señor que lo compró como un creyente que ve su titulo claro y que no se distrae con dudas, cuestionamientos e indecisiones.  El gozo del Señor será la fortaleza de un hombre. “Restáurame”, dice David, “vuélveme el gozo de Tu salvación, entonces enseñaré a los transgresores Tus caminos” (Sal 51:12,13).

Nunca hubo trabajadores cristianos como los apóstoles.  Ellos parecían vivir para trabajar.   El trabajo de Cristo era verdaderamente su alimento y bebida.  No tomaron como valiosas sus propias vidas.  Sus vidas pasaron y fueron usadas. Permanecieron tranquilos, saludables, confortables al pie de la cruz.  Y una buena causa de esto, creo, fue su segura esperanza.  Ellos fueron hombres que pudieron decir “Sabemos que somos de Dios, y el mundo permanece en maldad” (1 Jn. 5:19).

3.  Debemos desear la certeza porque tiende a hacer de un cristiano un cristiano decidido.  La indecisión y la duda acerca de nuestro propio estado ante la vista de Dios son una dolorosa maldad y la madre de muchos daños.  Frecuentemente se traduce en un caminar tembloroso  e inestable al seguir al Señor.  La certeza ayuda a cortar muchos nudos y hace la senda del deber de un cristiano clara y llana.

Muchos de quienes sienten esperanzadamente que son hijos de Dios, y que tienen verdadera gracia, son sin embargo débiles y están continuamente perplejos con dudas en los puntos de práctica ¿“Debemos hacer esto o lo otro”?  ¿Debemos abandonar esta costumbre familiar?  ¿Debemos frecuentar esta compañía?  ¿Cómo defineremos la línea de visitaciones? ¿Cuál es la medida de nuestro vestido y nuestros entretenimientos? ¿Nunca debemos, bajo cualquier circunstancia, bailar, o jugar cartas o asistir a fiestas de placer?  Estas son la clase de preguntas que parecen darles un problema constante.  Y a menudo, muy a menudo,  la simple causa de su perplejidad es que no se sienten seguros de que son hijos de Dios.   Aún no han definido de qué lado de la puerta están.  No saben si están dentro o fuera del arca.

Ellos si saben que un hijo de Dios debe actuar de una cierta manera decidida, no obstante el gran dilema es “si ellos mismos son hijos de Dios”. Si ellos sintieran que lo son, irían directo adelante y tomarían una línea de acción definida pero -al no sentirse seguros de ello-  su conciencia está siempre vacilando y yendo a un punto muerto.   El demonio susurra “Quizá, después de todo solamente eres un hipócrita: ¿qué derecho tienes de tomar un curso definido?  Espera a que realmente seas un cristiano”. ¡Y este susurro muy a menudo da vuelta la escala y conduce a algunos a un compromiso miserable o una conformidad espantosa con el mundo!

Creo que tenemos una razón fundamental por la que muchos en estos días tienen una conducta con respecto al mundo que es inconsistente, adornada, insatisfactoria y de corazón partido.  Su fe falla.  No tienen la certeza de que son de Cristo y de ese modo vacilan para romper con el mundo.  Se encogen al poner a un lado las formas del viejo hombre porque no están lo suficientemente confiados de estar en el nuevo.  En breve, no dudo que una causa secreta de “detenerse entre dos opiniones” es el deseo de certeza.  Cuando la gente puede decididamente decir “El Señor, El es el Dios” su camino se vuelve más claro (1 Rey 18:39).

4. La certeza debe ser buscada porque tiende a hacernos cristianos más santos.  Esto, también, suena increíble y extraño y aun así es verdad.   Esta es una de las paradojas del evangelio, contraria a la primera vista de la razón y el sentido común, y no obstante es un hecho.   El Cardinal Belarmino estuvo raramente más lejos de la verdad cuando dijo  “la certeza tiende a la despreocupación y a la pereza”.  Aquel que es gratuitamente perdonado por Cristo siempre hará mucho para  la gloria de Cristo y aquel que disfruta de la más completa certeza de su perdón mantendrá de ordinario un caminar muy cercano a Dios.   Todos los creyentes deben recordar este decir confiable y valioso: “Todo aquel que tiene esta esperanza en El, se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Jn 3:3).  Una esperanza que no purifica es farsa, un delirio y una trampa.

Nadie está más dispuesto a mantenerse en guardia sobre lo que está en su corazón y en su vida que aquel que sabe lo confortable que es vivir en comunión cercana con Dios.  Sienten su privilegio y temen perderlo.  Tienen terror de caer de su alto estado y estropear su agradable comodidad con nubes que se interpongan entre ellos y Jesús.  Aquel que viaja sin mucho dinero consigo no tiene temor del peligro y no se preocupa de lo tarde que es.  Sin embargo, aquel que viaja con oro y joyas será un viajero cauteloso. Mirara muy bien sus caminos, su equipaje y la compañía y no correrá riesgos.  Es un viejo dicho, sin importar si tiene base científica, que las estrellas fijas son aquellas que titilan más.  El hombre que disfruta más completamente la luz del semblante reconciliado de Dios será un hombre  que tiembla de miedo de perder su bendecida consolación y esta celosamente temeroso de hacer algo que pueda contristar al Espíritu Santo.

Encomiendo estos cuatro puntos a una consideración seria de parte de todos los cristianos profesantes.   ¿Les gustaría sentir los brazos eternos alrededor suyo y escuchar la voz de Jesus diariamente acercándose a su alma diciendo “Yo soy tu salvación?  ¿Les gustaría ser obreros útiles en la viña en su época y generación?  ¿Le gustarías ser reconocidos  por todos los hombres como un seguidor de Cristo definido, firme, decidido, de una sola postura, comprometido? ¿Les gustaría tener una mente eminentemente espiritual y santa?  Sin ninguna duda que algunos lectores dirán  “Esas son las cosas que desea nuestro corazón.  Las ansiamos.  Las buscamos pero ellas parecen estar tan lejos de nosotros”.

¿No se le ha ocurrido que su descuido en la certeza pueda ser posiblemente el principal secreto de todas sus fallas, que la baja medida de fe que le satisface pueda ser la causa de la poca paz que tiene? ¿Puede pensar que es una cosa extraña que sus dones se desvanezcan y languidezcan, cuando la fe, la causa y razón de todos ellos, se mantiene feble y débil?

Tome mi consejo hoy.   Busque aumentar su fe.  Busque una esperanza segura de salvación como la del apóstol Pablo.  Busque alcanzar una confianza simple y de niño en las promesas de Dios.  Busque ser capaz de decir junto con Pablo “Yo sé en quien he creído,  estoy convencido de que El es mío, y yo de Él”.

Lo ha intentado de otras formas y métodos y ha fallado completamente.  Cambie su plan. Use otro clavo.  Deje a un lado sus dudas.  Descanse más enteramente en los brazos del Señor.  Comience con una confianza implicita.  Lance a un lado su subdesarrollo impío y tómele la palabra al Señor.  Venga y ruede usted mismo, su alma y sus pecados, ante su misericordioso Señor.  Comience con el simple creer y las otras cosas pronto le serán añadidas.

4. ALGUNAS CAUSAS PROBABLES DEL POR QUE UNA ESPERANZA SEGURA SE LOGRA TAN RARAMENTE.

Esta es una cuestión muy seria y debería imponer en todos nuestros corazones una gran búsqueda.  A la verdad, pocos del pueblo de Cristo parecen alcanzar el bendito espíritu de certeza.  Muchos comparativamente creen pero pocos están persuadidos.  Muchos comparativamente tienen fe salvadora pero pocos la gloriosa confianza que brilla en el lenguaje de Pablo.   Esa es la clave, pienso, que debemos todos deducir.

¿Y por qué esto es así?  ¿Por qué es una cosa que dos apóstoles nos encomiendan fuertemente buscar, una cosa de la cual pocos creyentes tienen algún conocimiento experimental en estos últimos días?  ¿Por qué esta esperanza segura es tan inusual?

Con toda humildad, deseo ofrecer unas pocas sugerencias sobre este punto.  Sé que muchos, a cuyos pies me sentaría gustosamente en la tierra y en el cielo, nunca han logrado la certeza.  Quizá el Señor ve algo en el temperamento natural de algunos de Sus hijos que hace que la certeza no sea buena para ellos.  Quizá, para mantener la salud espiritual, ellos necesitan ser guardados en lo bajo.  Sólo Dios sabe.   Aun así, luego de cada indulgencia, me temo que hay muchos creyentes sin una esperanza segura, cuyo caso puede ser muy a menudo explicado por causas como estas.

1) Una de las causas más comunes, sospecho, es el punto de vista defectuoso de la doctrina de justificación.

Me inclino a pensar que la justificación y la santificación se confunden insensiblemente en las mentes de muchos creyentes.  Ellos reciben la verdad del evangelio – algo es hecho en nosotros así como algo para nosotros-  si vamos a ser auténticos miembros de Cristo.  Y hasta aquí, están en lo correcto.  Pero luego, sin estar apercibidos de ello, quizá,  parecen imbuirse de la idea que su justificación es afectada, en algún grado, por algo dentro de ellos mismos.  No ven claramente que el trabajo de Cristo, no su propio trabajo –ya sea en su todo o en parte, directa o indirectamente- es la única base de aceptación para Dios; que la justificación no depende de nosotros y que no hay nada que sea necesario de nuestra parte hacer sino sólo tener fe; y que el más débil de los creyentes está tan lleno y completamente justificado como el más fuerte.

Muchos  parecen  olvidar que somos salvos y justificados como pecadores, y sólo como pecadores y que nunca podremos lograr algo más alto, aunque vivamos hasta la edad de Matusalén.   Pecadores redimidos, pecadores justificados, pecadores renovados sin duda podemos ser—pero pecadores, pecadores, pecadores seremos hasta el mismísimo final.  Ellos no parecen comprender que hay una amplia diferencia entre nuestra justificación y nuestra santificación.  Nuestra justificación es un trabajo perfectamente terminado y no admite grados.  Nuestra santificación es imperfecta e incompleta y será de ese modo hasta la última hora de nuestra vida.  Parecen esperar que un creyente pueda, en algún periodo de su vida estar libre de corrupción en alguna medida, y lograr así una cierta clase de perfección interna; y al no encontrar esta especie de estado angelical en sus corazones concluyen inmediatamente que  algo debe estar muy mal su estado, y se compungen todos los días, oprimidos con el miedo de que no tienen parte o mucho en Cristo y rechazan ser confortados.

Sopesemos bien este punto.  Si el alma de un creyente desea certeza y no la ha obtenido, que se pregunte a sí mismo primero que todo si su fe es solida, si sabe cómo distinguir cosas que difieren y si sus ojos están claros en lo que a justificación se refiere.   Debe saber lo que es simplemente creer y ser justificado por fe antes de que pueda esperar tener certeza.

En esta materia, como en tantas otras, la herejía de los viejos gálatas es la fuente más fértil de error, ambos en la doctrina y en la práctica.  Las personas deben buscar puntos de vistas más claros de Cristo y lo que Cristo ha hecho por ellos.  Feliz es el hombre que realmente entiende que  “Justificación es por la fe sin las obras de la ley”.

2.  Otra causa común de la ausencia de certeza es la pereza en el crecimiento de gracia.

Sospecho que muchos creyentes verdaderos sostienen puntos de vista peligrosos y no bíblicos al respecto.   Por supuesto no en forma intencionada pero si los sostienen.   Muchos parecen pensar que, una vez convertidos, ellos tienen poco a lo cual prestar atención y que un estado de salvación es una clase de cómoda silla en la cual ellos pueden sentarse tranquilamente, reclinarse y ser feliz.  Parecen fantasear que la gracia les es dada para que la disfruten, y se olvidan que es dada, como un talento, para ser usada, empleada y mejorada.  Tales personas pierden de vista las múltiples órdenes directas de incrementar, crecer, abundar más y más, agregar a nuestra fe y todo lo demás, y en esa condición del poco hacer, en ese estado mental de letargo de estar sentados, nunca se asombran de que les falta certeza.

Creo que debe ser nuestro continuo propósito y deseo ir adelante, y nuestra contraseña en cada cumpleaños y al comienzo de cada año debe ser “más y más” (1 Tes. 4:1): más conocimiento, más fe, más obediencia, más amor.  Si hemos alcanzado treinta, debemos buscar sesenta y si hemos alcanzado sesenta debemos ir por cien.  La voluntad de Dios es nuestra santificación, y debe ser nuestra voluntad también (Mat 13:23, 1 Tes. 4:3).

Una cosa, en todas las circunstancias, con la que podemos contar  –hay una conexión inseparable entre diligencia y certeza.  “Sean diligentes”, dice Pedro, “para hacer su llamado y elección seguros” (2 Ped. 1:10).  “Deseamos”, dice Pablo, “Que cada uno muestre la misma diligencia para la plena  certeza de la esperanza hasta el fin” (Heb. 6:11).  “El alma del diligente”, dice Salomón, “prosperará” (Prov. 13:4).  Hay mucha verdad en la vieja máxima de los puritanos “La fe de adherencia viene por escuchar, pero la certeza de la fe no viene sin hacer”.

¿Hay algún lector de este mensaje que desea certeza pero no la tiene?  Marque mis palabras.  Nunca la obtendrá sin diligencia, y no importa cuánto la desee.   No hay ganancias sin dolores en las cosas espirituales, y mucho más que en las temporales.  “El alma del perezoso desea y nada alcanza” (Prov. 13:4).

3. Otra causa común del deseo de certeza es un caminar inconsistente por la vida.

Con pesar y dolor me siento impelido a decir que temo que muy frecuentemente esto inhibe a los hombres lograr una esperanza segura.  El río de cristianos profesantes en estos días es más ancho de lo que ha sido y me temo que debemos también admitir que es mucho menos profundo.

La inconsistencia en el vivir  es completamente destructiva para la paz de conciencia.  Las dos cosas son incompatibles.  No pueden y no estarán unidas.  Si usted mantiene sus pecados y no puede decidirse en abandonarlos; si usted retrocede en cortar su mano derecha y arrancarse su ojo derecho cuando la ocasión lo requiere, entonces usted no tendrá certeza.

Un caminar vacilante, la torpeza en tomar una resuelta y decidida acción, la disposición para estar bien con el mundo,  un testigo vacilante de Cristo, un tono persistente de religión,  un forcejeo con los altos estándares de santidad y vida spiritual, todo esto es un recibo seguro para traer una peste al jardín de su alma.

Es vano suponer que usted se sentirá seguro y persuadido de su propio perdón y aceptación ante Dios a menos que usted considere los mandamientos de Dios relacionados con las cosas que son correctas, y odie cada pecado, ya sea grande o pequeño (Sal. 119:128).  Un acán que permita en los campos de su corazón debilitará sus manos y hará polvo su consolación.   Usted debe estar diariamente sembrando el Espíritu si usted quiere cosechar la presencia del Espíritu.  No encontrara ni sentirá que los caminos del Señor son caminos de agrado a menos que trabaje en todos sus caminos para complacer al Señor.

Bendigo a Dios porque nuestra salvación de ninguna forma depende de nuestro propio trabajo.  Por gracia somos salvos –no por  las obras de justicia- a través de la fe sin las obras de la ley.  No obstante ningún creyente, en ningún momento, debe olvidar que nuestro sentido de salvación depende mucho de la manera en que vivimos.  La inconsistencia nublará nuestros ojos y traerá nubes entre nosotros y el sol.  El sol es el mismo detrás de las nubes pero no seremos capaces de ver su brillo y disfrutar su calor, y nuestra alma estará sombría y fría.   Es en la senda del bien hacer que la aurora de la certeza lo visitará y brillará sobre su corazón.

“El secreto del Señor”, dice David, “está con aquellos que le temen, y El les mostrará Su pacto” (Sal. 25:14).

“Al que ordenare su camino, le mostraré la salvación de Dios” (Sal 50:23).

“Gran paz tienen los que aman Tu ley y,  no habrá para ellos tropiezo” (Sal 119;165).

“Si andamos en luz, como El está en luz, tenemos comunión unos con otros” (1 Jn. 1:7).

“No amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad. Y en esto conocemos que somos de la verdad, y aseguraremos nuestros corazones delante de Él” (1 Jn 3:18,19)

“Y en esto sabemos que nosotros lo conocemos a Él, si guardamos Sus mandamientos” (1 Jn. 2:3).

Pablo era un hombre que se ejercitaba a sí mismo en tener siempre una conciencia desprovista de ofensa a Dios y al hombre (Hech. 24:16).  Podía decir con franqueza “He peleado la buena batalla, he guardado la fe”.  No me sorprendo de que el Señor lo ha haya dotado de confianza, “Hay una corona preparado para mi, y el Señor me la dará en ese día”.

Si cualquier creyente en el Señor Jesus desea certeza y no la tiene, que piense también en este punto.  Que mire su propio corazón, su propia conciencia, su propia vida, su propio camino, su propio hogar.  Y quizá cuando haya hecho así será capaz de decir “Hay una causa por la que no tengo una esperanza segura”.

Dejo estos tres temas que acabo de mencionar a la consideración privada de cada lector de este mensaje.   Estoy seguro de que vale la pena examinarlos.  Ojalá podamos examinarlos honestamente y ojalá el Señor nos dé el entendimiento en todas las cosas.

1. Estoy cerrando este importante estudio.  Déjenme hablar primero a aquellos lectores que no se han rendido aún al Señor, a quienes aún no han salido del mundo, escogido la Buena parte y seguido a Cristo.

Les pido aprender del tema de los privilegios y agrados de un verdadero cristiano.

No desearía que juzgaran a nuestro Señor Jesucristo por Su pueblo.  Los mejores sirvientes pueden sólo darle una idea tenue del glorioso Maestro.  Tampoco juzgue los privilegios de Su reino por la medida de agrado que muchos de Su pueblo pueden alcanzar. ¡Alas, no somos mas que pobres criaturas!  Tenemos poca, muy poca, de la bendición que podríamos disfrutar.  Pero dependiendo de ello, hay cosas gloriosas en la ciudad de nuestro Dios que quienes tienen esperanza segura pueden probar a lo largo de su vida entera.  Hay una amplitud y anchura de paz y consolación allí, que a su corazón no son posibles de concebir.  Hay pan suficiente y de sobra en la casa de nuestro Padre aunque muchos de nosotros comemos muy poco de él y somos débiles.  Pero la culpa no debe ponerse sobre nuestro Maestro,  es solamente nuestra.

Y, después de todo, el más débil de sus hijos tiene una mina de agrado dentro de el, de la cual no sabe nada.  Usted ve los conflictos y agitaciones en  la superficie de su corazón pero no ve las perlas de gran precio que están escondidas en las recónditas profundidades.   El miembro de Cristo más feble no cambiaría sus condiciones por las suyas.  El creyente que posee el más mínimo grado de certeza es mucho mejor de lo que usted es.  El tiene una esperanza, aunque tenue, y usted no tiene ninguna en absoluto.  El tiene una porción que nunca le será quitada, un Salvador que nunca lo abandonará, un tesoro que no se desvanece, aunque poco se de cuenta de ellos ahora.  Pero en lo que concierne a usted, si usted muere como está ahora, sus expectativas morirán con usted. ¡Oh, si fuera usted sabio! ¡Oh, si usted entendiera estas cosas! ¡Oh, si usted considerara su fin último!

Nunca lo sentí tan profundamente como ahora.  Siento profundamente por todos aquellos cuyo tesoro es en la tierra y cuyas esperanzas están todas a este lado de la tumba. ¡Si!  Cuando veo los viejos reinos y dinastías flaqueando en cada una de sus fundaciones, cuando veo, como lo vi hace unos pocos años atrás, reyes y princesas y hombre ricos y grandes hombres corriendo por sus vidas y sabiendo escasamente donde esconder sus cabezas; cuando veo la propiedad dependiendo de la confianza pública que se derrite como nieve en primavera, y las acciones y fondos perdiendo su valor –cuando veo todas estas cosas, lo siento profundamente por aquellos que no tienen una porción mejor que la que el mundo les puede dar y ningún lugar en el reino que no puede ser removido.

Tome el consejo de un ministro de Cristo ahora.  Busque riquezas durables, un tesoro que no se le quitará, una ciudad que tiene fundaciones eternas.  Haga como el apóstol Pablo hizo.   Ríndase al Señor Jesucristo y busque esa corona incorruptible que El está listo a concederle.  Tome Su yugo y aprenda de Él.   Salgase del mundo que nunca lo satisfará realmente y del pecado que lo morderá como una serpiente al final, si persiste en él.  Venga al Señor Jesus como un humilde pecador, y El lo recibirá, perdonará, le dará un Espíritu renovador, lo llenará de paz.  Esto le dará un agrado más real que aquel que el mundo nunca le ha dado.  Hay un golfo en su corazón que nada más que la paz de Cristo puede llenar.  Entre y comparta  nuestros privilegios.  Venga con nosotros y siéntese a nuestro lado.

2. Finalmente, me vuelvo a todos los creyentes que leen estas páginas y les hablo unas pocas palabras de consejo fraternal.

La principal cosa sobre la que los urjo es esta:   si no tiene una esperanza segura de su propia aceptación de Cristo, resuelva este mismo día buscarla.  Trabaje por ella, luche por ella, ore por ella.  No le dé descanso al Señor hasta que usted “sepa en quien ha creído”.

Siento, en verdad, que la pequeña cantidad de certeza, entre quienes se cuentan como hijos de Dios, es una vergüenza y un reproche.  “Es una cosa para lamentar profundamente”, dice el viejo Traill, “que muchos cristianos hayan vivido 20 o 40 años desde que Cristo los llamó por Su gracia, y aún dudan”.   Tengamos presente en nuestras mentes el más sincero “deseo” que Pablo señala, que “cada uno” de los hebreos pueda buscar la plena certeza, y dediquémonos, con la bendición de Dios, a  borrar este reproche (Heb. 6:11).

Lector creyente, ¿realmente quiere decir que usted no desea cambiar esperanza por confianza,  seguridad por creencia, incertidumbre por conocimiento?  ¿Dado que la fe débil lo salvará usted descansa contento con ella? ¿ Dado que la certeza no es esencial para su entrada al cielo, usted estará satisfecho sin tenerla en la tierra?  Alas, no es un estado saludable del alma en el cual estar.  Esto no está en la mente del día apostólico.  Yérgase inmediatamente y vaya adelante.  No se pegue a las fundaciones de la religión, vaya hacia la perfección.  No se contente con un día de pequeñas cosas.  Nunca las desprecie en otros pero nunca esté usted mismo contento con ellas.

Créame, créame, la certeza vale la pena.  Usted abandona sus propias misericordias cuando descansa contento sin ella.  Las cosas de las que hablo son para su paz.  ¡Si es bueno estar seguro de las cosas terrenales, cuando más lo será estarlo en las cosas celestiales!  Su salvación es una cosa cierta y fija.  Dios lo sabe. ¿ Por qué no busca saberlo usted también?  No hay nada no bíblico en esto.  Pablo nunca vio el libro de la vida y aun así el dice “Yo sé y estoy convencido”.

Pida entonces en su oración diaria que usted pueda tener más fe.   De acuerdo a su fe usted tendrá paz.  Cultive mas esa raíz bendecida  y,  tarde o temprano, por la bendición de Dios, usted podrá esperar por una flor.  Puede que usted no alcance una plena certeza de inmediato.  Es bueno a veces mantenerse esperando, no valoramos las cosas que obtenemos sin problemas, pero aunque demore, espere por ella.  Continúe buscando y espere encontrar.

Hay una cosa, sin embargo, de la cual no quiero dejarlo ignorante: No debe sorprenderse si usted tiene dudas ocasionales después de que haya conseguido la certeza.  No debe olvidar que usted está en la tierra y no todavía en el cielo.  Usted está aún en el cuerpo y tiene pecados residentes, la carne peleará contra el espíritu hasta el final.  El leproso nunca estará fuera de las paredes de su vieja casa hasta que la muerte lo saque de ellas.  Y está el demonio, también, y un demonio fuerte – el demonio que tentó al Señor Jesus, y que hizo que Pedro cayera-  y él se preocupará, usted lo sabe.   Algunas dudas siempre estarán. Aquel que nunca duda no tiene nada que perder.  Aquel que nunca teme no posee nada valioso realmente.  Aquel que no tiene celos sabe poco del amor profundo.  Pero no se amilane, usted será más que un conquistador a través de Aquel que lo amó.

Finalmente, no olvide que la certeza es una cosa que puede perderse en algunas etapas de la vida, aún en los cristianos más brillantes, salvo que se preocupen.

La certeza es la planta más delicada.  Requiere diariamente de observación, riego, ternura, caricias.  Así es que observe y ore más cuando la haya logrado.  Como Rutherford dice “Consiga mucha certeza”.  Esté siempre alerta.  Cuando el cristiano se duerme en las ramas, en el Progreso del Peregrino, pierde su certificado.   Mantenga eso en mente.

David perdió la certeza por muchos meses cuando cayó en transgresión.  Pedro la perdió cuando negó a su Señor.  Indudablemente, cada uno nuevamente la encontró pero no sin lágrimas amargas.  La oscuridad espiritual viene a caballo y se va a pie.  Depende de nosotros antes que sepamos que viene.  Nos abandona lentamente, gradualmente y con el paso de muchos días.  Es fácil correr cuesta abajo.  Es un trabajo duro escalar. Así es que recuerde mi advertencia –cuando tenga el gozo de su Señor, vigile y ore.

Por sobre todo, no contriste al Espíritu.  No apague el Espíritu. No irrite al Espiritu.  No lo aleje por intentar pequeños malos hábitos y pequeños pecados.  Pequeñas discordias entre esposos y esposas hacen hogares infelices, pequeñas inconsistencias, conocidas y permitidas, traen extrañezas entre usted y el Espíritu.

Escuche la conclusión para todo esta material – el hombre que camina mas cercanamente con Dios en Cristo, generalmente, será guardado en paz más abundante.

El creyente que sigue al Señor más completamente y se enfoca en los grados más altos de santidad disfrutará diariamente del gozo de la esperanza segura y tendrá la más clara convicción de su propia salvación.

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