La imposibilidad de reavivamiento sin reforma – A. W. Tozer

Fuente: Trono de Gracia

Dondequiera que hoy se reúnan cristianos, se oye constantemente el vocablo reavivamiento, o despertamiento. En los sermones, cánticos y oraciones estamos recordando al Señor y a nuestro prójimo que, para que resolvamos nuestros problemas espirituales, necesitamos de un “poderoso reavivamiento, de esos de los tiempos antiguos”. También circulaciones y periódicos religiosos tratan bastante de ese tópico, afirmando que el reavivamiento es la mayor necesidad de la hora que pasa; y la persona que es capaz de escribir un ensayo sobre el asunto ciertamente encontrará muchos editores dispuestos a publicarlo.

Tan fuertemente está el soplar de la brisa pro-reavivamiento que muy raro parece que alguien tenga el discernimiento o el coraje de resistir a ese viento, mucho aunque la verdad pueda fácilmente estar en aquella dirección. La religión tiene sus modismos u ondas, como suele acontecer a la filosofía, a la política y a las modas femeninas. Las mayores religiones del mundo tuvieron sus periodos de declive y de recuperación, y tales recuperaciones o períodos áureos son indebidamente llamados por los historiadores de reavivamientos o reflorecimientos.

No nos olvidemos que en algunos países el islamismo en el presente está pasando por un reavivamiento, y de que los últimos informes venidos de Japón nos dan cuenta de que, después del breve eclipse que vino con la segunda guerra, el sintoísmo esta experimenta del notable reflorecimiento. Aún el catolicismo romano, así como el protestantismo liberal están avanzando con tal impetuosidad que la palabra reavivamiento se hace casi necesaria para describir el fenómeno. Y eso sin cualquier perceptible elevación de los patrones morales de sus fervorosos partidarios.

Una religión, incluso el cristianismo popular, puede gozar de un rápido desarrollo todo divorciado del transformador poder de Espíritu Santo, y así dejar la iglesia de la generación siguiente en peor condición que la anterior, jamás ocurriera tal desenvolvimiento. Creo que la imperativa necesidad del momento no es sólo de reavivamiento, sino de una reforma radical que alcance la raíz de nuestros males morales y espirituales y que trate más de las causas que de las consecuencias, más del mal que de los síntomas.
Mi sincera opinión es esta: en las actuales circunstancias no estamos deseando de todo un reavivamiento. Un vasto reavivamiento, del tipo del cristianismo de que hoy tenemos conocimiento en América del Norte, puede bien probar ser una tragedia moral de la cual no nos recuperaremos dentro de cien años.

Y doy mis razones. En la generación pasada, reaccionándose contra la alta crítica y su consecuencia, el modernismo, surgió en el protestantismo un poderoso movimiento de defensa del histórico Credo Cristiano. Tal corriente, por motivos obvios, se hizo conocida por el nombre de fundamentalismo. Era más o menos un movimiento espontáneo sin mucha organización, pero su propósito, dondequiera que apareciera, era el mismo: prohibir o contener “la fuerte marea del negativismo” en la Teología Cristiana y reafirmar y defender las doctrinas básicas del cristianismo del Nuevo Testamento. Esta parte es de la historia.

VÍCTIMA DE SUS VIRTUDES

En general se olvida que ese fundamentalismo, a medida que se esparció por varios grupos denominacionales e interdenominacionales, se cayó, victima de sus propias virtudes. La Palabra murió en las manos de sus amigos. La inspiración verbal, por ejemplo (doctrina que siempre sostuve y aún hoy defiendo), inmediatamente fue alcanzada por el rigor mortis. Silenció la voz del profeta y el escriba y cautivó las mentes de los fieles. En vastas áreas de la imaginación religiosa. Una jerarquía nada oficial era quien decidía sobre aquello que los cristianos debían creer.

Así el Credo Cristiano se hizo no en las Escrituras Sagradas, sino aquello que el escriba creía que las Escrituras decían. Y colegios, seminarios, institutos bíblicos, congresos bíblicos, y populares expositores de la Biblia se reunieron para hacer avanzar el culto del textualismo. De ahí, un sistema de extremo dispensacionalismo, que entonces se industrializo, desobligó el cristiano del arrepentimiento, de la obediencia y de la cruz tomando eso como formalidades. Tomaron de la Iglesia tramos enteros del Nuevo Testamento y los dispusieron de acuerdo con un rígido sistema de distribución “de la Palabra de la verdad”.

El resultado de eso todo fue una religión mentalmente enemiga del verdadero Credo Cristiano. Descendió sobre el fundamentalismo una especie de niebla helada. Por debajo, el terreno era conocido. Se trataba del cristianismo correcto del Nuevo Testamento. Las doctrinas de la Biblia estaban presentes, pero el clima no era favorable a los dulces frutos del Espíritu. Todo aquel procedimiento era diferente de lo de la Iglesia Primitiva y de lo de las grandes almas que padecieron y cantaron y adoraron los siglos pasados. Las doctrinas eran sanas, pero estaba ausente algo vital. Nunca se permitió que floreciera el árbol de la doctrina correcta. Raramente se oía en la tierra el arruinar de la paloma; al contrario, el loro repitió artificial y maquinalmente repitió lo que le habían enseñado, y eso en un tono emocional bien melancólico.

Así la fe, o una doctrina poderosa y vitalizante, se hizo en la boca del escriba bien diferente, y sin poder. Entonces, triunfando la letra, el Espíritu desertó y el textualismo pasó a reinar, como supremo. Fue el tiempo del cautiverio babilónico del creyente.

Por amor a la exactitud, débese decir que eso fue apenas una condición o estado general. Es correcto que aún en esos tiempos precarios hubo algunos, de ardientes corazones, revelaron ser mejores teólogos de lo que sus propios maestros. Y ellos apuntaban hacia una plenitud y un poder desconocido del resto de ellos, El número de estos, sin embargo, era pequeño, y mayores las desproporciones. Así, no consiguieron eliminar la niebla que paraba sobre el terreno. El error o deleite del textualismo no es de naturaleza doctrinaria. Es más sutil que esto y muy difícil de ser descubierto o percibido; pero sus efectos son tan mortíferos en cuanto a los desvíos doctrinales. Se quedan de este lado no sus postulados teológicos, sino sus admisiones o afirmativas.

Él admite, por ejemplo, que si entiendo la palabra para una cosa, tenemos esa cosa. Si está en la Biblia, está en nosotros. Si tenemos la doctrina, tenemos la experiencia. Dicen: si esto o aquello era cierto al respecto del Apóstol Pablo, necesariamente es cierto también a nuestro respecto, porque aceptamos que las Cartas de él son inspiradas por Dios. La Biblia nos dice como nos podemos salvar, pero el textualismo va más lejos, haciéndola decir que estamos salvos, algo que por la verdadera naturaleza de las cosas no se puede hacer. La certeza de la salvación individual así no pasa de mera conclusión lógica quitada de premisas doctrinarias y nada más es que el resultado de una experiencia enteramente mental.

REVUELTA RESULTANTE DE LA TIRANÍA MENTAL

De ahí vino la revuelta. La mente humana puede soportar el textualismo hasta cierto punto, porque después comienza a buscar una válvula de escape. Así, y sin tener conciencia de que se procesa una revuelta, las masas del fundamentalismo se vuelven, no contra las enseñanzas de la Biblia, sino contra la tiranía mental de los escribas. Con la misma angustia de aquellos que están a punto de perecer ahogados, procuran venir, en búsqueda de aire, y batallaron ciegamente por mayor libertad de pensamiento y por la satisfacción emocional, exigidas por sus naturalezas y negadas por sus maestros.
El resultado cosechado en estos últimos veinte años fue este: una perversión religiosa que apenas se equipara a aquella en que Israel pasó a adorar el becerro de oro.

En verdad se puede decir que nosotros, cristianos bíblicos, “nos sentamos a comer y a beber, y nos levantamos a jugar”. Casi desapareció totalmente la línea divisoria entre la Iglesia y el mundo. A parte otros pecados más graves, vemos que los desvíos del mundo no regenerado reciben ahora la sanción y aprobación de un chocante número de cristianos que dicen haber nacido de nuevo; y tales pecados pasan a ser copiados con extrema ansiedad. Jóvenes cristianos toman por modelo las modas escandalosamente mundanas, y recogen asemejarse lo más posible a las personas de conducta dudosa, o declaradamente irreligiosas.

Líderes religiosos adoptaron las técnicas de los propagandistas, y las exageraciones, las condenables vanaglorias surgen en los sectores eclesiásticos como procedimiento normal. Se siente que el clima normal no es del Nuevo Testamento, y sí de Broadway y de Hollywood.

La mayor parte de los evangélicos ya no se inicia, pero imita, y el mundo es el modelo de ellos. Aquella ardiente y santa creencia de nuestros padres en muchos sectores se hizo como un pasatiempo, y lo que más entristece es ver que todo ese mal viene de encima hasta las masas. Esa voz de protesta que se inauguró con El Nuevo Testamento y que siempre se hizo oír en alto y buen sonido en los tiempos en que la Iglesia tenía poder, fue abandonada y silenciada con notable éxito. Aquel elemento radicalista por su testimonio y vida que hizo de los cristianos individuos odiados por el mundo, ya no se ve en el evangelismo de los días que vivimos.

Los cristianos se distinguieron como verdaderos revolucionarios morales, pero no políticos y hoy hemos perdido ese carácter revolucionario. Vemos que hoy no peligra más el ser cristiano, ni es cosa costosa serlo. La Gracia ya no es más libre, y sí barata. Nos preocupamos hoy como probar al mundo, y a los mundanos, que podemos todos gozar los beneficios del Evangelio sin la menor inconveniencia a su habitual contenido de vida. “Todo es nuestro, y el cielo también”.

Este cuadro que damos de la cristiandad moderna, aunque no tenga aplicación a todos en general, representa la verdad para la mayoría de los cristianos de la era actual. Por este motivo juzgo ser cosa vana e inútil que se reúnan grandes porciones de creyentes con el propósito de que gasten largas horas a suplicar a Dios que les mande un reavivamiento. Mientras no deseemos sinceramente transformarnos, no debemos orar. Sólo habrá verdadero reavivamiento cuando personas de oración que reciban la visión y la fe que los induzcan a enmendar todo su contenido de vida, para que se ajusten al patrón del Nuevo Testamento.

CUANDO SE ORA ERRADAMENTE

Algunas veces se ora no sólo vanamente, pero también errado. Veamos el ejemplo: Israel fuera derrotado en Hai. “Entonces Josué rompió sus vestidos, y se postró en tierra sobre su rostro delante del arca de Jehová hasta caer la tarde, él y los ancianos de Israel; y echaron polvo sobre sus cabezas. (Josué 7:6). De acuerdo con nuestra actual filosofía del reavivamiento, eso era lo que debía ser hecho y, una vez que eso se hiciera continuamente, es verdad que convencería a Dios y Él acabaría concediendo aquella bendición. “Y Jehová dijo a Josué: Levántate; ¿por qué te postras así sobre tu rostro? Israel ha pecado, y aun han quebrantado mi pacto que yo les mandé; y también han tomado del anatema, y hasta han hurtado, han mentido, y aun lo han guardado entre sus enseres.
Por esto los hijos de Israel no podrán hacer frente a sus enemigos, sino que delante de sus enemigos volverán la espalda, por cuanto han venido a ser anatema; ni estaré más con vosotros, si no destruyereis el anatema de en medio de vosotros.
Levántate, santifica al pueblo, y di: Santificaos para mañana; porque Jehová el Dios de Israel dice así: Anatema hay en medio de ti, Israel; no podrás hacer frente a tus enemigos, hasta que hayáis quitado el anatema de en medio de vosotros”. (Josué 7:10-13).

Necesitamos de una reforma dentro de la Iglesia. Pedir que un diluvio de bendiciones caiga sobre una iglesia desobediente y decaída es desperdiciar tiempo y energías. Una nueva onda de interés religioso sólo conseguirá añadir números a las iglesias que no proyectan someterse a la soberanía de Jesús y ni buscan obedecer los mandamientos de él. Dios no está interesado tanto en aumentar la frecuencia a las iglesias, sino en hacer con que tales personas enmienden sus caminos y comiencen a vivir santamente.

Cierta vez el Señor por la boca del profeta Isaías dijo palabras que aclaran este asunto de un golpe por todas: ¿Para qué me sirve, dice Jehová, la multitud de vuestros sacrificios? Hastiado estoy de holocaustos de carneros y de sebo de animales gordos; no quiero sangre de bueyes, ni de ovejas, ni de machos cabríos.
…Aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda.
Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana.
Si quisiereis y oyereis, comeréis el bien de la tierra”. (Isaías 1:11-17,19.)

Las súplicas, pidiendo reavivamiento, sólo serán oídas cuando sean acompañados de una radical enmienda o reforma de vida; nunca antes. Reuniones de oración que atraviesan la noche pero no son precedidas de verdadero arrepentimiento sólo pueden disgustar a Dios. “El obedecer es mejor que los sacrificios.” (1 Samuel 15:22.) Urge que volvamos al cristianismo del Nuevo Testamento, no sólo en lo que respeta al credo sino también en la manera completa de vivir. Separación, obediencia, humildad, naturalidad, seriedad, autodominio, modestia, longanimidad: todo eso necesita ser nuevamente parte vivificante del concepto total del cristianismo y aparecer en el vivir cotidiano. Necesitamos purificar el templo, quitando de dentro de él a los mercenarios y los cambiadores, y que nos quedemos otra vez enteramente bajo la autoridad del Señor resucitado. Y esto que aquí ahora decimos se aplica a quien escribe estas líneas, así como cada uno de los que invocan el nombre de Jesús. De ahí, sí podremos orar en plena confianza, y aguardar el verdadero reavivamiento pues ciertamente vendrá.

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