Llamados a la obediencia – Martyn Lloyd-Jones

Y crecía la palabra del Señor, y el número de los discípulos se multiplicaba grandemente en Jerusalén; también muchos de los saderdotes obedecían a la fe. (Hechos 6:7)

Hemos estado considerando juntos la decisión crucial que tomaron los Apóstoles en esta coyuntura inicial en la vida de la Iglesia, la de hacer de su tarea principal el dedicarse a la predicación de la Palabra y también el persistir en la oración, porque sabían que a través de la oración recibirían el poder de Dios. Los oradores inteligentes pueden convencer a las personas de que hagan muchas cosas, pero ningún ser humano puede cambiar un alma ni cambiar la naturaleza humana y eso es lo que se necesita. La Humanidad está muerta en delitos y pecados (cf. Efesios 2:1). Y este Evangelio ofrece regeneración.

Ese es el punto al que hemos llegado, pero Hechos capítulo 6 también nos muestra la manera como convertirnos en cristianos y lo que eso significa. Ahora bien, esto sigue directamente de nuestro último estudio y, por tanto, la primera proposición que desea­ría exponer es que los cristianos son personas que han experimen­tado un cambio profundo. Esta única afirmación, aquí en el versí­culo 7, es suficiente para demostrar eso y por eso la he escogido. Fíjate en especial en las palabras: “también muchos de los sacer­dotes obedecían a la fe”. Esa es una afirmación impactante.

Leemos mucho acerca de los sacerdotes en la Biblia, en el Antiguo Testamento y también en los Evangelios. Eran los hombres cuya función era la de mantener los servicios en el Templo, recibir las ofrendas del pueblo y dirigir los sacrificios. Ese sistema de adoración lo había ordenado Dios mismo. Se lo había enseña­do a Moisés, el gran líder de los hijos de Israel. No había sido idea de Moisés, y él jamás afirmó que lo hubiese sido. Dios se lo había revelado y le había hecho descender del monte, diciéndole: “Mira, haz todas las cosas conforme al modelo que se te ha mostrado en el monte” (Hebreos 8:5). Y Moisés lo había hecho. Los israelitas habían construido un Tabernáculo primero y después un gran Templo.

Pero en el tiempo de nuestro Señor, los sacerdotes se habían apartado mucho del modelo original. Puedes leer en el Antiguo Testamento cómo habían tenido siempre una tendencia rebelde. La Humanidad siempre ha tenido esta tendencia: lo vemos en la Iglesia cristiana, que siempre está intentando convertirse en algo de carácter diferente a la Iglesia que era al principio. Es casi impo­sible reconciliar ciertos aspectos de lo que en nuestros días se denomina la Iglesia cristiana con los relatos de la Iglesia en los pri­meros capítulos de Hechos. No estoy aquí para defender ninguna institución y digo que el cristianismo organizado es, a menudo, una negación de la Iglesia del Nuevo Testamento.

Ahora bien, en los tiempos del Nuevo Testamento, los sacerdo­tes judíos a menudo eran muy mundanos, hombres mercenarios y que desacreditaban el sacerdocio original. Eran algunos de los oponentes más encarnizados y astutos de nuestro Señor. Se opo­nían a este hombre que de repente había salido de ninguna parte. Estaban perplejos ante este tipo. No había tenido preparación, sin embargo, enseñaba con autoridad. Le odiaban y conspiraban con los otros dirigentes religiosos, incluyendo los fariseos, para oca­sionar su muerte. Pero aquí se nos cuenta este hecho asombroso: “Muchos de los sacerdotes obedecían a la fe”. No podemos ima­ginar un cambio más grande que ese. Fue una revolución.

En otras palabras, estoy afirmando el principio de que con­vertirse en cristiano no es superficial, es el cambio más profundo y radical que jamás pueda tener lugar en el universo. Permíteme recordarte de nuevo la terminología que se utiliza en el Nuevo Testamento. Convertirse en cristiano se denomina “nacer de nuevo”, “nacer de lo alto”, “nacer del Espíritu”. “De modo —dice Pablo— que si alguno está en Cristo —¿cuál es la verdad acerca de él?—, nueva criatura es —una nueva creación—; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (1 Corintios 5:17). Quiero recalcar esto y lo podría ejemplificar infinitamente haciendo comparaciones.

Puedes cambiar de opinión acerca de muchas cosas en este mundo. Habiendo sido educado en una familia que pertenece al partido liberal, puedes convertirte en conservador, o quizá haya empezado como socialista y te conviertas en liberal. Es un cambio de partido político, un cambio de opinión. De la misma manera, puedes cambiar de una clase social a otra y puedes cambiar de trabajo o de casa. Todos estos cambios tienen su significado o importancia, sin embargo, cuando los comparas con convertirse en cristiano, no son nada. Son como cambiarte de ropa, pero con­vertirse en cristiano afecta a todo el ser, afecta a tu mente y a tu pensamiento. Considera lo que significaba para estos sacerdotes. Puesto que habían llegado a darse cuenta de que “el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree” (Romanos 10:4), tenían que abandonar todo el ceremonial y el ritual del Templo. Aquello se había terminado. Estaba completo. El Cordero de Dios había venido, las representaciones, pues, no se necesitaban. ¡Qué revolución de pensamiento! Y sucedía exactamente lo mismo con la adoración, con la conducta y con cualquier otro aspecto. Convertirse en cristiano no es un cambio fácil ni superficial por que es, como hemos visto, el resultado de la operación del Espíritu de Dios.

El apóstol Pablo expresa el cambio que tiene lugar con lo que es, quizá, la afirmación más gloriosa que jamás se haya hecho: “Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz —esa es una referencia a la creación original cuando el Espíritu se movía de un lado a otro del caos, el abismo, y Dios el Creador dijo: “Sea la luz”—, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (2 Corintios 4:6). No hay nada más grande ni más profundo que eso. Algo que no estaba ahí antes ha apare­cido.

Vemos los ejemplos de la nueva creación en muchas partes del Nuevo Testamento. Piensa en Saulo de Tarso. ¡Qué cambio! Un giro radical: nueva dirección, nueva forma de pensar, nueva ense­ñanza, nuevo servicio. No es sorprendente que Pablo diga que cuando un hombre está en Cristo es verdaderamente una nueva criatura, una nueva creación. Es así de diferente.

Pero, en segundo lugar, ¿cómo se manifiesta esta novedad del ser? Ese es el punto importante que tenemos que comprender y entender. La respuesta se da en este versículo: “Muchos de los sacerdotes obedecían a la fe” y la palabra clave es “obedecían”. Esto es importante porque, si fuéramos a dejarlo en lo que acabo de decir, habría una confusión considerable. Sabemos que hay muchos medios y enseñanzas en este mundo que pueden tener un efecto sobre las personas, que pueden darles experiencias y cambiarlas. Las sectas jamás tendrían éxito de no ser porque pue­den hacer algo.

Numerosas personas atestiguan que la Ciencia Cristiana ha supuesto una total diferencia para ellos. Mientras que solían sen­tirse desgraciados y estar preocupados, siempre vencidos y sufriendo de insomnio, ahora, como resultado de esta enseñanza, todo eso se ha desvanecido. Dicen que aun sus enfermedades físi­cas han desaparecido y que ahora están bien y sanos. Y otras sec­tas y enseñanzas diversas pueden lograr los mismos resultados. Lo que es más, los psicoterapeutas están haciendo un negocio sumamente rentable y, especialmente en un siglo de guerras como el actual, pueden ayudar a las personas con su enseñanza, escu­chándolas y con medicamentos. La gente dice: “Bueno, soy com­pletamente diferente desde que llevé aquél tratamiento. Estoy bien otra vez y toda mi perspectiva ha cambiado”.

Si simplemente te hubiera predicado, pues, acerca de un gran cambio, de una magnífica experiencia, no te estaría dando una definición exacta de lo que significa ser cristiano. Recuerdo haber leído un libro hace años, un simposio, escrito por numerosas per­sonas que relataban, todas ellas, un punto de inflexión en sus vidas. Era sumamente revelador. Creo que solo uno de los colabo­radores afirmaba ser cristiano. Los otros eran capaces, cada uno de ellos, de aportar la historia más asombrosa de un cambio dramático que habían experimentado. Un hombre describía cómo iba caminando por Villiers Street off the Strand cuando, de repente, algo se encendió en su mente y nunca volvió a ser el mismo.

Yo mismo recuerdo haber conocido a un hombre que había sido un borracho sin esperanza y me contó, de la manera más dra­mática, cómo una mañana, habiéndose emborrachado la noche anterior, se había levantado, se había lavado y estaba intentando cepillarse el pelo cuando, de repente, vio su propia cara en el espejo y le impactó tanto que jamás volvió a beber. No se había convertido en cristiano, de hecho, era un enemigo del cristianis­mo y estaba discutiendo conmigo en contra de la regeneración y el nuevo nacimiento, y la base de su argumento era que él había experimentado un cambio profundo parecido al cambio del que yo estaba hablando, pero sin creer mi mensaje.

Es importante, pues, entender que el mero hecho de que nues­tras vidas hayan cambiado no demuestra que seamos cristianos. ¿Cuál es, pues, la prueba? Es que nuestra experiencia es el resul­tado de la obediencia a la fe y conduce a más obediencia. Esta es la prueba definitiva. La Escritura tiene cuidado al decir que los sacerdotes obedecieron a la fe, al mensaje que se predicaba. No debe haber confusión acerca de esto. El diablo, según el apóstol Pablo, puede volverse ángel de luz. Puede citar la Escritura. Puede enga­ñarnos. El diablo hará todo lo que pueda para darnos una paz falsa y un consuelo falso. Hará cualquier cosa para que pensemos que todo está bien en nosotros y que no necesitamos preocupar­nos más: eso es lo que hace como ángel de luz. Lo ha hecho con frecuencia y aún lo sigue haciendo. Debemos tener claras estas cosas. No, lo que identifica al cristiano de todos los demás es que ha rendido obediencia a la fe.

¿Qué significa, pues, “obediencia a la fe”? En primer lugar, permíteme considerar por un momento la palabra “obediencia”. Esta es una palabra que se utiliza a lo largo de las Escrituras. La Biblia no se conforma, como mostraré, con la mera utilización de la palabra “creer”, sino que también utiliza esta palabra “obede­cer”. El apóstol Pablo, al escribir a los romanos, dice: “Por quien recibimos la gracia y el apostolado, para la obediencia a la fe en todas las naciones por amor de su nombre” (Romanos 1:5). En la misma Epístola, dice: “Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados” (Romanos 6:17). Eso es lo que hace cristianos a los hombres y las mujeres.

Tomemos las palabras de Pablo al comienzo del capítulo 10 de Romanos: “Porque el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree” (Romanos 10:4). Más tarde, en ese mismo capítu­lo, al describir la predicación del Evangelio, Pablo dice: “Mas no todos obedecieron al evangelio” (versículo 16). Encontramos la misma insistencia en el último capítulo de Romanos: “Pero que ha sido manifestado ahora, y que por las Escrituras de los profetas, según el mandamiento del Dios eterno, se ha dado a conocer a todas las gentes para que obedezcan a la fe” (Romanos 16:26). Por eso se ha dado a conocer: para que pudiéramos ser llamados a obediencia.
Ahora bien, en caso de que alguien pensara que esto es un dis­tintivo especial en la predicación del apóstol Pablo, escucha a Pedro. Al escribir a los cristianos, dice: “Elegidos según la pres­ciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo” (1 Pedro 1:2). Esto nos dice que solo escuchar el Evangelio no es lo suficientemente bueno. Hay personas que se han pasado toda una vida escuchan­do el Evangelio domingo tras domingo, por tradición, hábito y costumbre, pero eso no las hace cristianas, no las pone a bien, no las salva.

Dices: “¡Oh, pero a mí me gusta escuchar el Evangelio!”.

Sé que te gusta, ¿pero qué ha ocasionado en ti? ¿Adonde te ha conducido? El Evangelio no es solo para escucharlo. Tampoco es el Evangelio una mera cuestión de opinión. No es un problema que haya que discutir, ni sobre lo que haya que cambiar opinio­nes, ni escribir ni pensar. Hay numerosas personas que están haciendo eso en la actualidad y estoy de acuerdo en que es muy interesante escuchar sus ideas. Algunos nos dirán con toda fran­queza que no son cristianos. Sin embargo, expresan sus opiniones acerca del cristianismo actual y de la Iglesia de nuestros días y, en ocasiones, son muy reveladoras y merece la pena leerlas. A veces, uno casi piensa que estas personas tienen una percepción más nítida que muchos que forman parte de la Iglesia. Pero su problema es que tienden a detenerse al dar sus opiniones. Tienen sus discusiones, escriben sus artículos y aportan sus entrevistas. ¿Pero ­qué produce en ellos? Más tarde, los ves en un programa de televisión completamente diferente y los escuchas utilizando un lenguaje que no siempre está bien, y mostrando un interés similan por problemas que tienen que ver con el sexo o con otras cuestíones. El Evangelio no es, pues, un mero tema de debate.

Tampoco se debe aceptar el Evangelio en un mero sentido inte­lectual. Permíteme ser claro acerca de esto. La mente debe aceptarlo. De hecho, el intelecto viene en primer lugar: lo primero que les ocurre a las personas, como te mostraré, es que sus mentes se iluminan. Las personas que no saben lo que creen no son, sin duda, cristianas. Pero hay muchas personas que han caído en el error de pensar que el Evangelio es solo una cuestión de aproba­ción intelectual: Dios lo sabe, yo mismo estuve una vez en esa situación, interesado en la teología, interesado en los argumentos y debates religiosos. Pero estas discusiones no tuvieron influencia alguna en mi vida. Por eso es importante la palabra “obediencia”. Permíteme citar Romanos 6:17 de nuevo: “Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido —está la voluntad— de corazón —¿qué habéis obedecido?— a aquella forma de doctrina —enseñanza— a la cual fuisteis entregados”. Así es como funciona. Empiezas con la mente, y la mente influye en el corazón y el corazón mueve la voluntad. Los cristianos, pues, son hombres y mujeres que han respondido de manera completa al mensaje.

Los cristianos no solo responden con el corazón. Hay muchos cuyos corazones han sido conmovidos. Como consecuencia, pien­san que son cristianos, pero no lo son. Son solo sentimentales. Quizá se haya apelado directamente a sus sentimientos. Les ha conmovido cierto himno o coro, o una historia conmovedora que un evangelista ha contado. Y puesto que sollozan, creen que han experimentado un cambio profundo. Pero no pueden darle una explicación a este cambio. Se encuentra solo en el corazón.

Y, de la misma manera, hay quienes solo se conmueven en sus voluntades. Estaban dispuestos a hacer algo y lo han hecho, pero no saben por qué actuaron como lo hicieron y no hubo una res­puesta emocional. La fe cristiana siempre produce emoción. Es la Palabra de Dios; es la verdad de Dios; es la acción de Dios creán­donos de nuevo. Implica a la persona al completo. La mente se compromete, el corazón se compromete y la voluntad se compro­mete. A menos que toda tu personalidad haya sido capturada y comprometida, entonces no eres cristiano. Debes obedecer “de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados”, y cualquier cosa que no alcance esto no es consecuente con la enseñanza del Nuevo Testamento en relación con la esencia de la  fe cristiana.

Ahora bien, ¿por qué es esta cuestión de la obediencia tan importante? ¿Por qué utiliza la Escritura este término de manera tan reiterada? ¿Y por qué lo abarca todo, como te he venido mos­trando? Aquí tenemos, de nuevo, algo que es de vital importancia que entendamos. Debemos ser totalmente claros aquí, de otro modo jamás veremos por qué se utiliza la palabra “obediencia”. La esencia del pecado es la desobediencia a Dios. Muchas perso­nas parecen pensar que el pecado es lo que me hace desgraciado, lo que me abate, lo que me hace sentir la noche anterior lo que sentiré la mañana siguiente, lo que me hace patearme a mí mismo, metafóricamente, por ser tan necio. Creen que el pecado es un hábito, algo que me hace sentir molesto. Ahora bien, admi­to que el pecado tiene todas esas consecuencias, pero esa no es la esencia del pecado.

La esencia del pecado —repito— es la rebelión contra Dios. Es la trasgresión de la Ley de Dios. Eso es lo que hace que el pecado sea pecado. Y esto es vital, por esta razón: a los fariseos, los escri­bas y los sacerdotes les ofendía la enseñanza de nuestro Señor y, finalmente, ocasionaron su muerte en la Cruz porque su predica­ción les hizo darse cuenta de que eran pecadores: y no les gusta­ba. El fariseo era una persona muy santurrona. Sentía que todo en él era correcto. No había nada malo en él. ¿Por qué? Porque nunca se había emborrachado. Nunca había cometido adulterio. Nunca había cometido asesinato. No quebrantaba la Ley, por tanto, no era pecador. Era intolerable que se le considerara pecador como los recaudadores de impuestos y los llamados “pecadores”. Sentía que era insultante, no podía tolerarlo. Los fariseos, pues, conspi­raron para calcificar a nuestro Señor.

Pero el pecado no es una mera enfermedad ni un fracaso, no es una mera mancha ni un defecto, es una actitud del corazón hacia Dios. Y por eso se hace hincapié en la obediencia. “Los designios de la carne —de la mente natural— son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden” (Romanos 8:7). El “hombre natural” odia a Dios y hará todo lo que pueda por intentar arrastrar a Dios hacia abajo. Y, por tanto, la esencia misma de convertirse en cristiano es el prestar obediencia.

Dios es nuestro Hacedor. Él es quien imparte la Ley y es el Juez eterno. Tiene derecho sobre nosotros. Esta no es una acción arbi­traria de parte de Dios. Él es justo, recto y santo y su propósito para los hombres y las mujeres es que también ellos sean santos. Les dio la gran dignidad de tener algo de su propia imagen en ellos. Dios, por así decirlo, estaba tratando de mostrar la dignidad de los seres humanos: estaban creados para tener comunión con Él. Los hombres y las mujeres, pues, al rebelarse contra Dios, no solo le desobedecieron, sino que se arrastraron a sí mismos hacia abajo. Pero el propósito de Dios para ellos no ha cambiado, y Él demanda obediencia de ellos para que vivan y funcionen como seres humanos creados a imagen y semejanza de Dios y sean dig­nos de Él.

La esencia, pues, de convertirse en cristiano es obedecer a Dios y eso incluye creer el Evangelio. Nuestro Señor mismo lo expresa así a las personas que le seguían:
Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará; porque a éste seña­ló Dios el Padre. Entonces le dijeron: ¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios? Respondió Jesús y les dijo: Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado. (Juan 6:27-29).

Ese es el mandato de Dios. La obra que Dios quiere que haga­mos es que creamos en su Hijo.

Después, hay otra afirmación al final del capítulo 3 del Evangelio según Juan:
El que recibe su testimonio [el testimonio de Jesucristo], éste atestigua que Dios es veraz /…/. El Padre ama al Hijo, y todas las cosas ha entregado en su mano. El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehusa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él. (Juan 3:33, 35-36).

Dios ha enviado a su único Hijo a este mundo y ha dicho de Él: “Este es mi Hijo amado; a él oíd” (Marcos 9:7). Escuchadle. Obedecedle. Aquí lo tenéis, mi representante.

Dios nos manda creer el Evangelio y nos llama a todos al arre­pentimiento. Pablo les dijo a los atenienses: “[Dios] manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (Hechos 17:30). Y Él es el Dador eterno de la Ley, por tanto, somos llama­dos a esta obediencia. Por eso debemos hacer hincapié en la nece­sidad de obedecer. “Muchos de los sacerdotes obedecían a la fe”: a la enseñanza, a la Palabra.

Ahora bien, estoy tratando de ser práctico. Quiero que sepas con toda garantía que eres un verdadero cristiano. No descanses en una experiencia que hayas tenido. No descanses en tus buenas obras. No descanses en tu educación. No descanses en que eres un miembro de la iglesia. Esta es la prueba: la obediencia.

¿Pero qué es esta obediencia? El primer paso de la obediencia es dejar de resistir el mensaje. En el siguiente capítulo de Hechos, tenemos un sermón magnífico que Esteban, uno de los siete hom­bres elegidos para “servir a las mesas”, predicó al Sanedrín. Mientras Esteban estaba predicando, dijo: “¡Duros de cerviz, e incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como vuestros padres, así también vosotros” (Hechos 7:51). Esto no tiene dificultad alguna. Como hemos visto, la Biblia nos dice que cada uno de nosotros, por naturaleza, resis­timos este mensaje. Como Pablo escribe: “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1 Corintios 2:14).

A los hombres y las mujeres, tal y como son por naturaleza, no les gusta esta enseñanza acerca de Dios y su santidad ni acerca de su necesidad de justicia. ¡No, no! Aman el pecado y por eso lo cometen. Las personas hacen lo que les gusta. Les guían sus deseos, sus instintos y sus impulsos. Por eso, en medio de este siglo XX, con toda nuestra educación, hombres y mujeres capaci­tados, hombres y mujeres buenos y cultos, desde un punto de vista humano, aún están engulléndose a sí mismos hacia la muerte. Piensa en la manera como viven las personas. ¿Es esto inteligente? ¿Por qué lo hacen? Bueno, es lo que les gusta.

Aún más, cada uno de nosotros, por naturaleza, odia el pensa­miento de Dios. Dios es una especie de pesadilla, una especie de enemigo. Dios es alguien que se interpone entre nosotros y lo que en realidad queremos hacer. Dios está contra nosotros. Nos estorba, nos oprime. Es un tirano. Así es como piensa la gente y, por tanto, siempre le están resistiendo. Luego, sucede algo y se con­mueven. Quizá caen muy enfermos y su conciencia empieza a molestarles. Por un momento, pues, dicen: “Está bien, si me pongo bien, voy a vivir una vida mejor”. Pero mejoran y se olvidan de su resolución.

O quizá la muerte se ha llevado a alguien que es muy querido y, de nuevo, algo retiene a las personas. La Palabra de Dios les habla, sus conciencias hablan, todo lo que es bueno y honrado en ellos habla. Pero no les gusta lo que implica esta voluntad, por tanto, se resisten al Espíritu que ha hablado a través de sus con­ciencias.

Puede ser que algo preocupe a las personas y las atraiga a un culto de iglesia. Reciben un destello de una vida mejor y más ele­vada y en su interior saben que deberían ser así, pero entonces resisten ese impulso. Dicen: “Oh, solo fue algo pasajero, algo que me estaba llevando en la dirección equivocada”. De nuevo, pues, resisten el Espíritu Santo. Las personas se someten bajo el poder de este Evangelio en un culto y, al ver parte de las consecuencias inmediatas, deliberadamente toman un himnario y empiezan a pasar las páginas, o miran a alguien, le guiñan el ojo, esbozan una sonrisa y se ríen. Se conmueven y harán todo lo que puedan para poner freno a este movimiento del Espíritu. Conoces eso, ¿no es cierto? El primer paso de la obediencia es, pues, no resistirse a Dios.

Pero eso no es suficiente. Eso es negativo. El siguiente paso es el arrepentimiento. La palabra latina de la que proviene nuestra palabra “arrepentimiento” significa “pensar de nuevo”: y este es un paso a dar muy sencillo pero profundo. Tienes tu plan de las cosas, tienes tu filosofía de la vida, dices que la has elaborado tú. Eres una persona inteligente, estás al día en tu lectura y eres muy consciente de las teorías actuales. Lo sabes todo acerca del hinduismo, el confucianismo y de otras religiones, y conoces todos los argumentos que se pueden exponer en contra del cristianismo. Has decidido que no hay Dios, que no hay salvación. Y ahí queda todo.

Y el primer paso positivo de la obediencia es estar preparado para pensar de nuevo. ¿Aún tienes una mente abierta? Se dice normalmente que las personas que son cristianas tienen mentes cerradas, mientras que quienes no son cristianos son imparcia­les. ¿Imparciales? Vamos, solo sé sincero. ¿Eres imparcial o has cerrado tu mente contra Dios, contra toda la idea del alma y contra la gloriosa doctrina de la salvación por medio de la muerte del Hijo de Dios? Eso no es otra cosa que prejuicio. No es capacidad, no es entendimiento, no es conocimiento, pues hay hombres capaces y con conocimiento y entendimiento que creen el Evangelio. No, es un prejuicio que ciega los ojos y cie­rra la mente.

El arrepentimiento empieza cuando te dices a ti mismo: “Debo ser sincero. Verdaderamente, debo escuchar este mensaje y exami­narlo”. Muchas personas, pues, desprecian toda la Biblia sin haberla leído siquiera. Ni siquiera conocen el Nuevo Testamento. La han desechado en términos generales, por principio, llevados por el prejuicio: y el primer paso es, pues, estar dispuesto a pen­sar de nuevo.

El segundo paso es permitir al Espíritu, a este Espíritu que trae convicción y luz, que te convenza para cambiar tu mente: ese es el significado de la palabra griega metanoia, que se tradu­ce por nuestra palabra “arrepentimiento”. No solo debes pensar de nuevo sino que, habiéndolo hecho, debes estar dispuesto a cambiar de opinión. Esto significa estar dispuesto a confesar que estás equivocado. Esa es la cosa más difícil de decir del mundo, ¿verdad? Por naturaleza, a nadie le gusta admitir que está equi­vocado. Pero es fundamental. No puedes rendir obediencia a esta fe, a esta Palabra de Dios, a menos que seas lo suficiente­mente grande y sincero como para confesar que has estado equi­vocado.

A nuestros pequeños sistemas les llega el día;
les llega el día y dejan de ser:
no son sino tus luces rotas,
y Tú, oh Señor, eres más que ellas.
Alfred Lord Tennyson

Lee de nuevo la “Bishop Blougram’s Apology” (Apología del obispo Blougram):

Precisamente cuando estamos más seguros,

hay un toque del ocaso,

una fantasía desde una campanilla,

la muerte de alguien,

el final de un coro de Eurípides,

eso es suficiente para que cincuenta esperanzas y temores

tan viejos y nuevos al mismo tiempo como la Naturaleza misma

golpeen y llamen a la puerta y entren en nuestra alma…

¡El gran Quizá!

Robert Browning

Lo único que te estoy preguntando es esto: ¿Estás preparado para admitir este “Quizá”? ¿Estás preparado para atravesar tu rígido y pequeño sistema y admitir su posible fracaso y su estado incompleto? ¿Estás preparado para escuchar esas insinuaciones y sentimientos, esas aspiraciones y anhelos de “un éter más amplio, un aire más divino”?

Bueno, ahí lo tienes. Pensar de nuevo, cambiar tu mente, reco­nocer y confesar que has estado equivocado, pero aún eso no te hace cristiano. No, lo que te hace cristiano es esto: “Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo —¡invocar el nombre del Señor!—. ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído?” (Romanos 10:13-14).

Al haber considerado tu vida y tu experiencia, te ves a tí mismo volviéndote viejo, decrépito y muriendo, tu cuerpo ente­rrado en un sepulcro y tu alma continuando adelante: ¿adonde? Bueno, no lo sabes. No puedes estar muy orgulloso de tu pasa­do. En tu fuero interno sabes que no eres lo que se supone que debías ser, que eres un fracaso, que cometiste pecados. No pue­des hacer nada con tu pasado y sabes que no sirve de nada hacer buenos propósitos. Los has hecho a menudo, pero nunca los has mantenido y sabes que será lo mismo en el futuro porque, a medida que te haces viejo, es cada vez más difícil romper hábi­tos profundamente arraigados y la vida se hace cada vez más compleja. Habiendo considerado todo esto, sabes que solo te queda una cosa por hacer y es “invocar el nombre del Señor”, clamar a El.

Has oído acerca del Señor Jesucristo. Dios ha enviado predica­dores para decirte que “de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). En la famosa pará­bola de nuestro Señor del fariseo y el publicano, quienes subieron al Templo a orar, el fariseo se puso en pie y dijo: “Dios, te doy gra­cias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la sema­na, doy diezmos de todo lo que gano”. En cuanto al otro pobre hombre, el publicano, ahí lo tenemos, al fondo, junto a la puerta. Ni siquiera puede levantar su cabeza porque está muy avergon­zado de su pecado, de su indignidad, de su fracaso. Y esto es lo que dice: “Dios, sé propicio a mí, pecador” (Lucas 18:11-13). Eso es lo que significa invocar el nombre del Señor. Dice: Estoy acaba­do, si no tienes misericordia de mí.

¿Has estado alguna vez en esa situación? Eso es lo que hace de ti un cristiano. Estás convencido de tu pecado, de tu indefensión, de tu fracaso, del hecho de que mereces el Infierno y la condena­ción. Lo admites todo. Clamas a Dios por misericordia. Eso es arrepentimiento. Y la obediencia al Evangelio requiere este arrepentimiento.

Pero el arrepentimiento no se detiene en clamar a Dios. El siguiente paso es creer lo que Dios te dice cuando clamas a Él. Porque si clamas, Él te oirá: tengo el privilegio de asegurarte eso. Nuestro Señor mismo dijo: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37). Vienes, pues, a El. Invocas el nombre del Señor, sabiendo que te responderá. Te responderá con la Palabra de este Evangelio, de este mensaje, el que estos sacerdotes de Hechos obedecieron. ¿Cuál es este mensaje? Oh, es que aunque todos hemos pecado y hemos sido destituidos de la gloria de Dios (cf. Romanos 3:23) y aunque todos merecemos el castigo del Infierno, Dios nos ha amado de tal manera que envió a su único Hijo a este mundo y depositó en Él la iniquidad de todos nosotros. Ese es el mensaje que tienes que creer.

Tienes que creer que cuando clames al Señor por misericordia y compasión, Él dirá: “Te lo he dado. Ya lo he hecho. He deposi­tado tus pecados en Él”. Él ha llevado tu castigo. Eres libre. Estás perdonado. He puesto sobre ti la justicia de mi Hijo unigénito. Creer esto forma parte del arrepentimiento. Venimos a Él sabien­do que no somos nada. No tenemos disculpa alguna salvo que Cristo murió por nosotros y nos invita a venir.

Pero aun venir a Cristo en fe es solo una parte del arrepenti­miento. Das, entonces, prueba absoluta de que proviene de. tu corazón, no meramente de tu cabeza, y que no es una mera acción mecánica de tu voluntad. Y das prueba de ello de esta manera: abandonas el mundo. Dejas los ídolos del mundo, las falsas reli­giones y las sectas. Abandonas tu pecado, te giras y te vuelves a El, quien es el único Dios vivo y verdadero. Esta es la esencia del arrepentimiento y de la obediencia.

Hay un paso más, y se nos ofrece en ese capítulo 10 de Romanos, donde Pablo dice:

Mas ¿qué dice [este mensaje] ? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos [¿cuál es esta palabra?]: que si confesares con tu boca que jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salva­ción. (Romanos 10:8-10).

Esto significa que no puedes confesar al Señor Jesús con tu boca a menos que entiendas algo de la doctrina y de la verdad en relación con Él. No has tomado una mera decisión por voluntad, ni tampoco has respondido con el corazón. No dices que el cris­tianismo es maravilloso y que quieres mostrarlo. No, debes tener entendimiento y confesar “con tu boca”. Pero esto tampoco signi­fica que te levantas y dices, como un loro: “Creo que Jesús es el Hijo de Dios”. No, no; confesarle con tu boca significa que eres capaz de dar una razón de la esperanza que está en ti, que eres capaz de decir a otras personas por qué eres cristiano. Como hemos visto, la mente, el corazón y la voluntad están todos ellos implicados. Eres un nuevo ser y toda tu personalidad está mani­festando el cambio.

Y, finalmente, obedeces alineándote con todas las demás per­sonas que se encuentren en tu misma situación. En aquel lírico relato de los primeros cristianos al final del capítulo 2 de Hechos, se nos dice: “Perseverando unánimes cada día en el templo, y par­tiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser [estaban siendo] salvos” (Hechos 2:46-47).

Era la característica de estas personas al principio, como lo ha seguido siendo de los cristianos desde entonces, que una vez que han obedecido la fe, saben que ya no pertenecen más al mundo sino a la Iglesia. Se unieron con todos los que habían prestado la misma obediencia, que creían en el mismo Señor, que se gloriaban en Él y que querían vivir para su alabanza. Fueron “[añadidos] a la iglesia” y si no deseas pertenecer a la Iglesia, si no deseas que la Iglesia te enseñe y te prepare, empaparte de su enseñanza y ser edificado y cimentado, anclado y establecido en esta fe, entonces será mejor que lo examines todo de nuevo. Este reunirse es instin­tivo en todos los que han nacido de nuevo. Con todos los santos de todas partes, quieren aprender de Él que pueden magnificar su gracia y vivir para su alabanza durante el resto de sus vidas.

Aquí lo tenemos, pues. Un gran número, muchos de los sacer­dotes obedecían a la fe. ¿Estás dispuesto a obedecerla? ¿Te has arrepentido? ¿Te has humillado? ¿Has admitido tu pecado y lo has confesado? ¿Has ejercitado la fe en el Señor Jesucristo? ¿Estás tú, como una personalidad completa, cautivado por este mensaje, por esta fe, por este Evangelio? ¿Domina esto tu vida? No hay valor alguno en cualquier cosa que sea menos que eso. Ser cristia­no es saber en quién has creído, saber en lo que has creído y con todas tus fuerzas, con la ayuda del santo y bendito Espíritu del Señor, vivir en justicia. Por sus llagas hemos sido nosotros sana­dos para que vivamos en justicia, en obediencia y para la gloria de Dios.

Fuente: Cristianismo Auténtico Tomo 3 (Hechos 5-6) capítulo 20.

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2 Comentarios

  • Mayo 9, 2009

    Juanfra

    Oh… el evangelio es fuente de agua viva que brota para vida eterna.

  • Diciembre 7, 2009

    Enoc

    La obediencia, si, totalmente de acuerdo es la base de la vida cristiana y sin duda Dios anhela y desea con todo su ser encontrar hijos obedientes. Obedecer a su palabra, a su opinión. renunciar a mi inteligencia humana, a mi opinión humana, humillarme y hacer todo lo que Dios me pida, sin preguntar sin razonar, como una ovejita que se fía de su pastor!