La diáspora de los jóvenes (2) – Daniel Pujol

Fuente: Edificación Cristiana

Recuerdo que hace unos años hablé con un pastor que trabajaba en una de las denominaciones evangélicas con más renombre en España. En ese tiempo, a parte de su congregación local, él estaba implicado en la organización del encuentro anual de líderes e iglesias de esa familia denominacional y aproveché la ocasión para preguntarle específicamente por qué se había escogido Los jóvenes como tema principal de ese encuentro. Me interesaba especialmente porque, aunque no es una novedad que se trate el tema de los jóvenes en el ámbito evangélico, sin embargo, hasta ese momento no era habitual que constituyera el tema principal de las jornadas anuales de toda una denominación. Normalmente había sido  un asunto que siempre quedaba relegado a un subtema, un contenido más de seminarios, charlas, etc., pero nunca cobraba una importancia de tal magnitud. ¿Por qué, entonces, fue esta vez diferente?

Habitualmente los temas que se seleccionan para encuentros grandes son asuntos comúnmente compartidos por la práctica totalidad de todos sus miembros. Cuando la FIFA decida reunirse próximamente a debate, seguramente pondrá sobre la mesa temas como la implementación tecnológica en los partidos de fútbol y, por ejemplo, discutirá si sería bueno el uso de un ojo de halcón (como en el tenis) para terminar con las dudas que puede generar un gol fantasma en un mundial. Pero, por otra parte, dudo que se reúna para discutir si  Vicente Del Bosque debería ser renovado o no como seleccionador de España, porque eso compete directamente a la Federación Española de Fútbol y no es un asunto que preocupe de forma común a los miembros de la FIFA. Por lo tanto, los temas se escogen en función de una preocupación compartida. Sin embargo, el pastor a quien hice la pregunta, en ningún momento reconoció que hubiera una preocupación específica sino que consideraba que era un tema importante como podría haber sido otro. Una cosa está clara: Sin reconocimiento no hay confesión y sin confesión no habrá renovación jamás.

La confesión en bloque

Antes de entrar en el asunto de la salida de los jóvenes y las reflexiones sobre qué hacer en estos momentos, creo que es necesario contemplar un poco más la necesidad de ser transparentes en el ámbito de iglesia.

No es difícil ver que en nuestras congregaciones se produce una gran paradoja. La iglesia se compone de un grupo de personas con un denominador común: son redimidos. Es decir, son libres de una esclavitud a causa de que otro ha pagado un precio por esa libertad. Libres de la esclavitud de la culpa(1) por lo cual ya no hay de qué avergonzarse. Sin embargo, en la práctica no siempre se traduce de la misma manera. Hacemos reuniones de oración pero tipificamos las oraciones impidiendo que salga la naturalidad y espontaneidad que demanda cualquier tipo de conversación con un interlocutor atento. Nos cuesta exponer aquello que siente nuestro corazón y compartir parte de las dificultades que vivimos con el resto de hermanos. También es verdad que cuando las compartimos siempre existe un riesgo de que se haga un mal uso de esa información y pueda resultar en perjuicio de aquél que confió. Pero el que confía no se caracteriza por ir contándolo todo, sino porque todo lo que cuenta lo cuenta desde la sabiduría y la prudencia. Y sigue siendo de vital importancia que cuando recibimos una información nuestra mente recuerde un único precepto: “Llevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo”(2). La pregunta es ¿estamos dispuestos a que otros nos ayuden a llevar nuestras propias cargas? Si no, ¿cómo van a creer aquellos que nos siguen que somos familia?

Hace unos años asistí a unas conferencias evangélicas con gente de diferentes partes de la geografía española. Después de cada ponencia, los asistentes se dividían en grupos para comentar lo escuchado y terminar con un tiempo de oración por diferentes asuntos. En el momento de la oración, el grupo en el que me encontraba sintonizó rápidamente en elevar peticiones a favor de una congregación de la cual había varios miembros en ese lugar. De todos era sabido que esa iglesia estaba pasando por un momento delicado en el cual tenía de forma particular su propia “diáspora”, y parecía que los frutos producidos durante mucho tiempo se echaban a perder en cuestión de meses por la salida de muchos de sus miembros. Lo sorprendente para mí fue que en medio de la reunión uno de los responsables de esa congregación se levantó y rogó a los hermanos que por favor no siguieran orando por su iglesia ni su situación. Argumentó que le dolía oír las oraciones de sus hermanos y se sentía mal por la situación que se estaba viviendo, así que rogó que no se orara en ese sentido. Mi pregunta es entonces ¿en qué sentido debemos orar? ¿Qué problemas vamos a reconocer? ¿Qué asuntos vamos a compartir?

Es a partir de estas situaciones cuando la iglesia deja de orar según el Espíritu y comienza a hacer referencia a una serie de nombres escritos en una pizarra bajo el título de “enfermería”. El Espíritu nunca ha sido desordenado pero sí dirige las oraciones según su control y no según el nuestro. Si nosotros no podemos ser espontáneos ni naturales en la sinceridad de aquello que vivimos y nos preocupa ¿qué llegarán a percibir aquellos que vienen después de nosotros?

La pérdida

Probablemente uno de los mayores dolores que esté experimentando la familia de la fe es la salida de sus hijos del entorno de la propia comunidad y, en muchos casos, también del propio núcleo familiar. Sin embargo, antes de nada me gustaría que tuviéramos clara una cosa: Cuando hablamos de una “pérdida” hablamos de un dolor emocional profundo a causa de una separación no deseada, a menudo, acompañada por un proceso largo de combate sentimental angustioso que probablemente tenga su expresión más visible en el lloro de la persona que lo padece. Aún así, aunque nos cueste mirar más allá en momentos de sufrimiento, no significa que esa misma situación, aparentemente incomprensible, no traiga consigo sus oportunidades. Oportunidades de cambio para el que se va, oportunidades de introspección para el que se queda y oportunidades de reflexión para el conjunto de la comunidad que lo padece.

La reflexión se hace necesaria para entender cuestiones profundas de las cuales a veces sólo teorizamos. Por ejemplo, necesitamos experimentar que jamás tendremos el control de todas las situaciones que vivimos, que tampoco podremos poner nuestra seguridad en ninguna de las cosas que existen aquí, ni siquiera en personas, ya sean amigos, padres o hijos. Porque cuando una de estas perezca, nuestra razón de vivir perecerá también con ella. Por eso es sabio depositar nuestra seguridad, esperanza y confianza en las cosas eternas, pues son las únicas que no perecen.

Este punto me parece importante porque en muchas ocasiones me da la sensación de que, inconscientemente, negociamos nuestra fidelidad a Dios por aquellas cosas legítimas que deseamos. “Te seguiré siempre pero prométeme que no les sucederá nada malo a mis hijos”, esta frase, que bien pudiera ser el pensamiento de una madre (o un padre), es tremendamente tramposa para la persona que la vive. El que piensa así ya está condicionando su fidelidad y amor a Dios al estado e integridad de sus hijos, por lo tanto, esta persona jamás sabrá qué es amar a Dios por encima de todas las cosas, pues por encima de todas ellas siempre estarán sus hijos. Y en segundo lugar, y he aquí el problema más grave, el día que suceda una desgracia a alguno de sus hijos significará también el final de la vida para su madre o padre y el inicio de una mayúscula e indisoluble frustración y decepción con Dios.

Jesucristo entregó su vida voluntariamente(3) por amor. El amor, a diferencia del enamoramiento, es un compromiso que parte de la libertad. Por esta razón, Dios mismo siempre va a esperar de nosotros un amor que surja también desde nuestra voluntad y libertad.

Me gustaría hacer un apunte sobre la idea de la esperanza. En ocasiones sucede cuando vemos que nuestro hijo, nieto o sobrino decide tomar un camino distinto al de Jesucristo, expresamos frases semi-bíblicas de autoconsuelo similares a la de “hay que tener esperanza” o “hay que esperar en Dios”. Sin embargo, la esperanza no consiste en confiar en que Dios vaya a hacer lo que yo espero; sino el confiar que Dios puede hacer aquello que espero.

Cuanto a todo lo que está sucediendo y ha sucedido en los últimos años con muchísimos jóvenes,  debemos dar un paso más y entender que no es algo exclusivo de ellos. Puede ser que nos tambalee de forma especial porque en esta tierra no hay cosa que duela más que el dolor de un hijo, pero esto es simplemente una evidencia más de un estado espiritual de la iglesia en general.

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1 Hebreos 2:15

2 Gálatas 6:2

3 Juan 10:18

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Anteriores de la serie:

1. La diáspora de los jóvenes (1)

 

 

 

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