A los jóvenes – Daniel Pujol

Fuente: Edificación Cristiana

Un domingo cualquiera, por la tarde, a los 17 años: Nos juntábamos el grupo de amigos de “la iglesia” y quedábamos en uno de los cinco o seis locales que teníamos en cartera para tomar nuestro primer café de la tarde después de comer con las respectivas familias. En esa época era difícil retenernos en cualquier reunión familiar más allá de los postres, así que mientras encendíamos nuestros pitillos íbamos entrando como cuentagotas en nuestra segunda casa: el bar. El plan de la tarde era tan simple como poco ingenioso, se trataba de llenar ceniceros, fumar algún porro, tomar cortados y echar las monedas que nos quedaban del fin de semana (o de todo el mes) en las tragaperras. Sin embargo, lo más curioso del asunto era que, después de haber vaciado nuestros bolsillos y gorronear “barritas de cáncer” al último en aparecer por la puerta, sólo existía un tema en nuestras monótonas reuniones: la iglesia, o mejor dicho, lo que entendíamos por “iglesia”. ¿Tiene guasa verdad? Nosotros evitando ir al culto e incapaces de encontrar otro tema de debate.

Cuento esto para reclamar legitimidad a la hora de dirigirme a los jóvenes y ser crítico también con ellos, ya que en los anteriores capítulos tratamos su diáspora desde la responsabilidad de la iglesia, sin embargo, no sería justo despedir el tema sin resaltar algunas actitudes del joven rebelde y de su ineludible y, en ocasiones, ignorada responsabilidad.

Si pudiéramos entrevistar a aquellos  que en los últimos 20 años dejaron sus iglesias veríamos que en un grandísimo porcentaje atribuirían a “la hipocresía” su salida de la iglesia. Esta respuesta, aunque tiene su explicación, carece de justificación para el que la dice, pues es demasiado simple para ser creída y demasiado contundente para ser ignorada. Además, creo que siendo coherentes con este argumento, la mejor opción para alejarnos de la hipocresía no sería salir de la iglesia sino establecernos en Marte.

Pero hay algo comprensible dentro de esa declaración. La iglesia de Dios siempre va a recibir una mayor penalización por sus errores que la que recibirá un mundo que, de vez en cuando, acierta. Porque la autoridad y la exigencia moral que se demanda a la iglesia nunca será equivalente a la que se le pida a un Estado, ni a un Gobierno, ni a un Ejército o a cualquier otra institución, por esta razón, el nombre de Dios siempre será blasfemado por causa de todo aquél que cometa errores y a la vez quieren mantener su posición de autoridad moral o religiosa[1]. Cabe recordar que la autoridad no se pide, se recibe.

Indicadores de religiosidad

Tomando esta idea, permitidme hablar sobre uno de los tantísimos casos que me viene a la mente, a parte del mío. Recuerdo hace algunos años, después de conocer a Dios personalmente y ver que, en efecto, existía (y existe), me encontré con un amigo que dejó de ir a la iglesia muchos años atrás. Él no sabía de mi fe y cómo mi vida había cambiado recientemente, así que al vernos de nuevo y saludarnos me preguntó cómo estaba, y le comenté: “Pues la verdad es que hecho polvo porque no he dormido en toda la noche…”, y simpáticamente me dijo: “¿Qué… de fiesta hasta las mil, no?”, a lo que respondí: “¡qué va! Es sólo que vengo de una vigilia de oración con unos colegas y hemos estado hasta las 6 de la mañana hablando con Dios”. Al decir esto se echó a reír a plena carcajada pensando que me estaba cachondeando de todo, como hacía antes, pero enseguida dedujo por mi expresión que lo que le había dicho no era ninguna broma. Seguidamente le conté cómo Jesús había cautivado mi corazón y el de otros jóvenes de la pandilla pero, para mi sorpresa, después de explicarle el suceso más grande de mi vida, lo que él quiso saber era mi opinión sobre los cambios recientes que habían tenido lugar en su antigua iglesia y sobre otras cuestiones polémicas, chismes y otros asuntos evangélicos de sobremesa.

¿Os dais cuenta? Es como ir al Museo del Prado y preguntar si está permitido fotografiar el indicador de los aseos, o si lo preferís, es como si hiciéramos ver a un ciego de nacimiento y nos preguntaran por qué razón lo hicimos en sábado[2]. Aun así, le conté que no estaba muy enterado de esos asuntos porque lo que realmente me apasionaba en ese momento era conocer más a Jesús y entender mejor su evangelio. En ese punto terminó la conversación y quedó de manifiesto la auténtica espiritualidad de la persona que tenía delante. Y otra vez nuestro Señor acertó: “En verdad te digo que hablamos lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto”[3].

No deja de ser curioso, si hablamos de la vida eclesial o la comunidad nos sobran las palabras y opiniones, si hablamos de Jesús, nos faltan. Pero el cristiano que es de Cristo siempre hablará de su Señor, en cambio, el religioso sólo nos hablará de su iglesia[4], poniendo de manifiesto que quizás aún no haya comprendido nada mayor que lo que vieron sus ojos.

“Fuera de la iglesia hay mejores personas que dentro”

Este es otro de los clásicos del joven evangélico rebelde, un descubrimiento que compartirá en la mayoría de los casos siempre que estén sus padres delante y con el objetivo (aunque sea de forma inconsciente) de  atraer la atención sobre sí mismo. Así que, padres y madres ¿qué diremos ante tal afirmación? Que tienen razón. Pero deben saber que tienen razón porque, como diría Tim Keller[5], el cristianismo es la única religión en la que el individuo reconoce que su conocimiento de Dios no le hace superior a las demás personas. Es más, verá que hay gente que no cree en Cristo y llega a ser mucho más amable, mucho más simpática, inteligente, etc. Porque, en definitiva, el cristianismo es la única religión que no predica lo bueno que debamos ser para ganarnos el cielo ni lo mucho que debamos amar a Dios pues no consiste en aquello que nosotros hagamos o hayamos hecho sino en lo que Él hizo por nosotros[6]. Por cual, llamarse cristiano o evangélico y no haber entendido esto, es como tener cincuenta años e ignorar que los reyes magos son los padres. Y de la misma manera que a muchos niños les interesa seguir ignorando este hecho para seguir recibiendo regalos, también a muchos jóvenes les interesa seguir ignorando lo que Dios dice para poder hacer de su creencia un uso manipulador que sujete a otros a su propia voluntad.

La manipulación

Siguiendo con el análisis de algunos argumentos cercanos a la falacia hechos por  jóvenes, no nos debe extrañar que, como hemos visto, usen a menudo la manipulación para intentar salvar la complicidad de sus padres en cada una de sus decisiones. Es inevitable que cuestiones como la homosexualidad, la promiscuidad, el adulterio y otras conductas apoyadas y defendidas por nuestra sociedad calen también en nuestras formas de pensar y proceder, sobre todo para aquellos que, si fueron en alguna medida creyentes, lo fueron por sus propias fuerzas y no por la acción de Dios en sus vidas. Y ese también fue mi caso.

En muchas ocasiones dijimos a nuestros padres en tono amenazante: “¿Es este, el amor tan grande que predicáis y no me apoyáis en esto?”. Cuidado, no nos engañemos, la persona que formula este argumento nunca busca una respuesta a su pregunta sino la complicidad sin condiciones de su papá y mamá. Y eso sólo tiene un nombre: manipulación. ¿Cómo lo sabemos? Porque el joven en cuestión no está interesado en conocer ese “amor que predicáis”, sino en usarlo para someter a ambos a su propia voluntad. De esta forma, el hijo forzará el apoyo de sus familiares a una decisión que él mismo no ha podido tomar de forma  responsable e independiente por no ser lo suficiente maduro o madura para asumir sus propias decisiones.

Nuestros hijos y jóvenes podrán ser rebeldes pero jamás originales, pues ¿no hubo también uno que usó de silogismos espiritualoides cuando tentó a Jesús en el desierto? ¿Y no conocía él la Biblia mejor que nuestros jóvenes? Por lo tanto padres y madres, resistid en lo que creáis que conviene a vuestros hijos pues yo también usé de esas artimañas y ahora agradezco la firmeza de unos padres imperfectos.

Además ¿quién podrá ser ejemplo sino nuestro Señor? El cual sin haber pecado, quiso someterse a su Padre aún en momentos de extrema soledad[7], exponiendo su deseo con toda petición pero no sobreponiéndolo a la voluntad del Padre. Por lo tanto, Padres, yo también os escribo a vosotros, porque conocéis al que ha sido desde el principio.

Y termino con vosotros, jóvenes, porque el mundo pasa, y también sus pasiones, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre[8].

 

Daniel Pujol

 

 


[1] Romanos 2:24.

[2] Evangelio de Juan capítulo 9.

[3] Juan 3:11

[4] Entiéndase “iglesia” como sistema religioso y litúrgico.

[5] Escritor y pastor de la iglesia Reedemer Church de Nueva York

[6] Juan 3:16; 1ª Juan 4: 10.

[7] Mateo 26:39

[8] 1ª Juan 2:17

 

Anteriores de la serie:

1. La diáspora de los jóvenes (1)

2. La diáspora de los jóvenes (2)

3. La diáspora de los jóvenes (3)

 

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1 Comentario

  • junio 20, 2011

    Anonimo

    Muy bueno, la parte donde habla sobre el creer por nuestras propias fuerzas en Dios antes de que el haga una accion sobrenatural en la vida de una persona creo que muchos jovenes la estamos pasando o la hemos pasado…
    Como testimonio personal puedo decir que hubo un tiempo donde asistia a la iglesia y tenia otra vida, pero no sentia ningun remordimiento, es como el primer ejemplo que menciona… luego sucede que parece que Dios hace algo en mi vida o eso creo, pasan 6 meses donde empiezo a caminar con Dios, es decir leo la biblia, oro, toda mi vida en ese tiempo fue tengo que ser como jesus, y es donde mas ha sido probada mi fe, pero despues pasa algo que dejo pasar al pecado por un momento… se vuelve algo incontrolable y ahora no puedo salir por mis propias fuerzas… he dejado de buscar a Dios como lo hacia antes, siento que Dios se enojo por mi pecado… ahora ya no puedo dejar de pecar por mi propia decision… talvez lo rescatable que puedo sacar de esto es que cada vez que hago eso malo siento una triztesa terrible, una tremenda desilusion,cosa que no sentia antes de tener esa experiencia de poner a Dios en el primer lugar, pero cuando es el momento de tentacion caigo… les pido que oren por mi. Soy un joven de 17 años.